
Los neblinosos grises que dominan
Círculo de peligro (Circle of danger, 1951) son tan equívocos
como la misma discreta apariencia de esta producción británica no
estrenada en España. Una discreción que parece haberla postergado a
la invisibilidad, dentro de la obra de Jacques Tourneur, al estar
desprovista de rasgos de estilo llamativos. Con respecto a las
tinieblas cinceladas de sus más reputadas obras fantásticas parece
su reverso, tal es la claridad que domina sus imágenes. Una
luminosidad que parece difuminar los contornos. Las sombras parecen
ausentes, aunque más bien están veladas. Realizada entre dos de sus
más enérgicas y exultantes obras, El halcón y la flecha
(The flame and the arrow, 1950) y La mujer pirata (Anne of the
indias, 1951), en las cuáles el color parecía borbotear como las
intensas emociones en juego, puede chocar su aparente indolencia
narrativa, ya que parece modularse con una enrarecida condición de
vaguedad, como quien mira hacia otro lado mientras te está hablando.
Trazada sobre el patrón de la trama de intriga, parece jugar a la
contra, con una distancia que parece extirpar la tensión dramática,
y asentar el extrañamiento. Si atendiéramos a la premisa
argumental, diríamos que nos narran la investigación que realiza un
norteamericano, Clay (Ray Milland), en tierras inglesas, de Londres a
los páramos escoceses, pasando por Gales, intentando esclarecer las
circunstancias de la muerte de su hermano en el último año de la
segunda guerra mundial. Extrañas fueron porque no acaecieron en el
campo de batalla, sino más bien lejos del mismo. Coley busca e
interroga a todo compañero que encuentra de su Compañía, como
quien interroga a una realidad cuyas piezas no encajan como debieran.
Claro que, entremedias, la narración se desvía cuando da primacía
a la relación con Elspeth (Patricia Roc), a quien, precisamente,
también corteja el capitán al mando de aquel grupo, McArran (Hugh
Sinclair).

El guionista es Philip McDonald, quien
adapta, en este caso, su propia novela. Otras obras suyas,
generalmente vinculadas al género de intriga, fueron adaptadas por
otros, caso de la excelente A 23 pasos de Baker street (23
paces to Baker Street, 1956) o La última lista (The list of
Adrian Messenger,John Huston, 1963). Estas son obras que transitan
los tradicionales mimbres, o las superficies, del género de intriga.
Pero si consideramos que la productora es Joan Harrison, quien había
colaborado en los guiones de varias obras de Alfred Hitchcock entre
1939 y 1943, podríamos establecer la asociación con la mirada de
éste haciendo mención al famoso McGuffin, en este caso el
esclarecimiento de la investigación. Y derivar en la consideración
de que a un cineasta como al otro les interesaban más los desvíos o
las corrientes subterráneas del relato subvirtiendo tanto la noción
de realidad como las apariencias del tradicional relato novelesco
desde sus entrañas. Les diferencia, eso sí, el empleo del humor. En
la obra de Hitchcock, aparte de para distender la narración, y
mantener al espectador en la incertidumbre con los cambios de
registro, su ironía incidía en la paradoja y el absurdo. En la de
Tourneur parece que quiebra el centro de gravedad. Y es que no es una
obra de superficies. Son los detalles ajenos, o periféricos, a la
presunta narración principal los que realmente definen las
sustanciosas corrientes ocultas bajo esos neblinosos grises. Porque
de nieblas del conocimientos nos hablan. Niebla que puede estar en
nuestra mirada, o quizás provenga de una realidad que no es fácil
de discernir. Por uno u otro motivo, o ambos conjugados, no resulta
fácil conseguir la justa mirada de conjunto, y se hace necesaria la
contemplación de otras perspectivas, sin las cuáles la mirada que
se interroga puede quedar atrapada en el indefinido, y ensimismado,
blanco de los ojos. De nuevo, en el cine de Tourneur, la imagen
revela su condición movediza, huidiza (como la realidad que se
representa e indaga), a través de las diversas capas que uno va
advirtiendo en sus esquinadas construcciones narrativas y visuales.
La realidad no es fácil de aprehender cuando se interpela.

