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domingo, 22 de diciembre de 2013

Sienna Miller, un talento por descubrir

Sienna Miller, fotografiada por Sean McLean. Ha interpretado a iconos o celebridades como Edie Sedgwick o Tippi Hedren, pero no se ha convertido en su emulación o fotocopia, sino que se ha superpuesto o fundido con la carne de su expresiva, dotando de una complejidad poco usual en los retratos biográficos más pendientes de las superficies o gestualidades que de la sustancia. Sus interpretaciones en 'Fctory girl' (2006), de George Hickenlooper, o 'The girl' (2012) se corporeizan, por tanto, y con facilidad, en lo más deslumbrantes de las obras. No deja de ser curioso que una actriz con tan poderosa y marcada personalidad interpretativa aún no haya despuntado, aunque cierto es que desapareció de escena ( o de las pantallas) entre el 2009 y el 2012. Dio sus primeros pasos en obras como 'Layer cake' (2004), de Matthew Vaughn, 'Alfie' (2005), de Charles Shyer, 'Casanova' (2005), de Lasse Hallstrom, y mantuvo un impecable duelo interpretativo con Steve Buscemi en 'Interview' (2007), dirigida por el propio actor. No fueron remarcables logros 'The misteries if Pittsburgh' (2007), de Rawson Marshall Thurber, 'Los límites del amor' (2008), de John Maybury o 'G.I, the rise of cobra' (2009), de Stephen Sommers. Entre sus próximos estrenos, 'Foxcatcher' (2014), de Bennett Miller.

