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viernes, 29 de enero de 2016

Macbeth

La versión cinematográfica de 'Macbeth' (2015) que ha realizado Justin Kerzel logra desprenderse de los envaramientos que lastraban las anteriores adaptaciones, la afectación y el peso del recitado, la frondosidad metafórica del texto que asfixiaba en la inmovilidad las narraciones de la obras homónimas de Orson Welles y Roman Polanski, respectivamente en 1948 y 1971, o 'El trono de sangre' (1957) de Akira Kurosawa. Si la obra de Polanski adolecía de carne y furia, y resultaba más bien desvaída, las de Welles y Kurosawa, por contra, se cortocircuitaban por exceso de engolamiento, predominaba ese énfasis de miradas arrobadas en trance y voces raptadas por la esforzada búsqueda de una intensidad cual reguero de puñales que quedaba en mero ejercicio de crispado o arrobado estreñimiento. Por mucho que la obra de Kurosawa trazara unas elaboradas composiciones visuales de luces y sombras que se acompasaban con agudeza a las mareas emocionales del personaje principal el texto atrapaba a los intérpretes en la afectación. Kerzel elimina los corsés inmovilizadores de la errada inspiración teatral, o del encuadre como espacio escénico o cuadro pictórico, y libera el texto en el montaje y la música. La condición espectral de la narración, el forcejeo del protagonista con sus fantasmas, la atmósfera de delirio, la transfiguración dramática por la que se conduce y precipita la metafórica coreografía del texto, encuentra por fin cuerpo en el montaje, en la propulsión expansiva de una soberana banda sonora de Jed Kerzel.
Nos sumergen en la narración ya a través de las acciones, del combate cuerpo a cuerpo en el campo de batalle que se extenderá en otros combates, sobre todo en el cuerpo del propio Macbeth y en el campo de batalla en que constituirá con sus proyecciones la realidad que devastará con sus miedos y ofuscaciones e inseguridades.La composición pictórica no desmerece de la obra de Kurosawa, con una palpable textura, conjunción de tonalidades de barro y el dorado de las ambiciones y los sueños que se tiznarán progresivamente de una capa caliginosa que derivará en el rojo sanguinolento que domina el plano final, la lid entre las vísceras y las ideas, entre las emociones y las proyecciones mentales. Y por otro lado, Michael Fassbender logra domar a la fiera del sublime verbo de Shakespeare, un derrame de figuras poéticas que, dado su artificio, puede convertir en cautivo a quien enuncie sus palabras. Logra que broten con naturalidad, en ese delicado funambulismo entre la poesía y el aforismo, y que sea su mirada la que dirija la narración, una mirada que se va abrasando en la enajenación.
La narración por tanto dota de cuerpo con la interpretación de Fassbender, la paleta de colores y el montaje (con un solo plano, con la orquestación de penumbras, concentra, y modula, la transformación del personaje de Lady Macbeth), el conflicto que incendiará el relato. Macbeth es un hombre que se deja sugestionar tanto por la voz de lo sobrenatural como de lo natural. Por un lado, a las brujas, las voces que atribuye autoridad por encima de los corrientes humanos, unas predicciones que le sitúan como rey, pero también esas predicciones apuntan a otro que también 'puede' serlo. Por tanto, si los hechos parecen conducir en otra dirección, por la decisión del rey Duncan (David Twelhis), se hace necesario la reconducción de los hechos (apoyada en las predicciones, a las que se otorga peso de futura realidad inapelable), y esa 'ilusión', se reconducirá con la influencia de la voz corriente o natural, en el espacio de realidad, su esposa, lady Macbeth (también espléndida Marion Cotillard) a la que Macbeth atribuye una autoridad, por el amor y la admiración que la profesa. La firmeza de su consideración de que por justicia él debe ser el próximo rey determina que intervenga en los hechos, apoyado en la influencia de las dos afirmaciones (la sobrenatural y la natural) y asesine al rey para tomar la posición a la que cree estar destinado y que piensa que merece poseer.
Pero la enajenación conducirá a su desquiciamiento, a eliminar lo posible que había sido señalado por la autoridad sobrenatural como rival o factible sucesor. Se enfrenta a los mismos designios que él siguió y forzó en su aplicación. Y se enfrenta a todo opositor que contraríe su voluntad. Su incendio interior, su pérdida de discernimiento, culmina en el acto de ordenar arder en la pira a la esposa e hijos de MacDuff, aquel que se opuso a su voluntad y autoridad. Lo que determinará la perturbación, y muerte, de su influencia natural, su esposa, y la consciencia de la carencia de fundamento en su enajenación, en las decisiones que había tomado. Por eso, en ese momento, ante el cadáver de su esposa (la asunción de la pérdida de voz cabal, la asunción de la enajenación de su voz, o discernimiento y juicio) será cuando diga que la vida es un cuento relatado por un idiota, lleno de ruido y furia, que carece de sentido. ¿Qué guía los actos? ¿Qué influye y determina las decisiones? ¿Qué capacidad de discernimiento y juicio cabal tiene la voluntad? Tras su muerte, quedan los que disputan el trono, dos figuras que desaparecen en la distancia de un fondo que no es luz sino una pantalla en rojo, el de la sangre derramada, el dominio del furor de la sangre. Prodigiosa banda sonora la compuesta por Jed Kurzel.

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