Maureen O'Sullivan con cinco hermosos perritos con los mismos nombres que las quintillizas nacidas en 1934 en Ontario (Canada), las quintillizas Dione que el mismo Gobierno, aparte de quitar la custodia legal a los padres por no ser lo sufi
cientemente solventes y asegurar su supervivencia, convirtió incluso en atracción turística en la ciudad de lo que sacó buen beneficio, ya que fueron las primeras quintillizas en sobrevivir al nacimiento, y superar la infancia. Entre 1936 y 1943 las visitaron 3 millones de personas en el area de observación construida en el Hospital Dafoe, 6000 mil por día, en donde llevaron una vida un tanto controlada y un plan de vida muy rígido, constantemente examinadas y estudiadas. En su momento se hizo referencia a ellas en varias películas. En 'Una noche en la opera' (1936), de Sam Wood, en la inolvidable escena entre Groucho y Chico sobre las 'partes contratantes' en un momento dado Groucho le pregunta a Chico que no sabe qué es eso de los duplicados, y Chico le contesta: Claro, esas cinco niñas ahí arriba en Canada, a lo que replica Groucho que él nunca ha estado en Canada. Además, aparecieron en dos películas, 'The country doctor', en 1936, de Henry King y 'Five of a kind' en 1938, de Herbert I Leeds, que eran versiones ficcionalizadas de su vida, centradas en el 'heróico médico' que se ocupó de ellas.
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viernes, 2 de noviembre de 2012
Maureen O'Sullivan, los cinco perritos y las quintillizas Dionne
Maureen O'Sullivan con cinco hermosos perritos con los mismos nombres que las quintillizas nacidas en 1934 en Ontario (Canada), las quintillizas Dione que el mismo Gobierno, aparte de quitar la custodia legal a los padres por no ser lo sufi
cientemente solventes y asegurar su supervivencia, convirtió incluso en atracción turística en la ciudad de lo que sacó buen beneficio, ya que fueron las primeras quintillizas en sobrevivir al nacimiento, y superar la infancia. Entre 1936 y 1943 las visitaron 3 millones de personas en el area de observación construida en el Hospital Dafoe, 6000 mil por día, en donde llevaron una vida un tanto controlada y un plan de vida muy rígido, constantemente examinadas y estudiadas. En su momento se hizo referencia a ellas en varias películas. En 'Una noche en la opera' (1936), de Sam Wood, en la inolvidable escena entre Groucho y Chico sobre las 'partes contratantes' en un momento dado Groucho le pregunta a Chico que no sabe qué es eso de los duplicados, y Chico le contesta: Claro, esas cinco niñas ahí arriba en Canada, a lo que replica Groucho que él nunca ha estado en Canada. Además, aparecieron en dos películas, 'The country doctor', en 1936, de Henry King y 'Five of a kind' en 1938, de Herbert I Leeds, que eran versiones ficcionalizadas de su vida, centradas en el 'heróico médico' que se ocupó de ellas.
Plácidas pausas de rodaje: Robert Montgomery y Wandra Hendrix
Robert Montgomery y Wanda Hendrix cabalgan en los caballos del tiovivo durante una pausa de rodaje de 'Persecución en la noche' (Ride the pink horse, 1947), la segunda película dirigida por Montgomery. Un discreto film noir, de amortiguada
atmósfera, en la que se recuerda más la tétrica ambientación de México, que el conflicto dramático, y en destacan puntualmente algunas secuencias, como las relacionadas con el tiovivo, o las del violento desenlace.
Roy Rogers, Trigger y el Paseo de la fama
Roy Rogers deja sus huellas, de manos y suelas de botas en el Paseo de la Fama de Hollywood, y lo mismo hace con sus herraduras 'Trigger', el 21 abril de 1949. Otros caballos de estrellas del western también dejaron marcadas en el cemento sus herraduras, como 'Tony' de Tom Mix o 'Champion' de Gene Autry. Rogers, como William S Hart, también dejó impresa la huella del revolver.
