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viernes, 16 de mayo de 2014

Cannes Film Festival (2014) - Mr. Turner Trailer - Mike Leigh Biopic HD


Tiene todas las trazas de que Mike Leigh ha gestado otra gran obra con 'Mr. Turner' (2014). De nuevo, parece, otra luminosa exploración de las sombras de la inteligencia emocional. O no porque seas un gran artista, un erudito o versado intelectual, estás más libre de los atascos emocionales (y tampoco de las mezquindades). Los lúcidos, epifánicos y precisos trazos en la tela quizá se convierten en un torpe e ininteligible murmullo cuando se expresa con los demás, como un oso en una cacharrería.

jueves, 15 de mayo de 2014

Espacio de cine Solaris: El retorno de Bigelow y el por qué de unas lágrimas

Kathryn Bigelow vuelve a la carga con 'The true american'. Ya que levantó tantas ampollas su anterior obra, 'La noche más oscura', ahora vuelve decidida hurgar más en la llaga patria. En Espacio de cine Solaris nos preguntaríamos por qué suscitó tanta perplejidad el final de 'La noche más oscura', por qué tantos se preguntaron por qué lloraba la protagonista si se acababa de matar a Bin Landen, por qué parecía molestar, por qué era tan nulamente triunfalista. Por qué fue acusada la obra de apología de la tortura. Por qué incomodó tanto a cierto sector político. Por qué propició cierto ninguneo tras una primera recepción entusiasta. Ahora Bigelow vuelve con el relato de un creyente de la supremacía blanca, John Stroman, el hombre que por patriotismo, tras el atentado a del 11/S, decidió acabar con todo arabe que se pusiera a su paso, aunque los primeros que fueron abatidos fueron un pakistaní y un hindú ( al fin y al cabo, también extranjeros, o en el mismo saco de los arabes). Hirió a un tercer hombre, bengalí, quien llegó a perdonarle, y a interceder para que no fuera ejecutado. Pero a Stroman se le aplicó la inyección letal en el 2011. Quizás algunos ahora sí lleguen a entender por qué lloraba el personaje de Jessica Chastain en ese conmovedor y bello final. Aunque lo dudo.

