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sábado, 11 de junio de 2016

E.T - 34 años después: Sombras y luces - Siete curiosidades

Hoy se cumplen 34 años del estreno de E.T (1982),de Steven Spielberg. Si enfocáramos primero en la superficie de las cifras, hablaríamos de la película más taquillera hasta ese momento, desbancando a 'La guerra de las galaxias', posición que mantendría durante nueve años hasta que otra película de Spielberg, 'Parque Jurásico', tomara el relevó. Por algo le pusieron a Spielberg el apodo de El rey Midas. Un cineasta que se convertiría en representación de un cierto tipo de cine, del que esta película podría ser emblema: de hecho, elegiría la imagen del niño que porta a E.T en la cesta de su bicicleta ascendiendo hacia el cielo, perfilado contra una resplandeciente luna llena, en el logo de su productora, Amblin Entertainment. Pero 'E.T' es mucho más de lo que parece, desde luego no precisamente sensiblera, sino conmovedora, no precisamente complaciente, sino punzante en su sustancia, reflejo por otro lado de un cineasta más escurridizo de lo que parece, como evidencia su irregular y variada filmografía, en especial su más inspirado, y más turbio y siniestro, periodo: el que va de la desoladora 'Inteligencia artificial' (2001) a 'Munich' (2005). Y, además, bien que podía enlazarse con su última magistral obra, 'El puente de los espías' (asóciese la relación entre Elliot y E.T con la también muy bella amistad que conecta a los personajes de Tom Hanks y Mark Rylance).
Ese mismo año produjo otro éxito que también exploraba el imaginario infantil, aunque en su vertiente más siniestra, 'Poltergeist', de Tobe Hooper. Si en esta exploraba los miedos nocturnos de la niñez, en 'E.T' ahondaba en el sentimiento de orfandad y desamparo. La criatura extraterrrestre era el reflejo del niño humano, Elliot (Henry Thomas). De hecho, la primera vez que se encuentran, la criatura extraterrestre es una sombra que se aproxima a él tambaleante. Perdido en el bosque tras que su nave parta sin él, E.T encontrará en Elliot la figura que le acoja. Uno y otro conectarán de tal modo que sentirán lo que siente el otro. La idea originaria surgió de la propia vivencia infantil de Spielberg, hijo de padres separados, que creció sin padre, por lo que inventaría, por esa falta, un amigo imaginario. E.T anhela volver a casa, con la que intenta comunicar (teléfono mi casa/phone home, se convirtió en una frase tan célebre que se integró en el acervo cultural), como Elliot siente que su hogar está incompleto. Padece la sensación de falta de hogar. Tras liberar a las ranas que un profesor intentaba que mataran para un experimento (como luego E.T también será objeto de experimento por parte de los científicos de las agencias gubernamentales, durante el cuál le dan por muerto durante un tiempo), Elliot recrea una escena de 'El hombre tranquilo', de John Ford, con una compañera de clase que le gusta, a la que besa, como John Wayne a Maureen O'Hara, escena que al mismo tiempo está viendo E.T en la televisión (resulta fascinante la orquestación de diversos reflejos en la construcción de la película). Y 'El hombre tranquilo' no deja de ser la historia de un hombre que busca la sensación de hogar, con su vuelta a su pueblo natal, Innisfree.
E.T, que se denominó 'A boy's life/Vida de un niño' durante el rodaje (para que no se filtrara a los medios su planteamiento) es una obra desde la perspectiva de los niños. Durante los primeros treinta minutos los adultos son sombras, figuras difusas, incluso amenazadoras. Es un mundo incomprensible, con el que Elliot no se siente vínculo. Una criatura del espacio no deja de ser el doble con el que sentir la conexión que había perdido con su entorno. Las alturas de los adultos no eran acogedoras, pero sí la mirada de quien proviene de las alturas pero le mira a la misma altura, como si fuera a la vez un padre y un amigo íntimo. E.T aporta luz, guía de luz (como la que emana de su dedo como una dirección) a la vida de Elliot.El único adulto con el que parece crear una sintonía es el que encarna Peter Coyote, el hombre a quien durante la parte inicial se le identifica por sus llaves (como a Elliot le faltaba, en sentido figurado, la llave para encontrar el hogar, tras la ausencia de su padre). Un hombre que, de hecho, reconoce que había querido materializar ese encuentro con una criatura extraterrestre desde que era niño ( y por eso también está presente en la despedida final): 'E.T', combina sabiamente la comedia y lo fabuloso, lo tierno y lo siniestro, con una precisión equiparable a la previamente conseguida por Spielberg en 'Tiburón' (1975), otro relato con criatura extraña que irrumpía en un entorno, aunque en ese caso si de modo amenazador y no conciliador . Y extrae una poderosa emoción de la progresión dramática, en parte conseguida por la ocurrencia de rodar las secuencias en orden cronológico para que los niños se involucraran de modo más profundo con el desarrollo de la historia, por lo que no costó demasiado expresar la emoción manifestada en la secuencia final de la despedida. Para celebrar la onomástica de una película que crece con el paso del tiempo destaquemos siete curiosidades de su preparación y rodaje.
La niña con fiebre y la bestia. En cierto momento del rodaje Drew Barrymore olvidaba una y otra vez sus líneas de diálogo, lo que exasperó de tal modo a Spielberg que perdió los estribos y la gritó. Poco después se enteró de que ella había acudido al rodaje con elevada fiebre, por lo que la pidió disculpas abrazándola mientras ella lloraba
La galaxia de Yoda y E.T. En escena de Halloween en la que ET hace un gesto de reconocimiento cuando se cruza en la calle con alguien disfrazado de Yoda, se sugiere que son de la misma galaxia. En la escena del bar de 'La guerra de las galaxias' había unas criaturas semejantes a E.T.
Lágrimas por un perro y la niña punk. En la audición para seleccionar al actor que interpretara a Elliot, Henry Thomas tras no ser muy convincente en la prueba, improvisó una escena en la que, para expresar tristeza, pensó en el día que murió su perro. Sus lágrimas conmovieron de tal modo a Spielberg que decidió darle el papel al momento. Drew Barrymore convenció a Spielberg por la inventiva de un relato en el que ella era la líder de un grupo de punk.
El alien hindú. El cineasta hindú Satayajit Ray escribió en 1964 un guión titulado 'The alien'. Columbia Pictures mostró su interés, como algún actor, caso de Gregory Peck, en colaborar con él. Para este proyecto se consideró a Brando y Peter Sellers como protagonistas. Pero cuando Ray llegó a Hollywood en 1967 se encontró con que se habían apropiado de sus derechos. Brando abandonó el proyecto, y aunque se intentó reemplazarlo por James Coburn, Ray se hartó de las maquinaciones hollywoodienses y retornó a Calcuta. Columbia intentó durante las siguientes décadas reanimar el proyecto varias veces sin conseguirlo. Cuando se estrenó 'ET' (1982), hay quien, como Arthur C Clarke, señaló sus similitudes con 'The alien'. Ray declaró que estaba convencido de que no se hubiera realizado si no hubiera estado su guión circulando por los despachos en Hollywood, aunque Spielberg negara que lo hubiera leído.
El guión que surgió de otro guión. El guión comenzó a escribirse durante el rodaje de 'En busca del arca perdida'. En las pausas, Spielberg le contó el argumento de su proyecto 'Night skies' a la escritora Melissa Mathison, que ese encontraba en el rodaje junto a su novio entonces, y después marido, Harrison Ford. De esa historia en la que unos extraterrestre aterrorizan a una familía asediada en su casa rural (premisa que no difiere de la posterior 'Señales'), a ella le conmovió particularmente la subtrama en la que un niño autista, en un hogar roto, establecía amistad con el único extraterrestre amistoso. Mathison escribió una primera versión en dos semanas que convenció inmediatamente a Spielberg. Se escribirían dos versiones más, en las que se eliminó un amigo de Elliot, así como se añadiría la sugerencia de Spielberg sobre una escena en la que E.T se emborrachara. La guionista realizaría un cameo, como enfermera, pero no aparecería en el montaje definitivo.
El sueño del extraterrestre y los peluches. El gag de la secuencia en la que la madre mira en el armario de Elliot, y no distingue el rostro de E.T entre el resto de los muñecos de peluche, fue originado en un sueño del cineasta Robert Zemeckis
Piezas para el diseño de un extraterrestre. La inspiración para diseñar el semblante de E.T resultó de una combinación de Albert Einsitein, el poeta Carl Sandburg, Ernest Hemingway y un doguillo. Carlo Rambaldi, que ya había realizado el diseño de los extraterrestres en 'Encuentros en la tercera fase' fue elegido para elaborar el de E.T. Para su cuello extendible se inspiró en su propia pintura 'Woman of delta'.. La productora Kathleen Keennedy contrató a especialistas de un Instituto visual para diseñar los ojos, ya que su expresividad era cuestión crucial. Se crearon cuatro cabezas. Dos enanos y un niño de 12 años sin piernas portaron el vestuario de E.T.

