
Realidades
sumergidas y colmillos. La
tercera obra del cineasta brasileño Kieber Mendoza Filho, El agente
secreto (2025), destaca por su elaborada estructura narrativa, que combina
tiempos, sostenida, durante buena parte de su desarrollo, por la
omisión de los vínculos de las distintas piezas. Si este
análisis emulara su curso narrativo se asemejaría a una línea de
puntos cuya conexión resulta incierta durante buena parte de su
desarrollo, como si se nos hurtara sus nexos. Incluso, sucesivamente,
se amplifican las interrogantes, hasta que avanzada la narración se
precisa tanto la circunstancia personal del protagonista, como la
colectiva, de la que es emblema. No se sabe en la presentación de
Armando (Wagner Moura) cuál es el motivo de su desplazamiento en
coche, si hay una dirección específica o si huye. Aun así, su
excelente primera secuencia condensa, aun con la insinuación, el
trasfondo de su circunstancia. La cámara encuadra a su coche
entrando en el patio de una desastrada gasolinera y efectúa,
siguiendo su desplazamiento, un movimiento hasta encuadrar los pies
de un cadáver oculto bajo una tela. Punto de fuga: El cadáver es
el de un ladrón que fracasó en su intento. Indicios: un plano
detalle de sus pies. Cuando se dispone a arrancar, llega un coche de
policía, pero no parece interesado por el cadáver sino por
interrogar a Armando y registrar su coche. Aunque no se explicitan
los motivos, con qué está relacionado, y si el mismo Armando teme
por una razón u otra ese registro y ese interrogatorio. Un apunte de
contexto: un coche, cuyos pasajeros viajan disfrazados, deciden no
parar, sino más bien evitar todo posible contacto con la policía.
Es época de carnaval, y es un tiempo en el que la policía adquiere
una condición particular de amenaza. Es una secuencia tramada sobre
insinuaciones y ambivalencias, pero ubica en el territorio en el que
se desplazará la narración.

Conexiones: Más policías, miembros
humanos y cadáveres en otra de las primeras secuencias: El jefe de
policía Euclides y sus subalternos, que son hijos, de distintas
razas, y que parece desplazarse por la realidad como si fuera un
capo, es requerido para ser testigo de una pierna encontrada en las
tripas de un tiburón, que yace en un aula. Armando se aloja en una
residencia, regido por Doña Sebastiana, en la que le presentan a sus
otros inquilinos. Es un punto de llegada que no responde todavía a
las interrogantes del propósito de su desplazamiento, e incluso si
es su destino final, como todavía no se precisa si hay algún nexo
entre esas personas más allá de que vivan en el mismo lugar, y qué
representan, más allá de lo que representa una vecina, con la que
Armando establece prontamente una relación, aunque se insinúa que no
es una circunstancia precisamente corriente dado que Armando se
presenta como Marcelo y es ubicado, para trabajar, en unos archivos.
Más interrogantes: cuál es el propósito de su camuflaje, si es
para conseguir algo o meramente para pasar inadvertido. Más
tiburones: Armando visita a sus suegros, para ver a su hijo, que vive
con ellos desde que murió su esposa (una circunstancia que resuena
como un fuera de campo que asemeja a un centro gravitatorio) y el
suegro, que es proyeccionista en un cine, le pregunta si considera
oportuno que su hijo vea Tiburón, de Steven Spielberg. Asociaciones:
Armando sufre a un escualo con forma humana, Euclides, a quien le cae
bien, pero su sonrisa es de la los colmillos que en cualquier momento
pueden actuar. Queda patente en cómo trata a Hans, un sastre judío,
aunque crea que es un nazi, ya que le utiliza como monstruo de feria
cuando le demanda que muestre las cicatrices de su cuerpo.

