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jueves, 24 de junio de 2010

Plácidas pausas de rodajes: Jean Gabin y Georges Simenon

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Un buen dueto con sombrero de fieltro y pipa: Jean Gabin y Georges Simenon. Gabin interpretó en tres ocasiones al inolvidable personaje de Simenon, el inspector Maigret, dirigido en dos ocasiones por Jean Delannoy, en 1958 y 1959, y por Gilles Grangie, en1963.

Charlotte Rampling, corazón de noche

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Si me tuviera que quedar con una interpretación de Charlotte Rampling sería la que realiza en una de las grandes obras de Sidney Lumet, 'Veredicto final' (1982). En la relación que se establece entre ambos tiene algo de naúfragos que se agarran a una quebradiza boya, sensación que no se difumina en la descarnada secuencia final, porque sabemos que al desprenderse de una máscara, la de haber propiciado la relación por intereses de la fiscalía, realmente bajo ella sí late un sentimiento verdadero. También es cierto que estamos en el territorio del mejor Lumet, uno de los cineasta que han sabido retratar con más agudeza, y menos complacencia, las complejidades y contradicciones de las relaciones. Hay mucha más turbia desazón en esta relación que en otras obras que portan el estandarte de la provocación, o que incurren en el efectismo más rudimentario cuando transitan lo siniestro, caso de cineastas cuya obra poca relación tiene con la sutilidad como Liliana Cavani o Alan Parker, en 'Portero de noche' (1974) o 'Corazón de ángel' (1987). O el más flojo Visconti, el de la mortecina 'La caída de los dioses' (1969), obras sin la mordiente, ni el 'cuerpo', de la de Lumet. También prefería su trabajo en una obra subavalorada como 'Las alas de la paloma' (1997) de Ian Softley, a obras a las que parece pesar la pretenciosidad caso de 'Zardoz' (1973), de John Boorman, o que se quedan en las superficie ornamental del relato como la adaptación de la obra de Raymond Chandler, 'Adios muñeca'. En los últmos años ha demostrado sus cualidades interpretativas en obras como 'Bajo la arena' (2000) o 'Swimming pool' (2003), de Francois Ozon, un cineasta que parecía tomar el relevo a aquellos cineastas de la provocación de finales de los 60, principio e los 70, aunque, afortunadamente, son obras no exentas de interés.

martes, 22 de junio de 2010

Los procesos de producción en El proceso Paradine

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Ann Todd y Ethel Barrymore dirigidas por Alfred Hitchcock en 'El proceso Paradine' (1947), una de sus grandes obras menos conocidas, y que supuso su última colaboración con el productor David O'Selznick, cansado de las interferencias de éste en el rodaje o montaje (recortó en veinte minutos el montaje inicial). Selznick llevaba desde 1933 intentando realizar el proyecto, pero había chocado repetidamente con la censura del Código Hays que no aceptaba que Mrs. Paradine además de perjura, asesina y adultera se acabara suicidando (además de la cruel actitud del juez, que encarnaría Laughton, que disfrutaba aplicando la pena de muerte). Costó realizar varias versiones del guión hasta que fue aceptado. Selznick, también, tenía en mente desde entonces el que Mrs Paradine fuera interpretada por Greta Garbo, pero esta declinó la propuesta, reafirmada en su retiro del cine, como también en primera instancia se consideró a Laurence Olivier para interpretar el abogado, pero tras considerar a otros actores como James Mason o Joseph Cotten, Hitchcock apostó por Gregory Peck. También fueron los primeros papeles en la industria norteamericana de Alida Valli como Mrs Paradine (tras que también se considerara a Ingrid Bergman o Hedy Lamarr) y Louis Jourdan. En la producción se utilizaron novedosas técnicas de rodaje, como en las secuencias del juicio en la que se utilizaron por primera vez múltiples cámaras pendientes de diversos personajes, techos que posibilitaran ángulos bajos de cámara o complejos movimientos de cámara para realizar largas tomas (que luego Hitchcock pudo aplicar en montaje en 'La soga' con planos de diez minutos de duración), lo que encareció notablemente la producción, casi como el presupuesto de 'Lo que el viento se llevó'.