miércoles, 8 de junio de 2016

Gremlins - 32 años después - Siete curiosidades

Se cumplen 32 años del estreno de 'Gremlins'. Transcurre en tiempos navideños, y por eso se había planificado para estrenarla en esa época, pero la Warner consideró que tendría menos competencia para alcanzar la condición de película de verano en cuanto consecución de taquilla, porque sólo tenía como rivales a 'Los cazafantasmas', de la Columbia, e 'Indiana Jones y el templo maldito', de la Paramount. De todos modos, tampoco era una convencional película navideña, aunque fuera destinada a un público familiar, por su singular combinación de comedia un tanto oscura y gamberra y terror. Por eso, Steven Spielberg, que propulsó el proyecto con su productora Amblin Entertainment, se la propuso a Joe Dante, tras admirar su 'Aullidos' (1981). No diferían demasiado los licántropos de los desbocados gremlins ( o de los vampiros: les afecta las luces muy brillantes, el detalle de que no se les puede dar de comer pasada la medianoche, y el peligro que reporta que les echen agua encima, como el agua bendita a los vampiros). Los gremlins, llana y simplemente, siembran el caos, son la infracción hecha materia. El guión era de Chris Columbus, con quien Spielberg conectaría tan bien que volvería a colaborar inmediatamente en 'Los goonies' y 'El secreto de la piramide'. La inspiración para el guión fue propiciada por las tensas noches que vivió en Manhattan, tras graduarse en la escuela de cine de Nueva York,cuando escuchaba tras la pared lo que parecía un regimiento de ratas que temía se abalanzaran sobre él en cualquier instante. El término Gremlin se popularizó durante la segunda guerra mundial, cuando se achacaba a pequeños monstruos los fallos mecánicos de los aviones, Roal Dahl escribió un relato titulado 'Los gremlins' en 1943, y ese mismo año Bugs Bunny se enfrentaría a una de esas criaturas demoníacas en 'Falling hare', que se vería en la secuela que realizó Dante en 1990. Dante consideraba que se desmarcaba notablemente en su caracterización. Sus gremlins son verdes, con grandes bocas, ríen mucho y hacen cosas increiblemente desagradables a la gente.
En las secuencias finales, Mr Wing (Keye Luke), el hombre que había vendido el mogwai Gizmo al padre de Bily (Zach Galligan), les recrimina que hayan hecho con el mogwai lo mismo que el ser humano al mundo. El desbocamiento de los gremlins que arrasa con todo y todos sin consideración alguna, no dejaba de ser una metáfora del capitalismo salvaje puesto en marcha, como caballo desbocado, en la era Reagan. No era casual que se estableciera un vínculo con las películas de Frank Capra, feroz crítico de la insensibilidad avasalladora de la mentalidad empresarial estadounidense, personificada en la mujer adinerada que amenaza con matar al perro del protagonista ( y en cuya casa se puede distinguir una fotografía del actor Edward Arnold, que solía encarnar esas siniestras figuras de capitostes en el cine de Capra). No es de extrañar que sea uno de los personajes que pierdan su vida, proyectada por los aires (los gremlins no dejan también de proyectar los deseos más oscuros y turbios). La vertiente siniestra, como fábula navideña, y por añadidura, de la faceta enajenadora comercial en la que han ido derivando las propias festividades, viene apuntalada en la actitud de la protagonista femenina, Kate (Phoebe Cates), quien señala que también es época de depresiones y soledad, en su caso concreto, por la trágica muerte de su padre precisamente en esas fechas. Los gremlins pueden parecer la vena desaforada de un punkie antisistema (como evidencia la cresta blanca del lider de los mismos, Stripe), o niños sin control que se dejan llevar por sus ansias de satisfacer, y por tanto tomar, todo lo que quieren, placer que también se amplía con su complemento, destruir todo lo que les apetece. Eso es el capitalismo salvaje que se ha ido propagando en nuestra sociedad como las criaturas que brotan del cuerpo del mogwai o ya del gremlin, cuando se moja con agua. Dante quedó aún más satisfecho con la segunda parte, en la que era aún más contundente al respecto. Y no se lo voy a discutir. Para celebrar la onomástica destaquemos siete curiosidades.
1.La película que pudo ser el debut de Tim Burton. Steven Spielberg consideró a Tim Burton como director tras ver sus cortometrajes, pero desestimó la opción por no haber aún realizado ningún largometraje. Burton, de algún modo se desquitaría, produciendo su particular cuento siniestro navideño, 'Pesadilla antes de navidad'. O simplemente, refleja una sintonía. También sus alienigenas de 'Mars attacks' tienen su punto gremliniano de poner todo patas arriba mediante la expeditiva destrucción.
2.Una nueva calificación. Fue la película que instauró junto a 'Indiana Jones y el templo maldito' la calificación no permitida a menores de 13 años (PG 13), porque se consideraba que su violencia era excesiva para que se le concediera la calificación para todos los públicos (PG), aunque no tanta como para que fuera calificada sólo para adultos ®
3.Spielberg sobre ruedas. Steven Spielberg realiza un cameo en la escena de la convención de inventores. Mientras el padre del protagonista habla por teléfono, pasa por delante en una una especia de bicicleta yacente eléctrica. En la misma escena se aprecia al fondo la máquina del tiempo de la película homónima de George Pal de 1960, y también por delante pasa en cierto momento el robot Robby de 'Planeta prohibido' (1955). El compositor de la excelente banda sonora, Jerry Goldsmith, es quien se encuentra, con sombrero de cowboy, detrás del padre.
4.Un Santa Claus desnucado. Los productores insistieron en que se suprimiera la escena en que el personaje de Phoebe Cates relata la muerte de su padre. Cómo se rompíó el cuello cuando bajaba disfrazado de Santa Claus por la chimenea de la casa. A Spielberg tampoco le convencía, pero a pese a su control creativo consideraba que ante todo era la película de Dante, y para este la escena condensaba el núcleo de la película, esa combinación de absurdo y horror, de momento que puede suscitar la sonrisa, a la vez que congelarla por su fatal desenlace
5. Gremlins gore. La escena de Stripe amenazando con la sierra mecánica en el almacén no estaba contemplada en el el guión. Fue una idea de Joe Dante y Zach Galligan como homenaje a 'La matanza de Texas'. En principio, en el guión había escenas de violencia más explicita: los gremlins mataban al perro, decaptiban a la madre del protagonista, con su cabeza precipitándose escaleras abajo, y en una escena entraban en un McDonalds, pero no comían hamburgesas sino a los mismos clientes.
6. La diana Gizmo de la exasperación. Por ser más pequeñas, las marionetas del diseño de Gizmo tendían a romperse con más frecuencia, para desesperación del equipo técnico. Por eso, la escena en la que Gizmo es usado como diana para unos dardos fue ideada para complacerles, ya que habían confeccionado una lista con el nombre 'Cosas horribles que hacerle a Gizmo', y entre ellas estaba la idea de esa .
7. Dos que fueron uno. En el guión original Gizmo y Stripe iban a ser el mismo personaje. Simplemente el primero se convertía en el segundo. Pero Spielberg consideró que el público debía identificarse con alguien bueno. Además, le parecía que debía sacarse más partido al encanto de Gizmo porque el público lo agradecería, para desesperación del diseñador Chris Walas, que había planificado SUS diseños sólo para la primera parte de la película. También Spielberg, que consideraba a Gizmo el héroe de la película y no el joven Billy, insistió en que en la escena final fuera sólo Gizmo quien subiera las persianas para que entrara la luz que matara a Atripe, y no que ambos, primero Gizmo y luego Billy, levantaran sendas persianas para conseguirlo.

