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lunes, 27 de junio de 2016

El cine de Wong Kar Wai, de peor a mejor

Hoy hace 21 años se estrenó en España la obra que puso en órbita internacional al cineasta Hongkones Wong Kar Wai, 'Chungking express' (1995), también gracias a la admiración de cineastas con predicamento cinéfilo como Quentin Tarantino. Su estilo de narrativa fragmentada resultaba llamativo, pero su cine no era un mero juego singular con las formas sino una compleja y sutil exploración de los recovecos de los sentimientos. En este sentido, 'Deseando amar' y '2046' son cenit del cine de las últimas décadas, y de la historia del cine en general. Su estilo fascina, aunque costase aprehender su sustancia, como ocurría con el viaje mental de la segunda. En su cine, el uso de la música resulta factor fundamental en la ecuación cautivadora, hipnótica, de inmersión en las emociones y sensaciones. Quizá por no resultar tan escurridiza en su construcción formal, su aventura estadounidense,'My blueberry nights', fue menospreciada como un sucedáneo de su estilo, cuando no deja de ser otra incisiva disección de las proyecciones afectivas. En cambio, la densidad emocional de 'The grandmaster' no ha sido advertida quizá por el desconcierto de su constitución de sombría película de artes marciales. Ahora prepara una serie de dos temporadas compuesta por 18 capítulos, de título provisional Blossom', que se estrenará el próximo año.
En su obra resaltan colaboradores como el diseñador artístico William Chang, que ha participado en todas sus obras, el director de fotografía Christopher Doyle, quien colaboró desde 'Days of being wild' hasta 'The hand', el excelente fragmento de 'Eros' (2004), o intérpretes como Leslie Cheung, Maggie Cheung, y en especial, Tony Leung. Wong Kar Wai es un extraordinario cineasta que hace de los reflejos y la construcción fragmentaria lírica de sentimientos en desencuentro. Sus trayectos dramáticos son procesos de restituciones, suplantaciones, rituales que buscan cauterizar un pasado que es decepción, procesos alquímicos que posibilitan un reinicio tras superar los tránsitos en los que las piezas del puzzle se descomponen en un juego de espejos en el que cuesta discernir la imagen verdadera o la proyectada entre fantasmas sentimentales, siempre en la tensión entre lo no dicho y lo anhelado, el sueño y la realización. Repasemos sus largometrajes de mejor a peor.
As tears go by. Su primera obra intenta afirmar una mirada propia, y excepcionalmente singular, entre las coordenadas más marcadas de una modalidad genérica en auge entonces, el thriller hongkones centrado en las triadas, con sus grandilocuentes y exuberantes coreografias de violencia, traiciones y venganzas, en el que destacaba John Woo, y el modelo argumental y dramático referencial de 'Malas calles' de Martin Scorsese. Los hermanos que interpretan Andy Lau y Jacky Cheung, el personaje cool carente de ambiciones y el joven alocado sediento de sangre, son réplica de los que encarnaban Harvey Keitel y Robert De Niro en la obra del cineasta italo americano. Wai se pliega a un guión más convencionalmente trazado, corsé del que se iría desprendiendo posteriormente, a medida que fuera controlando la producción de sus películas, ya que su proceso de elaboración de sus obras no parte de un guión ya ferreamente concebido, ni siquiera de una planificación predeterminada, sino que es más tendente a crear primero una atmósfera emocional y una modulación anímico narrativa, y el mismo proceso de rodaje es inspirativo al respecto, que a la priorización a la condición escénica de situación dramática y clásica caracterización personajes: es un cine primordialmente de montaje, de fragmentos que buscaran la cohesión (como la misma constitución fracturada o indefinida, aún sin perfilar, por una razón u otra, de los personajes de su obra). En su cine Wai hará exquisita poética de esa fractura, de la incompletitud. Por eso, ya buscaba en esta obra fugas que buscaban la distorsión, ya sea desde la misma planificación, con el uso de exagerados grandes angulares y composiciones forzadas, a apuntes caricaturescos o grotescos. Por esas combinaciones, o coordenadas referenciales, es una obra en colisión, balbuceante, en la que la historia de amor, con la primera colaboración de Maggie Cheung, no acaba de conjugarse engrasadamente con las otras líneas narrativas. Los planos de humo de cigarrillos, la percepción y la manifestación difusa de los sentimientos, y la presencia de la lluvia, o lágrimas ambientales, ya se esbozan como marcas de estilo en una planificación que combina los modos convencionales del género en boga y las distorsiones compositivas a las que tendió el estilo de Wai hasta 'Fallen angels'.