Ann Todd, la emoción quebradiza

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Dentro de la gran galería de personajes del cine de Alfred Hitchcock merece una mención destacada la gran interpretación que realizó Ann Todd en una de sus mejores obras, aunque no lo suficientemente reconocida, 'El proceso Paradine' (1947). En su rostro se agita toda la convulsión que suscita el ver cómo el hombre que ama, interpretado por Gregory Peck, se está progresivamente fascinando por el misterio de una mujer, a la que defiende por asesinato. De la radiante cómplice intimidad que transmiten en las primeras secuencias, la relación se va trastornando por las sombras de esa ceguera que va poseyendo a su marido. Sobre el rostro de Ann Todd late la desesperación de la lucidez que no destierra lo ecuánime (la consciencia de que es una fascinación) pero cohabitando con la pesadumbre. Aunque Ann Todd iniciara su carrera a principios de los 30 no fue hasta 1945 cuando despuntaría, con 'El septimo velo' , de Compton Bennett, junto a James Mason. Aparte de la obra de Hitchcock, brillaría en las tres obras que interpretó para su marido hasta 1957, David Lean, en 'La barrera del sonido' (1952), 'Madeleine' (1950) y 'Passionate friends' (1949), en ésta reflejando con intensidad la tumultuosidad de sentimientos ante los que se siente escindida, entre la vida plácida con su marido y el sentimiento expandido, pero con el que se siente indefensa, por el hombre con el que se reencuentra intermitentemente a lo largo de los años. No se prodigó mucho en el cine desde entonces, con colaboraciones con Joseph Losey en 'Time without pity' (1957) o 'El factor humano' (1979), de Otto Preminger, centrándose a partir de mediados de los 60 en producir, escribir y dirigir documentales.

lunes, 21 de junio de 2010

Gregory Peck, caballero piloto

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Gregory Peck durante el rodaje de la estupenda 'Almas en la hoguera' (1949), de Henry King, una de sus más destacadas interpretaciones.

Ava Gardner y el espejo

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Boris Karloff y El ladrón de cadáveres

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Boris Karloff en una imagen publicitaria de 'El ladrón de cadáveres' (The body snatcher, 1945), de Robert Wise. Otra sugestiva producción de Val Lewton para la RKO, adaptando la obra de Robert Louis Stevenson. Un genuino relato gótico de tenebroso aliento que hace de las sombras cuerpo del turbio dilema de un doctor, encarnado por Henri Daniell (en general, ilustre secundario) que, para sus investigaciones, requiere del robo de cadáveres. La cuestión es que tendrá que asimilar que no sólo se conseguirán desenterrándolos: quien se los suministra,el cochero encarnado por Karloff, no se andará con componendas; necesita el dinero,así que por qué no matarlos en vez de sólo desenterrarlos. Las combinacion de las siniestras facciones de Karloff con el sutil uso del fuera de campo hace el resto (como en la magnífica secuencia en la que una chica es asesinada en un callejón oscuro; mientras se la oye cantar, vemos cómo desaparece entre la niebla, seguida por una calesa que conduce el personaje de Karloff; de repente, el canto cesa). Fantástico el uso opresivo de la sombría iluminación (véase también el tenso y dilatado encuentro entre Karloff y Bela Lugosi, frente a la chimenea, que acaba en crimen), obra de Robert De Grasse, o la dirección artística de Walter E Keller y Albert S D'Agostino.

Plácidas pausas de rodajes: Richard Fleischer, Ray Milland y Joan Collins

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Ray Milland y Joan Collins junto al director, Richard Fleischer, durante el rodaje de la excelente 'La chica del trapecio rojo' (1955), de Fleischer, inspirada en el notorio crimen, en 1906, del arquitecto Stanford White (uno de los propulsadores del renacimiento americano en la arquitectura) a manos de un desquiciadamente celoso magnate de los ferrocarriles, Harry K Thaw. Notorio fue en especial porque el magnate fue declarado inocente alegándose locura transitoria, sentencia que no tenía precedente en la historia judicial norteamericana. Fleischer combina con afinada agudeza, y su exquisito sentido de la composición, el retrato de un entorno social a la vez que el de unas distintas formas de habitar la pasión ( o cómo de no saber habitarla surge la violencia). E.L. Doctorow también se inspiraría en este suceso para su obra 'Ragtime' que sería llevada la cine por Milos Forman en 1981. También Claude Chabrol, aunque cambiando de época y dedicación de los personajes, se inspiraría en ese suceso para su notable 'Una chica cortada en dos' (2007).

Los decorados de 20000 leguas de viaje submarino

Imágenes del rodaje en decorados, supervisados por Harper Goff, de '20000 leguas de viale submárino' (1954), de Richard Fleischer. Fue una de las primeras obras en las que se utilizó como material para atrezzo de decorados la fibra de cristal. Para ciertas secuencias, como la de la tormenta, se utilizaron motores de aviones. Los efectos visuales ganaron el Oscar aquel año.
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Imágenes del rodaje en decorados, supervisados por Harper Goff, de '20000 leguas de viale submárino' (1954), de Richard Fleischer. Fue una de las primeras obras en las que se utilizó como material para atrezzo de decorados la fibra de cristal. Para ciertas secuencias, como la de la tormenta, se utilizaron motores de aviones. Los efectos visuales ganaron el Oscar aquel año.

