
La
imagen de lo que no es, la imagen conveniente. La imagen que
sustituye a la realidad, la imagen falsificadora, impostora, que
responde a unos intereses creados, y que modela la realidad de
acuerdo a estos. Y la realidad es ya esa imagen. El periodista y
guionista televisivo J. Michael Stranczynski tuvo conocimiento, en
1983, de la historia de Christine Collins, relacionada con los
asesinatos de Wineville chicken Cooper en la población californiana
de Mira Loma, acontecidos en 1928. Fue así gracias a que le
informaron de que, en Los Ángeles City Hall, iban a quemar numerosos
archivos. Tras documentarse, presentó un tratamiento, titulado La
historia de Christine Collins, que interesó a diversos Estudios pero
sin que ninguno se decidía a comprarlo. Stranczysky decidió
recuperar en 2004 tras que se cancelara la serie Jeremiah,
y realizó una más extensa investigación durante un año. Esta vez
el guion interesó a Imagine Pictures, la productora de Brian Grazer
y Ron Howard, quien mostró interés en dirigir la película, pero se
decantaría por rodar Frost/Nixon
(2008) y Ángeles
y demonios
(2009). Howard se lo planteó a Clint Eastwood, quien prontamente
mostró interés porque el relato se centraba en Christine Collins y
no en el asesino. Es fácil de comprender. El
intercambio
(Changeling, 2008), como Banderas
de nuestros padres
(2007), giran alrededor de una fotografía que falsifica, instituye y
secuestra
la realidad. En la primera, aquella que retrata el reencuentro de
Christine (Angelina Jolie) con el que se supone que es su hijo
desaparecido cinco meses atrás, aunque ella bien sabe que no lo es,
que aquel es otro niño, pero las autoridades, en particular el
capitán Jones ( Michael Donovan),la presionan para que reconozca
ante los medios de comunicación presentes que sí lo es.

Esa
fotografía es una puesta en escena, una representación conveniente,
ante la que ella es incapaz de reaccionar en un primer momento,
consternada ante una situación que no entiende. Superada por las
aviesas y mezquinas estrategias de los representantes de la ley y el
orden que necesitan de esa imagen feliz
para contrarrestar la mala imagen que han ido adquiriendo durante los
dos últimos años desde que se hiciera cargo como Jefe de policía
James Davis (Colm Feore), ya que se ha ido desvelando su condición
corrupta, o cómo la eliminación (en algunos casos ejecuciones) de
los delincuentes no es sino realmente la eliminación de
competidores. Es una imagen que pretende sepultar a la realidad, una
imagen de distracción, una imagen que proyecta la falsa ilusión de
que la realidad está en orden. Como la famosa fotografía de la
puesta de la bandera de Iwo Jima, que se utilizó como emblema de la
victoria, imagen creada de lo que no era, imagen espectáculo, para
incentivar la inversión (recaudar fondos para la industria
armamentística), motivar a los jóvenes para alistarse, y hacer
sentir a la población que todo iba bien, que todo tenía un sentido
o propósito.
Eastwood rasgaba esa falsa pantalla para mostrarnos cómo, primero,
esa imagen no se correspondía a la realidad, ya que fue una puesta
en escena, una reproducción de los hechos. Los soldados que alzan la
bandera fueron los segundos en realizarlo ya que con los primeros no
se había podido hacer esa fotografía bien. Y esos segundos
soldados, o los supervivientes, son utilizados por las autoridades
para hacer una campaña de espectáculo, un circo ambulante, en el
que simulan que fueron los primeros que lo hicieron en el fragor de
la batalla.

Corrupción,
conveniencia, engaño. Esa imagen reificadora que prioriza el desfile
institucional
sobre la realidad no ha tenido mejor encarnación fundacional
que la mirada que, en Mystic
river
(2003), dirige Annabeth (Laura Linney), la esposa de quien se ha
tomado la justicia por su mano matando a quien creía el asesino de
su hija, a Celeste (Marcia Gay Harden), la esposa del asesinado por
error, por parecer lo que no era, mirada con la que la conmina al
silencio, mientras el desfile continúa entre ellas. Y puede
contemplarse Gran
Torino
(2008), como el complemento de otra perspectiva de El
intercambio,
del mismo modo que Banderas
de nuestros padres y
Cartas
de Iwo Jima
componían una doble perspectiva, la de los dos bandos en un
conflicto, y, sin duda, la dureza era más manifiesta con respecto a
los
nuestros,
los estadounidenses, y alentaba la comprensión hacia el ellos,
los japoneses, al esfuerzo de ponerse en su piel y mirada. En
El intercambio
se radiografía y desvela ese capcioso e impositivo nosotros
asentado en los intereses de conveniencia y la corrupción, y en Gran
Torino
se hace apología de la apertura flexible a unos ellos,
los
coreanos,
que
deben ser considerado como nosotros,
reflejo en el espejo con sus específicas diferencias, y por los
cuáles llega hasta sacrificar su vida el protagonista. Nadie es
menos que nadie, tenga las señas de identidad que tenga. Posea la
imagen, legitimada o no, que tenga. No es una cuestión de señas de
identidad, sino de actitudes. Este no sólo no es un mundo
perfecto,
sino un mundo terrible que crea a sus desheredados
y además los estigmatiza para luego eliminarlos. E incluso, como
reflejaba en Un
mundo perfecto,
ni siquiera existe la opción de la segunda oportunidad.

