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viernes, 12 de junio de 2015
Cherry pie
jueves, 11 de junio de 2015
Avance: Jurassic world
'Seguridad no garantizada' (2011) era el título de la anterior obra de Colin Trevorrow. Podría ser también el de la cuarta entrega de la franquicia de Parque Jurásico, 'Jurasic world' (2015). Se insiste en no dejar de poner en cuestión el afán del ser humano por el control. El mismo multitudinario parque temático representa, en el ámbito recreativo, el apuntalamiento de la relación virtualizada con la realidad, definida por la sensación de inmunidad. Aunque lo que no está garantizada en esta cuarta entrega de la franquicia es la singularidad.El parque necesita una variante más original de dinosaurio para atraer más publico, por lo que se ha creado una peculiar variante de dinosaurio con algunos ingredientes desconocidos. Pero la película no ha encontrado nuevos ingredientes que logren diferenciarla de las anteriores producciones de la franquicia (a las que no supera pero frente a las que no desmerece) o de otras películas con recurrentes patrones, desde la comedia de los treinta y cuarenta a comandos enfrentados a peligrosas criaturas. Eso sí, qué ganas entran pronto de que se coman a todos los turistas (Más en El cine de Solaris y Factor Crítico próximamente).
miércoles, 10 de junio de 2015
En rodaje: Alexander MacKendrick, Phyllis Calvert y Terence Morgan
Alexander MacKendrick dando instrucciones a Phyllis Calvert, ante la atenta presencia de Terence Morgan, durante el rodaje de la excelente 'Mandy' (1952)
martes, 9 de junio de 2015
La reina de Nueva York - Imágenes de un rodaje
William A Wellman, Fredric March, Carole Lombard y Charles Winninger durante el rodaje de 'La reina de Nueva York' (Nothing sacred, 1937)
lunes, 8 de junio de 2015
Insidious: Capítulo 3
Hay un espectro un tanto beligerante, o sea insidioso, al que le falla la respiración. A la propia película, 'Insidious: Capítulo 3 (2014)', de Leigh Whannell, guionista de las dos anteriores obras de la franquicia Insidious, dirigidas por James Wan, le pasa algo parecido. Sí logra ser efectivo en suscitar algún que otro sobresalto, y en crear en ciertos pasajes una opresiva atmósfera terrorífica, de esas que se agazapan y anidan en la piel, como el propio espectro con problemas de respiración en su acoso de la adolescente Quinn (Stefanie Scott), pero en su progresión más que sedimentarse un sugestivo poso dramático se diluirá a medida que se intensifiquen las atracciones de barraca de feria, incursiones en las otras dimensiones espectrales y confrontaciones con los insidiosos espectros, porque hay más de uno. La medium Elise (Linn Shaye), que ya aparecía en las dos obras previas (aunque sus aconteceres son posteriores en el tiempo), no sólo tendrá que combatir a ese espectro cuyo estado de descomposición parece en un estado más avanzado que el resto de habitantes avistados en esa dimensión, sino con el espectro que no ceja, ni cejará, de intentar matarla cada vez que intenta ponerse en contacto con algún espíritu, como si fuera una señal de tráfico de dirección prohibida con impulsos de estrangulamiento. Precisamente,la narración también parece estrangularse en cierto punto del recorrido, desde el momento en que la amenaza se hace más explicita. Cuando es sombra, figura entrevista, sonido turbador, cuando la narración se gesta en su proceso de dotarse cuerpo dramático, resulta inquietante, e incluso intrigante, pero, como en la recientemente estrenada 'Poltergeist' (2015), de Gil Kenan, desfallece el trayecto dramático cuando debería ya perfilarse, como si se seccionara su potencial desarrollo y se interrumpiera para dar paso a las meras acrobacias y contorsiones en la pista.