La mujer de la luna: Rodaje en decorados

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Fritz Lang dirigiendo en decorados de estudio a Gerda Maurus en 'La mujer en la luna' (1929). Esta obra es señera, en especial, por ser pionera en la utilización de ciertos elementos que no sólo serían ya parte del repertorio de las películas de ciencia ficción con viajes espaciales, sino que influyó en los mismos viajes espaciales reales. Por ejemplo, la cuenta atrás; el efecto de la gravedad cero; la separación de partes del cohete o el uso de combustible líquido.

sábado, 19 de junio de 2010

Lillian Gish, Primera Dama del cine mudo

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Lillian Gish, considerada la Primera Dama de la era silente del cine, fue una de las pioneras en unos modos interpretativos que marcaban la diferencia entre la actuación en el cine y la actuación en el teatro. Su estilo estaba desprovisto de las exageraciones o aspavientos de otros actores y otras actrices de la era silente. El rostro, la mirada eran el centro, la sutileza de lograr insinuar, sugerir, las emociones que se agitaban en el interior, desterrando el énfasis afectado. Su interpretación en 'El viento' (1927), de Victor Sjostrom es proverbial, cómo va transmitiendo la deriva emocional de su personaje, desde la indefensión o aprensión inicial a la exasperada ansiedad en las secuencias finales, al borde de perder la razón. Aunque fue su colaboración con David Wark Grifftih la que cimentó su fama y reconocimiento, desde que Mary Pickford sugiriera a Griffith que la contratara, junto a su hermana Dorothy. Su delicadeza, su luminosidad, casi quebradiza, pero en la que podían entreverse una fortaleza inesperada, brilló, sobremanera, en 'Lirios rotos' (1919), quizá la más bella obra de Griffith, con quien colaboró, entre otras, en 'El nacimiento de una nación' (1915), 'Intolerancia' (1916), 'Hearts of the world' o 'Way down east' (1920). Con Sjostrom trabajaría también en 'La letra escarlata' (1926). Con la llegada del sonoro centró su trabajo actoral en el teatro, hasta que a partir de los 40 retornaría con más asiduidad a la pantalla, aunque fuera de modo intermitente combinando con el teatro, dejando fulgurante huella con sus grandes interpretaciones en obras como 'Jennie' (1948), de William Dieterle, 'La noche del cazador' (1955), de Charles Laughton, 'Duelo al sol' (1946), de King Vidor (qué memorable y bella escena aquella de su muerte durante la tormenta) o la más discreta 'Los que no perdonan' (1960), de John Huston. Sus dos últimas obras fueron la simpática 'Sweet liberty' (1986), de Alan Alda y 'Las ballenas de agosto' (1987) de Lindsay Anderson.

Marlene Dietrich

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Marlene Dietrich, fotografiada por Eugene Robert Richee

