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sábado, 29 de octubre de 2016

David Fincher, de menos a más, entre lo excelente y lo magistral

Morgan Freeman usaba un metronómo para poder dormir, para infundirse algo de serenidad en un mundo afuera dominado por el caos, en la primera de las obras maestras de David Fincher, 'Seven' (1995). Fincher parece que usa metrónomo para realizar sus prodigiosos montajes, en los que modula la duración de planos y secuencias como si fueran notas musicales. Es un cineasta que hace de lo siniestro perversa irreverencia. En su cine abundan las sombras, como si la realidad estuviera nublada, como las mentes y las emociones. Se le consideraba un cineasta frío, cerebral, pero con 'El curioso caso de Benjamin Button' creó uno de las películas más conmovedoras de este siglo. Hasta 'Zodiac' no era un cineasta particularmente considerado, exceptuando cierta admiración por 'Seven'. Se despreciaba 'Alien 3' por el confuso montaje con el que se estrenó, se rechazaba 'The game' porque se quedaban en la superficie de su argumento y su rocambolesco giro final, y se desestimaba 'La habitación del pánico' por su escueta anécdota argumental sin apreciar sus complejidades internas. En eso se parece a Hitchcock, quien durante muchos años fue considerado un cineasta meramente comercial o un superficial mago del suspense.
Además, pocos cineastas como Fincher radiografía nuestro tiempo, nuestra sociedad, el ensimismamiento y la enajenación, la feroz competitividad y la indiferente corrupción, que nos define. Da igual si es Suecia o Estados Unidos, si es la ensimismada figura de Zuckerberg en 'La red social' que levanta un imperio sobre un despecho, si es el empresario aislado en su mausoleo de riqueza de 'The game', el esbirro currante enajenado de 'El club de la lucha, los diversos empresarios que aparecen en 'Millenium', o el inclemente político de 'House of cards', o si es en la pequeña escala de las relaciones, o empresas sentimentales, como el demoledor reflejo de 'La habitación del pánico' o 'Perdida'. Si hay una fuerza que rige e impulsa al ser humano es la combinación de la susceptibilidad y el despecho. Somos así de retorcidamente elementales. Realizamos un repaso a su obra, de menos a más, aunque el 'menos' es un decir. Todas me parecen entre lo excelente y lo magistral, por eso le considero uno de los más grandes cineastas vivos.
'Alien3' Hay una radical diferencia entre El montaje del director de Alien 3 (1992) y el que se estrenó en las salas en su momento. Son 24 minutos más los que se amplía su metraje, eliminando, incluso, secuencias del montaje estrenado en el cine, y el cambio es casi radical. Y se convierte en una obra equilibrada y coherente, que no desmerece de la primera de la serie, realizada por Ridley Scott. Y desde luego, es la más original y heterodoxa. Entonces, la impresión que suscitaba era la de encontrarnos ante un completo estropicio, con un montaje atropellado y confuso, y una notoria falta de cohesión y de atmósfera. Parecía más bien una película de Michael Bay o Tony Scott. Había personajes que, tras adquirir cierta relevancia, desaparecían del relato sin saber qué había sido de ellos. Parecía que se habían realizado tijeretazos a diestro y siniestro sin ningún rigor (o del modo más arbitrario).Gracias a los detalles añadidos cobra más fuerza el siniestro discurso, tan bien reflejado en su iluminación sombría y sus espacios sórdidos que cartografían espacios interiores (cualidades en las que ha reincidido Fincher en su obra), acorde al cuerpo extraño que representa Ripley en un universo de hombres, un universo futuro tecnificado pero de aliento medieval, como reflejan las vestimentas monjiles de los reclusos, violadores o asesinos ahora unificados por un espiritu sectario de raigambre cristiana: elocuente detalle del alien surgiendo del vientre del buey. Y a su vez acorde al cuerpo extraño que porta la propia Ripley (una alien reina).
