La actriz sueca Lena Olin es una de esas escasas presencias en las pantallas de hoy día que pueden causar una combustión espontánea. Casi parece una actriz de tiempos pretéritos incrustada en el cine de hoy. Sin duda, con diferencia, fue lo más destacado en 'La insoportable levedad del ser' (1988), de Philip Kaufman, la película que supuso su primer éxito. Insuflaba una intensidad, una energía, con esa mirada de llameante inteligencia, de agudeza despierta, de sensualidad tumultuosa y elegante a la par, de la que carecía el resto del melifluo metraje. Y es algo que se ha repetido en casi todas las obras que ha realizado después. Su presencia era aportaba un pálpito de intensidad y distinción que elevaba la temperatura expresiva de las películas ( o también, a la inversa, dejaba en evidencia las costuras de sus carencias). Por ejemplo, en una de las más discretas obras de quien es su marido, Lasse Hallstrom (2000), en una de las más mediocres de Roman Polanski, 'La novena puerta' (1999), o en la discreta 'The reader' (2008), de Stephen Daldry, protagonizando el mejor momento de una película que se queda a medio camino de lo pudiera habe rsido. Dio sopas con ondas a sus partenaires, Richard Gere, Harrison Ford o Robert Redford, en las apagadas 'Habana' (1990) de Sidney Pollack, 'Hollywood Homicide' (2003) de Ron Shelton, y 'Mr Jones' (1993) de Mike Figgis. Electrificó con sus personajes películas que, gracias a ella, cobraron por momentos cierta vida como 'La reina de los condenados' (2002), de Mychael Almeyda, o, por ello la mejor película de Paul Mazursky, 'Enemigos: una historia de amor' (1989), 'Darkness' (2002) de Jaume Balagueró, o en esa rareza (en la foto) que es ese desaforado thriller, 'Romeo is bleeding' (1993) de Peter Medak, o en otra de las menos brillantes de Hallstrom, pero tampoco despreciable, 'Casanova' (2005). Su mejor obra desde entonces es una, paradojicamente, en la que se echa de menos que se utilice menos su presencia, 'La noche cae sobre Manhattan' (1997). Más apreciable de lo que se la reconoció en 'The united states of Leland' (2002) de Mathew Ryan Rogue. Aunque sin duda la mejor obra de su carrera es 'Después del ensayo' (1986) de Ingmar Bergman, con quien había comenzado su carrera con breves papeles en 'Cara a cara' (1976) y 'Fanny y Alexander' (1982).
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miércoles, 21 de abril de 2010
Lena Olin, la mirada de fuego
La actriz sueca Lena Olin es una de esas escasas presencias en las pantallas de hoy día que pueden causar una combustión espontánea. Casi parece una actriz de tiempos pretéritos incrustada en el cine de hoy. Sin duda, con diferencia, fue lo más destacado en 'La insoportable levedad del ser' (1988), de Philip Kaufman, la película que supuso su primer éxito. Insuflaba una intensidad, una energía, con esa mirada de llameante inteligencia, de agudeza despierta, de sensualidad tumultuosa y elegante a la par, de la que carecía el resto del melifluo metraje. Y es algo que se ha repetido en casi todas las obras que ha realizado después. Su presencia era aportaba un pálpito de intensidad y distinción que elevaba la temperatura expresiva de las películas ( o también, a la inversa, dejaba en evidencia las costuras de sus carencias). Por ejemplo, en una de las más discretas obras de quien es su marido, Lasse Hallstrom (2000), en una de las más mediocres de Roman Polanski, 'La novena puerta' (1999), o en la discreta 'The reader' (2008), de Stephen Daldry, protagonizando el mejor momento de una película que se queda a medio camino de lo pudiera habe rsido. Dio sopas con ondas a sus partenaires, Richard Gere, Harrison Ford o Robert Redford, en las apagadas 'Habana' (1990) de Sidney Pollack, 'Hollywood Homicide' (2003) de Ron Shelton, y 'Mr Jones' (1993) de Mike Figgis. Electrificó con sus personajes películas que, gracias a ella, cobraron por momentos cierta vida como 'La reina de los condenados' (2002), de Mychael Almeyda, o, por ello la mejor película de Paul Mazursky, 'Enemigos: una historia de amor' (1989), 'Darkness' (2002) de Jaume Balagueró, o en esa rareza (en la foto) que es ese desaforado thriller, 'Romeo is bleeding' (1993) de Peter Medak, o en otra de las menos brillantes de Hallstrom, pero tampoco despreciable, 'Casanova' (2005). Su mejor obra desde entonces es una, paradojicamente, en la que se echa de menos que se utilice menos su presencia, 'La noche cae sobre Manhattan' (1997). Más apreciable de lo que se la reconoció en 'The united states of Leland' (2002) de Mathew Ryan Rogue. Aunque sin duda la mejor obra de su carrera es 'Después del ensayo' (1986) de Ingmar Bergman, con quien había comenzado su carrera con breves papeles en 'Cara a cara' (1976) y 'Fanny y Alexander' (1982).