Behind the candelabra y The girl

'Behind the candelabra' (2013), de Steven Soderbergh y 'The girl' (2012), de Julian Jarrold, coinciden en varios aspectos. Ambas son producciones televisivas, de la HBO y la BBC, respectivamente, inspiradas o basadas en acontecimientos y personajes reales, además célebres, artistas para más señas. Su dramaturgia se concentra, principalmente, en dos personajes, o aún más en concreto, en una relación o más bien interacción afectiva, en la que el cuerpo, el otro, también es pantalla. Ambas se vertebran a través la idea de la modelación o moldeado. En una asistimos a su proceso, y a su deterioro. En otra, el relato es el de un fracaso, el de una mirada que no logra modelar, y tortura al cuerpo que forceja porque no quiere ser esculpido. Las últimas obras de Steven Soderbergh se tramaban sobre las apariencias, sobre una realidad en la que prima el simulacro, y en donde los cuerpos se difuminan en la condición de funciones, o representaciones, figuras en un escenario, sean los agentes de 'Haywire' (2012) o los bailarines de 'Magic Mike' (2012). La entraña se define por la dinámica arrbista (se es según la posición en el tablero o escenario) y por la falsedad de las interacciones, en las que el otro es una función conveniente. 'Efectos secundarios' (2013) era el complemento a 'Contagio'. La protagonista de la primera es mera apariencia, representación, falsedad, emblema de una sociedad erigida sobre el enmarañamiento de engaños o fraudes. 'Contagio' (2011) es la alegoría de una sociedad que ha perdido la condición de relaciones frontales, en las que el choque de unas manos es el gesto ya perdido en el marasmo de relaciones virtuales, falaces, la distancia de los simulacros y las representaciones.
Liberace (Michel Douglas) ha hecho de su vida un culto a las apariencias. La vida es un escenario. Su modo de presentarse en los escenarios, ese exceso kitsch, lo traslada a su misma vida, otro escenario, a ese opulencia de mansión, en la que se multiplican los pianos, como su vida la construye sobre la multiplicación de reflejos. Pero el cuerpo envejece y se deteriora, ya no hay pelo, es un frondoso peluquín lo que tiene que portar cual casco de relumbrón. La apariencia se descascarilla, y hay que realizar la correspondiente cirujía, el moldeado para que la apariencia siga siendo funcionando, siga siendo la presentación que se ajusta al deseo. Porque lo fundamental es mantener el candelabro (como el que porta siempre en su piano, cuando actúa, como vio en la película sobre Chopin 'Canción inolvidable', 1945, de Charles Vidor). Detrás del candelabro, está la vida real, y suele ser un escenario algo más conflictivo, sobre todo si intentas moldearlo a tu conveniencia y deseo. La perspectiva del relato es la de Scott (en cuya novela se basa el guión de Richard La Gravenese), el joven de diecisiete años, educado en un rancho de Wisconsin, y que trabaja como adiestrador de animales. Para él esa mansión, ese universo tan distante del que él conoce, ese escenario dominado y definido por los fulgores del lujo y la acumulación, es otra dimensión. Se deja seducir y moldear, como el pupilo por el maestro del que adopta sus valores y actitudes y apariencias.
Incluso, dejará que le convierta en su versión joven vía moldeado de cirujía. Será la pantalla corporea en la que Liberace esculpirá cómo se veía en su juventud. Será como tener su replica juvenil, y como si hiciera el amor consigo mismo. Es la quintaescencia del narcisismo. Pero el modelado comenzará a rebelarse. Las primeras fricciones se darán a través del cuerpo. Scott no comparte el gusto por ciertas prácticas sexuales de Liberace. Y derivarán en ciertas disensiones sobre planteamientos de relación, cuando Liberace sugiera una cierta apertura de convidados en el placer. La pantalla modelada muestra una voluntad insurgente, y como su complacencia ya no es incondicional, el modelador buscará otras pantallas, otros cuerpos que complazcan como quien asiente a todo deseo. Y el cuerpo modelado se tortura, se extravía, pierde norte, porque la interacción no funciona equilibradamente. Porque dos voluntades entran en fricción. Y quien vive de las apariencias es quien menos sufre el trastorno de una separación, porque no lo vive como si te amputaran el órgano que te une a quien te ha modelado y gestado. Hay quien vive la emoción como representación, y quien la vive como carne.
2. Hay dos formas de aproximarse a 'The girl'. Una como relato de otro Pygmalion que pugna por conquistar la voluntad de la modelada, y otra como historia concreta con nombres específicos, bien conocidos, Alfred Hitchcock (Toby Jones) y Tippi Hedren (Siena Miller). Resulta mucho más sugestivo centrarse en la primera perspectiva, la historia del hombre que quiere dotar de vida a una estatua, pero más bien acaba convirtiendo en estatua a la mujer que desea. El director venera a la actriz, a la chica que es La Chica, la mujer excepcional que le ha cautivado como ninguna de las actrices que ha conocido. El director siente un deseo arrollador hacia ella, tanto que pierde la compostura, dejándose llevar por el arrebato, y abalanzándose sobre ella en el asiento de atrás del coche que les traslada de una localización al centro de operaciones de rodaje de una película de nombre 'Los pájaros' (1963). El director se convierte en una trasposición de esos pájaros que acosan y asedian al personaje que interpreta la actriz. Por ello, durante cuatro días repite cientos de toma de la escena en la que agredida por decenas de pájaros que la dejan en estado de shock. Así la deja el constante asedio y acoso del director, que no ceja en la siguiente obra que ruedan juntos.
La voluntad del director quiere imponerse; intenta la modelación forzada, ajena a la voluntad y deseos de la mujer deseada. Es una pantalla, es un reflejo, una estatua que intenta que se convierta en el cuerpo receptivo y complaciente. No es de piedra, no es frígida, porque no responda a los requerimientos. La convierte en piedra, porque la anula, la intenta doblegar, la daña, arrasa sus emociones imperativo, pero con la furia del agraviado, del despechado, de quien se siente víctima del desprecio de quien (cree que) se siente superior (porque ha transferido esa superioridad por el deseo que siente). E historiza buscando unas fisuras exorcizadoras que consuelen de un rechazo, y en 'Marnie' (1964) el personaje femenino es alguien traumatizado desde su infancia. Si hay deseo en ella, pero bloqueado por un suceso externo, pretérito. El relato se enrarece y se convierte en una opresiva y sórdida narración de terror, que asfixia progresivamente como el insistente asedio del modelador director.
Si los sucesos fueron así, si fue así la relación entre Hitchcock y Heddren, ya me interesa menos. Me parece cuestión accesoria. Me interesa ante todo la compleja mirada de un cineasta que ha radiografiado las sombras y recovecos del sentimiento amoroso como pocos artistas. Ya hizo él antes 'Vértigo' (1958). Lo que no comparto, sin duda, es la afirmación final, que quiere remarcar la veracidad de lo narrado apuntalándolo con la insinuación de cuán crucial fue esta experiencia en su vida, y cuánto le marcó la frustración, al señalar que 'Marnie' fue su última gran obra. Ahí se descascarillan las intenciones del relato. Sus cuatro últimas obras me parecen excelentes, e incluso situaría 'Frenesí' (1972) entre sus grandes obras maestras. Por eso, me interesa más este relato como ficción arquetípica.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Eleanor Parker, multiplicada por cinco

Plácidas pausas de rodaje: Eleanor Parker y Richard Haydn

Eleanor Parker y Richard Haydn ponen labios de corazoncito gorgorito durante el rodaje de 'Sonrisas y lágrimas' (The sound of music, 1965), de Robert Wise

