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martes, 22 de enero de 2013

Django desencadenado

 photo django-unchained-foxx-washington_510x317_opt_zpsedcd53a4.jpg En ‘Django desencadenado’ hay un personaje que se llama nada menos que Brunhilda Von Shaft (Kerry Washington). Es la ‘princesa’ que quiere rescatar el héroe, un Sigfrido negro de nombre Django (Jamie Foxx) que es como una especie de Shaft pero un siglo antes, quien cual Prometeo desencadenado, con la intervención de su particular Baron Frankenstein, su liberador y tutor, Schultz (Christoper Waltz), se transformará en alguien capaz de cargarse a quien se le ponga por delante, sobre todo si es un maldito roedor esclavista. Para jugar con nombrecitos me quedo con el de Otto el piloto, no el que ‘estrellaba’ las ínfulas poético-transcendentes de ‘Los amantes del círculo polar’ (1998), de Julio Medem, sino el del piloto automático hinchable de ‘Aterriza como puedas’ (1980), de Jerry Zucker. Tarantino realiza una breve intervención en la que su personaje vuela por los aires, despedazado al explotarle la dinamita que lleva encima. El mundo de Tarantino es el del cartoon, y como los muertos son de pega, puede dar rienda suelta a su desaforado regusto por la violencia desorbitada. Quizá un día nos revelen que Tarantino realmente es un dibujo animado con ansias vengativas por no poder ser humano, como el villano de ‘Quién engañó a Roger Rabbit’ (1988). Su extraña condición inflamada me hace sospecharlo. Como si fuera otro, o le hubieran suplantado. Algo así me pasa con su cine, desde ‘Kill Bill’ (2003). Es decir, hay un Tarantino que me resultaba sugestivo, y otro (que suplió al segundo; ¿quizás su alter ego en el mundo de los dibujos animados?) que no me interesa nada, y hasta me resulta cargante.  photo 627_opt_zps5fcc34d2.jpg Pero ante todo no me interesa ya su cine porque dejó de hacer preguntas. En sus tres primeras películas, me gustaran más o menos, me resultara más o menos ingeniosa su arquitectura formal (en sucesivos visionados ‘Pulp fiction, me pareció más irregular, un juego formal resuelto con cierta gracia, pero más superficial de lo que parece por su alambicada estructura), tenía la sensación de encontrarme en un sugerente terreno movedizo, en el que las líneas eran difusas, las que diferenciaban un lado y otro, el de la ley y la delincuencia, como los relatos desmadejados, quebrados, como puzzles en los que las piezas estuvieran fuera de sitio, porque no resultaba fácil dilucidar donde deberían estar, como las mismas referencias morales. El universo de ‘Reservoir dogs’ (1993) era imprevisible, porque no se podía dilucidar qué era real o falso, quién puede ser un policía camuflado o un delincuente, en quien se puede confiar y en quién no, quién es lúcido o quién está trastornado. Tampoco en ‘Pulp fiction’ (1995) se podía delinear con claridad los lados, ni siquiera un centro, porque todo transpira aleatoriedad (en la vida no siempre aparecen oportunos ‘limpiadores’), como en ‘Jackie Brown’ (1997), donde la protagonista es una superviviente en una jungla que es pura intemperie.  photo Django-Unchained-008_opt_zpsc82bbf0a.jpg Pero algo ocurrió en su ‘mecanismo’ (no sé si condicionado por el 11/S; o por otro tipo de cortocircuito interior), y convirtió a la venganza en eje nuclear y vertebrador de su cine (siempre como acción justificada, y en cuya realización o ejecución se regodea con delectación), a partir de ‘Kill Bill’ (2003), que a mitad película empecé a ver a velocidad rápida (era la más adecuada manera de responder a aquel tropel narrativo; o quizás para evitar el ‘horror vacui’). Ya era todo claro, las posiciones bien definidas: la heroína vengadora, que resurge de su entierro, frente a los villanos, en ‘Kill Bill’, las chicas frente al asesino en serie, en ‘Death proof’, los soldados del ejército aliado frente a los alemanes/nazis, en ‘Malditos bastardos’. Ya no hay relieve, los personajes son figuras recortables, pero su excentricidad carece de, pongamos, la densidad de punto en fuga del cine de los Coen: no hay trasfondo, no hay más allá de lo que se coloca en la pantalla como piezas sin sombra. No hay afán de transcendencia, pero sí perspectiva moral, aunque con una delgada línea que no es roja, porque no separa nada. Su cine es de una dirección, es un cine de castigo, un cine que parece complacer una muy elemental transferencia, el soñar que das de ostias a tu maldito jefe, o al que consigue lo que tú no tienes, o sea algún maldito bastardo. Claro que en el cine queda mejor si esa violencia desatada se despliega de un modo políticamente correcto, es decir, que se realiza sobre alguna figura repulsiva, algún maldito bastardo al que sí (por transferencia) puedes escupir, destrozar, mutilar y golpear con saña sin que nadie proteste (ni a ti te detengan), sea un maltratador de mujeres, un asesino en serie, un nazi o un esclavista.  