Jim Jarmusch: Dead man, rodaje fronterizo
Eduardo Manostijeras
Erase una vez...y sólo pudo ser una...en que las alas eran tijeras...alas de imaginación...tijeras que eran batutas de una insólita música, y sus acordes copos de nieve, bajo los que danzar con las manos alzadas al cielo como si pudieran ser alas...Por un instante, la magia se corporeiza en el tiempo y la ilusión de elevarse, sobre una realidad hecha de engañosos vivaces colores que esconden el gris de la mezquindad, se hace presencia...Este momento, 'en estado de gracia', tiene lugar en 'Eduardo manostijeras' (1990), de Tim Burton... Kim (Winona Ryder) ayuda a su madre, Peg (Diane Wiest) a adornar el árbol de navidad, dilucidando si ponen más cascabeles o no...Rituales y adornos, cáscaras que intentan ocultar un mundo subordinado a la apariencia, a la imagen conveniente (avon llama a su puerte: todo es cuestión de valor de imagen) que nunca podrá disimular la intercambiable impersonalidad de unos y otros...Kim se arrodilla para buscar en una caja más cascabeles, con su madre y el árbol difuminados al fondo del encuadre...Algo llama la atención de Kim...La cámara cambia el ángulo y la encuadra ahora desde su izquierda...Kim se levanta, y se dirige a la puerta del jardín, mientras la cámara sigue su movimiento realizando un travelling de retroceso, como si 'algo' la llamara, atrayéndola...Sale, y apreciamos que caen copos de nieve...Y, vemos, con ella, ahora con un 'envolvente' travelling lateral hacia la derecha la mágica visión...Eduardo (Johnny Depp) está realizando una escultura con el hielo, la figura de un ángel...La nieve proviene de ese hielo que Eduardo esculpe con sus tijeras...No son cascabeles, no, son copos mágicos, porque el momento, auténtico, fuera de lo ordinario, lo es...Los ángeles provienen de un castillo gótico, y portan tijeras en vez de alas...pero su imaginación y creatividad las tienen
Kim se entrega a una danza, alzando las manos al cielo, sintiendo esos copos sobre su piel, rodeada por un travelling circular que parece que baila con ella, y nosotros a su vez, sintiendo su arrobo, esa sensación de júbilo de momento de sensación verdadera, y genuina...Y se encadena con un plano de Eduardo entregado a su sinfonía escultórica, componiendo con sus tijeras, ahora batutas, una música a la que se entrega Kim... Un 'encadenado' que expresa cómo se siente unida a él...Por eso, se suceden dos planos de los rostros de ambos, y otros tantos de las tijeras de Eduardo, y luego de las manos de Kim...como rimas de su sintonía...El momento mágico les une, y, a la vez, es mágico porque les 'conecta'...Hay una mirada, la de Kim, que aprecia no sólo lo que Eduardo representa, sino, sobre todo, lo que es...Y Kim se reconoce en él...Reconoce ese aspecto de sí misma que permanecía 'ausente', 'narcotizado', falto de que una sensibilidad excepcional, 'rara', la pulsara para sentir que baila y no simplemente se mueve como un 'autómata' más (donde cada uno cumple su función y rol, donde el tiempo está programado, y todos se ajustan a él)...Claro que los 'autómatas', como su exnovio, Jim (Anthony Michael Hall), siempre buscarán el desterrar esa magia...Y su aparición, precisamente, quiebra el instante mágico (el mismo gesto de su brazo contrasta con el de Kim, no elevándose, sino señalando acusador, admonitorio)...
Sí, esa 'rara excepcionalidad' les hace sentir más acusadamente su mediocre mezquindad...Y es cuando hace acto de presencia la violencia, no sólo la física, sino esa incluso más cruel, como es la 'estigmatización'...Por un momento, la rareza puede tener gracia, domesticando su excepcionalidad como si fuera una atracción de feria (como hacen en un principio con Eduardo), pero si destaca demasiado, y se convierte en modelo de admiración, no resta sino exiliarla fuera de los dominios del atrofiado mundo normal...Claro que ellos, esos 'autómatas vitales', nunca podrán disfrutar de momentos mágicos como estos, en el que dos espiritus, 'raros', se unen en la celebración de un instante con aroma a eternidad, 'envolviéndose' en una danza bajo unos copos de nieve...Erase una vez unas tijeras que eran alas... y batutas...de una música que 'puede' sonar más de una vez...Claro que no es Avon quien debiera llamar a la puerta, sino el espiritu de un ( valga la paradoja, pero ahí está la gracia) siniestro y tierno 'mago' de nombre Eduardo...