Plácidas pausas de rodaje: Eleanor Parker

Eleanor en una 'bievenida' pausa de rodaje de la espléndida 'Scaramouche' (1952), de George Sidney

Plácidas pausas de rodaje: Eleanor Parker y Errol Flynn

Eleanor Parker y Errol Flynn en una sonriente y lectora pausa de rodaje de 'Nunca huyas de mí' (1947), de Peter Gordfrey

Eleanor Parker, Mallorca, 1967

viernes, 20 de diciembre de 2013

Peter O'Toole, humo y elegancia

Peter O'Toole, para los actores indigentes

Peter O'Toole en un descanso de los ensayos de una representación en beneficio de actores indigentes, en Londres, en 1963

Peter O'Toole y Akira Kurosawa, el actor y la inspiración

Peter O'Toole con Akira Kurosawa. El actor irlandés reconoció que quiso ser actor tras ver 'Rashomon' (1950), apuntalado por la visión de la posterior 'Los siete samurais' (1954)

Plácidas pausas de rodaje: David Lean, Peter O'Toole y el rey Husein

Peter O'Toole, David Lean y el rey Husein de Jordania, durante el rodaje de la inmensa 'Lawrence de Arabia' (1962)

Plácidas pausas de rodaje: Peter O'Toole y Peter Finch

Peter O'Toole toca la gaita ante su compañero de reparto, y protagonista, de 'Kidnapped' (1960), de Robert Stevenson, adaptación de la obra literaria de otro Stevenson más renombrado, con el mismo nombre. Fue una producción de la Disney, y supuso el debut cinematográfico de O'Toole.