Ashes of time. Wai no quedó muy satisfecho del resultado de la película estrenada en 1994, aunque le diera la satisfacción de poder contar con medios de los que no había dispuesto hasta entonces, y decidió montar una nueva versión 13 años después, conocida como Ashes of time redux, no sólo realizando cambios estructurales sino incluso rodando nuevas escenas y utilizando una nueva banda sonora. Es una obra que resiente de cierto desequilibrio entre su exuberancia estética y cierta condición difusa y errática de su trayecto dramático. La cualidad inmersiva de su cine, como viaje emocional, parecía vacilante, quizá un poco desafinada, aunque no carente de momentos deslumbrantes. Apuesta por una variación heterodoxa, y más bien abstracta, más cercana a la poesía que a la prosa, del género wuxia. En su uso de la ecuación de combates de artes marciales y lances amorosos, resulta un apreciable borrador de lo que lograra materializar magistralmente en 'The grandmaster' De nuevo, el peso de los recuerdos, la condena de no poder olvidar las frustraciones o decepciones amorosas pasadas, la constitución de los personajes secundarios como reflejos, o posibles, del protagonista, las diversas metáforas de la ceguera, las duplicaciones y los brillos en las diversas subtramas de los guerreros o mercenarios que acompañan,o reflejan, el tránsito de un mercenario que parece un alma errabunda en un desierto emocional que quedó cautivo de las cenizas del tiempo y de la dificultad de conseguir amar.
Fallen angels. 'Fallen angels' surge de una trama que quedó fuera de 'Chungking express', de la cual no deja de ser un reflejo, quizá más errático y desigual, no sólo porque comparte algún elemento (reaparece 223 y las latas de piña, o al final quien reaparece como azafata tras una transformación radical de su vida), lo que las convierte en un particular y escurridizo díptico. También se duplica en dos relatos, o en dos aparentes líneas de trama diferentes, porque bien puede dudarse, como en la anterior, que una y otra historia sean un juego de reflejos, variantes desde otros ángulos, o complementos de unos estados emocionales de un mismo personaje (rostros diversos que son uno, como ocurrirá también en '2046'). A veces la voz en off que acompasa la narración parece pertenecer a cada uno de los protagonistas de cada trama. Uno es un asesino profesional que señala que prefiere que le indiquen lo que tiene que hacer, como si fuera a rebufo de la voluntad de otros o de los impulsos y caprichos de sus deseos. No deja de ser una metáfora de la irresponsabilidad en los lances amorosos, como quien mata los sentimientos del otro por meramente dejarse llevar. En los pasajes finales remarcará que deberá comenzar a tomar en su vida las decisiones. El otro es un personaje que no habla, pero no deja de imponerse a otros, a la vez que se enamora de quien no le corresponde porque está obcecada con otro. Lo que se acompasa a las reflexiones del primero de conseguir consolidar un amor. La idea de compañero (partner) se duplica en cuanto pareja y colaborador profesional, De hecho, todo parece duplicarse en su habitual juego de múltiples reflejos, con esa combinación de estética cool y aliño vintage (que encontrará su sublimada orquestación en el diptico de 'Deseando amor' y '2046'), con oclusiva fragmentación de montaje de video clips de la MTV. De nuevo, destaca la sensualización de ciertas secuencias coreografiadas al son de un tema musical,. Desplazamientos y poses también delatan ese contraste entre búsquedas infructuosas de la estabilidad sentimental y la inmovilidad de una incapacidad o de un ensimismamiento. Los personajes se contorsionan con sus emociones, y no deja de tener también una faceta grotesca, Lo sublime y lo ridículo en cuestiones de amor a veces se confunden.