En
El
intercambio
esto se transparenta a través de un trabajo caligráfico tenebroso.
Pareciera que estuviéramos en un cuadro de Caravaggio o de El Bosco.
Y, de nuevo, el sentimiento de orfandad resuena hiriente. El detalle
de que Christine trabaje de supervisora en una centralita no es más
que un corrosivo contrapunto con respecto a una realidad donde las
voces de los que no detentan el poder no son escuchadas. Donde no hay
real comunicación, sino un mero intercambio de intereses, definido
por el abuso o aprovechamiento del otro. Una maraña, en suma. Da
igual si son los poderes institucionales o un trastornado que mata
niños, están hechos de la misma materia, y su actitud o forma de
considerar a los otros no deja de ser semejante. Eastwood equipara,
no distingue. Porque refleja un conjunto. Christine presenta claras
pruebas de que no es su hijo: el niño que lo reemplaza está
circuncidado, mide menos (como constatan las señales de medición en
una de las jambas), su dentadura no es la misma como acredita el
dentista, y la profesora también la apoya cuando el niño demuestra
que no sabe qué pupitre ocupaba en el aula. Pero eso no importa,
porque su persistente reclamación de que se sigue buscando a su hijo
colisiona con la necesidad de que no pueden exponer que han cometido
un error. Por lo que decide silenciarla, recluirla en un sanatorio en
un sanatorio psiquiátrico para, así, conseguir, si quiere ser
liberada, que ella firme que no tiene nada que cuestionar a la labor
policial. Significativamente, cuando Christine ha sido recluida en un
sanatorio psiquiátrico por querer denunciar una mentira y
enfrentarse al poder(circunstancia en la que se encuentra con el
hecho de que otras tantas mujeres que se han enfrentado a una figura
masculina con cierta posición de poder, un policía, han sufrido la
misma desgracia; otro corrosivo apunte sobre la discriminación por
detentar una identidad genérica), el centro narrativo se bifurca, y
se centra, mayormente, en la investigación que descubre al asesino
de los niños. Eastwood nos refleja un
cuadro
abstracto con figuras en el que los personajes son piezas y
representaciones (no es el retrato psicológico lo que prima), porque
le interesa la visión de conjunto (como en la citada Bandera
de nuestros padres).

Christine es un personaje más de ese conjunto (que parece extraído de El infierno de Dante), aparte de perdida en él. Eastwood, de nuevo, rehúye los mecanismos convencionales de identificación, aquellos que hubieran buscado la transferencia, para el espectador, en el vía crucis de Christine, para, en un requiebro de genial agudeza, cambiar la perspectiva de la narración (y darnos una secuencia tan sobrecogedora y excepcional como la del relato del niño Sanford, sobrino del asesino, al policía). Y, aún más, para, en su último tramo, establecer una esquinada correspondencia, de imposible encuentro, entre dos personajes proscritos, Christine y el asesino. La ejecución de éste se convierte en una sórdida y turbia culminación de un malestar que no desaparece aunque en sus últimas imágenes Christine siga voluntariosa en su ánimo de encontrar a su hijo tras que, siete años, reaparezca uno de los niños desaparecidos (que declara que conoció, entre los otros niños, al hijo de Christine, pero que no sabe qué fue de él). Porque el asesino, al fin y al cabo, es hijo y reflejo de este tenebroso y corrupto sistema que no tiene escrúpulos en sustituir al hijo de Christine por otro para dar la imagen conveniente de que todo está en su sitio, de que todo es perfecto. Pueden manipular la realidad, o su representación, ya que poseen el poder absoluto (o eso pretenden, porque hay ocasiones en el que el poder instituido puede quedar en evidencia). Este caso de Christine Collins, al menos, fue determinante para que se estableciera el Código 12 que impidiera que fueran recluidas las mujeres que contrariaban a los representantes de la ley. El capitán y el jefe de policía, gracias al veredicto del juicio, perdieron su puesto. Aunque la película no señala que tiempo después lo recuperaron. El intercambio es otra extraordinaria e incisiva reflexión, en el cine de Eastwood, sobre los turbios mecanismos del poder, o representantes de la ley, y aún más, sobre la siniestra vertiente de la condición humana.