photo 5_opt_zps169bb38c.jpg Hace unos años, en un artículo en ‘Cahiers du cinema’, tras el estreno de ‘Death proof’(2007) , me censuraron la expresión ‘Canto al vacío’ con la que hacía referencia a las dos últimas obras de Tarantino (entiendo que no se esté de acuerdo, pero ¿censurarlo?; aunque está visceralidad está un tanto extendida en ciertos sectores cinéfilos, sean ‘profesionales’ o no, y Tarantino es uno de esos cineastas que posee su particular corte de acérrimos defensores; algunos también con capuchas con orificios pequeños). Por supuesto, lo de canto era una ironía. Su vacío es más el de un silencio crispado, en permanente estado de inminente implosión, como corrupto aire estancado. Ahora diría incluso que me resulta aberrante, aunque sería un adjetivo que más bien reflejaría el malestar y desagrado que me deja la contemplación de sus cuatro últimas películas (como me pasa con Von Trier, con su delectación por la desgracia, en ‘Rompiendo las olas’ y ‘Bailando en la oscuridad’, tras las que decidí evitar su cine; como el de Medem, preso de otro tipo de ensimismamiento, distinto al de Tarantino).  photo Django_Unchained_opt_zps9c45098b.jpg Más allá de algún detalle ingenioso, o de algunas secuencias resuelta con particular pericia (el asesinato en ‘Death proof’, la secuencia inicial o la larga secuencia del bar en ‘Malditos bastardos’), me interesan poco sus juegos referenciales cinéfilos o sus alardes formales, meramente ornamentales (o la banalización del artificio), o la reiteración de sus excursos secuenciales con largas (e insustanciales) divagaciones dialogales. Pero lo que más me distancia de su cine en esta última década, aparte de dar ya las respuestas (rudimentarias, y muy poco sugestivas), es que me resulta turbiamente vacío, como una supuración. Con el cine de Tarantino, en sus últimas obras, siento que me encuentro ante alguien que da rienda suelta a la mala conciencia, a esa violencia acumulada como depósito de bilis en el interior. Como alguien que vuelve de la tumba, como la protagonista de ‘Lill Bill’, pero lo primero que recupera es su rabia. La emoción ha sido sustituida por un autómata más preocupado por la destrucción, como el mortal abrazo de la autómata en ‘El ladrón de Bagdad’ (1940). En ‘Django desencadenado’ parece esbozar su resurrección, pero quedan como brotes deshilachados: las visiones que tiene Django de su añorada esposa; el espasmo concienciado de Schultz ante la violencia esclavista, que le llevará a la muerte). Todavía Tarantino sigue siendo dominado por su vertiente de dibujo animado; su cine es una inflamación cuyo trayecto único es hacia la explosión. El placer de reventar (se).  photo review_django-unchained-e1356342145971_opt_zps844f3241.jpg Si la película se mantiene dignamente en sus dos primeros tercios es, sobre todo, gracias a dos actores. El primero lo domina, soberanamente, Christoph Waltz , y el segundo, un excelente Leonardo Di Caprio. Se convierten en una especie de sucesivo ‘one man’s show’ (y el segundo en cierto ‘duelo’, con el añadido de que su aspecto físico sea tan parecido; con el abogado, que encarna el que fuera protagonista de ‘El relevo’(1979), Dennis Christopher, como tercer clon con mismo modisto y peluquero). Pero en el tercero la película cae en barrena, y aún peor, propicia que se desplome todo el edificio (ya que revela su completa inconsistencia: es lo opuesto al extraordinario final de ‘La noche más oscura’, que concentra, revela, y densifica la compleja entraña de la escurridiza narración). No porque Jamie Foxx, quien domina este tercio, no deje de estar tan competente como en el resto de la película. De hecho, si hay una interpretación que me resulta cargante es la de Samuel L Jackson, tan desafortunadamente impostada como la de Brad Pitt en ‘Malditos bastardos’. Sino porque evidencia, una vez más, que más allá de sus juegos de artificio o de pirotecnia formales, realizados con toda la habilidad que se quiera, queda no sólo el vacío, sino un vacío gangrenado, repleto de bilis, cuando Django se convierte en un torbellino cual diablo de Tasmania que se cepilla, en acción de vengador justiciero a todo maldito bastardo (o maldita bastarda) que se ponga en su camino, mientras, en los sucesivos tiroteos, no dejan de brotar en los cuerpos explosiones de sangre, cual furibundo estallido de volcanes.  photo django-unchained_opt_zpsda162a1b.jpg En la misma película, hay cierta diferenciación en el tratamiento de la violencia (en el primer tramo hasta utiliza planos generales), que refleja la evolución que ha tenido en su cine: De su eficaz e ingenioso ( y sí más turbador) uso del fuera de campo en la secuencia de la tortura de ‘Reservoir dogs’ o el brillante uso del largo plano general en la muerte nocturna en un descampado en ‘Jackie Brown’ (incluso el uso del extrañamiento, del absurdo, en secuencias de ‘Pulp fiction’, como la de la tortura en el sótano, o la secuencia de la inyección en el corazón), al regusto por la detallada acción de escalpelo en cabezas o el ametrallamiento en un cine en (qué más da son de nazis) ‘Malditos bastardos’, el apalizamiento sin fin de un psicópata, en ‘Death proof’, o las mil volteretas con espada o sin espada mientras se cercenan diversos miembros a su alrededor en sinfonía de molinete sangriento en ‘Kill Bill’, o el de volar por los disparos a una mujer porque no hace discriminación sexual, o disparar en los genitales al que estuvo a punto de cortarle los suyos, en ‘Django desencadenado. Ya no hay sutileza, resulta ramplón. Aunque lo realice con más ingenio en ciertas secuencias, le acerca a películas de la catadura de ‘Wanted’ (2008), de Timur Bekmambetov o ‘Shot’em up’ (2007), de Michael Davis.  