My blueberry nights. Figuras entrevistas a través de los cristales esmerilados. Juegos de llaves que la gente deja en los bares para que otra persona las recoja, pero nadie viene a por ellas. Tartas que nadie come, que nadie desea, y permanecen intactas en la vitrina al final del día. Cintas de video de una cámara de seguridad en un bar, que recoge todo aquello que ha sucedido delante de ti, pero que no has visto, entregado a tu labor en la barra. Amores atrapados en reflejos, de los que hay que desprenderse, para abrir la ventana del corazón a una nueva luz. Estos son algunos de los 'acordes' que componen esa hermosa película que es 'My blueberry nights' (2007). Lizzie (Norah Jones) ha sufrido una decepción amorosa, el hombre que ama está con otra. Herida, deja sus llaves en un bar para que él las recoja, como clausura de una relación, pero le duele aún más que él no venga a recogerlas. Es como si ya no existiera, y no fuera digna ni de una mínima consideración. Los repetidos encuadres de los personajes a través de cristales y ventanas son como rimas de figuras que no han quebrado el muro tras el que yacen sus emociones, ancladas en un tiempo pasado que ha convertido en fósil su presente, o atoradas en la costra de una decepción de la que cuesta desprenderse para reiniciar un nuevo 'viaje sentimental'. Antes de reiniciar su corazón Lizzie tiene que hacer un viaje para limpiarlo. Necesita alejarse para dar rienda suelta a esa intimidad que se va gestando con Jeremy (Jude Law). Dos encuentros trazan su simbólico trayecto interior. El primero, la inmersión en el núcleo de su dolor, reflejado en el espejo que le devuelve otra relación, ya rota, y doliente, impregnada de negrura, la de Arnie y Sue (David Strathairn y Rachel Weisz). Desear que el otro sufra lo mismo que uno no es más que empañarse en el esmerilado lastre del recuerdo, en vez de liberarse de él Y conoce a una jugadora de cartas, Leslie (Natalie Portman), alguien que juega con el azar, con el impulso liberado de no tener ningún apego, surcando las carreteras sin que nada parezca afectarla, gane o pierda. Pero todos tienen sus lastres, su anhelo de compañía, por mucho que parezcas ya indiferente, como si nada te hubiera dañado, como en el caso de Leslie la relación con su padre. Y Lizzie comprende que dependemos de los otros, como espejo en el que nos vamos definiendo. Y en alguno hasta nos encontramos con un beso de tarta de arándanos.
Happy together. La imagen, repetida en varios momentos de 'Happy together' (1997), de las tumultuosas aguas de las cataratas de Iguazu, en una ralentizada, y hermosa, panorámica aérea, condensan la entraña del conflicto de la obra. Las turbulencias que agitan la relación de encuentros y desencuentros de Lai (Tony Leung) y Ho (Leslie Cheung), una relación que es destierro, ya que su pasión parece continúa colisión, como el espacio ajeno en el que se desarrolla, las tierras argentinas, lejos de su Hong-Kong. Asímismo, esas cataratas es el espacio que permanece en suspenso de ser visibilizado, de ser visitado, ya que, desde las primeras secuencias, es un viaje planeado por ambos que es demorado. Demora que no es sino reflejo del atasco en que permanece varada, tensada, su relación, entre rupturas, reconciliaciones fugaces y miultiples discusiones. Su relación es más bien un turbulento tango: la música de Astor Piazolla puntúa la narración, que culmina con la canción 'Happy together' de The turtles, que, como señalaba el director, no posee un componente irónico, sino que refleja cómo el fluir es posible cuando se sabe romper con el pasado. Además, la obra es la más descarnada en lo sexual, de las obras de Kar-wai, aunque tampoco sean demasiadas, ya que la crudeza se centra más en su colisión emocional. Trenes que se han cruzado, como refleja la imagen final, y hay quien ha sabido ponerse en movimiento, tras romper amarras, y quien se queda atascado en el lamento en su encierro, en el de una voragine de deseo y emociones que eran puro desbocamiento.
Días salvajes. ‘Días salvajes’ (1991) es la historia de un pájaro que no tenía patas, por lo que sólo podía tocar una vez tierra, para morir. Es la historia de un pájaro que no llegaba a ninguna parte, porque ya estaba muerto al principio. Pero Yuddi (Leslie Cheung) no es un pájaro. Ni sabe volar, ni amar. A So Lai Chen (Maggie Cheung) le dice que soñará con él, que recordará ese minuto por siempre, como si fuera un hechizo, o una condena. Un momento puede durar poco, o puede durar toda una vida. En los sueños lo momentos parecen encapsularse en la eternidad. Pero los despertares a veces sangran. En un bellísimo excurso o giro narrativo, como si la narración se deslizara por otros senderos que abren ángulos como si abrieran una herida, So Lai Chan conoce a un policía (Andy Lau) que se enamora de ella. Pero los sentimientos están atrapados en frascos que huelen a pasado, y las llamadas que se esperan son las de otro tiempo, las de otra voz y otro rostro. Y quizá sea ya demasiado tarde cuando decidas mirar al presente, y este ya no sea un policía sino un marino que marchó a otro país. Sueños, recuerdos, hacia adelante, y hacia atrás, pero nadie vuela, cautivos en una tierra intermedia, suspendida. Yuddi dijo que no era capaz de concretar a qué mujer había amado más, pero se pregunta qué estará haciendo. Quizá aquel minuto aún dura en él, siempre en su corazón, pero prefirió seguir creyendo que volaba, aunque ya estuviera muerto. Siguió prefiriendo negarse.
