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jueves, 4 de noviembre de 2010
Georges DELERUE - Our Mother's House
Los delicados acordes, con niebla de melancolía, de Georges Delerue para la banda sonora de una estupenda obra a reivindicar, 'A las nueve cada noche' (Our mother's house, 1967), de Jack Clayton.
Diario de un cura rural

El pequeño pueblo de Ambricourt de 'Diarío de un cura rural' (1950), no difiere mucho del espacio de la prisión de otra obra magna de Robert Bresson, 'Un condenado a muerte ha escapado' (1956). Lo que diferencia a uno y otro protagonista, es que para el primero, el cura (Claude Peytou) será la muerte la liberación. ¡Qué más da, la gracia está en todo!' son sus últimas palabras. Pero esa gracia no ha podido encontrarla en ese ambiente de mezquindades y emociones retorcidas o frustradas. Es un personaje que duda, que se interroga y desespera, al que la pesadumbre domina porque no sólo no es amado, sino hasta rechazado y despreciado. Su sencillez perturba, incluso, se defienden de ella. Su voz en off, la voz que escribe su diario, que acompasa las imágenes, propulsan el aliento narrativo de la introspección, el trance que nos empapa de una emoción en permanente intemperie (como si a sus nervios les faltara una capa protectora: sus ojos son una húmeda luz triste), y a la vez evidencia su distancia, su separación, de ese mundo prosaico, de emociones grisaceas, invernales, como el hosco paisaje, en el que su anhelo de transcendencia, de gracia, colisiona una y otra vez con esa realidad ( o forma de habitar la realidad) que parece una condena, un purgatorio de emociones esquivas, indiferentes o despechadas.En la primera secuencia mira al otro lado de la verja a dos de los que habitan ese pueblo, dos de los que mantienen una relación 'agazapada', entre marañas, que urden, y de las que están cautivos. Ambos le vuelven la espalda, porque viven en los recovecos, como le volverán la espalda por mirar demasiado de frente. Además, prisionero de la tristeza, parece padecer una atracción mórbida por la agonía, como anhela sentirse querido, sentir que le expresan cariño: una noche se asoma a su ventana (esa que se encuadra como si fuera un encuadre dentro de un encuadre, una celda, como es su vida) porque cree escuchar una voz que le llama. Pero alrededor nadie le 'llama'. Encuentra alguna figura afín que le sorprende porque no la imaginaba como reflejo, como el doctor, ateo y que para él transmite fortaleza, a diferencia de él, y que le dice que ambos son resistentes. Ambos siempre están enfrentandos con el afuera, el entorno, la realidad, algo que va más allá de un sentimiento de búsqueda de justicia. La discontinuidad narrativa, en ocasiones de abruptas transiciones (como los fundidos en negro, que parecieran los arañazos que erosionan su alma, y van minando su salud), más recurrentes en los primeros pasajes, reflejan esa escisión, ese desencuentro, una sensación de vida interrimpida, entrecortada, una sinuosidad en la que la armonía parece desterrada.

Hay planos que hacen cuerpo de estados emocionales, y de una mirada que rastrea y encuentra la esencia, como ese encuadre de sombras quemadas de retorcidas ramas de árboles bajo los que camina la figura ya deteriorada en sombra del protagonista.
O ese bello plano que le encuadra a través de la ventana, mientras escribe, y en primer plano caen los copos de nieve. Es una obra que oscila en el forcejeo entre lo abstracto y lo concreto, como el cura encuentra una sensación de liberación cuando monta en la moto, en esa sensación de riesgo con la que, por un instante, no se preocupa de la finitud, Por un instante, no siente que tenga detrás un vacío y delante un muro. Las elevaciones, que parecen esquivas, suelen tornarse, en demasiadoas ocasiones, barro, pero en esa paradoja se alumbra el complejo relieve de la vida: sueña con la imagen de la niña virgen María mientras se tambalea en la noche, y se recupera del desmayo en el barro para encontrarse que la atiende, con un candil, la niña que, intencionalmente, reconoce que ha querido hacerle daño con sus actitudes y palabras. No es una niña con brillo, sino luz conjugada con barro. La mirada templada de Bresson se conjuga, de este modo, con la desgarrada, vulnerada, mirada del protagonista, la serenidad con la desolación. La narración se convierte en epifanía de instantes, así como del anhelo de quien busca la armonía, perplejo porque quienes le rodean se angosten en la violencia de relaciones ponzoñosas, porque transcenderse es liberarse de ese peso de ensimismamiento. La cámara a veces se agita, y realiza algún impetuoso travelling hacia el protagonista, como si se acompasara a sus temblores, a su sensación de orfandad. No es de extrañar que fuera la película favorita de Tarkovski. Este conmovedor personaje pertenece a la estirpe de los de sus películas, príncipes del exilio que se esfuerzan por dotar de gracia a la vida, aunque su vida se vaya en ello.
'Diario de un cura rural' (Journal d’un curé de campagne, 1950), es una extraordinaria obra de Robert Bresson,y hasta diría que una de las cimas de la historia del cine. Una obra de exquisita sensibilidad, que refleja el dominio del realizador para plasmar lo concreto,lo físico, como para plasmar la abstracta esencia de emociones y actitudes vitales, y en concreto la relación entre un yo con aspiraciones elevadas, y afán de superación, y un contexto prosaico que convierte la realidad en prisión con sus miserias y mezquindades emocionales, la realidad y sus contrastes, contradicciones y paradojas. Su Gracia, según la mirada dotada de poesía.
Cary Grant, Irene Dunne y el perrito Skippy

