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martes, 24 de marzo de 2020

Los ladrones

En un pasaje de la ópera La flauta mágica de Mozart, a la que asisten Marie (Catherine Deneuve) y Alex (Daniel Auteul), quien canta, encaramado en una roca, pregunta a la oscuridad, a la noche sin fin, al firmamento plagado de silenciosos astros, si existe el amor. Y la contestación, como comenta Marie con el entusiasmo de quien se agarra a un clavo ardiendo, es . Aunque ambos, en el escenario de su vida, no parecen escuchar la misma respuesta. Alex apunta que si ella cree en el amor por qué no va en busca de quien ama, Juliette (Laurence Cote). Marie replica que respeta su libertad, y aunque esté ausente la siente consigo en cada momento del día. Marie se suicida dos días después, porque está convencida de que en la vida no se renuncia a quien se ama sino que se reemplaza por otro, y ella no quiere reemplazar a Juliette , el astro alrededor del que giraba su vida, como quizá, de modo pasajero, menos firme, también la de Alex, su rival, porque quizá en Alex comenzaba a cambiar el enfoque en sus entrañas, a realizar el reemplazo, porque quizá la rival comenzara a atisbarse como nuevo astro sobre el que orbitar. Juliette calificaba su relación con Alex como sexo suicida. Alex la consideraba una enferma, aunque se pregunta Marie si se puede calificar como enfermo a un volcán. Juliette se intenta suicidar en varias ocasiones, tragándose cristal, lanzándose por un balcón. Juliette es un cuerpo en llamas. Las que ciegan con su humo el discernimiento de esa oscuridad en la que arden las preguntas de si existe el amor.
Los ladrones (Les voleurs, 1996), de Andre Techiné, tiene una estructura resquebrajada, más que poliédrica, como si una bala en el ojo impidiera la visión clara. Un prólogo y epílogo son los paréntesis que contienen tres perspectivas. Tres son las figuras en cuyo encuadre vital orbita Juliette, pero son dos en cuya mirada nos sumergimos, las de Alex, policía, y Marie, profesora de filosofía. El tercero, no tan cautivado, es Victor (Didier Bezace), ladrón y hermano de Alex, aunque el relato, que alterna tiempos como perspectivas, comienza con su muerte, causada por una bala que penetró por uno de sus ojos. La perspectiva que abre la narración es una perspectiva tan ajena como periférica, ignorante de todas esas llamas en las que se debaten esos adultos, la del niño Justin (Juen Riviere), alguien que despierta porque oye ruidos; es un satélite a quien los astros adultos le parecen incomprensibles, ruido.
Otros personajes despiertan porque oyen otro tipo de ruido, el de sus emociones y sentimientos, que resulta inteligible, como la cacofonía resultante de la mezcla de voces que se escuchan en los títulos de crédito. La maraña de voces que enreda y embosca el entendimiento, el discernimiento. Aunque quizá no hayan despertado, y sigan perdidos en su sueño. No somos transparentes, tenemos sentimientos, apunta Marie. Y las decisiones se complican, y las posiciones se confunden o difuminan, se cree tener todo bajo control, y se te va de las manos. No resulta fácil realizar tu trabajo, cuando interfieren vínculos de sangre y sentimientos, como es el caso de Alex, que siente sus acciones limitadas porque su hermano, aunque no se lleve bien con él, y Juliette, son integrantes de la banda. Alex se siente como un ladrón por la clandestinidad que parece rezumar su relación con Juliette, ya que sus encuentros siempre son en hoteles. No hay líneas divisorias claras, quizá ni las haya. Alguien de otro mundo, de otra estratosfera, que imparte clases de filosofía, siente lo mismo que tú por la misma persona, y tú sientes algo por ella que aún hierve indefinido en la oscuridad. El amor llegó con el cristianismo, antes los cuerpos simplemente forcejeaban con el deseo, en las orgías te das enteramente, en el amor o siempre es mucho o nunca es suficiente, señala Marie. Y el amor no resulta divertido, porque hay mucha oscuridad, con muchas redes en las que complicarte, o boquear sin aire como un pez. Los sentimientos se escurren entre las manos, como el agua, y a veces se convierten en una tormenta en la que te extravías, y hasta te ahogas. Ladrones de coches, de cuerpos, de sentimientos, que parecen autos de choque, desplazamientos que son colisiones, sin saber claramente si somos víctimas o somos los que realizamos la sustracción. O quizás las dos cosas, mientras seguimos preguntando a la oscuridad si existe el amor.

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