10.000 km

Las distancias físicas quizá revelen las distancias larvadas, o aún no advertidas, en una relación. Quizá la proximidad de los poros impedía discernir ciertas distancias al acecho. Las distancias son separación, pero también pueden ser alejamiento, como los cuerpos que pierden contacto con la nave y se pierden en el espacio sideral. En la reciente 'The lunchbox' (2013) de Ritesh Batra, se teje una proximidad en la distancia, entre epístolas se gesta el cuerpo de una conexión entre dos desconocidos. Los hilos de lo posible son palabras que forjan umbrales en los que se converge. En '10.000 KM' (2014), de Carlos Marques-Marcet, se deshilacha una conexión cuando la proximidad del hábito cotidiano, la convivencia, se transforma en distancia, en desubicación y recelo, y finalmente, aturdimiento y extrañeza. El recorrido de la narración parte de unos cuerpos inmersos en lo que parece una fusión, en pleno acto sexual, y finaliza con otro encuentro sexual impregnado de los quistes sebaceos de un enrarecimiento. Tras meses sin verse, su acto sexual más bien parece el de dos organismos en colisión. Su coito es el espasmo de dos cuerpos cuya intimidad parece que se ha extraviado, dos cuerpos que intentaran recuperar aquella conexión en la que parecían fusionados. Pero ahora parecen fundidos. Como si se hubiera saltado la luz porque se han fundido los plomos. La distancia parece haberles convertido en extraños en el espacio sideral, y la nave no parece visible en la distancia.
'10000 km' se construye a través de una planificación que recurre a las cámaras de los ordenadores, y cuando no, remeda la fijeza de esos encuadres, en planos de larga duración, como si fueran celdas, peceras, en la que se desenvuelven las dos criaturas humanas que protagonizan esta narración de un big bang revertido. Al mismo tiempo, esa elección estilística incide en esa distancia de los medios virtuales, pantallas en las que se buscan las proximidades que resuelvan nuestras soledades y desvinculaciones en el espacio físico denominado real. Es el espacio que materializa o hace extenso el espacio mental de nuestras proyecciones (y el modo en que preferimos presentarnos, la imagen que preferimos proyectar). Más allá hay un fuera de campo, el de lo posible, que puede ser luz, o sea cuerpo, conexión, flujo, o abismo, o sea, interferencia, cortocircuito, ruido semántico.
A Alex (Natalia Tena) le ofrecen una beca en Los Ángeles, y la fusión que parece sentir con el otro cuerpo, el de Sergi (David Verdaguer) empieza a resentirse. Las expresiones empiezan a sentir el paso cambiado. Los proyectos, los planes, se trastocan. Es una pausa, un año de separación, un año de distancia, que no debería implicar alejamiento, ni cancelación de un proyecto de vida conjunta. Si hay firmeza en el vínculo, no se tienen que temer los fuera de campos, lo que el otro u otra hará cuando no esté visible, en la distancia, como si se temiera que fuera más vulnerable a descentrar su mirada, a dispersarla, en otros focos, en otros cuerpos. El vínculo es una pantalla, y cuando esta se apaga, desaparece aquel cuerpo, no hay siquiera fusión de poros. Las oscuridades comienzan a brotar, emergen las compulsiones de control, se evidencia, como un tumor, quién necesita dominar el escenario. Quién no sabe lidiar con las mechas que encienden los fantasmas de la inseguridad. Quién no soporta no sentir un cuerpo a su lado, aunque sea meramente un cuerpo, porque hay quien no sobrelleva bien la soledad, quién necesita las periódicas descargas energéticas con otros cuerpos. Quien no soporta la fractura del hábito, de la costumbre. Quien no soporta que la realidad no se ajuste a cómo uno le gustaría programarla.
Por eso, hay a quien resulta más difícil encajar que la materialización de los proyectos de la persona que ama ponga distancias porque sus senderos son otros, porque, en suma, no se pliegan a los propios. Sergi opta por seguir con su trabajo de profesor en vez de acompañar a Alex, porque quizá después al retornar no encuentre de nuevo trabajo, dada la crisis actual, y hasta les cueste encontrar un piso. Toma una decisión, acepta unas consecuencias, pero luego no sabe encajarlas. Una cosa es que deduzca, a través de esa célebre red social, también maraña, que quizá ella haya encontrado otro foco de atención, aunque igual sea meramente pasajero, y otra es que su frustración se convierta en pronta reacción y en un polvo que es más despecho que entusiasmo. Que no veamos el cuerpo de esa mujer es significativo, sólo apreciamos su gesto aturdido, su mirada encorvada, resacosa, incorporándose de la cama como quien arrastra cadenas y muros, quizás los que él mismo esta construyendo sin darse cuenta. Que no veamos si sus sospechas son ciertas o no, también es significativo.
La distancia ha abierto brechas, se ha convertido en reproches, en tsunamis de resentimientos, porque la realidad, o los deseos de quien presuntamente amas, no se ajusta al guión de tu pantalla mental. Y las decisiones que realizaste porque estabas convencido de que eran las más sensatas, al fin y al cabo escondían un orgullo herido (el hecho de que ella considere una opción que te hace sentir personaje secundario y no el dramaturgo que define la relación: aspecto evidenciado en su forma de instruir y guiar a Alex, en la distancia, en el arte culinario). Sus decisiones, su determinación de buscar una proximidad, de realizar las reparaciones de una avería, ya será demasiada tardía, cuando se ha inoculado ya un virus, una contaminación ambiental, que se evidencia en ese reencuentro final en el que parecen dos extraños, dos heridos de una conflagración que no saben ni cómo tocarse o hablarse. Y cuando lo hacen parecen dos primates que siguen el espasmo del celo. Han pasado cinco meses, pero parece que han pasado décadas, y parece que el pasado compartido hubiera quedado anegado en unas catacumbas. Están juntos pero están ya muy lejos. Son dos cáscaras de cuerpos. Se percibe un chisporroteo, olor a quemado. Parece que se ha perdido la conexión. Quizás. ¿Houston, me escuchas?

