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sábado, 3 de abril de 2010
Plácidas pausas de rodajes: Fritz Lang, Joan Bennett
Fritz Lang y Joan Bennett. Una colaboración que dio tan fructíferos frutos como tres obras maestras del calibre de 'Hombre atrapado' (1941), 'La mujer del cuadro' (1944) y 'Perversidad' (1945), y una cuarta, 'Secreto tras la puerta' (1948) más desequilbrada pero no carente de interés y de brillantes momentos. Las dos segundas fueron producidas por el marido de Joan Bennet, Walter Wanger ('La diligencia', 'Reinado de terror', 'Almas desnudas', 'La invasión de los ladrones de cuerpos') . Curiosamente, en 1955 se reprodujo en la realidad una situación que parecía salida de 'La mujer del cuadro'. Wanger que sospechaba de un idilio entre Joan Bennett y el agente artístico Jennings Lang (qué coincidencias de apellidos), les sorprendió juntos, disparando sobre Lang, aunque, afortunadamente, sólo hiriéndole. Wanger y Bennet continuarían catorce años más juntos.
Powell y Cardiff :La luz de 'Las zapatillas rojas'
Delphine Seyrig, un aura de misterio
Delphine Seyrig. Su elegante belleza, capaz de cautivar con un aura de misterio como de insinuar fisuras bajo una máscara que intenta sostenerse en una imposible firmeza, deslumbraron en dos fascinantes obras de Alain Resnais, 'El año pasado en Marienbad' (1961) y 'Muriel' (1963). Desde entonces ha transitado por las obras de Marguerite Duras, Chantal Ackerman, Luis Buñuel, Mario Monicelli o Don Siegel.
Asuntos públicos en lugares privados
En la primera secuencia de 'Asuntos privados en lugares públicos'(2006), de Alain Resnais, la cámara vuela, o flota, entre la ciudad hasta acercarse a una fachada, y lo primero que vemos de los personajes en su interior son sus labios o bocas. No es el interior de un hogar, sino un espacio aún a convertir en hogar. Thierry (Andre Dussollier), agente inmobiliario, se lo está mostrando a Nicole (Laura Morante). Espacios que aún no se han convertido en espacio habitado, espacios áun inciertos, por definir, como las emociones de los personajes. ¿Y qué hay tras las fachadas? Emociones que no se definen. Esa trama o tensión cubierta por la nieve helada de lo dicho y no dicho. Precisamente, ambos personajes sí dirán o expresarán lo que sienten. Nicole convive con su pareja, Dan (Lambert Wilson) y Thierry con su hermana, Goelle (Isabelle Carré) y ambos mantienen una relación 'suspendida' sobre lo no resuelto, y lo no dicho y no compartido. En la de los hermanos cada uno buscando por su lado, sin reconocerselo al otro, él fascinado por su compañera de trabajo, Charlotte (Sabine Azema), aunque sobre todo desde el momento en que ella le facilite una cinta de video con un programa grabado, en donde se desvela que por debajo había grabado un incitante baile en ropa interior negra de una mujer que él cree que es ella. Y Goelle, por su parte, acude a citas a ciegas en busca de un rostro que ilumine la flor de su ilusión, como la que lleva en su ojal, citas que oculta a su hermano, como al fin acabo oculta su soledad, siendo incapaz de comprender que él vea esas cintas, imagen especular de verguenza, como lo es para ella su soledad no resuelta.
En la relación de Nicole con Dan la busqueda de ese nuevo piso no es más que la esteril prorroga de una relación gastada. El mismo detalle de que él necesite un despacho en ese nuevo piso, algo innecesario ya que no lo va a usar para algo específico, revela la distancia ya implicita en su relación. Dan es alguien 'entremedias', que no se define, como si viviera agazapado: no deja de acudir un espacio de transición como es el bar, no tiene un espacio propio, como no dice o desvela qué es lo que sucedió en aquel incidente que determinó que tuviera que dejara su carrera militar.