El último caballo
“…El mundo antiguo, el mundo en que un pobre hombre podía tener un caballo y podía darle de comer sin grandes dificultades, el mundo en el que se podía vivir tranquilamente sin matarse trabajando, el mundo en el que todo era suave y fácil, cuando había solidaridad entre los hombres y cuando todo lo que se movía tenía sangre caliente; cuando la gente no tenía tanta prisa y vivía con más sosiego, cuando sobraban unas horas al día para pasear en un caballo, cuando no había ese gesto hosco que hoy se observa en todas partes, porque a la gente le falta siempre la peseta sobrante con la cual se compraba la alegría…” Sustituyamos peseta por euro y podemos preguntarnos ¿Estamos en el 2012 o en 1950? Son las palabras de Fernando (Fernando Fernán Gómez) en una secuencia de la esplendida ‘El último caballo’ (1950), de Edgar Neville (autor también del guión), en la que comparte hartazgo y unos buenos vinos con sus amigos Simón (José Luis Ozores) e Isabel (Conchita Montes), cual si fueran un precedente del ‘Grupo salvaje’ (1969), de Sam Peckinpah, u otros personajes desubicados de los westerns calificados como ‘crepusculares’ de los 60 y 70. Los tiempos están cambiando, pero no él, diría también Fernando, como Billy el niño.
El bar se llama ‘Las cruzadas’, y cruzado es de otros tiempos, de otra sensibilidad, que no parece tener lugar en un tiempo degradado en el que ante todo se aprecia o valora el materialismo, el dinero y la posición. Como buen caballero noble, pasea por la ciudad con su caballo, de nombre Bucéfalo, como el de Alejandro Magno. De otro tiempo no implica de la tradición. Contra ciertas instituciones de la misma se lanzan buenas puyas, caso de las corridas de toros, a la que son destinados los caballos, al vendérselos a un contratista, tras que hayan sido sustituidos en el ejército por las máquinas, los coches. El propósito que Fernando se establece, desde que deja la milicia, es evitar que Bucéfalo acabe destripado, como tantos otros, en una plaza de toro. En su ‘cruzada’ subordinará el otro gran pilar instituido (además de un trabajo remunerado) para convertirse en un hombre de pro, como tantos otros, el de casarse. Gastará el dinero ahorrado para poder establecerse tras la boda en comprar a Bucéfalo (extraordinaria elipsis: Fernando había ya expresado que era demasiado para él lo que costaba, pero tras un plano en el que ve jugando a dos niños a torero y toro, el siguiente es el de Fernando cabalgando sobre Bucéfalo).
‘El último caballo’ relata las vicisitudes y los avatares de Fernando para lograr encontrar un espacio a Bucéfalo en una ciudad en la que no parece que ya lo haya para un símbolo del pasado, porque ya el carruaje es una figura de lujo, posesión de alguna familia rica (o de rancio abolengo), y es difícil encontrar un establo donde alojarle, además de lo que puede costar la manutención.
El espacio público, el laboral, es un lugar de asfixia, de horarios marcados, como la mente marcada a fuego por la sujeción a unas normas y jerarquías, vida de sumiso autómata, como lo es el privado, el que promete el casamiento con su prometida (a la que como a su madre, importa ante todo la estabilidad y la imagen, el logro de una posición: como emblemas, el anillo de pedida y la fiesta de compromiso). Bucéfalo encontrará su lugar gracias a que aún ciertos turistas y parejas que lo ven como un emblema romántico, utilizan el carruaje, es decir, gracias a los que son de otro lugar y a los que viven en su particular ensueño. Fernando encontrará el suyo, ese otro espacio, en un frutal que se ha resistido a las presiones de los especuladores que ven en la naturaleza un mero espacio a rellenar, a edificar: “El dinero se gasta enseguida y esta tierra no para de dar fruto. No me gustan ni los autos, ni las máquinas, ni el humo, ni las prisas, y como yo estaba aquí antes de eso, aquí me quedo y ellos que se vayan a otro lado.”, expresa el dueño del terreno.
Hace sesenta años Neville ya realizó un afilado discurso, con las suaves y ‘corteses’ maneras de la comedia, rebosante de ingenio y de un proverbial sentido de la síntesis, que no ha perdido nada de vigencia (o que refleja que desgraciadamente no ha cambiado nada, ni siquiera mejorado en aspectos tan sustanciales como los que deja en evidencia).