'Millenium: los hombres que no amaban a las mujeres' Tras el impacto crítico de 'La red social', a algunos les pareció que bajaba el nivel de exigencia o ambiciones optando, primero, por realizar un remake (por lo tanto, algo que desluce por no ser original) y, segundo, un thriller que adaptaba un best seller que se había convertido en un masivo fenómeno (lo que suponía carecer de la distinción del material exquisito). No vieron que era, de entrada, un mordaz complemento de 'La red social', como 'El club de la lucha' lo había sido de 'The game'. En aquel caso, un empresario y un trabajador (el rey y el peón). En este díptico, un aspirante a demiurgo, creador de una red de éxito, el empresario en la cima, y una hacker, una marginal rebelde al sistema, como es el periodista que encarna Daniel Craig que no cesa de intentar sacar a la luz las corrupciones de los poderosos, aunque muchas veces sea derrotado en el intento. Fincher opta por un tratamiento distante de investigación periodística, como un implacable engranaje, que es un modélico ejercicio de precisión y condensación, como lo era 'La red social', acorde a la mente de Zuckerberg, o la investigación periodistica de 'Zodiac', de acuerdo al carácter obsesivo del personaje de Gyllenhaal. Combina la lacónica aspereza de los apuntes siniestros(en especial, a través del personaje de Lisbeth y su relación con el tutor), sin recargar nunca la atmósfera ni perder el paso (nunca desorientando, nunca demorándose en lo accesorio), con una coreografía de montaje puramente musical (extraordinaria banda sonora de Trent Reznor y Atticus Ross). Y realiza otra aguda y corrosiva radiografía de las podredumbres de los sótanos de los que dominan el sistema con su dictadura económica, tras la pantalla aparente de la democracía política, las corporaciones empresariales: lo que prima es el abuso impositivo de cualquier que detente una posición de poder, como ejemplifica el tutor). Y eso aliñado con el fundamentalismo de la xenofobia, el desprecio al diferente.
'La habitación del pánico' Una de sus obras menos comprendidas. 'La habitación del pánico' (2002) se inicia con unos planos de unos edificios urbanos, reflejo de la congestión vital de un infectado tejido social. En esta obra de extraordinarios movimientos de cámara cargados de sentido (equiparables a los de Ophuls), dominada por las sombras (externas e internas) se puede advertir una asociación clara con la construcción de 'La ventana indiscreta'. Como en esta, se juega sutilmente con la ambivalencia de lo representado. Sin, en ningún momento, incidir explicitamente en cuestionamiento de si lo narrado es real o mental, el espectador puede envolverse en la peripecia narrada, sin más (el asalto de tres ladrones a la casa donde viven los personajes de Jodie Foster y Kirsten Stewart, madre e hija), pero puede advertir entre lineas, en la peripecia simbólica, el enfrentamiento de la madre con los fantasmas de su mente, como si proyectara su conflicto, casi como una experiencia de catarsis liberadora. El personaje de James Stewart, en la obra de Hithcock, proyectaba, en el asesinato del vecino sobre su esposa, sus conflictos sentimentales y tensiones no resueltas con su pareja (Grace Kelly) sobre quién cede en la relación y se adapta al modelo de vida que impone el otro. En la obra de Fincher, es el despecho del personaje de Jodie Foster, abandonada por su marido, por otra mujer. Su mundo, hasta entonces, estaba definido y seguro, y ahora tiene que reiniciar su vida, incluido el buscarse un nuevo hogar y un nuevo trabajo. Es casi un partir de cero. La concreta habitación del pánico de la casa, es una especie de cámara acorazada de seguridad. Se puede decir que es la metáfora de esa habitación del pánico que ha construido dentro de sí misma, en su mente. Aún late un intenso dolor, una rabiosa frustración, un virulento despecho dentro de ella contra su marido. Superficialmente, el duelo consistirá en cómo los tres hombres intentan lograr que salgan de ahí para así poder conseguir el dinero, pero por otro lado cada uno de ellos representa distintas emociones que forcejean en el interior de ella.