No es casual que su destino y el de Goelle se crucen, entre dos personajes que no dicen o no saben decir lo que sienten: ambos se sientan atraidos, aunque, irónicamente, un equívoco suscite que ambos no puedan volverse a ver. Una imagen ambigua, Dan hablando con Nicole, suscita en ella la idea de que él está con otra mujer: lo no dicho, la imagen equívoca, la mirada susceptible del que a su vez oculta. También indefinida y ambigua es la actuación de Charlotte. ¿Qué propósito tiene con esas cintas de vídeo que deja a otros?¿Un propósito liberador para aquellos a quien se las deja, como el mismo baile sensual fatal que realiza ante el padre del barman, Lionel (Pierre Arditi), a quien cuidaba?. A Lionel deja una cinta al final, tras que su padre haya sido ingresado, una liberación para él, al fin y al cabo, preso en esa dependencia tirana de cuidarle. Incierto es lo que mueve a esta mujer, un personaje que no dice, o que habla a traves de su biblia o de la ambiguedad de su mirada. Ya la esplendida 'On connait la chanson' (1997) estaba tramada por ese espacio congestionado de emociones, esa tensión entre lo dicho y lo no dicho, ese correlato de los espacios con los espacios internos de los corazones. De nuevo los hogares y los inmuebles no habitados, con un personaje que buscaba un piso, sin encontrar nunca uno que le gustara, correlato de sus ansiedades e hipocondrías, de su vida irresuelta. Allí las transiciones narrativas eran medusas flotando; La medusa, esa figura paralizadora, como las emociones paralizadas de los personajes, flotando en su incertidumbre. En 'On connait la chanson' lo que los personajes no se decian, lo cantaban. Las canciones eran el momento fantastico, mental, en el que los personajes expresaban lo que sus palabras no lograban articular ante el otro. Cuando las emociones se revelaban, y resolvían, en su escena final, la catarsis explosionaba. Como en Secretos y mentiras (1996) de Mike Leigh, expresar y decir lo que se siente es una condición terapeútica. Deshiela y mata a las medusas.
'En Asuntos privados en lugares públicos', las transiciones entre secuencias vienen dadas por una lluvia de copos de nieve. La nieve de la ausencia de imagen del televisor es la promesa de una historia que dote de acontecimiento a sus vidas. Los personajes surcan los espacios, ya sean inmuebles aún por definir por sus habitantes, hogares que se quiere abandonar u hogares donde cada habitante busca su fuga, o espacios en transito como un bar o lugares de trabajo como una inmobiliaria, en busca de una historia que reajuste sus vidas inciertas, que reavive las ilusiones entumecidas. Un muro separa dos habitaciones que comparten ventana, como una cristalera a dos compañeros de trabajo, como unas parejas conviven juntas pero se sienten separadas. O el lastre de un pasado te separa de la posibilidad de un presente cierto y propio. En un momento dado,Charlotte y Lionel conversan en una cocina, un momento de intimidad de corazones revelados, y el escenario cambia, cuando sus manos se unen, y estan en medio de la intemperie hablando bajo la nieve, y pese al frio de la atmosfera la calidez se asienta en el momento como la irrupción de una figuras ausentes materalizadas en presencia, rasgando el marco de ese cuadro en el que sus vidas estan prisioneras, de un papel, de una inercia, de unos lazos formales. Un momento fugaz pero cierto, un momento de aliento en un devenir donde las casualidades se entreveran inciertas y las ilusiones se difuminan por un fatal azar, una voluntad inconstante o unos lazos de los que uno no sabe o puede desprenderse. O a veces, son simples espejismos que reflejan la propia inconsistencia de las elecciones que no se asumen como erróneas. Restan nuevos pasos, nuevos tanteos entre la lluvia de nieve para lograr definir una imagen que sea cierta, una emoción que se haga presente y manifiesta cuando los corazones se encuentren con los ojos abiertos y despiertos.
viernes, 2 de abril de 2010
Plácidas pausas de rodajes: El sueño de Edward Arnold
Las pausas de rodaje ya se sabe que pueden ser muyyy largas. Da tiempo hasta para echar una buena cabezada. Como, en este caso, Edward Arnold, un excelente actor conocido, sobre todo, por sus tres colaboraciones con Frank Capra: 'Vive como quieras' (1938) y los villanos de 'Caballero sin espada' (1939) y 'Juan Nadie' (parece que a Capra le encantaba su taimada risa de 'falso'). Como curiosidad, señalar que fue considerado en 1937 por una organización de exhibidores como veneno para la taquilla (junto a Joan Crawford y Katharine Hepburn). Merece recordársele en otras afortunadas interpretaciones como el millonario de 'Una chica afortunada' (1937) de Mitchell Leisen, su papel protagonista en 'El ídolo de Nueva York' de Rowland V Lee o en 'El diablo y Daniel Wester' (1941) de William Dieterle.
William Wellman: Rodaje de Más allá del Missouri
William Wellman y Clark Gable durante el rodaje de 'Más allá del Missouri' (1952), un notable western, y una de las obras destacadas de este cineasta que dio joyas, entre otras, como 'Cielo amarillo' (1948), 'Incidente en Ox Bow' (1943), 'La reina de Nueva York' (1937), 'También somos seres humanos' (1945), 'Una gran señora' (1942), 'The track of the cat' (1954) o 'Beau Geste' (1939).