No son muchos los que han preferido esa vida alternativa por la que opta al final Fernando : “Tan pronto como nos hemos reunido unos cuantos seres de buena voluntad, hemos acabado con el motor y la gasolina y todas sus barbaridades. Con gente buena, que no falta, venceremos al materialismo y al motor.” Quizá porque los seres de buena voluntad no han sido capaces de reunirse, o porque los cruzados más persistentes, y los que encuentran más adeptos, son los fanáticos. El materialismo y la especulación han seguido arrasando con la naturaleza, y el motor sigue siendo el emblema de un mundo que prefiere ante todo la comodidad aunque vaya acompañada de la contaminación y la degradación (incluida, la moral).Precisamente, algo motorizado, un camión, termina con la vida del caballo, y la persecución, de otro personaje desubicado, que se siente (y queda) ‘fuera de circulación’, el que encarna Kirk Douglas en otra estupenda obra, ‘Los valientes andan solos’ (1962), de David Miller. Además, el camión transportaba retretes, para hacer más sórdido el simbolismo de tal desolador final. En el revulsivo y combativo final de ‘El último caballo’, Fernando aún sigue cabalgando, combativo, sin saber que su realidad será cada vez más paralela, hasta ser atropellada en los márgenes. Aunque mejor pensar que después se unió a Thornton (Robert Ryan), en el final de ‘Grupo salvaje’, y, siguió combatiendo en otras revoluciones.
jueves, 1 de noviembre de 2012
Curso de cine, a partir de enero
CUATRO ESPACIOS DE CINE
La aventura de hacer cine, de aprender a mirar las películas.
A partir de enero, impartiré este curso que durará tres meses, constará de cuatro partes, seminarios monográficos centrados en recursos cinematográficos como el espacio fílmico (el fuera de campo, la elección del tamaño del plano, la duración de los mismos), los nexos (la elipsis y transiciones), los movimientos de cámara (travellings o panorámicas), el flashback (o el tiempo y las estructuras narrativas).
¿Cómo hago las transiciones o elipsis entre planos y secuencias?¿Qué efecto busco usando un movimiento de cámara o el fuera de campo? ¿Si recurro a los saltos al pasado, los flashbacks, cómo y cuándo los planteo? ¿De qué manera expresiva puedo utilizar el espacio fílmico?¿Qué tamaño de plano elijo?
Hora y media semanal. 50 euros mensuales.
En rodaje: Frank Capra, Carolyn Jones y Edith Head
Plácidas pausas de rodaje: Frank Capra y Ronald Colman
Henry Travers, el hombre afable
'La peor recompensa para quien ha malgastado su vida es no poder morir en la cama', expresa el lúcido Baron Cesarea en una de las secuencias de 'La muerte de vacaciones' (1934), de Mitchell Leisen, ante la posibilidad de que sufran un accid
ente mortal al conducir tan temeriarmente en la noche cerrada. Lo encarna otro de los grandes secundarios estadounidense (aunque era británico), de semblante bonachón y afable, Henry Travers. Memorable como aquel ángel que ilustra al personaje de James Stewart en el pesadillesco último tramo de ¡Qué bello es vivir' (1946), de Frank Capra, cómo sería de tétrica la vida de los otros si él no hubiera existido. O como el padre aficionado, junto a su vecino (encarnado por Hume Cromyn), a especular sobre los más retorcidos, y por ello efectivos, métodos de asesinatos, en 'La sombra de una duda' (1943), de Alfred Hitchcock. O el padre de la chica de aspecto angelical pero entraña retorcida que cautiva al ex convicto que encarna Humphrey Bogart en 'El último refugio' (1941), de Raoul Walsh. No es de extrañar que fuera uno de los 'enanitos' académicos de 'Bola de fuego' (1941), de Howard Hawks. Menos conocido es su excelente interpretación como un sacerdote polaco enfreando a un resentido oficial nazi en 'None shall escape' (1944), Andre De Toth. Intervino también en 'El hombre invisible' (1933), de James Whale, 'Compás de espera' (1935), de Mitchell Leisen, 'Dodge, ciudad sin ley' (1938), de Michael Curtiz, 'El explorador perdido' (1939), de Henry King, 'Una nueva primavera' (1940), de Gregory La Cava, 'La señora Miniver' (1942), de William Wyler, 'Niebla en el pasado' (1942) y 'Madame Curie' (1943), ambas de Mervyn LeRoy, 'Las campanas de Santa María' (1945), de Leo McCarey o 'El despertar (1946), de Clarence Brown. Su última aparición fue en 'The girl from Jones beach' (1949), de Peter Godfrey. Falleció en 1965, con 91 años.