Suzanne Pleshette, la sonrisa que tiembla
Suzanne Plashette creó un memorable personaje con el de la maestra de 'Los pájaros'. En sus miradas, en sus gestos, se palpaba y presentía toda una poderosa historia sugerida entrelíneas, un peso, de un pasado, de unas emociones, que ejercía a la vez de doloroso centro de gravedad con respecto a la ligereza inconsciente y caprichosa de la protagonista encarnada por Tippi Hedren. Su carrera había comenzado en 1958 con 'Kimi, tú y yo' de Frank Tashlin, junto a Jerry Lewis, y tuvó su principal brillo en los 60, con títulos como 'Nevada Smith' (1966), de Henry Hathaway, 'Una trompeta lejana' (1964) de Raoul Walsh, 'Una mujer espera' (1964), y 'Más allá del amor' (1962), ambas de Delmer Daves. Ya en los 70, tras 'Látigo' (1971), el western cómico de Burt Kennedy, se centró en la televisión, como la serie 'Newhart'.
Sabrina
Bajo los amables aparentes ropajes de un cuento de hadas, 'Sabrina' (1954), Billy Wilder señala las arenas movedizas de proyectar el amor como un cuento de hadas. O, lo que es lo mismo, los peligros de querer alcanzar la luna, porque ésta es una ilusión en la distancia (una proyección). Son sus reflejos los que hacen sentir algo que es un espejismo aunque esté trenzado con el peso de una intensidad, que se hace pesadumbre cuando esa 'luna' no responde. Esto queda reflejado en las secuencias iniciales, tiznadas sombríamente con la afectación dramatizadora de Sabrina (Audrey Hepburn), que admira desde la distancia ( y subida a un árbol, desde su anhelo de elevado sentimiento) a David (William Holden), puro reflejo porque no le conoce ( a ras de suelo). Y para remate de su pesadumbre es téstigo de otro de sus incontables flirteos (tras pasar a su lado, y decirla que no había advertido su presencia; como se dice ella, al irse, porque es 'nada'). Flirteo que tiene lugar en una pista de tenis (la idea del juego, de la competición, en los pulsos amorosos, será otra de las líneas que recorre el corrosivo comentario de Wilder; esa red que separa a los contendientes). Sabrina, contemplando la luna, decidirá suicidarse con los gases de los coches en el garaje, y salvada por el otro hijo de los ricos Carrabee, Linus (Humphrey Bogart).
Si ese ilusorio príncipe que encarna David (porque poco tiene que ver lo que sueña ella con lo que es él, frívolo y superficial vividor que se ha casado ya tres veces y rehuye también toda actividad laboral), Linus es su extremo, alguien que poco sabe de lunas, porque nada piensa en ellas, dévoto exacerbado del trabajo. Alguien más que ras de suelo, que vive en los subterráneos. Tan pragmático que cuando Sabrina se convierte, tras volver de Paris (irónico que en Paris, estereotipo de la ciudad del amor, Sabrina intente 'desintoxicarse' de su ilusión por David), en, a la inversa, intoxicación fascinada amorosa para David, poniendo en peligro el matrimonio pactado con un potentado del caucho con cuya hija quiere casar Linus a David, decida seducir a Sabrina para 'quitarla de en medio', y que no estorbe en sus planes pragmáticos empresariales (como 'dejar en el banquillo' a David, propiciando que se siente sobre las copas que lleva en los bolsillos de atrás, lo que determina que se clave los cristales en el culo, y tengan que ponerle 23 puntos).
Claro, que cualquier previsión es desmontada cuando surge de verdad el amor, o la atracción, no por proyección sino por conexión. Si la cenicienta Sabrina descubrirá con otros ojos a Linus, también éste verá demolida sus presunciones cuando también se sienta atraída por ella. Y el hombre subterráneo, o maquina ambulante, reajustará su 'sombrero' (como se refleja en el detalle de la secuencia final), para alzarse a ras de suelo, o navegar con Sabrina rumbo a París, tras romper las compuertas de su caparazón ( o de la red en la que está cautivo). Y es que el auténtico amor poco tiene que ver con las distancias que crean los reflejos de luna, la red de una pista de tenis o las calculadoras.
En 'Sabrina' de Billy Wilder, tampoco hay que dejar de mencionar a un estupendo personaje secundario como el padre de Linus y David, Oliver (Walter Hampden) irónico apunte de en lo puede derivar una relación, con sus clandestinas escapadas para fumar un puro sin que le vea su esposa (memorable cuando Linus le descubre escondido dentro de su armario fumando). O el del padre de Sabrina, el chofer de la familia que encarna John Williams, quien tiene asumida cuál es la posición de cada uno en el tablero social, y al que acompaña un gesto compungido de preocupación por el destino de su amada hija con sus flirteos con la luna y los Carrabee.