Jean Arthur, la voz entrañable
Uno de los rostros más entrañables que ha transitado una pantalla ha sido el de Jean Arthur. Y una de las voces más singulares, esa voz aflautada, casi de dibujo animado. Puede estar asociada especialmente con la comedia, pero tenía una capacidad admirable, en una misma secuencia o un mismo plano, de cambiar de registro o de combinar ambos, como demuestran películas a las que es difícil encuadrar en un género porque eran un cruce o sucesión de variados registros, como es el caso de grandes obras como 'Cena a medianoche' (1937), de Frank Borzage', 'Caballero sin espalda' (1939) de Frank Capra, 'Sólo los ángeles tienen alas' (1939), de Howard Hawks o 'El asunto del día' (1942), de George Stevens. Pero también estaba presente en comedias más decididamente alocadas como las deliciosas 'Una chica afortunada' (1937), de Mitchell Leisen, 'Vive como quieras' (1938) de Frank Capra o 'El amor siempre llama dos veces' (1943), de George Stevens. También transitó en western, demostrando su versatilidad en dos personajes muy diferentes, su Calamity Jane de 'Buffalo Bill' (1937), de Cecil B De Mille o el de la granjera de 'Raices profundas' (1952), de George Stevens, su último papel. La mixtura de géneros era también manifiesta en 'Pasaporte a la fama' (1935) de John Ford o en 'Berlin occidente' (1948), de Billy Wilder. Su presencia era toda una fuente de luz y energía en la pantalla. Una actriz inolvidable.
Plácidas pausas de rodajes: Hawks, Grant y Hayworth
La familia Savages
Un cojín, un perro artrítico, un cuello ortopédico…Wendy (Laura Linney) y Larry (Peter Friedman) están en el trance del coito, pero la expresión de ella, bajo él, delata que es como si no participara, como un mero recipiente que cubre un trámite…Mira a un lado, donde el perro de Larry está contemplándoles, con su cabeza y una de sus patas sobre la colcha, con sus grandes y dulces ojos…Ella alarga la mano y acaricia su patita…Secuencias más adelante, Jon (Philip Seymour Hoffman), el hermano de Wendy, le confiesa a ésta que su relación con su novia polaca ha terminado, ya que ella tiene que volverse a su país porque se le ha terminado el plazo permitido de estancia del visado; además, como quitando importancia al hecho, le dice que ninguno quería casarse, así que no hay otra solución, pero, elusivo, no quiere hablar más de ello. Esa noche, Wendy despierta y le escucha hablando por teléfono. Un plano general lo encuadra en la oscuridad, en el umbral del baño, cuya luz lo resalta más en esa oscuridad circundante. Se intuye que habla con su novia; Jon no puede contener las lágrimas.
Objetos, figuras, acciones que nos narran con su intángible música las emociones de los personajes, los intersticios en los que se palpa las mareas que se ocultan entre las máscaras cotidianas y los muros de las palabras que enuncian lo que se prefiere que se sepa, con las que uno se encubre o surgen cuál mecanismo reflejo del que igual uno aún no es consciente. Quizá porque no saben hacia donde va su vida, en una deriva aún no discernible entre la bruma. Jon es profesor de universidad, imparte clases de teatro, y escribe un libro sobre Brecht, aquel que enfrentaba discurso contra sugestión, o discusión contra emocionalidad. Quizá es lo que Jon se esfuerza en practicar en su propia vida. Wendy escribe obras de teatro; poder vivir de ello es su ilusión, aunque por ahora tenga que vivir de otros trabajos alimenticios. Ambos lindan en la cuarentena, pero el desconcierto aún domina su vida: Una vida en proyecto que no acaba de realizarse. Tamara Jenkins, la guionista y directora de ‘La familia Savages’ nos hace pensar y reflexionar; teje su narrativa, nada retórica, y sí directa, como una superficie poco llamativa, que vamos descubriendo oculta corrientes más complejas entre un afinado uso de las transiciones, de gestos y acciones que expresan más que las palabras, lo que los personajes dicen, o hasta se dicen a sí mismos. Podría haber empezado, al comentar esta película, diciendo que su premisa es la de dos hijos que se enfrentan a la demencia senil de su padre, Lenny (Philip Bosco), y cómo se enfrentan a la responsabilidad de cuidarle, o de tomar la decisión de qué hacer con él.