martes, 7 de junio de 2016

Francofonía

Los océanos que hay afuera, los océanos de nuestro interior. Los naufragios de las circunstancias desbocadas por los oleajes y remolinos de la mente humana. La mirada boya y faro que busca en el pretérito los reflejos que enfoquen el presente, la mirada que busca en el contraste la revelación, el hilo que no nos precipite en la ceguera del presente abocado a las resacas de nuestras pulsiones. Los naufragios del presente encuentran su correspondencia en el pasado, y con la agudeza de la mirada enfocada quizá se perfile en esas correspondencias una guía y pauta que nos afirme en una singladura que crea puertos en su propio trayecto. En esos reflejos se encuentra la evidencia de una reiteración o unas constantes, o una síntesis de una idea, de una actitud. El museo como emblema de una actitud, el espacio, la construcción, que representa la inclinación a la búsqueda de la armonía, la sensibilidad que gesta, la creación de formas como desafío al avasallador dominio del caos, la tendencia humana a generar actos de realización frente a su tendencia a la destrucción. En 'Francofonia' (Francofonia, le Louvre sous l’Occupation, 2015), Alexander Sokurov realiza su particular íntima reflexión sobre ese forcejeo, un forcejeo o pulso que no deja de reiterarse como un bucle que se sostiene sobre el olvido. Y la memoria nos recupera, es también el desafío para que no incurramos en los mismos errores, en las mismas inconsecuencias, en los mismos desafueros. Pero el ser humano no deja de naufragar, de sufrir una derrota causada por el mismo. Por eso, Sokurov se pregunta qué seríamos sin los museos, nuestra memoria, la huella de una mirada que gesta y revela y refleja el desafío de los límites por lo posible.
En las primeras secuencias, Sokurov conversa en la pantalla del ordenador con el capitán de un mercante que traslada obras de arte en un océano agitado por un oleaje que amenaza con hundir la nave. Sokurov nos ubica en la metáfora de nuestro tiempo, el lugar del arte en nuestro tiempo, que no ha dejado de ser parecido en el tiempo pretérito, en el que busca equivalencias, en especial a través del emblema que supone el museo, y aún más en concreto, El Louvre. Es el emblema de la capacidad del ser humano de construir, y de generar belleza y armonía, de transcenderse. En esa arquitectura de la creación se desplazan en su interior, dos fantasmas, dos emblemas, Napoleón, un líder que fue emperador, el yo que se autoproclama soberano sobre la realidad, el ansia de dominio, el que remarca como un sello de propiedad el yo en todo, y la representación de la Revolución francesa (libertad, igualdad y fraternidad), el nosotros que intenta forjar la equiparación y la conjunción. El forcejeo en el ser humano, como se social, entre el yo y el nosotros. Paradojicamente, Napoleón consolidó el espacio del Louvre, por la consideración de la arquitectura grandiosa y la obra de arte como seña de distinción, la monumentalidad que refleja una majestad individual, el espacio sacralizado del arte en correspondencia con la singularidad como individuo, obra de arte en sí por encima de los mundanos humanos. Y, por otro lado, el emblema de la transformación, la insumisión de lo mundano que desafía a la opresión de los que asientan su dominio en unos privilegios, una transformación que colinda con la destrucción en su proceso, y que deriva tanto en avances como en degeneración, en logros como en fracasos, las paradojas del ser humano como ser social, o las derivas de sus inconsistencias e incapacidades, el reverso oscuro o sórdido del ansia de transcenderse (en la obra o la propia individualidad mayestática). La capacidad de la forja (tan elocuentemente manifestada en el cine de Tarkovski) frente al emborronado ensimismamiento en el yo.
Esa dualidad fantasmal que se desplaza entre las salas del museo se alternan, conjugadas con la voz del propio Sokurov, con la recreación, como fragmentos de celuloide que reflejan la erosión del tiempo, de la defensa que dos hombres ejercieron durante la segunda guerra mundial para preservar la integridad de una construcción y un símbolo, El louvre, amenazado por la destrucción y la rapiña de quienes consideraban la obra de arte signo de distinción, la posesión como reflejo y extensión de la inflamación del yo. Aquellos dos hombres, en principios rivales, porque uno representaba a un ejercito invasor, el conde Metternich, y el otro al país dominado, el director del museo Jaujard, encuentran la alianza en una sensibilidad afín. Ambos luchan para demorar en lo más posible que las obras de artes sean requisadas, enviadas a Alemania. Ambos se convierten en emblema de una resistencia, la sensibilidad que sitúa al Arte como expresión de una capacidad creadora y su resultado como la obra culminada de una tarea, una obra y un proceso que admirar y degustar con placer, y sobre el que reflexionar, una obra generada por yo pero que se realiza para ser compartida por todos, como depositarios de una generosidad expresiva. El yo comparte, y todos reciben. La armonía se encuentra en y entre el logro de la gestación y la receptividad de la contemplación. El arte es según se mire, según lo que represente. Napoleón sólo vera en Monalisa su propio yo. Metternich y Jaujard la singularidad sublime que preservar para ser admirada por cualquiera de nosotros. 'Francofonia', por tanto es una obra de resistencia, que nos recuerda entre los diversos reflejos, y las inconsistencias y contradicciones de las tendencias humanas, esa criatura que parece conformarse tantas veces con dotarse de forma con rudimentarios rasgos, tan rudimentarios que rápidamente se desfiguran por la inclinación al ejercicio del daño y la destrucción, que la armonía es posible, la sabiduría de la ilusión que nos recuerda el infinito de lo posible, donde el yo se transciende en su propia difuminación en la generosidad de la creación, los trazos de una pintura como La balsa de la medusa de Gericault, las coordenadas espaciales del ala sur oeste del Louvre gestadas por el arquitecto Pierre Lescot, o la propia conjugación de los planos de esta excelente obra.

