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lunes, 27 de agosto de 2012
Almas en el mar - Imágenes de un rodaje
Gary Cooper, el hombre que llevó al altar a la novia del zorro gris
Plácidas pausas de rodaje: Otto Preminger, Frank Sinatra y Gary Cooper
Tres lanceros bengalíes
domingo, 26 de agosto de 2012
Edith Scob, el rostro frágil tras la máscara
Edith Scob, el rostro tras la máscara en 'Ojos sin rostro' (1959), de Georges Franju. Con él había debutado en el cine un año antes, en 'La cabeza contra los muros' (1958), colaborando de nuevo en 'Therese Desqueyroux' (1962) y 'Judex' (196
3), tras la realizaría uno de sus retiros transitorios que ha caracterizado su carrera. Retornó con 'La vía Lactea' (1969), de Luís Buñuel, aunque fueron escasas e intermitentes sus apariciones en la década de los 70, en la que destaca su trabajo con Raul Ruiz, en 'La vocación suspendida', con quien ha reincidido, tras que volviera a dejar el cine de 1977 a 1988, en 'Le temps retrouvé' (1999), 'La comedia de la inocencia' (2000), 'Les ames fortes' (2001), 'Ce jour-la' (2003) o 'Le domaine perdu' (2005). En los 90 trabajó con Pedro Costa en 'la casa de lava' o Andrezj Zulawski en la artificiosa'La fidelidad' (1999). En la última década, la más prolífica, ha trabajado también con Pitof en la visualmente estridente 'Vidoq' (2000), con Jean Christophe Gans en la interesante pero desigual 'El pacto de lobos' (2001), Jean Paul Rappenau en 'Bon Boyage' (2002), Patrice Leconte en la notable 'El hombre del tren' (2002), Olivier Assayas en la esplendida 'Las horas del día' (2008), y pronto la veremos en 'Holy motors' (2012), de Leos Carax.
En rodaje: Georges Franju y Edith Scob
Georges Franju y Edith Scob durante el rodaje de la fascinantemente siniestra 'Ojos sin rostro' (1959).
L'Apollonide The Mighty Hannibal y The Moody blues
Bertrand Bonello me parece uno de los cineastas actuales que extraen una singular fuerza expresiva de la banda sonora, tanto por las que suele componer él misimo, como por las canciones que elige. En este caso, en 'Casa de tolerancia (L'Apo
llonide), con 'The right to love you', de Mighty Hannibal, para establecer una equivalencia, a través de las raices de la música blues, con el esclavismo ( aunque como señala él, quizá no sean ellas las únicas esclavas; dada la dependencia que establecen los clientes, fijos, con ellas). Y una de las secuencias más extraordinarias de la película, el del baile de las chicas, un rasgón de intensidad, un desgarrador momento de pausa, fuga, descarga y liberación transitoria, está modulado esa emoción a través del 'Night of white satin' de Moody Blues (fascinante cómo juega expresivamente con el amortiguamiento y la supresión fugaz de la música, que vuelve a retomar con una fuerza arrebatadora). De las más bellas secuencias que he vivido en el cine en estos últimos años.
La casa de tolerancia (L'Apollonide)
La sonrisa cortada de Madeleine la judía (Alice Barnole) no es la de la mirada que ríe, es la mueca permanente de un cautiverio, de un dolor, del filo de una humillación, a manos de un cliente que dejó la huella de su poder desgarrando con un cuchillo su mejilla, ampliando su sonrisa para negarla. La casa de la tolerancia (L’Apollonide, 2010), de Bertrand Bonello, está surcada por esa mueca, por esa herida que no cicatrizará nunca del todo, aunque su superficie sea un deslizamiento entre los diversos flecos que constituyen la vida en este burdel de lujo, entre noviembre de 1899, la noche en que es cortada Madeleine, y marzo del 1900, flecos que son las vidas de estas prostitutas, pues su vida es un permanente fleco irresuelto, o así parece, algunas resignadas a ser cautivas ya de ese enclaustramiento de vida, como quien ya lleva doce años atrapada cual mariposa con un alfiler clavado, como una mercancía que no debe dejar de sonreír y dar placer, o simplemente temer que no las degraden, que las vendan a un burdel de más baja categoría.
