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sábado, 8 de octubre de 2016

Cuando tienes 17 años

Cuando tienes 17 años y colisionas con lo que deseas, cuando aún tú mismo, lo que deseas y quieres, cómo miras y cómo deseas, se perfila aún en un proceso de formación, cuando aún tienes que recorrer una larga distancia en ti mismo para enfocarte, cuando aún tienes que forcejear contigo mismo, con tu imagen, con esa espesura borrosa que aún son los otros, y ese influjo que sientes sobre ti. Cuando tienes 17 años, como ese cuerpo que recorre una larga distancia en un paisaje nevado desde la granja hasta la carretera más cercana en la que coge el autobús que le trasladará al colegio, al que llegará hora y media después, o ese otro cuerpo que golpea sacas mientras corre por la nieve antes de ser de nuevo instruido en el arte del combate cuerpo a cuerpo por un vecino, cuerpos que colisionan con lo que sienten, por lo que la afirmación se torna negación, la caricia puño, la atracción de la proximidad distancia que no se quiere recorrer. El recorrido narrativo, a través de los trimestres que conforman un curso, de 'Cuando tienes 17 años' (Quand on a 17 ans, 2016), de André Techiné (quien escribe el guión junto a Celine Sciamma), es el recorrido de la negación a la afirmación que es asunción y superación de límites, los que cerca el desconcierto y el miedo.
El inicio del trayecto suscita una interrogante, por qué la animadversión entre Damien (Karey Mottet Klein) y Tom (Corentin Fila). Por qué el segundo zancadillea al primero tras que este haya recitado unos versos de Rimbaud. Por qué el primero humilla al segundo en la pizarra, remarcando su ignorancia, cuando le corrige una ecuación que no ha sabido resolver. Por qué parecen buscar cualquier excusa para golpearse,por qué parecen acecharse como aves de presa, por qué sus miradas se auscultan con recelo y a la vez parece que se buscaran. Ninguno sabe dar una razón de por qué esa necesidad de hacer daño al otro, de rechazarlo y hasta agredirlo, como una presencia molesta, una interferencia que hace sentir que hay interpuesta una reja en la realidad en vez de espacio abierto. La conexión que posibilitará que la proximidad sea forzada, aunque sea en términos geográficos, es la madre de Damien, Marianne (Sandrine Kiberlain), la doctora que atenderá a la madre adoptiva de Tom, embarazada, y se ofrece para acoger en su casa a Tom durante un tiempo. También la madre vive sujeta a una distancia afectiva, en su caso sí geográfica. Su marido está destinado, como piloto de helicóptero, en Afganistan. La comunicación tiene que ser a través de la pantalla de un ordenador, o sólo puede disfrutarse en sus pasajeros permisos. Una guerra lejana, indicador de la tendencia humana a las contiendas; creces, te haces adulto y te afirmas con respecto a otro, justificas el combate con otro por una razón u otra. Damien y Tom viven su particular enfrentamiento bélico que intentan dilucidar con peleas pactadas, como si primara la coraza y la lanza en la relación. Aunque más que dilucidar incrementa la espesura en la que se enmaraña su confusión.
Damien es el primero que abre una brecha, cuando intente probar qué siente, si desea a los hombres o es a Tom a quien desea, cuando se anime a concertar una cita a través de un contacto virtual. Damien es el primero que enuncia la interrogante, a sí mismo y al otro, esa que ocultaban entre puños y repulsas. Expresamos lo contrario de lo que sentimos, por miedo, torpeza, incomprensión. Tom recula en las primeras aproximaciones, pero reconoce que lo que le condiciona, y atasca, como un quiste sebáceo emocional, es el miedo. Y ese miedo se torna violencia, repulsa del cuerpo que desea. El cuerpo que recorría distancias para coger el autobús, también recorría distancias en su interior pero para alejarse de lo que le atraía, inmovilizado por el miedo. En correspondencia de versos de rima libre, la muerte de quienes viven atrapados en la conformación adulta, la justificación de la contienda como escenario inevitable, detonará la aproximación de los que forcejean en su proceso de formación, en la definición de lo que sienten: la apuesta por la conciliación, y la aceptación, en vez de en la negación. La muerte en combate del padre de Damien propicia la circunstancia, a través del cuidado y atención de la pesadumbre de la madre, en la que los cuerpos superarán sus miedos y reticencias, y se desprenderán de toda coraza y lanza para entregarse a la desnudez, las caricias y los abrazos, la refriega placentera de los cuerpos que ya no se preocupan de los cercos en los que creían protegerse. La ternura y dedicación que ofrecen al dolor de la madre se corresponde con la propulsión del deseo sin trabas ni rubor y la apertura de los sentimientos que no ven al otro como un rival o contendiente sino un cómplice al que sentir, y a través del que sentirse más pleno por esa entrega que destierra recelos y sacas de aprensiones que se tornaban golpes. En la secuencia final, un cuerpo corre, supera una distancia, un recorrido, que concluye en un beso con el cuerpo que ya reconoce que desea.

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