domingo, 5 de junio de 2016

Todos queremos algo

Las fronteras están donde tú las buscas, o son las que uno mismo pone. Los escenarios de la vida son múltiples. Puedes restringir el trayecto de tu vida a la estación de un escenario en el que tu máscara se desenvuelva en un territorio de cartografía familiar, como inercia o como estrategia adaptativa, o puedes transitar en la diversidad, entre escenarios, y el ser, la identidad, sea una mirada flexible y receptiva. ¿Quiénes son aquellos que no son como yo? ¿Quiénes son aquellos que eligen ser como todos y adaptarse a un patrón de vida instituido? ¿Quién soy si me adapto a los otros según como sean, según sus rituales y necesidades y tendencias y preferencias, para conseguir lo que quiero? 'Todos queremos algo' (Everybody wants some!!, 2015), de Richard Linklater, prosigue donde quedó suspendida en su final 'Boyhood', aunque su protagonista no sea exactamente el mismo. El tránsito entre instituto y la universidad es un tránsito entre escenarios, se cruza una frontera, también es un primer paso hacia la vida adulta, hacia su definición e integración, hacia la definición de identidad (máscara y escenario). Los jóvenes protagonistas de 'Todos queremos algo', son una sociedad o grupo social en pequeña escala, son deportistas (variante jugadores de beisbol), son un equipo, un conjunto. Los otros se definen en buena medida por lo no que no son, no son deportistas. Incluso, como comenta uno de ellos, se supone que querrán ser como cualquier otro, como si no ser deportista supone carecer de unas aspiraciones de singularidad, ser ordinario; reflejo también de la extrañeza que causa pensar lo que puede querer otro que no quiere lo mismo que uno. Los deportistas ante todo compiten (esa es sustancia y motivación): su reverso es que se asemeja a la acción repetida de Sisifo, como escribió el protagonista, Jake (Blake Jenner), en un trabajo, el afán de superarse adquiere la condición de condena en la repetición cautivo en un bucle. Es también metáfora de una dinámica social de alcance de la primera posición (la cima de la montaña que se quiere alcanzar, aunque arrastrando una piedra: como la bola que se golpea con un bate).
En el relato, el grupo de deportistas transita entre diversos escenarios de ambiente nocturno (disco, country y punk), y se preguntarán quiénes son. Hay quien para la respuesta es fácil, ser implica adaptarse al medio, ser según requiera el escenario específico. El último escenario transitado, de modo significativo, será el teatral o artístico., el escenario que evidencia la condición de escenario de cualquier circunstancia social. Y esa condición de representación se amplifica, o pervierte ludicamente, con la transfiguración carrolliana de 'Alicia en el país de las maravillas'. Todo es un viaje a través del espejo, a través de reflejos, sobre todo cuando la extrañeza se convierte en interrogación, un constante umbral de flexible conocimiento, mirar la realidad sin dar por sentada su constitución con la tiranía del nombre (de un escenario único que niega a los otros o los establece como no deseados). Es la mirada que no sabe de fronteras. Si no las estableces, no hay límites, o no te limitas, te amplificas,te complejizas, te empapas de la diversidad, como sumergirte en la mirada de ese universo múltiple que puede ser el otro, como la misma chica que amas.
En cierto momento de la narración se desvela que uno de los deportistas tiene 30 años, por lo cuál es expulsado. Es un adulto que no quiere renunciar a un modo de vida, pero también un adulto que no sabe de fronteras, y decide optar por un modo de vida que no sea el que supuestamente le corresponde como asignado. Es un intruso, porque es un fugitivo de los encasillamientos en un escenario rigidamente codificado. Es como la oruga embriagada de la obra de Carroll. No deja de fumar marihuana. No deja de ser significativo que el relato se densifique cuando su personaje cobra más relevancia, sobre todo en la secuencia de la fumada colectiva. Durante su primera media hora la narración parece desprovista de sustancia, como un adolescente en sus contorsiones elementales, dominado por la banalidad primaria de las hormonas. Pero las interrogantes comenzarán a densificar el trayecto, a salpicar el devenir de un proceso de formación, desde la perspectiva de los mismos personajes, algunos de los cuales comienzan a preguntarse quién soy o quiénes son los otros, sin perder levedad epicurea. Todo es cuestión de actitud. Si no se piensa en fronteras, el horizonte será más amplio, con más abundancia de posibles. Así terminaba 'Boyhood', con el adolescente protagonista ante un horizonte, y junto a otro a su lado, una posible relación afectiva con una chica. También 'Todos queremos algo', aunque el horizonte sea más simbólico, una pizarra en la que el profesor escribe que 'Las fronteras están donde las buscas', y ya con un horizonte de relación afectiva materializado en los primeros pasos de la proximidad..