Más detalles que van coloreando la
circunstancia colectiva: una mujer ha ido a declarar a la policía
porque, por desidia, no se preocupó de vigilar al hijo de dos años
de su criada, y fue atropellado y muerto. Más interrogantes: Otro
par de escualos con forma humana, Bobbi y Augusto disparan a alguien
que portan en un maletero, cuyo cadáver lanzan al agua, y
posteriormente serán contratados por el presidente de una empresa
eléctrica para matar a Marcelo. Circunstancia que clarifica que el
desplazamiento de Armando es el de una huida pero añade más
preguntas. Otras interrogantes: ¿Por qué dos chicas, en el
(nuestro) presente, escuchan las grabaciones de unos casetes,
conversaciones relacionadas Armand?. Estas apuntan a una
circunstancia que no es solo la personal de Armando sino a una
colectiva. Es la realidad que vivían en Brasil, en 1997, cuando aún
persistía la dictadura, implantada en 1964, y que duraría hasta
1985. Circunstancia que precisa por qué la policía dispone de esa
condición de amenaza más que de protección. Y cuyo contrapunto es
ese nexo que une a los que habitan la residencia donde se aloja
Armando, ya que son refugiados con distintas circunstancias de
persecución, como la pareja que huyó de Angola. Seres que huyen y
se camuflan con nombres falsos para pasar inadvertidos. La película,
a medida que progresa la narración, se va perfilando, en
correspondencia con una realidad que se ha tornado en añicos, dado
que, socialmente, se ha impuesto una película que silencia
una realidad sumergida que está trazada por los mordiscos mientras
en la superficie parece que domina la celebración de un carnaval.
Las heridas del país se irán precisando a la par que la herida
personal de Armando, la cual está vinculada con el colmillo de quien
ha ordenado matarle, como en el pasado, como representante de una
dictadura, intervino en la reconfiguración del escenario
universitario, en el que Armando trabajaba como profesor, para
neutralizar su condición de nutriente ya no de disidencia sino
meramente de potencial de pensamiento. La dictadura silencia a la
oposición, les convierte en cuerpos despedazados bajo la película
de la superficie del mar.


La narración juega con esa distancia
que proporcionan las interrogantes sobre cuáles son los nexos entre
las distintas piezas. Es esa distancia, sobria, afirmada en sus
encuadres simétricos, como eran los del estilo predominante en el
cine de los setenta, en particular en los thrillers. La narración no
busca la tenebrosidad ni la dramatización, sino el desconcierto, para
convertir a la realidad en un rompecabezas cuya resolución amplifica
su condición de grotesco despropósito, de ahí excursos narrativos
que reemplazan con el absurdo el plano del horror. Tras una secuencia
en la que muestra, congregados en un coche a los escualos con forma
humana, Euclides y sus hombres, con los dos asesinos a suelos como
pasajeros que se interrogan a dónde se dirigen, aunque la respuesta
se insinúa en el hecho de que en la parte de atrás llevan a dos
detenidos. Lo que harán con ellos se mostrará desde la perspectiva
de un satírico artículo periodístico que narra cómo la pierna
encontrada en el tiburón se dedica a agredir en el parque a
homosexuales en pleno acto amoroso en un parque. Podría haber optado
por la crudeza directa, y mostrar cómo actúa la policía apalizando
sin escrúpulos a los detenidos, pero opta por esa otra mirada que
desentraña cómo el horror colinda con lo absurdo, y a la vez cómo
la pantalla de la realdad ha procurado neutralizar lo real, mientras
en el fuera de campo evacúa cadáveres (la misma pierna encontrada
en el tiburón retornará al mar y será reemplazada en la morgue por
la de un animal). Pese a estos excursos que privan de la secuencias
que caracterizan al curso ortodoxo del molde del thriller, no falta
la tensa secuencia climática, admirablemente modulada, en la que se
suceden la amenaza de un posible atentado y una posterior persecución
por las calles. Pero, una vez más, frustra las expectativas, como lo
hacía la magistral No es país para viejos, de los hermanos
Coen (obra con la que no faltan conexiones por su planteamiento
narrativo y su sobriedad expositiva), y omite, hurta, para narrar de
modo indirecto el destino de una vida. Eliptiza para enfocar en el
plano del presente, que no es sino enfocar en el plano de la huella
de ese pasado que subsiste como una realidad sumergida, la huella de
unos colmillos pretéritos.