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sábado, 27 de agosto de 2016

K-Pax

Caídas y pérdidas. Algo se puede caer, algo se puede perder. Pierdes el paso, pierdes a quien te conectaba con la vida como impulso y refugio, a quienes amabas como tu propia vida. Caes en la desesperación, en la decepción. La vida no deja de confrontarte con las caídas y las perdidas. Intentas seguir elevando la mirada hacia arriba, con la ilusión aún encendida, o el impulso de la pregunta que no deja de explorar lo que aún no se sabe. Pero a veces, la mirada se precipita en el vacío, cae incluso en un agujero negro. O, cuando se desvía tanto de los extremos como de la exuberancia de la vida, permanece en la línea recta que no enfoca demasiado ya alrededor ni a sí mismo sino que se deja conducir por los trámites como el tren que se coge a la misma hora, una mirada que ya no se preocupa demasiado de quienes conforman su entorno, como si también fueran piezas de un mobiliario, una rutina diaria cotidiana confortable. Pero irrumpe lo extraño, lo desconcertante, y el paso se cambio para encontrarse con ángulos inusitados, y las respuestas, para variar, se escurren. Y te confrontas con el hecho de que creías saber lo que realmente no sabes, ya que aquella superficie en la que discurría tu existencia era meramente la trama y la pantalla protésicas sobre la que te dejabas arrastrar funcionarialmente en la inercia de los días. Eso es lo que le ocurre en 'K-Pax' (2001), de Ian Softley, al psiaquiatra Powell (Jeff Bridges) cuando trata a Prot (Kevin Spacey), un paciente que se sale completamente lo habitual, al que no logra enfocar como siempre enfocaba al resto en la cuarta o quinta sesión. Más bien le suscita más interrogantes. Ese hombre que dice provenir del planeta K-Pax, le hace plantearse su propia vida, su propia forma de mirar la realidad. De hecho, la primera vez que se cruzan, ambos rostros se funden en un mismo reflejo a través del cristal que les separa. Un cristal a través del que 'parece' que sólo puede ver Powell, porque Prot sólo 'parece' poder ver su propio reflejo, pero realmente 'parece' que le ve, que cruza su mirada con Powell.
Ese hombre, esa incógnita, 'aparece' en un espacio de tránsito, como si fuera parte de un haz de luz. Porta gafas porque la luz de este planeta afecta su vista. En K-Pax no existen las conexiones que pueden establecerse entre los humanos, los lazos afectivos. La vida duele, el espejismo de la desconexión hace sentir inmune al dolor de la pérdida cuando una conexión está rota. Powell descubrirá que Prot es Robert Porter un hombre cuya mujer fue violada, y asesinada, como su hija. Aquel dolor le condujo a sumergirse en las aguas, como hundidas sentía sus entrañas. Y ahora parece uno que es también otro, Prot y Robert Porter, Porque ¿quienes somos?. En el hospital psiquiátrico demuestra una anómala capacidad para conectar con el resto de los pacientes, una cualidad empática excepcional de quien sabe sentir como los otros. Entre quedarse arrasado por la pérdida de la conexión y el afinado temple de quien sabe ponerse en la piel y mirada de los otros, entre el dolor que te arranca las entrañas y la alumbradora capacidad de proporcionar alivio. El arco potencial de sentir de los seres humanos. En el primero nos podemos perder, desamparados, en el segundo se refleja el don que menos cultivamos porque tendemos a quedarnos en el tibio espacio intermedio del ensimismamiento y el entumecimiento por los resortes emocionales y las rutinas, los reducidos patrones de conducta emocional en los que nos restringimos: “.Voy a decirte una cosa Marc. Los humanos… la mayoría suscribís la política del ojo por ojo, una vida por otra, que en todo el universo se considera una estupidez (…) te aseguro que cuesta imaginar como habéis llegado tan lejos.
'K-Pax' se desplaza en dos direcciones, desciende a la raíz, y se eleva hacia las alturas de los territorios desconocidos que no dejan de plantear preguntas. En un momento dado, Prot/Robert Porter le dice a Powell, yo aceptaré que pueda ser Robert Porter si tú eres capaz de aceptar que puedo ser Prot. La inmersiva narrativa, propulsada por la excelsa banda sonora de Edwasd Shearmur, alienta la calidez así como la interrogante desde la mirada sabía de Kevin Spacey, la mirada que abre brechas en las alturas que suscitan interrogantes que no encontrarán fáciles respuestas. Precisamente, en la secuencia precia a su conversación con los científicos en el Planetario, cuando les demuestra conocimientos astronómicos que no puede tener un ser humano, observa el entorno de la calle, mientras es conducido en un coche. A alguien se le cae frutas, una niña pierde un globo, con un rostro de alienigena, que asciende hacia las alturas. En estas se encuentra la mirada sonriente que se esboza en la secuencia final en el semblante catatónico de Robert Porter, en el que quizá habitó por unos instantes lo insólito, alguien llamado Prot que provenía de otra galaxía. Quizás. Pero en ese quizá alienta la siembra de interrogantes que despierta la mirada que enfocará con más atención y empatía su entorno, como Powell, quien tras los títulos de crédito, contempla desde su jardín el firmamento. Su mirada ha asimilado que aún hay mucho que no sabe. Y la asunción de esa ignorancia es radiante impulso de acción. Edward Shearmur, quien también había compuesto una banda sonora excelente para la obra previa de Ian Softley, la notable 'Las alas de la paloma', compuso para 'K-Pax, una extraordinaria banda sonora que considero entre las más bellas que ha dado este siglo.

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