sábado, 4 de junio de 2016

Bruce Dern: Sus 10 mejores personajes

Bruce Dern cumple hoy 80 años. El gran actor estadounidense declaró que ha interpretado más zumbados y raros y drogados que nadie. Los papeles que conseguía eran los que otros quince habían rechazado. En cierta época de su vida, pensó que nadie apreciaría su trabajo porque nadie vería las películas en las que trabajaba, o que serían un fracaso por su interpretación. No ha tenido muchas relaciones sentimentales en pantalla. En 'El gran Gatsby', apostilla, sí, con el personaje de Karen Black, pero le rompe la nariz. Debutó en la pantalla grande hace 56 años, con un pequeño papel no acreditado en la magistral 'Río salvaje' de Elia Kazan, quien le había formado como actor en 'Actor's studio'. Cuando quiso participar en su siguiente obra, 'Esplendor en la hierba' (1961), Kazan le dijo que no encajaba porque no tenía matería de estrella, como Warren Beatty. Aunque apreciaba sus poco habituales grandes cualidades como intérprete, más bien, le auguraba una carrera de resistencia, que sería reconocida cuando superara los 60. Dern es un acérrimo marathoniano que ha participado en más de 50 competiciones, por eso nunca ha fumado ni bebido alcohol ni tomado café. Y así parece haber sido su carrera cinematográfica, un largo marathon que culminó con el logro de reconocimientos, ya con 77 años, que acaparó su gran interpretación en la espléndida 'Nebraska', de Alexander Payne, a quien calificó como el mejor director con el que ha trabajado nunca. Por otro lado, su integridad actoral quedó reflejada en que no transigiera en las recomendaciones de optar por 'Nebraska' al Oscar al mejor actor secundario, ya que, según la opinión general, le reportaría más oportunidades de ganar un premio que con frecuencia se entrega a actores veteranos. Pero el adujo que sí lo hacía se estaría prostituyendo. Su personaje es uno de los dos protagonistas, y él no vino a Hollywood para ganar premios. Si le nominaban esa será su victoria, como así fue. Estuvo entre los nominados al mejor actor. Para él era como alcanzar la meta, la realización ansiada de una dedicación forjada durante décadas.
En los sesenta participó tanto en producciones televisivas como cinematográficas, primordialmente como secundario, en varias obras de Roger Corman como 'Los ángeles del infierno', 'La matanza del día de San Valentín', 'The trip' o 'Mama sangrienta', destacando particularmente en 'El más valiente entre mil' o 'Danzad, danzad malditos'. Los 70 fue su década de esplendor, en la que interpretó más papeles de protagonista (alcanzaría ese rango en 'San Francisco, ciudad desnuda', gracias a la generosidad de Walter Matthau), en algún caso casi en solitario, como en la plúmbea 'Naves misteriosas'. Brilló sobremanera en 'Domingo negro' y fue nominado a algunos premios por sus personajes secundarios en 'El gran Gatsby' o, incluso en los Oscar, en 'El regreso'. En 1981 sería premiado como mejor actor en el festival de Berlín, por la discreta 'Cuando fuimos campeones' (1982). Dern ha trabajado en tres ocasiones con Walter Hill, en algunas de sus mejores obras ('Driver', 'Wild Bill' 'El último hombre'), y con Alfred Hitchcock: Un pequeño papel en 'Marnie la ladrona' (1964), aunque importante (era el marino al que asesinaba la protagonista cuando era niña porque agredía a su madre), en un episodio de 'Alfred Hitchcock presenta', y, como protagonista, en 'La trama' (1976). Del cineasta británico dijo: “Él notaba todo, una sombra en el semblante de un intérprete, unos segundos demasiado larga en el plano. Cuando pensábamos que no tenía idea de lo que estaba diciendo, nos demostraba su increíble capacidad de observación haciendo que nos fijáramos en el desastroso detalle del que nadie se habría percatado hasta verlo ya en la pantalla”. Y, recientemente, dos con Quentin Tarantino, en las estériles y muy autocomplacientes 'Django desencadenado' y 'Los odiosos ocho'. Dern piensa que 'Lawrence de Arabia' representa la perfección en el cine. Reconoce que actúa para gente de otro tiempo, como David Lean o Peter O'Toole, a los que admiraba por su entusiasmo, conocimiento y pasíón, esa que te infecta en el mejor sentido. Piensa que tiene que hacerles sentirles orgullosos con lo que hace, aunque ya no estén entre nosotros. Dern, por último, es alguien que piensa que el mejor remedio que hay en la Tierra no es una píldora ni un disparo, sino un abrazo. Simple, pero certero. Para celebrar su ochenta cumpleaños destaquemos diez de sus más destacadas interpretaciones.
Long hair. Dern había interpretado ya numerosos personajes facinerosos, no precisamente ejemplares, sino más bien mezquinos o crueles en previos westerns, 'Ataque al carro blindado', 'El más valiente entre mil', 'Cometieron dos errores' o 'También el sheriff necesita ayuda'. Se había ganado todas las papeletas para ser quien se ganara el rango de más odiado por ser el primer actor en matar a John Wayne en pantalla. Cuando John Wayne le dijo que interpretaría a quien matara a su personaje, y que por eso los espectadores le odiarían, Dern replicó: 'Sí, pero seguramente me amarán en Berkeley', la universidad que representaba la intelectualidad y el pensamiento progresista opuesto a las ideas extremadamente reaccionarias de Wayne, como su apoyo a la guerra de Vietnam y una política exterior imperialista (poco antes del estreno causaron controversias sus opiniones en Playboy sobre los derechos civiles, el tratamiento de los indígenas y los derechos de los homosexuales). De hecho, en algo acertó Wayne. Dern recibiría reiteradas amenazas de muerte por disparar por la espalda al personaje de Wayne, tras una pelea en la que este le había derrotado. Hecho que aún se lo recuerdan hoy, como muestra del efecto de sugestión de lo que acontece en pantalla. Cuando rodaba 'Nebraska' alguien le dijo: 'Mataste a mi amigo', a lo que replicó Dern, 'John Wayne murió de cáncer, eso fue en la pantalla. Supéralo'. La contestación: 'Nunca lo superaremos')
