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miércoles, 9 de diciembre de 2015

The inheritance/Karami-ai

Caminas por la calle, pareces una figura resplandeciente entre la multitud, y quizá incluso así te sientes, contemplas un escaparate, y de repente un brazo irrumpe en tu vida, como un garfio que te arrastra hacia el pasado que querías olvidar. Porque ya eres otra, porque ya dejaste atrás una vida supurante de sombras. Nada que ver con lo que ahora aparentas entre la multitud, nada que ver con cómo te sientes ahora, como quien se ha liberado de una sórdida muda de piel que contaminaba tu interior. Y la voz interior de Yasuko (Keiko Kishi), a su vez, irrumpe en la narración, como las entrañas que se vomitan tras un corte de digestión. Es así como Karami-ai/The inheritance (1962), de Masaki Kobayashi se interna en la espesura de un pretérito que rezuma la inherente corrupción de la condición humana, implacable complemento, precisamente, de la asombrosa trilogía que acababa realizar, una de las obras más magnas que ha dado el cine, La condición humana (1959-1961). Es a la vez, también, antecedente, de una posterior obra de Kobayashi, la también excelente Kaseki/The fossil (1975). En ambas, So Yamamura interpreta a un empresario que se enfrenta a su anunciada muerte. En ambas, es un hombre que ha entregado su vida al trabajo.
En la segunda, las interrogaciones se sucederán en una deriva que oscila entre las negaciones y las vacilaciones. No se esfuerza en contrastar con otros especialistas el diagnóstico de su cáncer de duodeno, ni confía en que haya una remota posibilidad de que una operación quirúrgica sea efectiva. No comparte con nadie, ni amigos ni familiares, el diagnóstico, y actúa como si nada ocurriera. Sólo conversa, comparte su intimidad, con el fantasma de su esposa, quizás porque él lo sea, porque así ha vivido su vida, más que mirando adelante, con la cabeza gacha del que cumple todos los trámite. Un amigo al que también le han diagnosticado una muerte inminente señala la cuestión fundamental que arañaba cada vez con más insistencia su conciencia: ambos supeditaron su vida a una dedicación obsesiva al trabajo. Aunque remarca el término empleo, más que trabajo. Una pieza en el engranaje, un autómata. La empresa de la que es propietario ha construido carreteras y puentes, pero en su deriva aturdida tras la notificación de su pronta muerte siente que su vida ha sido nada, casi un desperdicio. No estaba donde creía que estaba. Rupturas fugaces del desarrollo narrativo con planos del espacio alrededor, las aguas de un río o las ramas de almendros en flor contempladas desde el suelo, puntúan sutilmente, sin incurrir en crispaciones ni afectaciones, esa sorda extrañeza de quien ha permanecido ausente de sí mismo durante toda su vida y comienza torpemente a advertir que su vida era un fósil
En la primera, su personaje, Senzo, en cuanto se le diagnóstica un cáncer contra el que no hay posible tratamiento, no modifica su conducta ni se cuestiona nada: de hecho, sigue utilizando a su secretaria, Yasuko, como amante y, dada ya la imposibilidad de que su cuerpo responda sexualmente, pese a su obstinada insistencia, también como enfermera. No deja de intentar negar con su voluntad la derrota de su cuerpo. Yasuko es una pieza utilizada en una ceremonia de cazadores que buscan su trozo de la presa. Y esta es la cuantiosa herencia de Senzo. La petición que este realiza, la búsqueda de sus tres hijos ilegitimos, para comprobar si alguno merece disfrutar de su herencia (aunque una tercera parte ya está asignada a su esposa), supondrá el pistoletazo de salida para que compitan por la consecución de la pieza ya ensangrentada (los frecuentes vómitos sangrientos de Senzo).
Sea la esposa, o los colaboradores a los que se ha encargado la búsqueda, cada uno urde su particular intriga, en un sórdido juego de apariencias, que a veces incluso implica la falsificación de identidades. La esposa espera beneficiarse de la tutela de la hija más pequeña, y un investigador, Kikuo (Tatsuya Nakadai), establece una alianza, que implica incluso el crimen, con la hermana de una posible heredera. El relato se despliega como un cuerpo astillado, con elipsis bruscas, y saltos de perspectivas, como un cuerpo descoyuntado que se disgrega, y vierte su aliento de vida. La negrura se espesa en los encuadres y en las miradas. La cámara se desliza en un alucinatorio travelling entre estancias de un club de jazz, cuya música sacude la narración que parece convertirse en una contorsión que pierde su centro, hasta que se recupera ese presente en el que un cuerpo degradado logró liberarse de la red astillada, y dotarse de una luz que se despliega en la afirmación de un aliento de vida que dejó atrás la corrupción.

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