Impagable imagen publicitaria de la maravillosa 'La pícara puritana' (The awful truth, 1937), de Leo McCarey, con Cary Grant, Irene Dunne y Skippy (que interpreta a Mr. Smith) y que fue popular en aquella década por interpretar a Asta en 'La cena de los acusados' (1934), de WS Van Dyke, y su segunda secuela de 1936, y a Atlas en 'La fiera de mi niña' (1938), de Howard Hawks, el perro que había escondido el preciado hueso intercostal que Grant y Hepburn se esfuerzan en encontrar denodadamente, entre otras.
Leonard Nimoy, maestro del disfraz en 'Misión imposible

Esta imagen quizá guste a algún trekkie por ahí suelto (aparte Mr. McWheel, a quien va dedicada). He aquí a Mr. Spock, o sea, Leonard Nimoy, como cancionero pseudonoséqué en un episodio de 'Misión imposible', serie en la que interpretó al maestro del disfraz Paris durante las temporadas 1969-71. A su lado, Lesley Ann Warren que interpretó a Dana en las temporadas 1970-71.
Plácidas pausas de rodaje: Jean Simmons y Marlon Brando
Desayuno con diamantes

'Desayuno con diamantes' (1961), de Blake Edwards. Tras las apariencias de vivaces colores de una sofisticada comedia romántica, como el escaparate de la joyería Tiffanys que admira Holly (Audrey Hepburn), late como un dolor sordo una melancolía, una sensación de orfandad, como esas calles desiertas que vemos en la secuencia inicial cuando Holly admira ese escaparate. Pero éste poco tiene que ver con la realidad,o no es más que una fuga para no asumirla. El umbral que empieza a rasgar esas risueñas apariencias, como también destila la actitud de Holly como una niña grande que sólo quiere jugar y no crecer entre lujos, es la aparición del que fue su marido en una modesta granja que poco tiene que ver con los ambientes de trivial sofistiación que ahora transita. La realidad empieza a asomar con sus grises rasgones, y empezamos a ver, como el escritor, Paul (George Peppard), que Holly y la realidad no es sólo lo que parece. Pero para que Holly se quite ese antifaz que la cubre de una vulnerabildad que es desamparo, y que no quiere asumir, debe afrontar que todos en el fondo somos como gatos perdidos bajo la lluvia que necesitamos del abrazo que nos haga sentir un calidez real que no tiene que ver con exorcismos de apariencias de cuentos de hadas. Y que no hay que desaprovechar la oportunidad cuando encuentras otro 'gato' que quiere compartir tu vulnerabiidad.

No se puede negar que buena parte del 'encanto' de 'Desayuno con diamantes' proviene de la excepcional creación de Audrey Hepburn, con esa gracia sin par que poseía, y esa capacidad de saber transmitir emociones subyacentes más frágiles bajo su desparpajo aparente. Demos gracias porque prevaleciera la opinión de que ella interpretara este personaje y no la inicialmente prevista Marilyn Monroe ( cuando menos hubiera sido una obra muy distinta). Tampoco hay que dejar de mencionar la decisiva aportación de la música de Henry Mancini, y en concreto el tema Moon river, para ir aposentando esa atmósfera melancólica. El único pero, del que fueron consciente los mismos responsables, es la estereotipada y fuera de tono intrusión del personaje japonés encarnado por Mickey Rooney ( imagen tópica como la del personaje brasileño, encarnado por el español Luis de Villalonga, que aparece en un momento dado con unas banderillas y diciendo olé).
Audrey Hepburn y el horno
Nadie sabe (Daremo Shiranai)- Gontiti
Qué delicada belleza la de esta composición de Gontiti para la banda sonora de 'Nadie sabe' (2004), de Hirokazu Kore-eda. Como si uno inspirara profundamente, fluyendo en un sonriente remanso...
Ava Gardner, Frank Sinatra y las pajitas
Nadie sabe

En pocas películas como en la magnífica 'Nadie sabe' (2004), de Hirokazu Kore-eda, ha sido tan pertinente ese cartel introductorio de 'basado en un hecho real'. Dado que lo inusitado de lo narrado, cuatro niños entre doce y cinco años vivieron en Tokio más de un año solos sin que nadie lo supiera ( o sin que nadie se percatara, o nadie se preocupara), parece inconcebible. El tratamiento realista, con una narrativa entrecortada, distante (que rehuye efectismos convencionales dramatizadores) y discontinúa (como la sucesión de capítulos), asienta el extrañamiento con una paradójica naturalidad que refrenda cuán posible es que algo así suceda en una sociedad sostenida sobre la distancia de la ajenidad, la despreocupación sobre el otro, cada uno en el particular ensimismamiento de su capsula, seres 'ausentes', aspectos desarrollados en sus también extraordinarias obras siguientes, 'Still walking' (2007 y 'Air doll' (2009).