'La red social' En 'La red social' (2010), Zuckerberg es otro Scrooge dickensiano de la era moderna. A él no le visitan los fantasmas del pasado, presente y futuro, sino, en alambicado y brillante armazón estructural que alterna tiempos, los damnificados de su depredación, en forma de demandantes, aquellos a los que robó la idea, y el socio cofundador. Zuckerberg es alguien que desde el furibundo despecho crea toda una exitosa red social en la que la contraseña mágica, la zanahoria que hace salivar, es la tecla de 'añade amistad'. Zuckerberg realiza en su trayecto una tala de todos aquellos que se convierten en rivales o competidores, o simplemente desechables, tras utilizarlos en el momento oportuno del modo conveniente (ejemplificado en la competición de remeros: será la circunstancia decisiva en la que los gemelos decidirán denunciarle; metáfora, la de los remeros, relacionado con lo competitivo, presente también en los episodios que dirige 'en House of cards'). La conclusión (pendiente) será un dedo que se suspende sobre la tecla de 'añadir amistad' de aquella chica (encarnada por Rooney Mara, luego la hacker en 'Millenium') que le había hecho sentir agraviado, que aún necesita que se trastoque en escenario ideal. El mundo debe complacer, satisfacer, no contrariar. Supuso la primera fructífera colaboración de Fincher con los músicos Trent Reznor y Atticus Ross, premiados en los Oscars, como lo fue su excepcional montaje, febril y trepidante, como la velocidad de la navegación virtual en donde se procesa ingente cantidad de información pero encubre la nada, porque montaje y música se funde como si fueran sinónimos.
'House of cards' Aunque la primera temporada de la serie 'House of cards' consta de trece capítulos, con lo cual la acción sigue en progreso, de algún modo pueden verse los dos primeros capítulos, dirigidos por Fincher, como un largometraje (incluso el segundo episodio comienza donde termina el primero). Los episodios que dirige Fincher marcan unas pautas estilísticas, con otro refinado ejercicio de montaje y modulación, pero en este caso más pausado, dejando respirar más la duración de los encuadres. Con el uso del fuera de campo en la secuencia inicial, con Frank estableciendo una elocuente diferenciación entre el dolor de lo que aprendes, con el que creces, y el dolor que es innecesario, ya marca el tono de la obra, y establece que asistiremos a una obra sobre la crueldad ‘invisible’, esa que no deja sangre porque se realiza entre las sombras, entre bambalinas. Fincher declaró que la representación previa que había realizado Spacey del 'Ricardo' III de Shakespeare había supuesto un buen entrenamiento. A Frank como a Zuckerberg les moviliza el despecho. A Frank que no le consideren para un puesto de vicepresidente tras todo lo que ha realizado gregariamente en su labor por el partido. Frank inicia su venganza y se revela como un implacable demiurgo en un escenario en el que se utiliza a los otros como piezas, aprovechándose de las debilidades de algunos, sabiendo cómo aliarse con otros, o cómo tocar los resortes adecuados en los demás, del mismo que prescindes de ellos cuando le conviene. Zuckerberg y Frank saben competir en una carrera. Fincher empezó dirigiendo la tercera entrega de Alien, y en su filmografía ha ido evidenciado, como pocos, que los hay cuyo ácido es aún más corrosivo que el de aquella extraterrestre criatura sin escrúpulos ni conciencia, es decir, quizá demasiado humana.
'Perdida' En 'Perdida' (2014), Fincher, con soberano magisterio y mordaz agudeza, desentraña una infección, la que se extiende entre el primer beso y la acción de introducirte un algodón en la boca para realizar el análisis correspondiente de saliva cuando tu esposa ha desaparecido y se teme que esté muerta y te consideran sospechoso de su asesinato. En esta ocasión, Fincher pone en primera línea la contienda de perspectivas. Las versiones que establecen uno y otro, marido y mujer, Ben Affleck y Rosamund Pike, y que convierten a la realidad en un territorio difuso. Pone de manifiesto que esta sociedad se trama sobre pantallas, y como a pequeña escala muchas relaciones lo hacen también, mientras entre bastidores las relaciones de pareja se rigen por la ecuación de manipulación, control y daño. Si se aparente que todo funciona bien, aunque no sea así, esa es la realidad que se puede aceptar como la trinchera en la que seguir manteniendo la cruenta contienda. Porque se está a cubierto tras la pantalla de las apariencias. Amy (memorable Rosamunde Pike) es el contrapunto de la protagonista de 'La habitación del pánico': Cuando la realidad no sólo no se corresponde con las expectativas y sueños sino que además te contraría dolorosamente con la decepción del abandono y la traición, puedes encerrarte con tus fantasmas, y desangrarte en tu propia habitación del pánico, pensando en convertir el rostro de quien te ha decepcionado en una pulpa. O puedes, directamente, como Amy, pasar a la acción y convertir su vida en una tortura que le haga desaparecer del mundo, condenado por tu asesinato, porque sientes que ha sido el responsable de que te haya convertido en una desaparecida en vida. Amy no es una psicópata, es la siniestra heroína en esta sociedad infectada.