Larsen. 'San Francisco, ciudad desnuda' (1973), de Stuart Rosenberg, se centra en la investigación de la matanza de once pasajeros ametrallados en un autobús, entre ellos un policía, el antiguo compañero de quien está encargado delcaso, Martin (Walter Matthau). Pero hay una subtrama que adquiere casi la misma relevancia, sostenida sobre el contraste interpretativo (la exuberancia expresiva de Dern con la contención lacónica de Matthau): la tensa relación con la nueva pareja policial que le han asignado, Larsen (Bruce Dern), quien padecerá el vía crucis de un proceso de aceptación por parte de Martin, proceso que pasa por la reticencia, el establecimiento de distancia o el abierto rechazo. Cuando le implica es más bien para utilizarle, a partir del momento que su superior no acepta su línea de investigación. Larsen le reprochará que hasta ese momento no compartía casi nada, como si no formara parte de la investigación, y sólo recurre a él por conveniencia. Esa distancia y esas exigencias no dejan de reflejar una reacción despechada ante quien siente que usurpa el puesto de quien era su objeto de deseo reprimido, lo que, al mismo tiempo, le hace sentir de modo más acusado la falta. Dern borda esa desesperación exasperada pero paciente de la nueva pareja que debe enfrentarse al fantasma de una anterior relación.
Tom. En contraposición al romanticismo torpe (su dificultad de expresar sus emociones) y su cautiverio de la sublimación, de Gatsby (Robert Redford), se encuentra la vulgaridad, brutalidad, doblez y suficiencia de Tom (Bruce Dern), que este condensa en un preciso gesto altivo. Mantiene una relación con la esposa de Wilson, Myrtle (Karen Black), de la que no es ignorante su esposa, y amada por Gatsby desde hace más de 5 años, Daisy (Mia Farrow). Tom golpea, delante de todos, a Myrtle cuando esta le reprocha su doblez manteniendo dos relaciones. Y no oculta su carácter xenófobo al declarar la amenaza de las otras razas sobre la supremacía blanca. Tom es la antimateria de Gatsby, aunque también reflejo que revela su propia doblez: los negocios ilícitos con los que Gatsby se ha enriquecido para alcanzar la posición económica con la que pueda aspirar a Daisy. Irónicamente, esa elección como marido del arrogante Tom dice mucho de Daisy, quien realmente tiene poco que ver con la sublimación romántica de Gatsby.
Lander. Lumley. Dern le preguntó en cierta ocasión a Hitchcock por qué le había elegido para interpretar a Lumley, uno de los protagonistas de 'La trama' (1976), y el cineasta replicó que porque Mr. Packinow pedía un millón de dolares, y él no pagaba un millón de dolares a nadie. Dern tardó un poco en lograr comprender que se refería a Al Pacino. Lumley es varias cosas, como el resto de los personajes, en el que el ser y el parecer también se enmarañan. Lumley es actor en paro que tiene que trabajar como taxista para poder pagar las facturas, y detective amateur ( con pipa incorporada). Su pareja, Blanche se gana la vida como medium, pero realmente no contacta con los muertos, así que las investigaciones tienen que ser más terrenales, de lo que se encarga su pareja, Lumley, aquel que aporta la documentación pertinente para la elaboración convincente de sus ‘escenificaciones’. Una relación que tiene poco de excepcional, y sí más bien de los ordinarios tiras y aflojas de una pareja. Precisamente, en uno de sus forcejeos ‘dialécticos’ (estabilización, compromisos, proyecto de vida), se cruzan con la otra línea narrativa, aquella que perseguirán en el laberinto, la pareja de criminales. Esta parece que sí impregnada de ese glamour que les falta a su vida corriente, como si fueran los protagonistas de una vida extraordinaria (aunque no dejan de definirse por la impostura de las apariencias). Representan el traje de gala de las mascaradas frente a la bata que representa la pareja de Blanche y Lumley.
En 'Domingo negro' (1977), de John Frankenheimer, Lander (Bruce Dern), es un exsoldado norteamericano, ampliamente condecorado en la guerra de Vietnam (lo que se podría calificar como héroe) que padeció seis años de reclusión en un campo de concentración vietnamita (y uno de ellos en una estrecha caja de bambú de dos metros de largo y de ancho).Un hombre resentido porque al lograr regresar al (supuesto) hogar se encontró con que era alguien ignorado por las instituciones, marginado, un recuerdo incómodo, a lo que se añadió el abandono de su esposa. Ahora es piloto de un dirigible que sobrevuela un estadio para grabar imágenes de los partidos. Su idea es lanzar más de 200.000 dardos sobre los que representan el 'consejo de guerra' de una indiferencia hacia su sufrimiento, aliado con Dahlia (Marthe Keller), una integrante del grupo palestino Septiembre negro, que pretenden llamar la atención sobre el conflicto palestino-israelí. Una de las secuencias más memorables es aquella en la que realiza una prueba de la maquina de los dardos en un retirado almacén en el desierto. Ante la pared de metal horadada por los 200.000 dardos exclama extasiado que asemeja a un firmamento (como horadado también quedó el guardián del almacén). Lander es la figura que 'horada' cualquier noción de ejemplaridad en cualquier facción representada en la película, sea palestina, israelí, estadounidense, y hasta egipcia, y abunda en la condición fronteriza, casi nihilista de la obra que señala de frente un horror del que todos son responsables. Dern logra con una interpretación matizada que no se le desboque su trastornado y desesperado personaje en permanente filo.
Capitán Hyde. Su interpretación en 'El regreso' (1978), le reportó su primera nominación a los Oscar, como mejor actor secundario, aunque no lo consiguió a diferencia de sus compañeros de reparto, Jon Voight y Jane Fonda. De nuevo, su personaje refleja la infección de la Guerra de Vietnam. En este caso, el capitan Hyde es un militar convencido que, en la primera parte, espera con entusiasmo su traslado al campo de batalla. No deja de ser la contraposición del protagonista, encarnado por Jon Voight, quien ya conoce cuál es el reverso de las fantasías de heroicidad y entrega patriótica, en su caso una irremisible parálisis. Pero esa consciencia a la vez le ha liberado, o curado, de la otra parálisis, la enajenación mental o ideológíca que se inocula como deseable,la que padece Hyde. En la segunda parte, el capitán Hyde retornará con la infección extendiéndose en él, ya que no asimila la decepción, o la devastación de la experiencia de la guerra en primer término, no en la idealizada distancia. Y por eso no aceptara que haya variado el escenario en el hogar, que su esposa ahora precisamente sea amante de quien desprecia la guerra porque sabe lo que realmente es, el hombre que porta la herida de su parálisis física como huella de un absurdo. Por eso, los frentes se confundirán en la mente de Hyde, y por un instante el cortocircuito en su mente amenaza con que su confusión se convierta en balas que acaben con las vidas de quienes también han trastornado sus certezas en el territorio íntimo. No hacerlo supondrá también un paso para comprender que más infeccioso trastorno es el que arrastraba de su vivencia no asumida de lo que es realmente la guerra. Ese tránsito entre el forcejeo con el impulso de matar y la asunción de su desquiciamiento revela cuan gran actor es Dern.