La caja de Pandora

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Sobre el personaje de Lulu, que Louise Brooks encarna en la magnífica 'La caja de Pandora' (1929) de GW Pabst, pesa un equívoco, o un lugar común que parece instituido y se repite de modo irreflexivo, el de que es una 'Femme fatale', incluso su prototípica encarnación. Desacertada, y tendenciosa, calificación que abunda en el estigma y que comparte, aún hoy, otra figura como Lola Montes. Como escribí comentando la gran obra de Max Ophuls, 'Lola Montes' (1955): 'La vida de Lola es presentada por el director del circo como una 'serie de escándalos de una femme fatale'. Ese es su estigma, por su condición de 'diferente' por que la mujer real, como su exuberante y visceral danza, es alguien que vivía sin cortapisas, de modo espontáneo, sus deseos y emociones, sin, por ejemplo, hacer discriminación de la posición del hombre que deseaba. No buscaba escándalo alguno sino que actuaba de acuerdo a su apetencia ( el escándalo está en la rígida mirada de la sociedad).
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Una mujer indómita, por ello, que se salía del papel adjudicado a la mujer en aquella época (estamos entre 1830 y 1850), ya que daba rienda suelta a su deseo sin rubor y sin plegarlo a las conveniencias de imagen social'. Si Lola llegaba a desgarrarse el corsé ante el rey Ludwig, gesto que definía a alguien que no se plegaba a cualquier impuesto corsé social, Lulú tampoco transige con las conveniencias sociales. También es danza, como nos es presentada en la primera secuencia cuando es visitada por Shilborg. Es pura exuberancia vital, lo opuesto a la rigidez y envaramiento de su amante, Schon, diferencia que ya queda bien definida en su lenguaje corporal. Lulú e puro dinamismo, no hay contención (cómo se cuelga de la barra de las cortinas, cual niña, haciendo cuerpo de aquella frase posterior de Georges Bataille: Hay que actuar como los niños, con júbilo, ingenuidad y sin verguenza). Lulu actúa espontáneamente, sin doblez. Por eso, el choque con Schon se produce en el espacio de un teatro, entre bambalinas, un espacio de representación. Schon aparece con la mujer con la que se va a casar, y Lulú reacciona con la emoción, porque no transige con el fingimiento, con la ocultación o cálculo, y muestra su rabia, a la inversa que Schon que se atiene a las reglas de la actuación dentro de un espacio social de representación, de fingimientos y simulaciones.
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Lulú en este primer segmento entra en choque, representado por Schon, con la dinámica social de la hipocresía, de la importancia de la posición social, de la imagen antes que el cuerpo. Y Schon en cuanto Lulú pulsa las teclas de la emoción y deseos verdaderos, no sabe lidiar con esa esquizofrenía. En alguien que siempre parece ir con el gesto crispado, no es de extrañar que explote la violencia cuando la contrariedad le domina, del mismo modo que alguien que practica la doblez piense que los demás son como él (eso pensará cuando sorprenda a Lulú en la habitación con Schigolch y su compañero del teatro, obviamente con susceptible suspicacia). Corrosiva es la ironía de esa estatua de gesto crispado, espasmódico que domina los encuadres cuando tiene lugar la resolución violenta, en la que muerte Schon, tras querer matar a Lulú (hasta sus convulsiones en su dilatada agonía tienen esa crispada afectación). Si en un momento dado de este segmento Lulú dice que todos quieren algo de ella (ella representa algo, esto es, es una idea objetualizada, una representación), en el segundo dirá que todos quieren dinero. Del constreñidor valor de imagen social se ve complementado con el del valor material. De objeto idealizado a mercancia, u objeto de intercambio.
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Como Lola Montes, quiere vivir sus emociones, pero su naturalidad y espontaneidad (también reflejada en su vestimenta, en sus pechos insinuados en su ropa) es también un elemento perturbador a anular de un modo u otro. No es extraño que acabe 'desterrada' en la brumosa Londres, un escenario dominado por la nocturnidad y las brumas, como el espacio de la invisibilidad al que se le hubiera exiliado, una intemperie también (esas cortinas que no pueden evitar que el frió entré en el piso donde vive con Schigolch y Alwa, el hijo de Schon, a quien la suerte no acompaña en los juegos de azar en el anterior segmento: hermoso aquel plano tras la boda con su padre en la que reclina su rostro sobre el regazo de Lulú, entregado). Este es un espacio ya de orfandad, donde la violencia que ha propiciado este destierro, la violencia de una sociedad mezquina y falaz, tendrá su correspondencia, o ejecución, con la trágica muerte de Lulú en manos de Jack el destripador (de hecho es a este personaje al primero que veremos en este segmento de Londres; ese premonitorio y fúnebre travelling que le precede caminando por la neblinosas calles). También es, por ello, este segmento, el más lírico y emotivo, de una exquisita intensidad.
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En especial en el fragmento de Lulú con el hombre que la va a matar, su primer cliente, ya que Lulú, para poder conseguir dinero para ella y Alwa y Schigolch ha debido recurrir a la prostitución. De ahí su alegría, en las escaleras (espacio intermedio, como ella, mujer sin lugar en este mundo) cuando él dice que no tiene dinero. Para ella es una liberación porque destierra lo desnaturalizado de la impersonal relación mercantil, propiciando que su encuentro pueda ser algo genuino, algo de verdad compartido, porque simplemente lo desean. Todas las secuencias finales son de una belleza arrebatadora, plenas, como la película, de detalles de complejas resonancias: la vela encendida, que se puede extinguir, como el abrazo de ambos, antes de que él la acuchille. La banda musical, en la calle, celebrando la navidad. El desfile continua, como las rígidas normas sociales que destierran la emoción genuina y espontánea. Queda la pesarosa figura de Alwa introduciéndose en un túnel, en las calles de pesadas y brumosas sombras, mientras la música continúa...aunque qué música. Como a Lola Montes, la música de la banda del circo, porque en atracción de feria se convierte lo que no se entiende y rechaza. La 'música' de un estigma, por añadidura, el de femme fatale, como instituye el director de pista de esta sociedad, un calificativo comparable al de una mariposa clavada por un alfiler.

'La caja de Pandora (Die Buchse der Pandora, 1929), es una gran obra del realizador alemán GW Pabst, con guión de Lazslo Vajda, que adapta la obra de Frank Wedekind, y con un gran trabajo lumínico de Gunther Krampf. Un personaje, Lulú, que arrastra y sufre el tópico de que ella lleva a la perdición a los hombres, cuando ella es el elemento insurgente en una sociedad, y sus desnaturalizados, materialistas e hipócritas valores (que son la real perdición), que la determina a los perdidos márgenes, a la anulación y muerte. Una obra que no fue bien recibida en su momento,y que adquirió notoriedad a partir de los 50 debido a la entronización de Louise Brooks.

Louise Brooks

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