
En
cierta secuencia de Psicosis
(1960), la obra precedente de Alfred Hitchcock, destacaba la
presencia de unos pájaros disecados en la sala del Motel que
regentaba Norman Bates (Anthony Perkins), cuyos rasgos podían
asemejarse a los de un pájaro. En Los
pájaros
(1963), adaptación muy libre, escrita por Evan Hunter, del relato
homónimo de Daphne Du Marier, cobra protagonismo la agresividad
inesperada, e inexplicada, de los pájaros, un desbocamiento que se
convierte en amenaza para los habitantes de Bodega bay. En ambas
películas, dos mujeres, Marion Crane (Janet Leigh) y Melanie Daniels
(Tippi Hedren) deciden realizar un acto fuera de lo corriente cuyo
propósito implica la rectificación de una circunstancia definida
por la contrariedad. En un caso, Marion está insatisfecha con las
restricciones de su vida, un escaso sueldo, como secretaria, que
dificulta que pueda materializar el amor con el hombre que ama, por
lo que decide robar un dinero de su empresa; su puesta en movimiento,
por tanto, es una huida (que supone reconfiguración de su escenario
de vida). Bates, El
hombre de los pájaros disecados,
no será sino la representación de sus miedos e inseguridades por
ser atrapada, tras su huida de una vida que sentía disecada. En Los
pájaros,
Melanie decide, por despecho, realizar una (inesperada) broma, que a
su vez representa una sanción, al hombre que, en una pajarería, le
había hecho sentir que quedaba en rídículo (se había acercado a
él, haciéndose pasar por una dependienta, porque se había sentido
atraída por él, pero él sabía quién era y cuestiona su modo de
proceder caprichoso e irresponsable, como parecía la tónica de su
vida; significativamente, en su presentación previa, en la calle, se
percata del comportamiento anómalo de las gaviotas en el cielo). Su
puesta en movimiento es la del despecho desbocado (que intenta
reconfigurar el escenario de la relación con ese hombre). El hecho
de que la broma implique entrar en su casa, para dejar una jaula con
pájaros (cuando él la había comparado con alguien que vive en su
jaula dorada) implica la afirmación de un dominio en la relación.
En ambos casos, ambas quieren sentir que controlan (la relación con)
su vida, en pequeña o gran escala. Tanto Psicosis
como Los
pájaros
son relatos de jaulas, desvíos y caos. O cómo este lo generan tanto
nuestros miedos como nuestras arrogancias. Y en un caso u otro
manifestación o reflejo de una compulsión de control (de la
realidad)

Jaulas.
En Psicosis,
en la conversación que mantiene con Marion, rodeados de pájaros
disecados, Norman alude a cómo los humanos se sienten atrapados en
una jaula, en la que forcejean por querer escapar. Las presencias
taxidérmicas oprimen el encuadre sobre los personajes. Marion se
siente como si escuchara la siniestra voz que la revela en su
desesperado e irreflexivo acto. Y que la desnuda en su indefensión,
en su condición de pájaro disecado. Y siente miedo de la libertad.
Melanie es una irresponsable hija de papa (un magnate de la prensa)
que se mueve por impulsos y caprichos. Cree que será capaz de
engatusar a Mitch (Rod Taylor) con una escenificación, pero él no
solo sabe más de ornitología que ella, sino que sabe quién es. Su
acercamiento era un modo de llamar la atención, porque le atraía,
pero él, abogado, piensa que es otra de sus (célebres) irreverentes
bromas, caracterizadas por la infracción o presunta transgresión,
por lo que se siente escaldada. La secuencia se teje sobre dobles
sentidos, como la ironía de Mitch cuando le pregunta por qué están
esas inocentes criaturas enjauladas en vez de vivir libres. O como
corrosivo remate, tras que a Melanie se le haya escapado un pájaro
al intentar cogerlo de la jaula para enseñárselo, Mitch captura el
pájaro con su sombrero y dice, vuelve
a tu jaula dorada, Melanie Daniels.
Mitch estuvo presente tiempo atrás en un juicio a Melanie por una de
sus alocadas gracias. Mitch cree en la ley (lo que es más bien
decir, en la responsabilidad, en ser consciente de las consecuencias
de los propios actos). Psicosis
comenzaba con un plano de un edificio, en uno de cuyos pisos Marion
hace el amor con el hombre que ama, Sam (John Gavin), un amor que aún
no han podido formalizar, como si fuera una actividad clandestina.