'The game' Una marioneta sin rostro, como una figura humana, piezas de un puzzle oscilando en el espacio, son las figuras o símbolos que acompañan los títulos de crédito de ‘The game’ (1997). Las primeras imágenes tienen un aire fantasmal, imágenes de una grabación familiar, Fincher ya nos ha introducido en la atmósfera de la película, una realidad que es fácilmente manipulable, y cuyas piezas, apariencias, pueden ser más escurridizas de lo que parecen. La realidad es un espacio incierto en donde lo ficticio y lo real están separados por tabiques muy leves. Y es enigmática, como una esfinge; lo que los rostros ocultan, sus miedos y fantasmas. Nicholas (Michael Douglas) es como el Mr Scrooge de nuestros días, el potentado poderoso a quien nada le importa la vida de los demás, son piezas con las que se enriquece. No sólo encontramos ecos de la obra de Charles Dickens, sino de 'La huella' (1972) de Manckiewicz, y, por supuesto, de ‘Alicia a través del espejo’ de Lewis Carroll. Nicholas cruzará (o se caerá en) ese espejo, donde se invertirá su realidad, cuando su hermano Conrad ( Sean Penn) le ofrezca un regalo, ser participe de un ‘juego’ (The game). Un juego en el que no sabrá cuáles serán las reglas, y qué es lo que le deparará, será pura incertidumbre. ¿Qué mejor regalo o prueba para alguien que siente que domina el mundo que pasar de titiritero a marioneta, de sentirse Todo a sentirse Nadie?. La mayor virtud de esta obra reside en cómo esa incertidumbre la materializa Fincher en la ingrávida narración, modulada por una exquisita banda sonora de Howard Shore, un transito fantástico que altera la percepción de la realidad. Nada es seguro. El aprendizaje: dejar de ser alguien ensimismado, despechado porque la esposa eligió a otro, y empezar a preocuparse de los que te rodean. Preguntar sus nombres, puede ser un inicio.
'El club de la lucha' Tras realizar en 'The game' una obra fantasmal sobre un espectro en vida, un muerto viviente, el prototipo del poderoso empresario, en 'El club de la lucha' (1999),desentraña al prototípico esbirro del sistema, o la enajenación del trabajador que realiza acciones como quien usa una fotocopiadora. Es un reflejo del trabajador medio de hoy alienado y cautivo por las promesas materiales, ese 'Mundo ikea' reflejado en su hogar, y por ello capturado en una visión virtual y programática de la vida que conduce a la enajenación. Pero en el proyector de su mente empiezan a crearse desajustes, como la imagen de un pene que te introducen subliminalmente, y su insatisfacción crece, y deja de creerse su papel, pero no se revela de modo directo contra el sistema enajenador, sino que su mente implosiona por esa congestión vital (la brutalidad del ritual del club de la lucha es tanto reflejo de esa violencia contenida en una vida sistematizada como exorcismo y grito; una particular habitación del pánico en la que desahogar mentalmente la agresividad reprimida). Por eso, ese final de 'El club de la lucha' pudiera contemplarse como el gesto subversivo por excelencia, el atentado a las torres del poder financiero. Curiosamente, en su momento, en su presentación en el festival de Venecia, la acusaron de fascista, cuando es una de las obras más visionarias y transgresoras de las últimas décadas. La inmersión en las neuronas en sus títulos de crédito ya nos avanza que nos vamos a sumergir en la mente fracturada del protagonista. Y Fincher nunca hace trampas.