Quinn es una adolescente que quiere contactar con su madre. Lo intenta primero sola, y eso implica que invoque a esa indeseada presencia insidiosa. Su madre falleció no mucho tiempo atrás a causa de un cáncer que minó y descompuso su cuerpo. En esa figura espectral amenazante, de respiración escasa y cuerpo macilento, casi pútrido, no cuesta ver el equivalente de una agonía que no se ha superado, ni extirpado del pesaroso ánimo, como si no se hubiera enfrentado al estertor de una muerte, de una desaparición. Aún queda pendiente, y no avanza en el escenario de la vida. Por eso, en correspondencia, Quinn no logra actuar con desenvoltura en la prueba que realiza en la escuela de interpretación en la que quiere ingresar. Esa muerte es un lastre que la impide ingresar en la vida. Se ha atascado. Su mismo padre, Sean (Dermot Mulroney), se queja de su insuficiente apoyo en el hogar, en el cuidado de su hermano pequeño. No deja de ser también un reflejo en correspondencia el rechazo de Elise a volver a realizar sus contactos con entidades sobrenaturales. Prefiere mantenerse al margen, sin posibilidad de sufrir peligros.
Una se ha quedado atascada en el pasado, y la otra en un presente inmóvil, un retiro de la realidad sobrenatural y de la inmediata, sobre todo desde que falleció su marido. Ayudando a Quinn, Elise recuperará la fuerza, la confianza en sí misma, se enfrentará a su miedo, y lo superará. También en ese proceso se confrontará con un amor perdido, el de su esposo fallecido, como Quinn se confronta con el de su madre. O cómo las pérdidas, en un caso y otro, se pueden convertir en ciertos quistes o lastres que dificulten el reingreso en la vida, atoramientos en cuestiones pendientes o en postramientos por falta estímulo vital (la misma Quinn está inmovilizada en la cama con dos piernas enyesadas tras ser atropellada por un coche; en Elise es postramiento más bien anímico). En su último tercio se logra crear algún momento perturbador (cuando comprueban en el monitor que la cámara ajustada en la cabeza de la inmovilizada Quinn se desplaza por el pasillo como si se hubiera levantado), pero en vez de despegar se queda en tierra, en la superficie, tras conseguir perturbar intermitentemente, como en un pasaje en el tren de la bruja de una atracción de feria. Pero no hay sensación de catarsis ni de, realmente, haber realizado un viaje, un trayecto. Y no la distingues en el recuerdo de parecidos sobresaltos en otros relatos de posesiones, cuyo filón parecen querer explotar hasta dejarlo como el espectro asmático Whannell y Wan (que rodará la continuación de 'Expediente Warren', 2013). Se agradecen los escobazos, pero a la fórmula le sigue faltando el resuello de la sustanciosa inspiración.
domingo, 7 de junio de 2015
Phoenix
sábado, 6 de junio de 2015
Hijo único
'La vida muchas veces no es lo que quisiéramos. Quien iba a imaginar que terminaría friendo costillas en Tokio'. Lo dice Osuke (Chishu Ryu) a Otsune (Choko Lida), a quien quince años antes convenció de que pagara los estudios superiores de su hijo Ryosuke, alumno entonces de Osuke, para que pudiera ser alguien en la vida. Otsune, trabajadora en una fábrica de seda, decide vender sus posesiones, decide, ya del todo, sacrificar su vida para que su hijo no sea alguien más, como ella, sino alguien que alcance una posición privilegiada en la vida. En los planos iniciales de 'Hijo único' (Hitori musuko, 1936), soberana primera obra sonora de Yasujiro Ozu, destacan unas lámparas de luz. En el primer plano, pende en el vacío, apagada. En el segundo, permanece en primer término, desenfocada, mientras varias mujeres cruzan el encuadre en dirección a su labor en la fábrica. Años después, luces, encendidas, penden en la escuela de tarde en la que imparte clases de matemáticas Ryosuke (Shinishi Himori) en Tokio. Ni la luz, al menos la material se ha logrado encender en su vida, ni en la vida de quien le instruyó, Osuke. Rysosuke se esfuerza en pedir dinero prestado cuando su madre le visita. Frente a una incineradora, en un paisaje árido, quemado por el sol, el hijo confiesa a la madre que no ha logrado ser lo que ella esperaba. Pide perdón por desilusionarla. Es uno de tantos indiferenciables habitantes que malviven en una ciudad que genera incontable basura.