Vidas partidas, arrumbadas en ese escenario, e n esa pantalla de vida. Bonello también realiza montajes con la pantalla partida. Hay un plano que lo fragmenta en cuatro planos: Una de las chicas , Samira la argelina (Hafsia Herzi), llora tras leer un pasaje, de una obra escrita por una mujer en 1889, en la que se establece una equivalencia entre las prostitutas y los criminales (las prostitutas son las criminales femeninas), y afirma que son seres de más limitada capacidad intelectual (menor tamaño de cráneo, menos materia gris, menos inteligencia, y más tendencia a la anormalidad y a la idiotez); en otro ‘cuadro’ Clotilde Muslos finos (Celine Sallette) yace, al otro de la puerta, en el interior del baño, abandonada a sí misma, refugiándose en el opio como la única solución de poner distancia con su cautiverio de vida, con su condición de labor servil, de mercancía, de subordinada, reflejada en los otros dos cuadros, Lea ‘la muñeca’ (Adele Haenel) haciendo a un cliente el numerito de la muñeca, y otra chica siendo enculada por otro cliente.
La cautivadora y compleja narrativa de Bonello tiende a la deriva, descentrada, en un ‘entre’ que fluctúa entre realidades, estilos y perspectivas; entre un impresionismo que contrasta el escenario y las mascaradas con los espacios entre líneas de los rostros desmaquillados y las apariencias desgarbadas, de las ilusiones, de las complicidades, de los aprendizajes, de la naturalidad, las excursiones en el campo y los chapuzones en el agua, cuando se estiran y abrazan, cuando dejan de ser reflejos o muñecas, cuando son cuerpos que se afirman en su anhelo de vivir, fuera del escenario de la degradación, donde sus cuerpos pueden descomponerse por el contagio de la sífilis. En el siglo XIX se gestó la sociedad que hoy vivimos, esa mentalidad que hizo prevalecer la maquina sobre el cuerpo, la eficiencia sobre el placer. Pero debía haber los espacios al margen donde poder liberarse de la hipocresía, de las máscaras, de la hipocresía, o jugar con ellas de modo explicito, ya no incrustadas en la carne. Un escenario liberador, epicúreo, en el que liberarse de los corsés de otros escenarios, los de la luz quemada del día, los de las funciones y los gestos envarados de la imagen digna. En Le pornographe (2001), el cuerpo cansado, a punto de descomponerse, de Jean Pierre Leaud, era el cuerpo de las ilusiones desvitalizadas, como cuando te han desprovisto del nervio. Por ello, su mirada ya no sabía mirar a los cuerpos en su retorno al rodaje de películas porno, sólo eran autómatas, porque su mirada se había automatizado, ya no sabía construir. En De la guerre (2008) el cuerpo de Matthieu Amalric buscaba el modo de dejar de sentirse en su vida confinado en ataúd, en la que siente que le han arrancado los ojos. Su cuerpo se entregaba a la convulsión, junto a otros cuerpos, adherido a una música que le rescataba de su entumecimiento y extravío, o forcejeaba con el corazón de las tinieblas, como quien desesperado busca una razón en la que encontrar un camino para seguir entre tanto ruido, ese que arrasa las ciudades en la que ya no siente habitar.
En el burdel, que no es casa de putas sino casa de tolerancia, queda más fino, menos orgánico, más escénico, como una sonrisa cautiva en una máscara, es el escenario en el que no hay huida posible, es aquel en el que seguimos encerrando desde aquella revolución industrial que supuso involución en otros sentidos ( desde luego, en los sentidos; si es que fue involución, quizá aún sea necesaria esa revolución). A Bonello no le hace falta lanzar interrogantes, como filos sangrantes, las deja escurrirse entre sus danzas narrativas que parecen deslizarse ingrávidas hacia ninguna parte o muchas. Quizá sea esa su grandeza, la condición excepcional de su cine, que deja tantos resquicios en los que seguir rastros que alienten preguntas, y más preguntas, que nos hagan sentir cómo sollozamos, sin darnos cuenta, con lágrimas blancas, mientras nuestro rostro está surcado por la cicatriz, que es mueca, el rastro de un filo que nos ha marcado. Esa herida que aún sigue sangrando mientras permanecemos cautivos, años y años, en la maquinaria de una empresa, o nos degradan a labores de condiciones más penosas (o directamente a los márgenes de los márgenes). Mientras, podemos seguir sonriendo.