Macbeth en proyecto, Macbeth en flashback

Michael Fassbender en un cartel promocional de 'Macbeth'. de Justin Kurzel. Me gustaría pensar que por fin alguien hará una adaptación de la excelente obra de Shakespeare que me resulte minimamente sugerente. No me lo pareció,es cierto, la anterior obra de Kurzel, 'The snowtown murders'. Aunque, al menos, espero que sea algo más estimulante que las realizadas previamente. En este sentido, no lo tiene muy dificil, considerando la desangelada, como si le hubieran extraído toda sangre expresivo o seccionado su nervio dramático, 'Macbeth' (1971), de Roman Polanski. O ese histrionismo afectado, en el que sólo hubiera faltado que los actores hubieran realizado sus parlamentos con los ojos en blanco cual trance de posesión, de 'Macbeth' (1948) de Orson Welles. O la estridencia, cual permanente estreñimiento, de las interpretaciones de 'El trono de sangre' (1957), de Akira Kurosawa, por muy hermosas que fueran sus composiciones lumínicas. A ver si devuelven la adaptación a la tierra, y a los incendios de las miradas, antes que quedarse embelesados con las acrobacias verbales o las solemnes levitaciones sacramentales que parecen buscar el orgasmo transcendental.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Dom Hemingway

Quizá piensas que tu vida se rige por un código que dota de sentido incluso a tus sacrificios y padecimientos. Te afirmas en un diseño de vida, porque acuña tu identidad, en unos modelos de conducta que adoptas como si permitieras que un maquillador caracterizara tu mente porque piensas que son los trazos que posibilitan la imagen que deseas proyectar. Eres como se supone que tienes que ser para tener tu posición en un escenario de vida. Quizá descubras con el tiempo que ese diseño de vida tiene algo de prisión aunque no lo parezca. En la primera secuencia de 'Dom Hemingway' (2013), de Richard Shepard, el protagonista, Dom (Lude Law), en un dilatado plano en el que le vemos encuadrado, con el torso desnudo, hasta su vientre, escupe, a veces literalmente, una ristra de alabanzas a su pene mientras se contorsiona de tal modo que pareciera que le están torturando, impresión a la que ayuda que tenga sus dos brazos en alto, a cada lado, como si estuviera encadenado. Hasta que un cambio de plano nos revela que se la estaban mamando. Se la estaba mamando un compañero de prisión en unos sórdidos baños. Dom apostilla que doce años son muy largos, una forma de justificar que se la haya mamado un hombre. Al fin y al cabo, Dom justifica por un ideal trascendente, un código de honor, el tragarse doce años de cárcel.
También queda definido Dom, con su 'oración poética' sobre su pene, como un creyente practicante de unos patrones de virilidad, expuestos en la agresividad, esa que despliega posteriormente, cuando golpea sin piedad, al hombre que es actual pareja de la esposa de la que se divorció: le parece una traición, aunque hace tiempo que ya no tenía ninguna relación con quien fue su esposa, lo que ya refleja el absurdo de esos códigos a los que se ajusta Dom, o su desajuste, valga la paradoja. Ese plano introductorio también refleja cómo confunde el sufrimiento con el placer. Ese masoquismo de quien acepta absurdos sacrificios que implican perder doce años de su vida, en vez de sólo dos o tres si hubiera dado nombres. Años perdidos que han implicado perderse el crecimiento de su hija, ya madre, Evelyn (Emilia Clarke), o no estar presente cuando su esposa murió a causa de un cancer. Dom ha aceptado, cual mártir, unos padecimientos, porque para su enajenado concepto de virilidad suponían toda una afirmación. Se sentía alguien, cuando no ha dejado de desperdiciar su vida, mientras otros se aprovechaban de la sacralización de su autoengaño, porque, como le señalan, los delincuentes no tienen códigos. Engañan siempre que pueden para conseguir ventaja. Esa es la manera, además, de conseguir la posición de poder. Esa, y conseguir que otros piensen que se dignifican sacrificándose por sus jefes.
'Dom Hemingway', en principio, puede parecer que transitara los senderos de cierto thriller inglés que abunda en lo grotesco, con desquiciadas o delirantes salidas de tono (como ese plano en el que todos vuelan en ralentí tras la colisión de los coches), más artificiosos o estilizados que realistas. Y en parte sí, aunque hay algo que consigue que se distancie de las comedias gangsteriles que realizó Guy Ritchie, o de la reciente 'Filth' (2013), de Jon S Bird. Progresivamente, despoja al personaje de esa máscara que Dom adoptó desde que se convirtió en un personaje, el ladrón que se ajusta a unos códigos de actuación, es decir, el modo en que se ve o quiere verse a sí mismo, un chuleta jactancioso y vocinglero que piensa que en la vida hay que ladrar fuerte (aunque ahora, al salir de la cárcel, ladre porque quiere la recompensa por su sacrificio, lo que merece por subordinar su vida a la de otros), para ir desvelando o evidenciando su condición patética, un pobre hombre que no ha dejado de engañarse, y que tarde empieza a asumir que su vida carga más derrotas que triunfos (revelador que, como contraste con la primera secuencia, adquiera relevancia la desnudez, pero con un sentido inverso: cuando sale desnudo de la villa de su jefe tras haberle lanzado una ristra de desprecios, reflejo de su amargura y frustración).
Sus consuelos no eran para nada las mamadas gloriosas que anhelaba sino las que ha tenido que aceptar para seguir pensando que cumplía con su deber (o función, como aplicado esbirro), que se realizaba, en suma, con un código de honor, y así alcanzaba la condición de leyenda (como si su encarcelamiento hubiera sido una gesta), cuando no estaba sino cautivo en una prisión no manifiesta en la que le estaban, y se estaba, privando de su vida. Su prisión eran esos códigos, esa estructuración o diseño de vida. No es ya que 'cuidado con lo que deseas porque se puede cumplir', sino que hay que saber con claridad si lo que más deseas es lo que más vale la pena desear. Quizá así luego, con el tiempo, no te quejes de lo que has desperdiciado, del daño que has realizado cuando no dejabas de ladrar al vacío. Quizá, no demasiado tarde, te percates de lo que realmente vale la pena desear. Y eso implica mirar algo más alrededor, a los demás, en vez de esperar otra mamada, aunque sea una que te repele, pero que aguantabas porque estaba en el contrato de un capcioso código. Y nunca es tarde para romper contrato y cambiar de escenario de vida.