Chungking express. Las dos historias que se suceden en 'Chungking express' (1994) podrían ser la misma, una variación, una replica o una proyección. En ambas se agita la posibilidad, el incierto cruce o roce que propicia un futuro compartido, o su opción o incógnita.Todo puede ser cuestión de números, de azar. Los mismos protagonistas masculinos tienen adjudicados un número, como policias que son, el primero el 223 (Takeshi Kaneshiro) y el segundo el 663 (Tony Leung). El primero se rozará con una mujer en la calle, y su voz en off dirá: '57 horas después me enamoré de esta mujer'. En el fast food, que regenta su primo, trabaja una chica, Faye (Faye Wong), que 'seis horas después se enamorará de otro hombre', que no es otro que 663. En ambas historias se agita el peso de un pasado, que es decepción y por lo tanto lastre que condiciona sus presentes. 223 está obsesionado por la fecha de caducidad de las latas (en especial, las de piña). Si los recuerdos tienen fecha de caducidad la decepción puede evaporarse, como el agua del cuerpo tras realizar el jogging, que practica compulsivamente. La mujer de la que se enamora tiene un aire irreal, quizá fruto de sus emociones irresueltas, un aire de femme fatale, con sempiterna peluca rubia y gafas oscuras, que no se arredra en utilizar la pistola. Esta mujer se dedica al narcotráfico, y utiliza a emigrantes hindúes como tapadera, que en un momento desaparecen. Hay cosas, emociones que cuesta que desaparezcan, y otras desaparecen cuando no quieres.Y quizá la historia que toma el relevo, que es salto de eje, pues ahora la enamorada es una mujer, es una sustitución, un intento de rectificar lo que la realidad no ha respondido en la figura de esa mujer investida de aire de mujer fatal, a la que también parece pesar un pasado doliente. La chica del fast food, que siempre escucha la misma canción, 'California dreaming', no parece decidida a expresar lo que siente a 663, se hace repetidamente la encontradiza con él, guarda una carta de la mujer que abandonó a 633, una azafata, y se introduce clandestinamente en el piso de él como si así sintiera que habitara la casa, y fuera la restitución de la decepción amorosa de 663. Y con el tiempo reaparecerá como azafata. Tiempos, velocidades, pasado y futuro difuminados en un presente detenido que parece narcotizado. El azar, los números, sustituciones y replicas.
The grandmaster. Una belleza escurridiza, que cala profundamente. ‘The grandmaster’ (2013) es un sueño, un teatro, una partida de ajedrez, una coreografía de penumbras. A simple vista, una película de artes marciales. Hay tres etapas de aprendizaje en las artes marciales: Aprender a conocerse a sí mismo, aprender a conocer el mundo, y aprender a conocer las cosas vivientes. Hay quien expresa que no sentir remordimientos haría la vida aburrida. Hay quien, en cambio, no mira atrás, porque no hay orillas. Los sueños son como el viento que fluye, y así fluye la narración de ‘The grandmaster’, un teatro en permanentes penumbras. Pareciera que transcurriera entre decorados, aunque la nieve caiga, la lluvia azote El tiempo se sacude entre elipsis, transcurren varias décadas, el tiempo salta, como los combatientes cuando se enfrentan. Duelos, el mejor es aquel que permanece en pie. Aunque los duelos pueden ser filosóficos. Y los héroes, o las heroínas, pueden perder, incluso la vida, aunque sea muy lentamente. O quizá no los haya, sino sólo maestros y alumnos. Y caminos en los que trazar senderos, los del aprendizaje. La vida es una partida de ajedrez, un ir y venir, una partida en la que el perdedor no tiene de qué lamentarse. En ‘The grandmaster’ parece que concurrieran Peckinpah, Von Sternberg y Ophuls. Hay rostros surcados de dorado, que pueden convertirse en ambar, como esos sentimientos que no se expresaron, esas palabras que no se dijeron, esas acciones que no se realizaron. Y que se revelan cuando ya es demasiado tarde. O quizás el logro sea simplemente revelarlo, aunque confirmes que nunca hubieras sobrepasado la orilla.