Evelyn Venable, la novia de la muerte
Evelyn Venable fue modelo para el logo de la Coliumbia, y también (además de la voz) de 'La hada azul' de 'Pinocho' (1940). El papel más recordado en su breve carrera (de 1932 a 1943) fue el de Grazia en 'La muerte de vacaciones' (1933), de
Mitchell Leisen, con quien había debutado en 'Canción de cuna' (1933), también opera prima del cineasta. Había firmado contrato con Columbia un año antes, en el cual destacaban tan singulares clausulas como que no tenía que cortarse el pelo, realizar fotografías en las que se le viera las piernas o actuar en pequeños papeles. El hecho de que no se besara en ninguna de sus películas propició el rumor de que su padre le había hecho prometer que no se besaría con nadie en la pantalla, lo que era falso. Interpretó a la madre de Shirley Temple en 'La pequeña coronela' (1935), de David Butler y participó en obras como 'Sueños de jueventud' (1935), de George Stevens, protagonizada por Katharine Hepburn, 'Sublime engaño' (1936), de Lewis Seiler, o 'La ley del revolver' (1938), de Lesley Selander. Estuvo casada con el director de fotografía Hal Mohr.
Otras pantallas: El oso autómata y la risa checa
A Marina Kristevanstein le entusiasmaban los autómatas. Licenciada en física por la Universidad de Brno. Durante mucho tiempo mantuvo que no fue a Max Planck a quien se le ocurrió la hipótesis de que la radiación electromagnética es absor
bida y emitida por la materia en forma de «cuantos» de luz o fotones de energía, sino a ella. La cuestión es que ella era una mera alumna que además le había dado calabazas ( no sólo el día de Halloween) y él despechado se había quedado con sus ideas. Marina escribió numerosos libros sobre sus investigaciones, que fueron vetados en numerosas editoriales, porque todos consideraron que era ella la arribista que intentaba aprovecharse de Planck. Aparte de que sus ideas fueran muy avanzadas para la época, planteaba ideas sobre la animación de los autómatas que fueron consideradas el delirio de una mujer frustrada. A ella esto le daba igual, porque sus buenos disfrutes se daba con su oso autómata. Su último libro se tituló: El oso autómata y la risa checa'.
Otras pantallas: Oppenheimer y el 'pequeño saltamontes'
El 18 de mayo de 1937 David Caine Carradine no imaginaba cuando decidió salir de caza que se iba a encontrar con una pieza tan singular, que no era precisamente un pequeño saltamontes. Fue gracias a sus aptitudes atléticas ( había sido camp
eón de salto de altura en el instituto de Miles City, Montana) que pudo abatir a la saltimbanqui criatura. Durante años los habitantes de la localidad se preguntaron de dónde podía haber salido tal anómalo saltamontes. Algunos especularon con las extrañas actividades en una cabaña que realizaba, los últimos veranos, un extraño joven obsesionado con los agujeros negros y los túneles cuánticos, que se llamaba Robert Oppenheimer, al que algunos llamaban Bobby Positrón, porque estaba con el positrón arriba y abajo cuando compartía charlas de bolos. Carradine montaría al año siguiente un restaurante chino en la zona, que sería el primero de una exitosa cadena de nombre 'Fu Kung'.
Otras pantallas: Francine y Jessica James, forajidas con la música a otra parte
Francine y Jessica James seguían un ritual antes de marchar de casa para realizar un atraco. Al son del violín de su primo Zebulón bailaban con sumo entusiasmo portando las máscaras con las que robaron durante dieciocho meses en diversas en
tidades bancarias de Missouri, sin ser nunca apresadas. Robaban para ahorrar el dinero suficiente para echar pies en polvorosa de un condado en donde no dejaron de amargarles la vida quienes sospechaban que entre ambas había más que amistad, o que pensaban Zebuón, que actuaba de chofer en los atracos, no daba las necesarias muestras de 'virilidad'. Además los tres querían dedicarse al arte de la musica, anhelo que no era muy estilmulado ni apreciado por su famiía: Querían que se convirtieran en unas dóciles y sumisas esposas de un granjero, y que Zebulon se dedicara a animar con su violín los bailes de los días festivos. Con el dinero que acumularon con sus actividades delictivas viajaron a Francia donde montaron un trío de viola, violín y piano que cosechó un gran éxito durante más de dos décadas. Francine y Jessica vivieron felices su amor, Zebulon encontró en Jaques un duradero compañero sentimental, además del convertirse en el agente del trio. Nunca volvieron a Missouri.
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