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viernes, 5 de agosto de 2016

Un holograma para el rey

Una vida de holograma, una vida colapsada, como la del sistema al que pertenece, y representa. La vida de Clay retrocede, y se estanca. Acompasada al colapso financiero del 2008, y su recesión posterior, Clay (Tom Hanks) perdió su hogar y su matrimonio se quebró. El holograma que constituía su vida se desintegró. Un soplo, y desaparece la ilusión virtual, y queda la intemperie, el desierto. Clay es un ejecutivo de una corporación que se traslada a Arabia Saudi para intentar consolidar un contrato comercial, con respecto a un medio de comunicación mediante holograma, con el Rey. Se traslada a un espacio en construcción, la Metropólis de Economía y Comercio (trasunto de la Ciudad económica del Rey Abdullah), que se encuentra en medio de la nada, el desierto, como Clay intenta reconstruir su vida, su espacio interior. Se traslada a un espacio cultural, el árabe, que no ha dejado de ser un escenario de disputas financieras y económicas desde hace décadas para su país, Estados Unidos. Es tanto lo otro, como el coto de caza económica que propulse la propia economía cual oasis anhelado. Es el rival y la pieza preciada.
Clay se desplaza entre hoteles y carreteras y empresas, construcciones provisionales, construcciones en proyecto, de futuro aún incierto, como una vacilante y desconcertada criatura en un laberinto en el que intenta encontrar la sensación de que pisa cimiento firme así como la dirección adecuada. Se desplaza, encuentra callejones sin salida, barreras ante las que recula o tropieza, o sobre las que decide saltar. Hay personas que parecen que no están pero sí están, citas que se suspenden y demoran y que se logran reajustar cuando se toman direcciones que no habían sido señaladas. Clay se desplaza, y busca las contraseñas. Aunque quizá la dirección no sea la que cree que debe tomar, la que supone que debe ser su objetivo, esa dirección que, al fin y al cabo, sigue consolidando una relación con la realidad a través de hologramas, la especulación financiera a través de lo intangible, mientras en el interior se extienden los desiertos, en proporción inversa a la opulencia de las construcciones que se erigen, la barrera de la realidad que esconde la rapiña y la desproporción y la vanidad de las apariencias y el ávido consumo de los lujos.
Clay se desplaza, como una interrogante que se busca, se desprende del quiste que le entorpecía en sus entrañas, como le extraen quirúrgicamente el voluminoso quiste de su espalda. Y logra dotarse de cuerpo a través de quien se lo extrae, quien representa lo otro, la doctora Zahra (Sarita Choudury), con quien en las bellísimas secuencias finales, se sumerge en el agua, en las corrientes que fluyen, dentro y fuera, en el espacio líquido que hace sentir presencia, y dota de presencia al otro. Dos cuerpos fluyen conjugados, recobran su condición de cuerpos de deseo, ambos separados de su realidad de cuerpo tras sus rupturas sentimentales, y el holograma se hace fluido, y el otro es uno, y en el entre la realidad se expande en lo posible. Con 'Un holograma para el rey' (2016), cuya narración se despliega como un liquido que fluye sutilmente, Tom Tykwer realiza su obra más armónica desde 'La princesa y el guerrero' (2000). Tom Tykwer, de nuevo en colaboración con Johnny Klimek, compone otra estupenda banda sonora.

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