El detective. Un hombre que habla poco, pero expresa lo justo y preciso, un hombre que habla mucho, por eso, habla demasiado. Dos hombres que intentan conducir su realidad, o la realidad. Dos hombres a los que le gusta apostar: la realidad es un tablero de juego, un escenario que dominar. El primero, el conductor (Ryan O' Neal), es un hombre que conduce para otros, para quienes infringen la ley mediante atracos, pero es un conductor que nadie logra superar ni por lo tanto detener. El domina el escenario de las calles y callejones de la ciudad. El segundo, el detective (Bruce Dern), pretende detener a ese conductor. Y usa retorcidas estrategias para tejer una red con la que capturar al infractor que no deja de encontrar resquicios a través de los que fugarse de la vigilancia, persecución y control de la ley. El detective no parece tener un hogar, sino que parece desplazarse con su furgoneta por las calles y callejones de la ciudad, cual casa ambulante, al acecho, cual vigilante insomne, cual servicio de limpieza que espera eliminar las impurezas y las perturbaciones en el tráfico del orden. Nos es presentado jugando al billar. Cada bola debe acabar en su correspondiente agujero. Cada pieza debe ajustarse al destino que él la aboque. No puede haber elemento que altere el diseño que intenta configurar. Y el conductor es la perturbación que se rebela a su taco. Utiliza la estrategia del desafío. Su acecho y acoso son un incentivo para el conductor. Esa vanidad ofusca su criterio. Ambos se arriesgan a que las otras piezas, las otras voluntades, también realicen sus intentos de golpes de mano que pueden contrariar sus previsiones y planificaciones.
Sheriff Ed Galt. En 'El último hombre' (1996), Bruce Dern encarna, como en una obra previa de Walter Hill, 'Driver', la representación de la ley. Pero si allí es alguien que necesita, de modo compulsivo, dominar y reglar la circulación del orden, aquí es alguien que juega a dos bandas. Es la doblez de la ley que se pliega, por propia conveniencia y cinismo, al dominio económico, en este caso, unas bandas que se dedican al tráfico de alcohol. Esa conveniencia económica encuentra su correspondencia en la conveniencia del equilibrio social en la actitud cínica del capitán de los Texas Rangers, quien expone que es necesario disponer de infractores que perseguir. Sólo es cuestión de medida, de que no se exceda esa infracción, por eso debe suprimir una de las dos facciones. John Smith (Bruce Willis) resulta útil en ese propósito para los que rigen el Orden, como el alien para la Corporación en 'Alien' (1979), producida por Hill. Es un instrumento de regulación. Cuando Smith, que parecía definirse por la falta de conciencia, jugando como un niño con hormigas, con las dos bandas de traficantes, evidencia que sí siente algún tipo de escrúpulos, los que le meten en problemas, Galt, el sheriff que interpreta Dern se desprende de su máscara de cínismo y no duda en apoyarle. Uno y otro, por un momento, se salen del papel, y rompen las reglas establecidas.
Sheriff Lagrange. En la sugerente 'Twixt' (2011), de Francis Coppola, no se sabe, o no se explicita del todo, aunque en ocasiones parezca bien delimitado, cuándo se está en el sueño ( o imaginación o mente) del escritor que encarna Val Kilmer, o en la realidad. Lagrange (Bruce Dern) es el sheriff del pueblo al que llega este escritor, para quien esa población es ideal para los que quieren retirarse del mundo. Nada más llegar, el ambivalente sheriff le pide que colabore en un proyecto literario que tiene, de título 'La ejecución de los vampiros' e insiste en mostrarle un cadáver en la morgue, el de una víctima de un asesino en serie. El desarrollo narrativo no deja ser tan ambiguo como el propio sheriff, en el que se combinan apariciones de Edgar Allan Poe, vampiros, combinados con relatos de asesinatos pretéritos de niños en la zona ¿ Lo que vemos es ese retiro de la realidad por el que se ha decidido Baltimore? ¿Es un espacio de su mente en el que resuelve los traumas o dolores irresueltos, la pérdida en un accidente de su hija de doce años en un accidente? La narración oscila como resulta difícil definir a Lagrange, un comediante irónico o una figura siniestra disimulada con sus sonrisas.
Woody. En 'Nebraska' (2013), Woody (Bruce Dern), en su ancianidad, en su vida retirada de la circulación, siente una imperiosa fuerza que se asemeja al desbocamiento. Una y otra vez se pone en movimiento como un resorte que ya no puede estar en posición de pausa. Una y otra vez le encuentran encaminándose en plena carretera en dirección a Nebraska, cuando él vive en Montana, a cientos de kilómetros. La razón es que está convencido de que le ha tocado un millón de dolares en una lotería, y nadie logra convencerle de que es un timo parte de una promoción publicitaria. Su esposa y su hijo mayor piensan que la solución es simple, un estacionamiento aún más retirado y marginado en su vida ya más que inmovilizada, ingresarle en un geriátrico. Pero su hijo menor, David (Will Forte) no piensa igual, quizá porque no lo tiene claro en su propia vida. Nebraska representa una impostura, un lugar al final del camino que no existe. La aspiración de todos, ser ricos, millonarios, poder disfrutar de una vida que no sea sólo contemplar cómo pasa como un coche delante de tu casa. Woody es uno de tantos que se ha creído lo que le dicen. Quizá por eso se hayan aprovechado tanto de él a lo largo de la vida. Y ahora que los demás piensan que se ha enriquecido, se adhieren como parásitos ávidos de una porción. Woody ha dejado que le conduzcan su vida, y a donde ha llegado no es sino un paraje sin color, un estacionamiento. Al final, cuando recorre al volante la calle del pueblo de su infancia, no lo hace como el millonario que todos admiraban con sonrisas falsas e interesadas, sino como el forajido o sheriff que ha desenfundado su mirada y avanza firme y desafiante por la calle. Por un instante, no era el que miraba pasar los coches, sino quien conduce hacia algún horizonte que no es papel pintado con falsas promesas.