Una vive en su jaula dorada, y otra en una jaula de cemento cual
nicho (una vida invisible, que no logra realizar, hacer visible,
manifiesto, lo que desea).


Desvíos.
Marion, mediante un robo, decidía tomar un desvío
o atajo en su vida, para sentir que tomaba las riendas de la misma,
que disponía del control, por lo que optaba por un viaje en busca de
un destino que no fuera determinado por otros. Pero irrumpe en su
desplazamiento el miedo, por la posibilidad de que la detengan por
su acto ilícito. El miedo a las gafas ahumadas de la ley
(representada en ese policía de carretera que para su coche cuyos
ojos no puede ver tras esos cristales). No hay mirada en la ley
cuando castiga, es tan impersonal como implacable. Una tenebrosa
abstracción. Y el miedo se tornará arrepentimiento cuando el temor
a las consecuencias de su acto impulsivo empiezan a calar en ella. No
hay lugar seguro donde esconderse. No deja de sentir que el incierto
ojo de la ley puede descubrirla como infractora en cualquier momento.
Se siente desnuda,
desprotegida. En la oscuridad de la carretera toma un desvío. Y
decide coger una habitación en un aislado motel, sin clientes, en la
que morirá, desnuda, en la ducha tras que su asesino, precisamente,
la observé a través de un agujero de la pared (un ojo visible que
pareciera la tenebrosa manifestación de su temor a la oscura mirada
no visible de la ley). El ojo ciego de la bañera arrastrará su
irreflexividad, ahora muerta, y desnuda, desamparada, y ya
definitivamente ausente, más ausente de cómo se sentía en vida.
Melanie decide realizar una acción de venganza, dolida por la
humillación que le ha infligido Mitch, y además cuestionando su
inconsecuente modo de vida. Es el despecho desbocado en el que
subyace la compulsión de control. Quiere ser ella quien tenga la
última palabra, como si la vida fuera un juego en la que cada uno
realiza sus movimientos para dominar el tablero de la realidad (o
sentir que lo domina). Se decide a llevarle ella misma los pájaros
que él quería comprar para su hermana pequeña, Cathy (Verónica
Cartwright). Conduce su coche dejando atrás la ciudad (el espacio
que domina), hacia ese pequeño pueblo costero donde vive Mitch,
serpenteando por una carretera llena de sinuosas curvas (como sinuoso
es su modo de proceder). No tiene intención de dárselos en mano,
directamente, apareciendo en la puerta de su casa. Elige la opción
retorcida. El desvío. Alquila una motora para llegar a la casa de
Mitch por mar. Deja los pájaros en el interior de la casa. Y ya, de
nuevo en la motora, observa, para su diversión, cómo Mitch,
perplejo, los descubre y sale por la puerta de entrada de la casa,
mirando, en principio, al camino principal. El camino de llegada
directo, sin rodeos. La vía lógica. Pero no es el que ella ha
elegido, porque ella no es así, sino sinuosa. Y es cuando sufre el
primer ataque de una gaviota.


Caos.
No habrá explicación para el por qué de los ataques de los
pájaros. Como no hay un por qué, razonable, en la conducta de
Melanie. Como una caprichosa niña consentida actúa a golpe de
reacción visceral, de despecho o arrebato soberbio. El desbocamiento
de los pájaros, cuya pauta de actuación (ataques tras periodos de
pausa) resulta impredecible (no se sabe por qué esos periodos de
pausa, y por tanto cuándo podrán atacar; como las conductas humanas
pueden ser fruto de caprichos e impulsos). El primer ataque colectivo
de los pájaros tendrá lugar durante una fiesta infantil, donde
tanto agreden a los niños sin piedad como explotan globos (en
correspondencia con la puerilidad emocional de tantos comportamientos
supuestamente adultos). Precisamente, otros globos, los oculares,
serán los que después devorarán como es el caso del granjero
vecino (en correspondencia con la ausencia de mirada, de saber ver a
los otros, o una misma, como la ensimismada Melanie). Las miradas
cobran fundamental importancia en los primeros contactos de Melanie
tanto con la profesora Annie (Suzanne Pleshette), aún enamorada de
Mitch, con quien mantuvo una fugaz relación (motivo por el que ella
se trasladó de San Francisco a ese pequeño pueblo) como con la
madre de Mitch, Lydia (Jessica Tandy). La planificación escruta sus
expresiones y miradas durante las conversaciones, a veces sosteniendo
la planificación en sus rostros (como es el caso de la madre la
primera vez que habla con Melanie, junto a su hijo) mientras
acontecen las conversaciones (Hitchcock filma sus pensamientos; pocos
cineastas lograron filmar el curso de los pensamientos en las miradas
como él). Se puede percibir cómo afecta la presencia de Melanie
tanto a Annie como a la madre, qué suscita (desestabiliza) en ellas.