Por eso, la ironía subyacente es que
esa distracción del camino de la investigación, la relación con
Elspeth, que descentra aparentemente la narración, será la que
centre al protagonista, en una transformación íntima en la que será
crucial el saber ponerse en la piel de los otros, o tenerlo al menos
en consideración. Como Dardo, en El halcón y la flecha, pasa de
pensar que no depende de nadie ni nadie depende de él al compromiso
solidario, o la capitán Providence en La mujer pirata que evoluciona
de no mostrar su sufrimiento ni compasión al sacrificio que implica
subordinar el despecho al acto integro (por un hombre que no la ama,
e incluso ama a otra mujer). En suma, en ambos hay una toma de
conciencia. En Clay, habría que matizar que es una toma de
consciencia. Su trayecto de discernimiento tiene una falsa apariencia
circular, porque implica más bien reinicio, el aprendizaje de cómo
saber conducirse con y en la realidad. Las imágenes iniciales nos lo
presentan participando en unas inmersiones para conseguir tugsteno;
sus pesquisas son también una variante de una inmersión en
profundidades, pero ¿con qué actitud o perspectiva? O, como se irá
esclareciendo a lo largo de la narración, ¿Cuál es su motivación?
Quizá no sea clara, como profundidades enturbiadas por emociones
propias no resueltas. En esas primeras secuencias, ya en Londres,
toma un taxi, y las finales conduciendo su propio coche, en el que su
copiloto es Elspeth. En esa primera secuencia, Clay no se aclara con
qué tipo de moneda, chelín o penique, tiene que darle al taxista
(situación que se repetirá varias veces). Posteriormente, en su
primera conversación con un funcionario, al que ha solicitado
información, se muestra airado, por su renuente disposición
priorizando la subordinación a las reglas, retractándose de
inmediato (Tourneur realiza un cambio de eje cuando se vuelve para
pedir perdón). Clay, en principio, parece alguien que demanda a la
realidad una complaciente respuesta, como se hace palpable su
extrañeza en un mundo que no entiende ni domina y que le suscita una
reacción de perplejidad o exasperación.

En su relación con Elspeth se
ejemplifica esa torpe conducta de moverse por un mundo que no
controla, y con el que es negligente. Reincide en una misma mala
costumbre, siempre llega tarde, o se olvida, entregado a su
investigación, de la cita establecida, o la suspende. E incluso, en
una de ellas, tiene la desafortunada idea (inconsciente) de llevar
unas flores a las que Elspeth es alérgica. La realidad parece
derivar en un sinuoso escenario abstracto, en el que los otros
parecen convertirse en contrapuntos emblemáticos del tránsito de
conocimiento de Clay, como las dedicaciones de algunos a los que
interroga -un minero, un aduanero que dirige el tráfico de botes en
unos esclusas. El protagonista excava en la realidad para llegar a
la presunta profundidad que complazca su ansia de respuestas nítidas
pero se encuentra con unos límites que lo obstaculizan, desvían, o
lo sumen en las interrogaciones de otros desvíos. Y descubrirá que
lo que ante todo debía esclarecer eran sus motivaciones, inspiradas
en un sentimiento de culpa no reconocido (como si se sintiera, por
negligencia educacional, al ser su responsable tras la pronta muerte
de sus padres, responsable de esa muerte). Se evidencia
progresivamente que era un trayecto con varias direcciones. El pasado obstaculiza el presente, y quien busca quizá se estaba desentrañando a sí mismo.

El más enigmático personaje es un
profesor de danza, Sholto (Marius Goring), cuya escurridiza y burlona
conducta es la que más perturba a Clay, alguien, al fin y al cabo,
que no sabe aún dar los adecuados pasos de baile en la realidad. Esa
incierta deriva narrativa culmina en un climax prodigioso donde el
drama inadvertido cobra cuerpo. La ingravidez se trastoca en
densidad. Tiene lugar en un páramo escocés, un espacio abierto
donde se revelan imprevistos misterios ocultos, y que paradójicamente
ponen en evidencia, como la citada luminosidad fotográfica, que no
hay que fiarse de las apariencias, ni hacer nunca presuposiciones.
Incluso, puede variarse la perspectiva sobre lo que creías conocer.
La visión amplia no carece de recovecos. No hay profundidad como no
hay perspectiva univoca. Y el juicio queda desarmado porque la
realidad está hecha ante todo de grises. Quizá la presunta víctima
era una amenaza. Un plano en el que conversan Clay y aquel que le
revela lo que realmente ocurrió, precisamente Sholto, en que ambos
rostros están enfrentados, de perfil, es la conspicua
definición del sutil y esquivo arte de esta gran cineasta que
sembraba de paradojas e interrogantes con su cine.