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miércoles, 3 de agosto de 2022

Las amigas

 

Es bien conocida la calificación de La noche, El eclipse y La aventura como la trilogía de la incomunicación, término éste que ha acabado convirtiéndose en el sello identificatorio del cine de Antonioni. Pero también podríamos plantearlo desde la perspectiva, según sus palabras, de su atracción por la inestabilidad emocional, a la que, por otro lado, poca solución ve. Las amigas (1955), adaptación de Entre mujeres solas (1949), de Cesare Pavese, no es tan radical en la transfiguración espectral, y en el enrarecido trabajo sobre el tempo narrativo, de la citada trilogía, que reflejaba su progresiva deriva hacia la abstracción, pero no implica que desmerezca, todo lo contrario, ya que, aparte de ya estar presente su agudo empleo tanto expresivo como significante, en feliz armonía, de los espacios o decorados, delinea con pulso de orfebre un relato radial, alternando puntos de vista y perspectivas de diversos personajes que condensan una fructífera mirada de conjunto, cuyo hilo conductor, como expresa Clelia (Eleonora Rossi-Drago) es que no se entienden unos a otros, ni se entienden a sí mismos, ni entienden, da igual si son mujeres u hombres (en cierta secuencia, una mujer asevera que los hombre no entienden a las mujeres, y en otra, un hombre señala que las mujeres no entienden a los hombres), y cuyo epicentro, la situación detonante del relato, es el intento de suicidio de Rosseta (Madeleine Fischer), que no es sino una situación en suspenso como una herida que no se puede cerrar, por cuanto sí logrará materializarlo en los últimos pasajes de la narración, y que refleja las carencias de los diferentes personajes, que no se saben, o no se quieren, mirar, volátiles, confusos, vanos, pueriles o cínicos.

Esa falta de saber transitar las emociones dispone de su reflejo espacial en esa secuencia en la playa, frente al mar (las emociones), en la que se congregan los diversos personajes, y en la que ya se evidencian las diversas fisuras, ya sea entre las mismas amigas, quedando manifiesto que su condición de amistad tiene más de formal que de real, como entre las diversas fugas sentimentales: Por ejemplo, el coqueteo de Mariella (Anna Maria Pancani), una de las amigas, con Cesare (Franco Fabrizi), el hombre con el que flirtea Momina (Ivonne Fourneaux), porque esta la había cuestionado y abofeteado delante de los demás. Frente a las aguas de un rio será donde Rosseta reconozca a Lorenzo (Gabriele Ferzetti) que está enamorada de él, y que por él había realizado ese amago de suicidio, ya que él está emparejado con su amiga Nene (Valentina Cortese). Pero Lorenzo, pintor, se caracteriza por los trazos erráticos, veleidosos y desorientados, de sus sentimientos, y se deja llevar por los vaivenes de la corriente de sus emociones, ya que quizá no ame realmente a Rosseta sino que se deja sugestionar por el hecho de que ella está enamorada de él, lo que determinará las consecuencias trágicas inevitables (el momento de su ruptura acontece en una esquina entre dos calles oscuras, de perspectivas en fuga). Curiosamente, tanto Lorenzo como Rosseta, en distintos momentos, comparten el desajuste que sienten con su vida, o con la vida alrededor, un desajuste definido por el hastío y la insatisfacción que quizá también sea potencial determinante de su sugestión sentimental. Son cuerpos en fuga que no se sienten conectados con su entorno, con sus rituales y rutinas, con quienes lo conforman, como si la vida cotidiana fuera una estructura meramente ilusoria, un espejismo. Aman quizá por no sentir su hueco interior.

El espacio de la pasarela de moda del negocio de Clelia no es más que el corrosivo reflejo de unas relaciones en la que los personajes parecen maniquíes que no saben habitar, o lidiar con sus sentimientos. Como la misma relación de los turineses con la moda: pagan mucho pero aparentan poco ( a diferencia de Roma). Se sabe expresar poco aunque se sienta mucho, si es que se sabe qué se siente, como Momina que vuelve con su marido tras su flirteo con Cesare, en lo que no deja de ser casi un nuevo espasmo de decisión, por no saber estar sola, a la espera del siguiente (espasmo emocional). El aburrimiento dispone también de condicionante peso gravitatorio. La misma impresión suscita el retorno de Lorenzo con Nene, como el gesto de alguien que se agarra a una boya cuando se siente ahogar, como si le diera vértigo iniciar una nueva relación, con Rosseta, porque al fin y al cabo, su relación no es sino otro espasmo generado por la insatisfacción vital. La narración comienza con Clelia, recién llegada de Roma, quien será quien descubra a Rosseta en la cama, inconsciente tras su intento de suicidio, y que a partir de entonces, mientras se habilita, y luego afianza, la tienda de moda, establecerá vínculos con ese círculo de amistad cuyos cimientos se revelarán frágiles y circunstanciales. La misma Clelia optará por aferrarse a su soledad, a su trabajo, en vez de sentirse expuesta, frágil, en su posibilidad de relación sentimental con Carlo (Ettore Mani), porque enfrentarse al sentimiento parece implicar enfrentarse a un abismo que puede desembocar en la perdida o en el extravío, por eso parece más cómodo permanecer en la orilla, justificándose en que ambos pertenecen a distintos estratos sociales (aunque el origen de ella sea el mismo, como deja patente cuando le muestra en qué barriada nació). Clelia decide, incluso, abandonar la ciudad, lo que es decir un escenario de fragilidades y engaños, en el que no solo no se entienden ni entienden, sino que además resultan implacables con los momentos de rebelión o los errores de los demás. El último plano encuadra su tren alejándose, contemplado por Carlo. Una conclusión que enlaza con el de la formidable Los inútiles (1953), de Federico Fellini. Dos personajes ponen distancia con un modo de vida que más bien es una prisión, con la apariencia de pasarela, de insatisfacciones y decepciones.

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