Esa ausencia de vida, esa no realización, se palpa en el uso del fuera de campo y los espacios vacíos. En el cine de Ozu se haría recurso habitual el uso de planos de espacios ambientales como secuencias de transición. En 'Hijo único' resaltan como planos que evidencian ese desajuste entre plenitud y vacío, realización y fracaso, presencia y ausencia. Son versos seccionados. Una gran rueda vacía en un descampado responde a los hilos que tejió durante décadas su madre y que no parecen que dieran sus frutos. Como el desenfoque de la madre en el fondo del encuadre, tras un plano de su hijo mirando por una ventana, hacia una distancia en la que no encontró el contraplano con el que soñaba, En el horizonte, construcciones industriales, disonancias entre volúmenes distantes y vacío próximo, entre ropas que son mecidas por el viento, huellas de cuerpos de ilusiones que no se realizaron. El paso del tiempo también se hace palpable, como pocas veces en la historia del cine, con un sutil uso de las elipsis y transiciones temporales (como agua que se derrama), como también lograría en otra de sus más sublimes obras maestras, 'Había un padre' (1942).
El paso de los años, el niño que ahora es padre (ese bebé que siempre parece dormir, un plano transición que tanto arrulla como duele por contraste), la mujer que ha encanecido y cuya vista se ha deteriorado de tanto hilo que ha tejido, y la sensación de la expectativa confrontada con la decepción. Se siente entre planos, entre secuencias, esa herida abierta que se soñó como un puente. Ozu sangra, y a la vez transpira una serenidad incomparable. Los caballos no cabalgaron, sino que se quedaron perdidos en una tierra quemada. Pero entre las lágrimas cortadas, y las miradas derrumbadas, aún puede latir una luz que germina vida aunque no sea suficiente para transformar el horizonte de construcciones secas. Ryosuke aporta todo el dinero escaso que tiene para ayudar a la operación del hijo de la vecina, tras un accidente que ha sufrido, precisamente, entre caballos. Aquellas lágrimas que un niño utilizaba como táctica para conseguir sus caprichos, se hacen reales. Las emociones superan las distancias de las exigencias de quien esperaba que el otro fuera como esperaba que fuera. Ya no mira el propio escenario de sus expectativas, lo que quería que su hijo fuera, sino su pesadumbre, su herida, el forcejeo de quien sigue luchando para que su vida no se deshilache.