'Zodiac' 'Zodiac' (2007) tiene una estructura modélica: la fragmentación de perspectivas de su descentrada primera parte se concentran en una perspectiva en la segunda parte, pero no por eso el sentido o la verdad son aprehendidos. De hecho si algo se evidencia es que el mundo es caótico e inestable: comienza con el plano general de unas fachadas y termina con el primer plano de un rostro desolado, el que sufrió la agresión de las secuencias iniciales. La mirada del periodista, que encarna Jake Gyllenhal, intenta dar rostro y razón, a la huidiza figura que asesina aleatoriamente, encapuchada o en fuera de campo, pues es lo que es, ese incierto fuera de campo que nos enfrenta a nuestra permanente vulnerabilidad. Nunca podrá ser controlado, porque además lo ha generado el 'campo' de nuestra sociedad, y de la propia condición humana, la violencia sin razón que le ha definido desde el principio de los tiempos. Y por mucho que te enfrentes a ese rostro individual posible que lo enfoque e 'identifique', seguirá siendo un fuera de campo que no podrá ser nunca controlado. 'Zodiac' se inspira en un caso real, en el del asesino del zodiaco que inspiró al personaje de 'Scorpio' en 'Harry el sucio' (1971), a cuya proyección asiste el periodista. Fincher se empapa del estilo sobrio, conciso y afilado de los thrillers de los setenta y lo conjuga con su estilo (al fin y al cabo sus sombrías iluminaciones son herederas de las que realizaban Conrad L Hall o Gordon Willis), llevándolo más allá, en un proceso de difuminación que nos abandona en la intemperie de la incógnita. Fue la película que consagró a Fincher (por fin). La secuencia de la visita al proyeccionista y la bajada al sótano es una de las más deslumbrantes que ha deparado este siglo.
'Seven' En la obra de Fincher suele haber, en varias de sus obras, un correlato entre los sucesos y los dilemas interiores del protagonista, como si éste proyectara los fantasmas de su mente, y dilucidara su conflicto en lo proyectado. Al fin y al cabo, ¿No es el John Doe (Kevin Spacey) de 'Seven' (1995), el alter ego de Somerset (Morgan Freeman), despojado de la empatía y compasión de éste, sin ese 'diapasón vital' con el que resiste el caos del mundo para mantener el equilibrio y no desatar las furias?. Los títulos de crédito parecen la transposición de la mente del asesino al que se van a enfrentar, que no es sino al expeditivo espejo de una sociedad corrupta, indiferente y apática. El personaje de Freeman lo remarca, y sigue siendo una verdad dolorosa: el problema de la sociedad es su apatía. 'Seven' (1995) marcó un antes y un después en la historia del cine, y no sólo en el género. Fincher decidió que se rodara con temperaturas bajas para propiciar esa iluminación tenebrosa y amortiguada, esos colores en descomposición, que propició todo un cambio en el género, y toda una serie de producciones en esta línea siniestra. La música de Howard Shore, la primera de tres colaboraciones, fue fundamental en la consecución de una descarnada y crispada atmósfera que desafía los límites, sume en los abismos y aboca a una intemperie emocional tras constatar en la secuencia final que el ser humano es difícil que pueda evitar controlar sus instintos o su furia (su condición sanguínea sigue siendo más poderosa que la razón, el impulso violento que la empatía). En la última frase, la voz de Somerset lee una frase de Hemingway: “El mundo es un buen lugar por el que vale la pena luchar”. Y apostilla que solo cree en su segunda parte.
'El curioso caso de Benjamin Button' La narración de la singular vida de Benjamin Button, en la tercera colaboración con Brad Pitt, que demuestra cómo ha madurado considerablemente como actor desde los tiempos de 'Seven' (1995), se nos narra desde la evocación o el relato, con la interrogante ímplicita de si lo narrado será un fiel reflejo o estará condicionado por la misma evocación, o hasta por la invención. Pero si algo afirma el relato de la singular y anómala vida de este hombre que nace anciano y muere bebé, porque su organismo va al revés, a diferencia del resto, es que la vida no es predecible, haya un destino o sea aleatoria. Como a ese hombre que le cayó siete veces un rayo encima, visualizado al modo de las proyecciones primitivas, como la sublime secuencia del constructor de relojes, precisa metáfora sobre la imposibilidad de controlar el tiempo y los acontecimientos de la vida. Esa es nuestra condición desde los orígenes. Siempre estamos expuestos a los rayos, aunque nos esforcemos en buscar un porqué, y a las pérdidas y al deterioro de nuestros cuerpos que un día desaparecerán. Un día la película terminará. De tiempo en tiempo,surge una película que abre nuevos senderos al arte cinematográfico, y, a la vez, destila una sensación de plenitud. Cine genuinamente moderno que a la vez que cree aún en la potencia reveladora del relato (la construcción de sentido), lo desvela en su condición de ilusión y artificio.Y, paralelamente, constata la condición paradójica de la vida, su doble condición de pantalla (ficción) y materia (emociones y cuerpos).Y este es el caso de esta obra maestra, tan única como asombrosa, que es 'El curioso caso de Benjamin Button' 2008), el más bello relato de una relación de amor.

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