photo Django-Klansme-650x275_opt_zpsbbf9e798.jpg Precisamente, hay quien ha dicho que, en esta última película Tarantino se había convertido en una réplica de su querido amigo Robert Rodriguez, o más bien, como si se hubiera ‘rebajado’ a hacer cine como Rodriguez, como si ambos hubieran sido una pareja de cineastas al estilo de la parejas de policías de poli bueno y poli malo, y Rodriguez fuera el practicante que puede ser denostado por realizar cine basura y Tarantino el que lo dignifica, como si sacara el vellocino de oro de los despojos. El cine de Rodriguez me interesa bien poco, pero me resultan tan cargantes y chirriantes, en su condición de mecanos acrobáticos de montaje, ‘El mariachi’ como ‘Kill Bill’. Al menos, Rodriguez, en ‘Planet terror’, asumía los límites en los que transitaba, sin caer en ese desquiciamiento desorbitado de Tarantino en ‘Death proof’, congratulado en sus largos excursos dialogales, de ínfulas godardianas, en el primer tramo, y su justiciero desafuero en su desenlace (que hasta deja en mantillas producciones con Van Damme o Norris). Con respecto a sus golpes de humor, los hay que podrían encajar en alguna película protagonizada por Leslile Nielsen, caso de gracietas como aquella en la que los encapuchados se quejan de lo pequeños que son los orificios de sus capuchas. O aquella en la que Franco Nero, que interpretó a Django en la película referencia, de Sergio Corbucci (sobre quien estaba escribiendo cuando se le ocurrió realizar también él una película en esa línea) le pide al Django ‘actual’ que le deletree su nombre ¿Realmente su cine convierte en Arte mayestático el cine que recicla, convierte en exquisito plato un cine de chorretones grasientos, o sólo los disimula con su tratamiento ‘acartoonado’?  photo django-unchained-movie-stills__458011_opt_zpsf2d344c3.jpg Quizás Tarantino debería realizar alguna película como ‘Aterriza como puedas’, con Otto el piloto quizá vengándose del resto de la tripulación porque le han relegado a piloto automático. O quizás es el tipo de película que ha estado haciendo, pero sus admiradores no han querido verle así porque no quieren descubrir que realmente es un dibujo animado creado, cual Baron Frankenstein, por Robert Rodriguez que ha poseído la personalidad del cinéfilo Tarantino que un día fue engullido por la pantalla del video como la niña de ‘Poltergeist’. ‘Django desencadenado’ no deja de ser otra desinflada representación de su universo de dibujo animado, esa pantalla en la que da rienda suelta a sus fantasías cinéfilas, los juguetes en los que materializar las películas que soñaba viendo otras películas, una pantalla con la que sueña que se explota el mundo con algo que lleve la marca Acme, cual adolescente que hace un corte de mangas a la realidad que le circunda más allá de esa pantalla que se convierte en su ilusión de dominio. No hay más transcendencias. No hay que buscar aquí disertaciones sobre el esclavismo, o sobre un clasismo social. Para eso mejor revisar ‘Mandingo’ (1975), de Richard Fleischer (otra de las referencias o inspiraciones de la película), mucho más descarnada, por cierto. Quizá el entusiasmo que depara en tantos y tantas su cine refleja que nuestra sociedad no ha superado la adolescencia. Que seguimos siendo como Otto el piloto, el muñeco hinchable que sigue sonriendo aunque quisiera ser en el fondo también piloto (pero no automático, y tampoco hinchable porque, en cualquier momento, el aire se le escapa haciendo el sonido de una pedorreta).

3 comentarios:

  1. ¡Oh, perdón! Equivoqué la ubicación del comentario sobre Tarantino dejándolo ir en el post anterior. ¿Puede usted trasladarlo aquí y borrar este, o no se puede? ¡Sin duda la emoción nubló mi buen juicio!

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  2. Una decepción 'Django', no me esperaba un clásico pero sí una película más divertida. Apenas aparecen esos diálogos crujientes marca de la casa, y como siempre, qué pena que sus pelis estén tan vacías. ¿Cuándo encontrará messieur Tarantino algo para lo que tan bien sabe hacer: contar? Un saludo!

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  3. Pues sí, es uno de esos cineastas a las que vendría bien que tuvieran algún coguionista que les atara corto. O simplemente que priorizara el dedicar sus capacidades como cineastas a guiones pergueñados por otros.

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