Wong Kar Wai: Espejos, reflejos, ventanas, cristales

Proyecciones y percepciones, miradas ofuscadas y empañadas. Las miradas lastradas: el peso del pasado, la interferencia de los celos. Interposiciones, condicionantes, en la mirada: la dificultad de discernir. Derivas para reflexionar en Espacio de cine Solaris

martes, 13 de mayo de 2014

Godzilla

'El ser humano tiene la arrogancia de creer que controla la naturaleza, pero no es así', señala el doctor Ishiro (Ken Watanabe), un científico. Y ahí está Godzilla no sólo para recordarlo, sino para poner las cosas en su sitio , o dicho de otro modo, el monstruo, a quien otra científica, la doctora Vivienne (Sally Hawkins), en un momento equipara con un dios, viene a ser la representación de la cólera de la naturaleza que se enfrenta a las monstruosidades que representan a los desmanes del ser humano. En 'Godzilla' (2013), de Gareth Edwards, hay parejas separadas por la muerte, y parejas que buscan unirse recorriendo kilómetros de distancia para aparearse y sembrar la tierra de parásitos (u otros parásitos, diferentes a los humanos, vamos). Hay relaciones paterno filiales deterioradas, padres que intentan desvelar enigmas no resueltos que determinaron trágicas consecuencias, e hijos que se han dedicado a desactivar bombas, como quien prefiere no escuchar los estallidos que se ocultan bajo la alfombra de la realidad. Prefiere no enfrentarse a la realidad, prefiere sentir que controla la realidad, que desactiva las amenazas. Su padre, en cambio, no ceja, pese a transcurrir quince años, en mantener la mecha encendida de una bomba, la de la interrogante incómoda que intenta desvelar un por qué. El padre, Brody está interpretando por Bryan Cranston, y es el personaje mejor trazado, y más potente, de la narración, el personaje con conflicto. De hecho, la reescritura última que realizó Frank Darabont, que incorporó la secuencia más intensa y conmovedora emocionalmente, fue la causante de que Cranston y Juliette Binoche se decidieran a aceptar los papeles que les ofrecían.
Los otros personajes se convierten más en comentaristas (los científicos, o el almirante que encarna David Strathairn) o conductores, como es el caso del hijo de Brody, Ford (Aaron Taylor Johnson). Cuando la acción deja de centrarse en Brody, o su personaje pierde la relevancia, la narración se convierte en una concatenación de set pieces, orquestadas con admirable pericia, pero también inventiva, por parte de Gareth Edwards. Las criaturas monstruosas, y el nervio y el ingenio expresivo de Edwards se convierten en la dinamo del vertiginoso desarrollo narrativo, aunque no se olvide de establecer una oportuna correspondencia simbólica en el enfrentamiento de Ford con otros infantes, los de las amenazantes monstruosas criaturas, a las que se podría equiparar con los aliens (el ácido como sangre de éstos se corresponde aquí con la radiación como nutriente de estas criaturas; unos y otras son reflejos de la condición más perniciosa y virulenta del ser humano).