viernes, 5 de junio de 2015
Henry y Jane Fonda
Henry Fonda y su hija Jane, fotografiados por Allan Grant, durante el rodaje de 'Cazador de forajidos' (The tin star, 1957), de Anthony Mann, y por Leonard McCombe, en 1959
Plácidas pausas de rodaje: Henry Fonda y May Britt
Henry Fonda con May Britt y su hija Amy, durante el rodaje de la inmensa 'Guerra y paz' (1956), de King Vidor
jueves, 4 de junio de 2015
En rodaje: Robert Helpmann, Moira Shearer y Michael Powell
Robert Helpmann, Moira Shearer y Michael Powell, durante el rodaje de la extraordinaria 'Las zapatillas rojas' (1948), de Powell y Emeric Pressburger
miércoles, 3 de junio de 2015
Plácidas pausas de rodaje: El abrazo de Henry Hathaway y John Wayne
John Wayne y el gran Henry Hathaway, un cineasta nunca lo suficientemente reivindicado, durante el rodaje de la exultante 'Los cuatro hijos de Katie Elder' (1965), uno de los más grandes westerns de uno de los cineastas con filmografía más conspícua dentro del género ('El pastor de las colinas', 'El correo del infierno', 'El jardín del diablo', 'Del infierno a Texas', 'Alaska, tierra de oro',' La conquista del oeste', 'Nevada Smith', 'El poker de la muerte', 'Valor de ley' o 'Círculo de fuego')
martes, 2 de junio de 2015
Nuestro último verano en Escocia
Si hay una característica predominante en el ser humano sin duda es la inconsistencia. Por eso, en Nuestro último verano en Escocia (What we did on our holiday, 2014), de Andy Hamilton y Guy Jenkin, si algo ha aprendido el septuagenario Gordie McLeod (Billy Connolly) es que desperdiciamos demasiado la vida con disputas y reproches y susceptibilidades. Si uno es demasiado envarado, si otra habla demasiado sin pensar en las consecuencias o implicaciones de lo que dice, si otro es un desastre que no deja de cometer torpezas en sus relaciones con los demás, como quien se queda dormido al volante del vehículo de su vida porque no sabe qué dirección tomar, o quiere tomar demasiadas a la vez, y si hay quien se define por un amplio repertorio de manías que puede asfixiar a los que le rodean y en cierto punto asfixiarla a ella misma cuando implosiona su neurosis (y que puede ser en un supermercado acorde a quien su vida la configura como una arquitectura de estantes clasificados con sus correspondientes etiquetas identificatorias, y a poder ser rebosantes de objetos de lujos), qué más da, para qué enervarse o agobiarse. Como decía el protagonista en una de las más bellas secuencias de El curioso caso de Benjamin Button (2008), de David Fincher, y de la historia del cine, cuando lleva a su padre a que vea el crepúsculo antes de morir, olvidándose de cualquier resentimiento que tuviera hacia él por abandonarle, 'déjalo estar'. De alguna manera es lo que le transmite Gordie a su nieta Lottie (Emily Jones). Para qué tanto aspaviento, para qué tanta tontería. Por qué tanta frustración e ira cuando los demás no se ajustan ni adaptan al escenario de vida que quisiéramos configurar. Qué logramos con ello cuando después de tantas décadas en esta vida te das cuenta de lo poco que sabes.
En Nuestro último verano en Escocia, esa inconsistencia de los presuntos adultos se ve contrapunteada desde un principio por la mirada infantil. Por eso, en el día en el que se han congregado a más de doscientos invitados en la ostentosa mansión de uno de sus dos hijos, el envarado y compulsivo del control Gavin (Ben Miller), para celebrar el que probablemente sea su último cumpleaños, ya que padece cáncer terminal, Gordie opta por pasar buena parte del día con los tres hijos de su otro vástago, Doug (David Tennant), quien prefiere mantener oculto a su padre que se encuentra en trámite de divorcio de su esposa Abi (Rosamund Pike). El contraplano de los hijos evidencia cuánto hay de grotesco en las relaciones enquistadas en las confrontaciones desquiciadas, sin dejar de señalizar la mirada resignada de la desolación (cómo contemplan la discusión fuera del coche, sin sonido de diálogo, entre sus padres), e incluso desmonta las presuntuosidades y los cuadriculamientos (en especial, en su tío). Su lenguaje abre fisuras que buscan crear otra realidad que no resulte tan patética ni arrogante. Sea el lenguaje de las piedras, como la menor Jess (Harriet Turnburn), pizpireta criatura que porta gafas de colores, porque ese así sabe mirar la vida, o la fascinación por los vikingos en Mickey (Bobby Smallbridge): en las secuencias iniciales, en la preparación del viaje, contempla imágenes de Los vikingos (1958), de Richard Fleischer, la secuencia de la primera llegada de la nave al poblado, al son de la exuberante música del cuerno que le recibe, y el funeral con que se clausura la narración. Es la película, y es la música, que inicia y propulsa viajes, y miradas que se sublevan ante una realidad encogida y encorvada.