Pero no, lo que realmente parece el cimiento donde se construye la narración no es más un resorte. O un garfio. Alguien dice que los dedos de los pies se engarfian pocos días antes de morir, porque empieza a abandonar el aire del cuerpo. Secuencias más tarde el gato de Wendy, que dormita junto a los pies de Lenny, sale corriendo al ver cómo sus dedos se contraen. Nunca se explicita del todo cómo fue la relación de ambos con su padre, pero queda bien insinuado que no fue precisamente un padre cariñoso. Esto se aprecia en las actitudes y elecciones de los hijos. Ese cuello ortópedico que se pone Jon, al sufrir un luxación jugando al tenis con su hermana ,mientras discuten sobre qué hacer sobre su padre, dice mucho de él. Son dos niños aún, en buena medida, que quizá aún no han matado al capitán Garfio. La obra que ha escrito Wendy se llama ‘Despierta antes de que haya terminado’. Y sí, al menos eso hace. El último plano, con ella y el perro, uno de los más hermosos, tiernos, y emotivos que he podido ver en tiempo, lo certifica. Todos deberíamos ser ese perro.
'La familia Savages' (The Savages, 2007) es la segunda obra de Tamara Jenkins, también autora del guión (su anterior obra es de 1998). Ambos protagonistas, Philip Seymour Hoffman y Laura Lyney demuestran con su excepcionales interpretaciones por qué son dos de los mejores interpretes del actual cine norteamericano. Una obra repleta de sutiles detalles, y con esa rara cualidad de saber expresar mucho más de lo que parece entre líneas.
jueves, 1 de abril de 2010
Barbara Stanwyck, la versatil maestría
Barbara Stanwyck ante el espejo. Pocas actrices tan versátiles como esta excepcional actriz, capaz de transitar los más diversos géneros, desde la comedia al drama pasando por cine negro, el western o el musical, sabiendo rehuir el encasillamiento y siempre dejando la impronta de su poderosa personalidad, definida por una portentosa capacidad de expresar múltiples registros y matices, desde la fragilidad y vulnerabilidad a la firmeza e imponente rotundidad, o siendo exuberante y vivaz, áspera y cruel, tierna y delicada, incluso dentro de la misma obra. Siempre era Barbara y siempre era otra, y su filmografía, entre los 30 y los 50, lo refrenda con, además, un buen número de grandes o notables títulos: 'Stella dallas' (1937) de King Vidor, 'Union pacific' (1939) de Cecil B De Mille 'Recuerdo esa noche' (1940), de Mitchell Leisen, 'Bola de fuego' (1941) de Howard Hawks, 'Las tres noches de Eva' (1941) de Preston Sturges, 'Juan nadie' (1941) de Fran Capra, 'Una gran señora' (1942) de William Wellman, 'Perdición' (1944) de Billy Wilder, 'El extraño amor de Martha Ivers' (1946) de Lewis Milestone, 'Voces de angustia' (1948) de Anatole Litvak, 'Mentira latente' (1950), de Mitchell Leisen,'Las furias' (1950) de Anthony Mann, 'Encuentro en la noche' (1952) de Fritz Lang, 'Astucia de mujer' (1953) de John Sturges, 'La torre de los ambiciosos' (1954' de Robert Wise, 'Siempre hay un mañana' de Douglas Sirk (1956), o 'Forty guns' (1957) de Samuel Fuller
Daves y Cooper: El árbol del ahorcado
Delmer Daves dando indicaciones a Gary Cooper durante el rodaje de ese gran y hermoso western, o puro melodrama con ambiente de western, que es 'El árbol del ahorcado' (1959), una de las más singulares obras que ha dado el género, con un protagonista de fascinantes claroscuros (probablemente, pocas veces Gary Cooper haya estado mejor).
Maureen O'Sullivan, la risueña naturalidad
Maureen O'Sullivan, la inolvidable 'Jane' del 'Tarzán' Johnny Weismuller, dando tiernamente de beber a su perrito. A recordar su salaz baño desnuda en el río en la segunda de las películas de 'Tarzan' que interpretó. Y parece, por otro lado, que no se llevaba bien muy bien con 'Chita' porque la mordió repetidamente (quizá tenía celos, quién sabe). Pero esta actriz irlandesa descubierta por Frank Borzage en Dublin no fue sólo 'Jane' en seis películas. Hay que recordar su participación en estupendas obras como 'The tall T' (1957) de Budd Boetticher, 'El reloj asesino' (1948) de su entonces marido John Farrow, 'Un día en las carreras' (1937) de Sam Wood o 'Muñecos diabólicos' (1936) de Todd Browning'. Una de sus últimas interpretaciones fue en una obra de su entonces 'yerno', Woody Allen, 'Hannah y sus hermanas'.
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