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sábado, 9 de agosto de 2014

Antes del invierno

En 'Antes del invierno' (Avant l'hiver, 2013), de Philippe Claudel, Paul (Daniel Auteuil) no sabe qué contestar cuando le preguntan sobre su vida. Lleva demasiado tiempo sin pararse a pensar en ello. Sus días los tiene demasiado ocupados, llenos, como le señala su esposa, Lucie (Kristin Scott Thomas), cuyos días, en cambio, se definen por el vacío, por el cuidado del jardín de su lujosa casa en el campo. Una casa aislada, como aislado está Paul. En su vida no falta el reconocimiento ni la prosperidad. Es un prestigioso cirujano cerebral. Pero en cuanto lo imprevisible irrumpe en su vida, comenzará a percatarse de que no se reconoce. Y esas preguntas activan su vida interior, un cerebro que parecía sólo dedicado a las actividades funcionales, a las superficies, a los trámites. Empieza a perder el paso con una pregunta que no contesta, como tantas otras que violentan los trámites o la familiaridad que tiene bastante de resorte. Una camarera, Lou (Leila Bekhti), le pregunta, tras que le haya cobrado su consumición en bar, si volverá. Paul la mira como si hubiera soltado una réplica fuera de guión. Quizá, también, porque ya no sabe lo que es ser espontáneo. Alguien no deja de enviarle rosas. No sabe quién es. A una vida regida por lo previsible no puede sacudirla la irrupción de lo imprevisible. Lo que no tiene nombre comienza a desmoronar una vida disecada por los nombres, la vida de pasos marcados, en los que siempre se está detrás de uno mismo, del que transita por las superficies y siempre quiere ganar cualquier partida de la vida, porque eso le pone por encima de los otros, nunca a su lado. Y Paul dejó de estar junto a los demás hace ya tiempo.
Una paciente te dice, antes de ser operada, los nombres de todos los seres queridos que murieron durante el Holocausto, para que alguien los recuerde. Empiezas a percatarte de que también quieres ser recordado. Te habías olvidado a ti mismo. Las certidumbres comienzan a desprenderse como caen las hojas de los árboles en otoño, antes del invierno, antes de que definitivamente quedes sepultado bajo la vida en la que te has ido aislando, distanciándote de tu esposa a la que en treinta años de matrimonio has visto una pequeña proporción de ese tiempo, como ella te lo recuerda, o de un hijo con el que has convertido las diferencias en espinas. Desprecias en él quizá lo que tú mismo eres, el reflejo de alguien que vive entre números y cálculos, porque eres cirujano pero podrías ser un banquero. Dejaste los sueños de lado. Quizás sentiste que eran inútiles. Un día, tus gestos se paralizan, ya no sabes realizar lo que antes era un gesto mecánico, reflejo. El cerebro del paciente es un territorio desconocido, como empiezas a entrever que es el tuyo.
Por eso, comienzas a sentirte fascinado por aquella mujer, Lou, que pensabas que irrumpía en tu vida como una perturbadora intrusión. Pensaste que era ella quien te enviaba una y otra vez ramos de flores. Comenzaste a verla alrededor, como quien merodea, como paciente de tu amigo y socio, Gerard (Richard Berry), psiquiatra, un cuerpo de vestido rojo vivo en un concierto, rodeada de tres hombres, que te interroga con su mirada. En principio, tu reacción es desaforada, pero poco a poco la susceptibilidad y la reacción agraviada de quien transita por el mundo con coraza y lanza se convierten en interrogante y curiosidad. Las piezas no encajan, pero ese desorden más que molesto se transmuta en apertura. Sientes que puedes dejarte llevar por la vida, sin pensar todos tus pasos, sin codificar tu realidad en casillas asépticas que no saben de manchas, o cosificarla en previsiones. Dejas entrar la música, y las lágrimas que advertiste en el rostro de Lou cuando escuchaba 'La boheme' de Puccini en el concierto en el que coincidisteis.
No te percatas de que ignoras a tu esposa, de que la has sepultado en vida, de que la tienes arrinconada, de que ya no compartís nada, de que callas tus emociones, porque para ti es tu pasado, lo que eras, una vida de mordazas y de resortes. Necesitabas un sustitutivo, y es ese rostro de pesadumbre herida, ese rostro que te zarandea con lo imprevisto, donde los pasos no sabes a dónde te llevan. Eres ahora alguien que pasea y se desplaza por el mundo, como un niño que es río antes de nombrarlo. Es el movimiento tu centro, ya no es un mero tránsito. Aunque quizás tu transformación, tu torpe muda, no tenga en consideración sus efectos en quien te rodean, en las mujeres que ahora son representación, de lo que fuiste y de lo que empiezas a entrever que puedes ser. No es deseo lo que sientes, y eso desconcierta, a una y otra. El dolor no deja de asomar y quiebra las presas de las cicatrices y las costras, comienza a desencajar los clavos y las grapas que intentaste apuntalar. Pero ya no quedan. Ahora te desplazas en la intemperie, y la música no dejará de sacudir tus diques, no dejará de recordarte que eres un cuerpo que tiembla y que se pregunta cuáles serán sus próximos pasos. Hay sangre reseca en tu mirada, tristeza que alumbra lo que ya no puede tener nombre. Las flores no dejarán de desplegar interrogantes. Son flores que manchan. Esta excelente película (de un gran novelista: Extraordinarias 'Almas grises', 'El informe de Brodeck' y 'Aromas') se estrenará el 12 de septiembre.

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