Hay quien ya vive, aunque su vida sea estable, y parezca varada en su inercia, como si estuviera de visita en el mundo, como si todo le fuera ajeno, y su vida se hubiera detenido tiempo atrás. En cambio, hay quien vive como si estuviera de visita, porque vive en precario, ya que las condiciones de este mundo de rígidas aduanas no le permiten encontrar ese lugar permanente, estable, al que aspira. Walter (Richard Jenkins), protagonista de The visitor (2007), la segunda película de Tom McCarthy, tras la también notable The station agent (2005), se ajusta al primer caso, y tomará consciencia de la sangrante realidad del segundo a través de Tarek (Haaz Sleiman), un sirio emigrante sin papeles. La música es el cordón que les unirá, y el hilo conductor que define el trayecto vital de transformación que realiza Walter. En las primeras escenas se le presenta a Walter recibiendo unas clases de piano, para lo que no parece muy dotado. El motivo de por qué toma esas clases, que comunica a su profesora que no quiere seguir recibiendo, lo descubrimos poco después. Es como un infructuoso intento de conexión con lo que ya es irremisible ausencia. Su esposa, fallecida hace unos años, era concertista de piano. Walter vive del recuerdo. Intenta compensar un vacío con unas notas de música que puedan hacerle sentir que ella está presente de algún modo, pero sus manos no son las de ella, ni lo que él consiga con su música lo que ella lograba. Le domina la música de la pesadumbre, la pesadumbre de una ausencia que se ha convertido en peso, lastre que le impide propulsar de nuevo su presente. Nada le entusiasma, ni las clases que imparte de economía, ni los libros en los que ya colabora sólo poniendo su nombre. Su misma dedicación como profesor es una mera inercia como quien vive con el piloto puesto y funciona ya por trámites.
El azar le enfrentará a la intrahistoria de la economía, le confrontará con aquellos que sufren lo que las teorías no logran resolver, o prefieren ocultar bajo la alfombra de la realidad. Obligado a intervenir en unas conferencias sobre economía en Nueva York, descubre que en su piso, al que no volvía desde la muerte de su esposa, habitan dos inmigrantes ilegales a los que han engañado haciéndoles creer que el dueño era otro que podía alquilarles ese piso. La reacción en principio de Walter es la usual, es su espacio, no el de ellos. Pero algo le hace acogerles. Quizá verse reflejado en su precariedad, y desamparo, aunque sea de otra condición. Quizá la música. Tarek toca afrobeat en clubs de jazz. Walter creará una cercana relación con él aprendiendo a tocar el tambor africano. Lo que supondrá también su despertar vital. Recobra la música en su vida, pero no intentando emular a su esposa, a un fantasma emocional, sino a través de la propia que él genera aunque sea aprendiendo una música que corresponde a otra cultura. En lo otro se recobra a sí mismo, y encuentra su propio impulso o entusiasmo. Hacer de ese tambor africano, que pertenece a otra cultura, su propio instrumento irá en consonancia con su consciencia del otro, de una realidad más frágil que no tiene nada que ver con su mullida ausencia del mundo, como quien ya habitaba la vida con su nombre, como el libro del que habla en las conferencias no lo había co escrito él sino que solo había puesto su nombre.
La detención de Tarek le enfrentará a la consciencia de que hay otros pesares que son causados por el desatino humano. Otros no pueden circular como él por la realidad. De modo elocuente, es por un error de Walter a la hora de cruzar el torniquete del metro, en lo que le ayuda Tarek, lo que propiciará que sea detenido por dos agentes inflexibles. Ante la inevitable naturaleza de la vida, que implica su fin de trayecto en la muerte, no hay rebelión posible, por lo que se había retirado a los márgenes de la realidad cual fantasma que vive con la música de un pasado. Pero sí ante la voluntad humana. Por ello, Walter se enfrentará a la injusticia de un sistema que no ve individuos sino, desde la distancia, representaciones y categorías. Con determinación, mostrará su indignación ante el despropósito de una política de inmigración que señala la abismal separación entre la ajena vista en plano general de la circulación económica y, en primer plano, sus hirientes consecuencias sobre los desposeídos forzados a una errancia de visita, por su condición provisional, pasajera. Su gesto final es toda una declaración de principios, tocando los tambores africanos en el metro. No permitirá que la expulsión del indeseado cuerpo extraño yazca en el olvido. Porque es una realidad que está ahí, aunque se silencie y quiera sumirse en la invisibilidad.
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