sábado, 25 de agosto de 2012
Lillian Gish - El viento
Ataque al amanecer
The big night
‘The big night ‘ (1951), de Joseph Losey comienza con una convulsa febrilidad que no deja de zarandear al espectador, reflejo de las agitaciones que se vivían entonces. Cuando finalizaba el rodaje, Losey fue requerido como ‘testigo amistoso' en la tercera ronda de del Comité de actividades antiamericanas. Había sido nombrado por dos, como vinculado al partido comunista. Cuatro años antes había dirigido una adaptación de la obra teatral de Bertold Brechet sobre Galileo, interpretada por Charles Laughton. Brecht fue requerido por el citado Comité, y abandonó el país (Hans Eisler, también amigo de Losey, fue ‘expulsado’). Losey no quiso sufrir calvario parecido al de Galieo y decidió abandonar el país. Quince meses después retornaría, pero al ver, después de un mes, que le resultaba imposible encontrar trabajo ya fuera en la radio, el teatro, la publicidad, la enseñanza o el cine, por haber sido señalado en la Lista negra, decidió exiliarse definitivamente, rumbo a Inglaterra. Esa atmósfera, de suspicacia, doblez, apariencias difusas , crispación y una violencia que ya sobrepasaba el umbral de lo latente, se palpa en esta estimulante obra que deriva en unos muy sugestivos senderos abstractos, con una sensación de extravío ya presente en los primeros planos, en los títulos de crédito, del protagonista, George (John Barrymore jr), de 17 años,que parece en fuga. ¿Por qué? En la primera secuencia, George es zarandeado y golpeado (en ese característico juego de humillaciones juvenil) por un grupo de adolescentes, contemplado a distancia por su padre, Andy (Preston Foster), dueño de un bar. Es el cumpleaños de George, pero no podrá soplar la última vela, porque alguien entra en el bar, un columnista, Al Judge (Howard St John), que humillará a su padre, quien no se resiste, quitándose camisa y camiseta, poniéndose de rodillas, para que le golpee con su bastón en la espalda (dejándole unas notorias heridas).
El padre no había intervenido cuando su hija era golpeado y humillado, pero el hijo está decidido a intervenir, rabioso e indignado, además de desconcertado porque su padre se haya dejado humillar así delante de todos. George decide adoptar el vestuario de adulto, esa chaqueta y sombrero de fieltro, que parece dos tallas más grande, que refleja su absurda pretensión, remarcado con el mordaz detalle de que se ponga, con el revolver en mano, a intentar calmar los berridos de un bebé. George es un adolescente furioso que se sumerge en la noche, que poco tiene de grande, sino que refleja las miserias de una sociedad definida por la violencia manifiesta, la actitud de combate (donde se celebra el combate de boxeo, al que pensaba acudir con su padre, es zarandeado de nuevo, y engañado por un delincuente que se hace pasar por policía para quedarse con el dinero que consiguió George vendiendo la entrada de su padre), y una doblez o ambivalencia en la que es difícil rastrear la personalidad o actitud de cada uno, porque también es manifiesta la incapacidad de discernir, y juzgar, a los demás. George se jacta de que es capaz de percibir de primeras cómo son los demás, pero el hombre en que confiaba, el doctor en filosofía, le rechaza en cuanto le puede acarrear problemas, o dejar en evidencia su doble vida, y a la inversa, es capaz de mostrarse receloso con la chica que sólo quería ayudarle. Esa ofuscada percepción, fruto de su trasiego de emociones encontradas, quedará manifiesta en la magnífica secuencia en el night club: Sobre la imagen del batería se superpone la de Judge (juez) golpeando con furia con su bastón; sobre la de la cantante negra, la imagen de la tarta de cumpleaños (que fundiendo tiempos ye espacios está sobre su mesa).
Como remate, en la salida, ya en la calle, tras expresar a la cantante su admiración por su talento y su belleza de la cantante, no puede evitar que se le escape un no intencionado sesgo racista, del que se arrepiente, cuando se interrumpe al decir que es bella, aunque sea…. (no puede ser más elocuente la expresión de la cantante, la de alguien que está cansada de escuchar semejantes comentarios, aunque no se digan con intención descalificatoria o despectiva; todo un detalle de reflejo de una sociedad). Aún más, como quedará manifiesto en esta travesía de conocimiento, George podrá comprobar por partida doble que las apariencias no sólo no son lo que parecen, y que ha juzgado demasiado presurosamente, sino que puede que descubra que la realidad es lo contrario de lo que imaginaba, que los que estigmatizaba como abominable más bien podrían ser de algún modo víctimas, que la aparente amenaza o lo que parece abuso quizá realmente sea un acto de justicia. Y que las figuras de autoridad tienen sus fisuras ocultas, como sus pies de barro, sus vergüenzas que les cuesta compartir, unas fragilidades que le han convertido en alguien que no interviene, que no se responsabiliza, en alguien elusivo que permite, por tanto, que las humillaciones y las injusticias sigan produciéndose.
viernes, 24 de agosto de 2012
Tom Courtenay, la emoción conflictiva
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