Ese extrañamiento ya se insinúa en su secuencia inicial en la que la madre, Keiko, al mudarse a un nuevo piso, se presenta a sus vecinos, con su hijo mayor, Akira (magnifico Yuya Yagira); en la secuencia posterior vemos cómo de las maletas va sacando a sus otros tres hijos. No quiere que nadie lo sepa (algo que por lo que se dice ha sido tónica a la que están ya habituados los niños, que han tenido que resignarse incluso al hecho de que no tienen que ir a la escuela; es como si no existieran). Sólo Akira puede salir al 'mundo exterior'.
Cuando un día la madre anuncia que se ausentará unos días, comenzará el aislamiento al que se verán sumidos los cuatro niños, porque tras un fugaz regreso, desaparecerá largamente (cuando Akira, que ya le ha preguntado si el hombre que le gusta sabe de su existencia, a lo que ella responde que se lo dirá en el momento oportuno, llame por teléfono descubrirá que está casada ya con él: ahora son una realidad paralela, un lastre del pasado del que se ha desprendido). La situación de los cuatro niños puede evocar la de los niños que no notifican la muerte de su madre en la excelente 'A las nueve de la noche' (1967), de Jack Clayton, y que crean su particular mundo o sociedad, aunque en ésta hay una tenebrosidad con ecos de 'El señor de las moscas' de William Golding. Kore-eda elige una aproximación entre las pinceladas impresionistas y la distancia documental, una mirada armónica, que observa de frente, sin cargar tintas, y que propicia que la emoción se geste como un garrotazo seco con maneras delicadas.

A la vez se dibuja un contexto, como a través de las conversaciones de Akira con algunos de los respectivos padres, cuando les solicita ayuda monetaria (casi tan ajenos como la desaparecida madre). Hay momentos de lírica emoción como cuando saca a la pequeña a pasear el día de su cumpleaños, o como cuando deciden los cuatro salir juntos y disfrutar de un día festivo. Los personajes se dibujan con rasgos sutiles: la hermana mayor que se esconde, o más bien se refugia en su añoranza, en el armario bajo la ropa de su madre, o cubierta por ella; el hermano más travieso, que se dedica con mimo a crear y cuidar un jardín en la terraza con diversas plantas en sus tiestos. Cómo se va degradando el espacio del piso, con uno desorden cada vez mayor, acentuado cuando les cortan la luz y el agua.
Cómo se refleja el desgarro del hermano mayor, que afronta todas las responsabilidades, y su desamparo al sentirse en ocasiones incapaz de solventarlas. O ese pasaje en el que decide desasirse de ese papel, y establece durante el verano amistad con otros chicos que invita a jugar a videojuegos en su piso (contrastadas con las miradas de sus hermanos que se siente desatendidos, como si se hubieran quedado fuera), para asumir al inicio del curso cómo vive al margen cuando los amigos le dicen que ahora tienen otras ocupaciones ( ellos ahora con sus uniformes, él con su aspecto desastrado).

Por contra, la hermosa relación solidaria que establecen con otra chica que sí se integra en su mundo, aunque Akira rompa provisionalmente con ella cuando le enfrenta a la posibilidad de hacer algo que no sea digno, por mucha necesidad que se tenga; de hecho ella sólo ha accedido a acompañar a un hombre a un karaoke; véase al respecto los conflictos de conciencia que tiene Akira cuando se ve en la situación de tener que robar comida cuando ya es inevitable. Algo que asume, como consustancial a sus circunstancias, cuando la tragedia hace mella en uno de los hermanos. Es necesario curtirse, y encajar la desolación ( esa asombrosa secuencia de vuelta en el tren elevado tras enterrar el cadáver). Es otro rito de paso, otro pasaje a asimilar mientras prosiguen con su aislada vida de supervivencia sin que nadie lo sepa.
Bellísima obra, 'Nadie sabe' (Daremo shiranai, 20049, de uno de los más grandes cineastas del cine actual,Hirokazu Kore-eda, corroborado en sus dos portentosas obras siguientes, 'Still walking' (2007) y 'Air doll' (2009). Una mirada que destila armonia como un jardín zen, la mirada comprensiva sobre un conjunto, que revela las fisuras de esta sociedad que ha perdido el hilo de saber y querer conectar con el otro. Una mirada naturalista, de sutil conmovedor lirismo, que se constituye, a través de estos cuatro niños, en alegoría sobre la vejación de la dignidad, y la inocencia, en esta sociedad de la 'ausencia'.
Plácidas pausas de rodaje: Jackie Coogan
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