Para Mickey su abuelo es otro vikingo. Al fin y al cabo, es de otra dimensión, no tiene que ver con sus padres o sus tíos, figuritas atrapadas en sus disputas y manías, en sus mundos de desconcertada o escasa perspectiva, enmarañada en indecisiones y volubilidades o acotada en un ombligo inane de acumulación de posesiones. El abuelo pertenece a la realidad deseada, al mundo del sueño, ese en el que las piedras sí hablan, y tienen más vida que los humanos encapsulados en sus ridículas dramaturgias vitales de restringido repertorio. Por eso, la hermana mayor, Lottie, no deja de tomar nota de todo, como quien tiene que registrar las pautas de un guión para el que tiene que prepararse cuando sea adulta, aunque no le estimule nada, sobre todo porque lo que más tiene que consignar son las mentiras que se supone que debe considerar en las diferentes situaciones. Las mentiras son componentes fundamentales en la enrevesada, y un tanto desnaturalizada, trama de la vida. Por eso, ante tal poco estimulante escenario humano por qué notificar que el abuelo ha muerto plácidamente frente al mar. Por qué no hacer algo especial, que además dignifique a alguien que ciertamente es singular y diferente entre tanto ser anodino y enquistado. ¿Por qué no hacerle un funeral vikingo al que parece el último de los vikingos?
Posdata: Este comentario es sobre la película que es, y a la vez sobre la que podría ser. Puede parecer una contradicción, pero no lo es. Según se mire con el vaso medio lleno o con el vaso medio vacío. Probablemente, los que miran con este segundo vaso remarcarían que hay tanta luz que se amortiguan demasiado los aristas dramáticas y hasta desfigura el encanto singular del paisaje escocés. Dirían que es una versión suavizada de las aproximaciones, sin complacencias ni miedo a los aspectos más incómodos y patéticos o más turbios y siniestros, al mundo infantil que realizaron grandes cineastas como Alexander MacKendrick o Jack Clayton. Y, sobre todo, que en su desenlace, imposta demasiado la voz con las buenas intenciones conciliadoras y aleccionadoras, con lo que resulta una conclusión un tanto torpe que parece licuar sus cargas de profundidad. Pero, aún así, qué más da, 'déjalo estar'. Mejor mirarla con el primero de los vasos, y destacar lo reconstituyente que resulta la combinación de su revulsivo aliento vikingo vital con la irreverente mirada infantil que aún no se ha dejado atrofiar, una combinación que, a ráfagas, sabe dejar al desnudo lo irrisorio de tanta inconsistencia humana, esa que utiliza pantalones cortos en sus neuronas.
lunes, 1 de junio de 2015
Avance: Phoenix
Nelly (Nina Hoss) necesita que reconstruyan su rostro desfigurado en el campo de concentración en el que estuvo recluida, por ser judía, durante un año. Prefiere utilizar el término recrear a reconstruir. Reconstruir recuerda que ha habido una destrucción. Recrear sugiere más un reinicio. Como un ave fenix que surge de sus cenizas. Por eso, el título, Phoenix (2014), de Christian Petzold. También es el nombre del local en el que por fin reencuentra, entre la abundancia de ruinas, al hombre al hombre que ama, su esposo.Este es el relato de la negación de unas heridas, o cómo se genera el olvido histórico. Petzold orquesta una narración distante, gélida, como en su anterior obra, Barbara (2012), pero logrando armonizar mejor las partes del conjunto. La secuencia final es prodigiosa. Una canción que ambos interpretan juntos, unas miradas que por fin se enfocan, y reconstruyen, y un desenfoque que clausura, como rechazo, una ceremonia de desenfoques, olvidos y negaciones. Se estrena este viernes. Más próximamente en El cine de Solaris y Factor Crítico.
Una paloma se posó sobre una rama a reflexionar sobre la existencia
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