En
las conversaciones de Melanie y Annie se crea una tensión entre la
amabilidad formal y lo que subyace en las miradas, una y otra saben
lo que la otra siente; Annie sabe que Melanie puede conseguir lo que
ella no logró; durante una conversación telefónica de Melanie con
Mitch, la cámara encuadra a Annie de perfil mirando hacia el otro
extremo de la habitación, y en otro plano, ella en primer término y
al fondo Melanie observándola (en la mirada de Annie palpita la
desazón porque comprende que a Mitch le gusta Melanie): esa
secuencia concluye con la segunda irrupción de un pájaro, que se
lanza contra la puerta (en correspondencia con esa tensión
subyacente entre ambas); Melanie le enseñará el ridículo camisón
que ha comprado (que intenta trivializar la cuestión subyacente, el
deseo de una y otra con respecto al mismo hombre, esto es, como
rivales sexuales; pero Annie controla sus emociones, ese pájaro
que
desearía arrancar los ojos de Melanie). En la madre también subyace
una compulsión de control, aunque lo reconozca como un deseo de no
sentirse abandonada, motivo por el que ha convertido a su hijo en
reemplazo de su marido muerto (por lo tanto, Melanie es una amenaza
que puede abocarla a un segundo plano marginal si ella ocupa el
centro de la vida de Mitch). La irrupción de Melanie descentra la
vida de las dos mujeres, una aún residente en ese pueblo como
maestra porque quizá aún vive de la remota posibilidad de que algún
día su amor se materialice con Mitch, y la otra porque siente que su
vida se tornaría marginal, como si ambas ya fueran invisibles,
miradas por ojos vaciados.


Los
pájaros desbocados son la metáfora de esas emociones que se
controlan pero que pudieran desbocarse, y de modo particular de la
actitud o conducta caprichosa, despechada o soberbia de Melanie. La
emoción desatada sin consciencia de las consecuencias de los propios
actos sobre los demás, o que se desplaza por la realidad no de
frente sino de modo velado y sinuoso para sentir que es quien dispone
del control (por eso, usa unos pájaros en una jaula, que introduce
en espacio ajeno, para demostrar que ella actúa como quiere y que
dispone del control; no está en ninguna jaula dorada sino que
reconfigura la realidad a su voluntad). Es como el ojo que mira desde
las alturas, en las que se siente ajena a la condición de los otros,
y rige los acontecimientos. Como los pájaros que se ciernen
amenazantes sobre el pueblo, antes del ataque, durante el cuál
Melanie quedará atrapada en una especie de jaula,
una cabina telefónica (Hitchcock remarcará con su planificación su
angostura). Perversa ironía que sea un emblema de comunicación.
Cuando ella y Mitch vuelven al bar, tras los ataques, se encuentran
con un grupo de mujeres atemorizadas, ocultas en un pasillo (y una de
ellas, histérica, la acusa de ser la responsable de esos ataques,
como si ella fuera el mal personificado). Melanie se había creado su
jaula, reclusa en su inconsciente y ajena jaula dorada de caprichosa
conducta. Melanie debe enfrentarse a la drástica experiencia de su
doppelganger,
los pájaros. Y el desvío
que
toma la enfrenta a unos barrotes que no había sabido, ni querido,
limar con la razón. Al final, el rostro desencajado y el cuerpo
magullado de Melanie, rodeada de de hordas de pájaros, quizás
encarnen la exangüe asunción de la vulnerabilidad (ha sido atacada
en una habitación por decenas de pájaros en el espacio, el hogar,
en el que, al principio, había dejado unos pájaros en una jaula
como gesto de control y dominio). O quizás la enajenación de quien
ha mirado directamente al abismo que es su reflejo en el espejo.