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miércoles, 7 de octubre de 2015

Chantal Akerman: Una mirada se ha suicidado

Una mirada se ha suicidado. Pocas miradas saben ver con agudeza, pocas se preocupan de mirar, prefieren dejarse arrastrar por la cinta transportadora de una superficie que les ratifica en el cerco protector de las rutinas. La mirada de Chantal Akerman sabía atravesar las superficies, y los recovecos, y múltiplicarse en ángulos porque su mirada poseía la rara cualidad de la flexibilidad. En su mirada palpitaba un acordeón, por eso podía desplegar el tiempo como si fuera una dilatación que se enroscara en el infinito o una sucesión de latidos como vibrantes pasos de bailes infatigables que no dejan de descubrir territorios desconocidos que explorar y nombres y denominaciones que cuestionar. 'Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080, Bruxelles (1975) y 'Toute une nuit'(1982) condensan esa amplitud. En la primera un cuerpo centraba, focalizaba, la narración, durante tres horas y veinte de duración (había algún otro cuerpo, pero periférico, extensiones, como su hijo, funcionales, como los clientes). La ausencia de un cuerpo pese a que era visible, y la exasperación del tiempo, la dilatación de la duración de los planos, como una condena. Tres días que parecían el mismo. En la segunda docenas de cuerpos multiplican la atención de la narración, en una narración acordemente fragmentada, aunque no falten planos dilatados. Toda una noche, aunque pudieran ser todas las noches. La narración es una coreografía de emociones, de estados, variaciones, fugas, colisiones, tanteos. Esa mirada exploradora, interrogante suspendida entre los hilos de las tramas inmóviles que intentan apresar nuestra película cotidiana, ha decido abandonar la nave y el sueño. Se ha cansado de mirar

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