Edwards, en el primer tercio juega muy eficazmente con lo sugerido, con los rastros y huellas, con el fuera de campo, con las consecuencias de enigmáticos fenómenos no visibles, o cuyas consecuencias son fatalmente visibles, pero sin que aún los personajes logren establecer una causa definida. Ya lo hizo en la apreciable obra previa, 'Monsters' (2010), aunque aquí se supera, sobre todo, porque supera el reto de conseguir que, cuando se visibilicen o expliciten las amenazas, no sólo no decaiga el interés, sino que incluso lo propulsa de modo creciente, y sin pausa, como el eco de un pulso magnético, a través de la arrebatadora sucesión de enfrentamientos, avatares y colapsos de destrucción, caso de la magnífica secuencia nocturna en el puente elevado por el que tiene que pasar el tren, o la irrupción de aviones que caen del cielo, o el descenso en caída libre, en cámara subjetiva, sobre San Francisco, y que, especialmente, siembran el último tercio, sin que tampoco se resienta especialmente del limitado perfil dramático de los personajes.
Quizá porque la emoción surja, sorprendentemente, de la irrupción de la figura de Godzilla. Su rugido es como el grito desgarrado ante la destrucción parasitaria que ha realizado el ser humano con la naturaleza. La destrucción, en este caso, adquiere unas resonancias catárticas, alquímicas: Sus llamas son purificadoras. Es el rugido simbólico que abrasaría esta civilización del simulacro, como se ejemplifica en esas figuras ensimismadas en los salones de juego de Las Vegas, en la que se aprecia primero la presencia de los monstruos en el monitor televisivo, antes de que derrumben el techo. Aunque ni siquiera se habían percatado, en su ensimismamiento, de las imágenes televisivas. Nadie se percata de nada, nadie se pregunta por nada. Y el que lo hace, se le considera un trastornado. Mientras, se crean realidades de falsas amenazas, y otras nocivas, ominosas, las abyectas urdimbres, se ocultan convenientemente. Hasta que nos apercibimos de que no controlamos la realidad. Y de que los monstruos somos nosotros.

domingo, 11 de mayo de 2014

Leonor Watling - Lulu

Leonor Watling, como Lulu, fotografiada por Juan Gatti. Leonor es de lo poco rescatable de esa sucesión de clichés de comedia romántica a la inglesa, que es 'Un amor en su punto' de Teresa de Pelegrí y Dominic Harari

sábado, 10 de mayo de 2014

El bazar de las sorpresas/The lunchbox: Ecos, herencias

El bazar de las sorpresas (1940), de Ernst Lubitsch y The lunchbox (2013), de Ritesh Brata. En ambas obras, los protagonistas, que han mantenido una relación epistolar, se citan en un bar, por primera vez, para conocerse por fin. En ambos casos, la cita se frustra, porque el componente masculino no 'aparece'. En el caso de la de Lubitsch, lo hace fisicamente, pero no con la identidad epistolar, ya que conoce a quien le espera, una compañera de trabajo con la que no se lleva nada bien. Y el poco aprecio es mutuo. Decide hacer acto de aparición pero como él que ella conoce, o cree conocer, porque quizá se conocían mejor en la distancia de las cartas, que en la proximidad de la rutina laboral. O la proximidad auténtica se daba en las cartas. En The lunchbox, estupendo recién estreno (una obra con entraña de tiempos pretéritos, como la última de Miyzaki), él no hace acto de aparición de ningún modo. En su caso, por el temor del rechazo, ya que ella es bastante más joven que él, y piensa que ella se decepcionará nada más verle. Ambos, en principio, no apuestan por lo posible, no arriesgan.

Las manos en el cine de Terrence Malick: Tacto, luz, amor. Presencia, conciliación y reconocimiento.