Green room

A veces, te desvías del camino, pero no tiene mayor incidencia en el trayecto. En otras, en cambio, realizas un movimiento no previsto, un desvío, y da igual lo breve o fugaz que sea, una variación banal, por un mero olvido, tu trayecto se altera de modo radical. En el primer caso, el accidente adquiere el rango de anécdota, en el segundo de catástrofe. En ese delicado pulso o forcejeo constante entre voluntad y azar, la incertidumbre es la variable primordial. No sabes qué habrá, o qué sucederá, en el siguiente recodo de tu camino, como no sabes lo que hay bajo tus pies, cuáles son los cimientos de la realidad sobre la que te sostienes, qué oculta que no sepas o no imaginas, y quizás te sorprenda, y propicie que te desmorones. Puede ser una habitación oculta bajo esa otra habitación de espera, el camerino, la habitación verde, habitación de tránsito, antes y después de una actuación en un concierto. No deja de ser así la realidad, siempre a la espera de qué acontecimiento sucederá en el escenario de la vida, pero en esas esperas se oculta, se larva, y por tanto se puede detener el curso por una fisura en el trayecto cuando las apariencias desvelan su real naturaleza. Esa habitación oculta bajo tus cimientos frágiles, pero también engañosos, es la habitación delos imprevistos que puede variar de modo radical el curso de tu vida. En la primera secuencia de 'Green room' (2015), de Jeremy Saulnier, el conductor de la furgoneta, en la que viaja el grupo musical punk 'The ain´t rights', se queda dormido, o de eso se percata uno de los componentes, Pat (Anton Yelchin), cuando despierta. La furgoneta se encuentra en medio de un campo de maíz, pero la incidencia no ha tenido ninguna consecuencia grave, aparte de que necesiten gasolina para continuar el viaje, lo que se solucionará sustrayéndola de otro vehículo.
Más adelante, tras finalizar el concierto en un local perdido en los bosques de Portland, dominado por skinheads de afiliación nazi, Pat entrará en el camerino cuando se suponía que ya no lo iba a hacer, ya que se marchan, pero entra para recoger el móvil que se ha olvidado una componente del grupo, y se encontrará con que en el suelo yace el cadáver de una chica apuñalada en la cabeza. Que hayan visto lo que no tenían que haber visto determinará que su trayecto varíe radicalmente. A veces, no ves, te duermes, y no pasa nada, a veces miras demasiado, donde otros no quieres que miren, y la mirada intrusa altera el escenario. En principio, puede parecer que no quieran dejarles marchar porque no pertenecen a la tribu ( a quien ha realizado el crimen lo dejan ir, porque es 'uno de los suyos'), pero más tarde lo no concebible o imaginable, esa habitación secreta que tienen debajo, revela el por qué. No deja de ser irónico que el grupo, como acción provocadora, como iniciativa, de hecho, de Pat, interpreten como primera canción del concierto, el tema de Dead Kennedys 'Nazi punks fuck off', en la que se pone en cuestión la presunta condición contestataria punk. La motivación última para que no se vayan es más bien empresarial: el dueño del local, Darcy (Patrick Stewart), no quiere que puedan desvelarse sus negocios sucios. Lo que parece contestatario no deja de moverse por parecidas motivaciones mercantilistas, aunque sean ilegales, que el propio sistema que parecerían rechazar.
Saulnier, como otro cineasta estadounidense de parecidas cualidades, Jim Mickle, orquesta con admirable precisión un relato concentrado que destierra lo accesorio. Hay leves rupturas expresivas que resultan definitorias. La supresión del sonido ambiental, y la modulación de ciertas secuencias, en los pasajes iniciales, a través sólo de la música, sedimenta cierta extrañeza, o alteración de la 'habitación de realidad', como si estos jóvenes músicos, figuras errantes, sostenidos sobre una vida precaria, se introdujeran en otro ámbito de realidad. En los instantes previos del enfrentamiento en la secuencia final, escueta y cortante, hay un breve pero elocuente salto de eje: un personaje, Pat, se vuelve hacia atrás, hacia el resto de cadáveres, antes de volverse y musitar que todo eso es una pesadilla. En ese salto de eje, en esa ruptura, se condensa un desamparo y la perdida de apoyo sobre una realidad que ha desvelado unos cimientos quebradizos que se revelaron como una trampa mortal. Los cuerpos magullados, los rostros devastados, del plano final son los desoladores restos de un naufragio. No hay ninguna música en el aire. P.D Qué brillante y hermoso detalle final el del perro.