2046. 'Todo es una invención, aunque las experiencias se cuelan'. En 'Deseando amar', Chow (Tony Leung) alquilaba la habitación 2046 de un hotel, para escribir sus relatos, pero también como el espacio en el que cicatrizar una herida, el abandono de su esposa; un espacio en el que 'escribir con su vida', una recreación (otra historia, la de otros, la de aquellos que abrieron una herida) pero también espacio de gestación, a través de una sustitución que se revelaba como revelación, porque el modelo y otro cuerpo se confundían, como sus sentimientos. Ese otro cuerpo era el de Su Li Zhen (Maggie Cheung), la esposa del hombre por quien su esposa le había abandonado. Chow aún sigue en esa habitación. '2046' comienza con un relato de ciencia ficción, un mundo llamado 2046, en el que se pueden recuperar los recuerdos perdidos, porque ahí nada cambia. Chow siente, que dejó desaprovechar una circunstancia excepcional, la aparición del amor. Piensa que el amor para que se realice necesita de su momento adecuado. Quizá no lo fue. O Quizá ella no le amaba. La interrogante lacerante, intrigante, del quizá, de lo que Su Li Zhan sentía, de si no se hizo lo que podía haberse hecho. 'Deseando amar' finalizaba con Chow en un templo de Camboya compartiendo con una hendidura su secreto, lo no dicho, lo no compartido. Así también comienza '2046', porque su relato, entre la evocación, la invención, lo real y lo imaginario, no es sino el relato de esa hendidura, de ese lienzo en blanco que es agujero negro, de una herida que no deja de sangrar en la mente de Chow. El relato de ciencia ficción es un relato de especulación, refugio y huida, hacia un futuro, porque hay una relación no conciliada con el pretérito. Es un relato dentro de otro relato, un relato inventado, al que las experiencias inundan. Aunque los rostros de las diversas mujeres sean otros, no dejan de ser los de Su li Zhen. Chow dota de otros nombres y rostros y varía circunstancias, elementos del decorado, mientras retuerce con la imaginación unos recuerdos que no dotarán de cuerpo al sentimiento no realizado, a las interrogantes que seguirán abrasándole como incógnitas no resueltas, convertidas en maraña de múltiples reflejos.
Deseando amar. Mirar hacia el pasado como en un cristal cubierto de polvo. La imagen se presenta confusa, borrosa. El vértigo de lo que no fue. El fuera de campo que no se hizo presencia, que no se realizó. La mirada confusa, los sentimientos enredados. Otra historia que se recrea, otra historia que se convierte en la propia. Pero ¿dónde está el límite? ¿Dónde finaliza la sugestión y dónde comienza el genuino sentimiento? En ‘Deseando amar’ (In the mood for love, 2000) Su (Maggie Cheung) y Chow (Tony Leung) se cruzan, primero, en un espacio de transición, unas escaleras, y se citarán, encontrarán, recurrentemente, cual fantasmas, en un espacio, un callejón, que asemeja a un limbo, un espacio intermedio, de tránsito, como ellos mismos con sus emociones, desencajadas, con el paso trastocado, tras que hayan comprendido que sus respectivas parejas mantenían una relación, un fuera de campo que han deducido por ciertos detalles. Un fuera de campo que comienzan a recrear con ellos mismos, con el que comienzan a especular, como quien aún no encaja el dolor de una herida infligida, e intenta asumir que una proyección, una película, es real, que no es cuento. Imaginan cómo comenzó su idilio, cuáles fueron sus primeras palabras, quién dio el primer paso. Incluso él alquila una habitación, la 2046 como si fueran los actores que ensayan una obra que, progresivamente, sienten que desean escenificar. ¿O es que el papel, la obra, les sugestiona, y también creen sentir lo que aquellos sienten, como si fueran sus réplicas en su sentido amplio, como si se dejaran poseer, enajenar, por lo que les ha ensombrecido, la revelación que les ha despojado de su condición de cuerpos, arrasados por la consternación? Se convierten en sombras en una pantalla, figuras que el humo, el aliento dolorido, de sus sentimientos traza con el tizón ardiendo de la imaginación. Los planos, los cuerpos, las emociones, se ralentizan y congelan, como cautivos en un ámbar, en una realidad que es ya la de la mente que orquesta los sueños de lo posible en una realidad que ya sólo llora, como la lluvia que les acompasa como en una coreografía, en ese limbo de espacio intermedio donde se encuentran, un espacio despojado, como un papel en blanco, en el que la imaginación pueda trazar las notas de una música que se convirtió en mero humo, ese en el que las emociones se desfiguran. Y sólo quedará la hendidura donde exponer el fracaso de una indeterminación.

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