A propósito de Llewyn Davis

Llewyn Davis (Oscar Isaac) no quiere sólo existir. Se resiste a ser lo que no quiere ser. Se resiste a ser un hombre que no estaba allí. Tiene las cosas claras, no quiere volver a ser marino en un buque mercante, sabe cuál es su esencia, por eso quiere vivir de la música, esa es su aspiración, su sueño. Quiere una vida con esencia. Pero la indefinición es parte de su vida, o define su vida, valga la paradoja, como lo es la misma definición de la música que interpreta: Si no es nueva y nunca envejece, es folk. Llewyn se desplaza recurrentemente por pasillos angostos, tanto que las puertas en cada pared casi se tocan, para acceder a las casas donde le acogen en sus sofás, o si ya está ocupado, en el suelo. Llewyn no tiene dinero. Su presente es más que incierto, un pasillo que parece angostarse cada vez más. No tiene hogar. Está un poco perdido. Y porta un gato que no es suyo, un gato que se ha escapado cuando dejaba el piso de una de esas amistades que le acogen. Un gato cuyo nombre ignora, con lo que será difícil llamarle si se pierde o fuga. Un gato que intenta que no se pierda, aunque es difícil cuando él parece un tanto a la deriva. Un gato que contempla con perplejidad la sucesión de estaciones por las que pasa el metro en el que viaja. La vida de Llewyn también es una sucesión de estaciones que pasan.
A Llewyn la vida más que acoger más bien parece que le devuelve sus pertenencias, le devuelve un pasado que no ha sido muy fructífero, con el que no ha sabido crear raíces, definirse en la vida ni en el tiempo, como un reflejo entre estaciones. Se lo devuelve en formas de cajas, la caja con los objetos de su infancia, cuando empezó a soñar, y grabó su primera canción con ocho años, o la caja con los discos sobrantes del álbum que grabó con quien formaba dúo, y que se suicidó lanzándose desde un puente. Hay quien le dirá, cuando escuche su música, que no da dinero, que mejor vuelva con su compañero. A lo que él replica que quizá sea buen consejo. Al fin y al cabo su vida se asemeja cada vez más a un purgatorio. A Llewyn no le gusta planificar su futuro, le parece que es cosa de trepas. Como si tú mismo construyeras una jaula en la que sólo existirás, pero no estarás ahí. Jean (Casey Mulligan) apunta que apunta que quizá por ello es un fracasado. Al fin y al cabo, su mejor anticonceptivo es que se preocupen los demás, los que tienen ambiciones, los que se preocupan de edificar un vida con cimientos. Jean no tiene una caja pero si un bebé que quitarse de encima, porque él le ha dejado preñada. Su mirada rebosa resentimientos, sus palabras son puñetazos.
Llewyn tiene talento, pero también ciertas dificultades para conectar con la gente. No sólo en un escenario (por eso le recomiendan que se una a otros como músico acompañante) sino en esa vida real a la deriva. Ante su reticencia a cantar en una cena le preguntan extrañados si no es la música el reflejo de la alegría. Su expresión, como un telón tenebroso, condensa su talante. Su gesto siempre parece que se abisma en la gravedad, adusto, como si una sonrisa fuera un fenómeno paranormal. La música es su profesión, no una emoción a compartir. Para Llewyn, compartir es como un dilatado fundido en negro. Precisamente, un dilatado fundido en negro nos traslada a un largo viaje en coche, en sí el mismo purgatorio, junto a dos acompañantes, un músico de jazz que usa muletas, Turner (John Goodman), y su asistente, Johnny Five (Garrett Hedlund), un hombre lacónico que escribe poemas desesperados sobre camas que no acogen, además de un gato que no es el gato que pensaba, como el mismo Llewyn sigue sin definirse en un estado de permanente mudanza. Se siente cómo se quema el celuloide durante un viaje hacia la constatación de que no hay salida en su vida. La prueba que puede propulsarle no es sino el dictamen de una condena.
'A propósito de Llewyn Davis' (Inside Llewyn Davis, 2013), de los Hermanos Coen, quizá sea una comedia, o quizás un drama. La sonrisa se congela, y la emoción se comprime, como si se asfixiara progresivamente en un angosto pasillo. Desde luego, es una obra en penumbras, como el interior (inside) de Llewyn. Hace mucho frío fuera, pero también en su interior. Paisajes helados. La luz plomiza es una luz empañada, como el vaho que se queda adherido al cristal. Y escuchas constante, como una letanía, el sonido del parabrisas, pero la visión no se aclara. El viaje no parece conducir a ninguna parte. Pierdes gatos, como pierdes el horizonte. No hay un final ni hay un principio. Comprendemos que la secuencia final es la de lo que parecía el inicio. No es un flashback, porque nada se evoca. Es un bucle de vida en el que está atrapado. Llewyn ha intentado incluso cambiar de dirección, desistir de un sueño, de la esencia, y simplemente existir, embarcar en otro barco, pero tampoco lo ha conseguido. Parece que será un hombre que no estará ahí, en un permanente limbo, mientras algún otro, como ese chico que toca en el escenario, al que se conocerá como Bob Dylan, logrará lo que él sólo soñará.
Comprendemos que no es que la realidad sea hostil, sombras inciertas, o no sólo, como parecía en la secuencia inicial cuando es apalizado por un hombre en un oscuro callejón sin saber el motivo de por qué lo hace. En la secuencia final comprendemos por qué, cuál era la razón, porque aún más hostil que la realidad, como hemos podido comprobar en el desarrollo de esta empañada odisea, en la que la carcajada se funde con la desesperación de la pesadumbre, lo es la voluntad y actitud de Llewyn. Si no sabes conectar, la realidad te lo devuelve con cajas destempladas, y unos cuantos golpes, algunos con los puños, otros con las palabras. Por eso, no fecundas, sino que te devuelven tu semilla, porque más bien haces daño, no generas vida. Llewyn escupía a la realidad, a los demás, la amargura y frustración de no lograr ser quien anhelaba ser, porque no aceptaba ser cualquiera, ser otro amante más de la mujer que le gusta, y a la que es incapaz de reconocérselo con la suficiente consistencia, por eso no sabe apreciar esa sonrisa que se esboza en su rostro, y por primera vez lo ilumina, cuando él comparte, precisamente por primera vez, su vulnerabilidad, su desconcierto, desprovisto por un instante de arrogancia. Llewyn es incapaz siquiera de cuidar un gato, que no sabemos si es el de Schrodinger, desde luego en ciertos momentos resulta que es otro aunque parezca el mismo. Pero una cosa es que la realidad sea incierta, o difícil de descifrar o de entender, o que no sea capaz de reconocer tu talento, y otra que tu resentimiento se transforme en crueldad o desprecio. Así nunca encontrarás tu hogar, Llewyn. Sólo el gato, porque se llama Ulises. Diría que es la mejor obra que he visto este año, y probablemente el mejor estreno del año que viene (desde luego, el trabajo cromático y lumínico más asombroso), aunque lo más apropiado sería decir que es mi obra predilecta entre las vistas durante este año que finaliza. Quizá porque con los Coen el holandes errante que navega en mí siente siempre que vuelve a casa, valga la paradoja. Son mis filósofos favoritos, al fin y al cabo, porque nunca abandonan la sonrisa traviesa, aunque te suman en la intemperie.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Brian Aherne - Robert Browning

Brian Aherne, como Robert Browning, en una imagen promocional de 'The Barret of Wimpole Street', De Rudolph Bessier, la primera representación teatral que protagonizó en Estados Unidos, en 1931.