Conversaciones: Ava Gardner, Joan Fontaine y Lana Turner
Plácidas pausas de rodajes: Steve McQueen, James Garner y James Coburn
Fritz Lang y Gloria Grahame: Deseos Humanos
Dorothy Malone, ángel con brillo
El punto álgido de la carrera de Dorothy Malone tuvo lugar en 1957, en las dos obras de Douglas Sirk, 'Escrito sobre el viento' y 'Los ángeles sin brillo', en las que creó dos inolvidables personajes de turbulenta intensidad. Aunque inolvidable es su breve aparición como la dependiente de la libreria en 'El sueño eterno' (1946) de Howard Hawks. Otros papeles a recordar son en 'El hombre de las pistolas de oro' (1959) de Edward Dmytryk, 'El último atardecer' (1961), de Robert Aldrich, 'Artistas y modelos' (1955) de Frank Tashlin, 'La casa nº 322 (1954)' de Richard Quine, 'Juntos hasta la muerte' (1949) de Raoul Walsh o 'The nevadan' (1950) de Gordon Douglas
lunes, 19 de abril de 2010
Vivien Leigh, las sombras de las estrellas
La filmografía de Vivien Leigh es escasa, pero sin duda dos de sus interpretaciones han quedado grabadas en la memoria icónica (o fetichista) del imaginario colectivo, su Scarlett de 'Lo que el viento se llevó' (1939) de Victor Fleming ( y otros no acreditados como George Cukor o William Cameron Menzies), y su Blanche de 'Un tranvía llamado deseo' (1951) de Elia Kazan. Antes de su éxito en la producción de David Selznick había realizado pocas obras, como 'Un Yanki en Oxford' (1948) de Jack Conway o 'Fire over England' (1937) de William Howard y Alexander Korda, ésta la obra que determinó que Selznick la contratara para 'Lo que el viento se llevó'. Su partenaire en esa obra era su segundo marido, Laurence Oliviera, con quien tras el éxito de la producción de Selznick, prefirió rehuir la vorágine de la maquinaria publicitaria. Con él trabajaría en '21 días juntos' (1940) de Basil Dean o 'Lady Hamilton' (1941) de Alexander Korda, pero a partir de entonces sus apariciones en pantalla serían muy intermitentes, también debido por lo que parece a sus problemas de salud o tendencia a la depresión, prefiriendo, por otra parte, el centrarse más en el teatro. Entre sus escasas apariciones cinematográficas reseñar 'El puente de Waterloo' (1940) de Mervin Le Roy, 'Anna Karenina' (1948) de Jules Duvivier, 'La primavera de la señora Stone' (1961) de Jose Quintero o 'El barco de los locos' (1965) de Stanley Kramer.
Dos cabalgan juntos
'Hay demasiados Wrangle en este mundo' exclama, con cáustica rabia, McCabe (James Stewart), en 'Dos cabalgan juntos' (1961), de John Ford, ante la falta de escrúpulos del tal Wrangle (Willis Bouchey), a quien no le importa pagarle por cualquier blanco cautivo desde hace años entre los indios para hacérselo pasar a su esposa como el hijo de su primer matrimonio que fue capturado lustros atrás. Se puede establecer cierta equiparación entre Wrangle y el Liberty Valance de la posterior 'El hombre que mató a Liberty Valance' (1962). Si este representa la salvaje barbarie en su expresión quintaesenciada, Wrangle representa la corrupción (u otro tipo de barbarie al fin y al cabo) de la civilización va estableciéndose expurgando lo primitivo en aras un supuesto Orden social. McCabe, en esta ecuación, puede también equiparse con el Doniphon de John Wayne, como el aplicado e integro servidor de la ley, en este caso de las ordenanzas del ejercito, Gary (Richard Widmark) con el Stoddard de James Stewart.
De algún modo, en el equilibrio de ambas actitudes reside el equilibrio que descentran figuras como Liberty Valance o Wrangle. De ahí, ese titulo, 'Dos cabalgan juntos', frase que en la película expresa Gary cuando remarca a McCabe que ambos irán juntos a parlamentar con el Jefe Quanah Parker (Henry Brandon) para conseguir que les devuelva todos aquellos cautivos blancos que han apresado desde hace lustros. McCabe sabe, o ya cree, que nada se consigue si no se establece un intercambio. Por eso, frente al reproche silencioso de Gary, lleva incluso armas para intercambiarlas por los cautivos. Se puede decir que McCabe es una versión irónica de la más trágica de Doniphon, o de cierto cinismo que es más bien un escepticismo tiznado de picaresca. Fabulosa es su presentación como acomodado sheriff en una población en la que se lleva el diez por ciento de los negocios, placenteramente apoltronado en ese mundo aparte que se ha creado (sentado en el porche del salón, con cuya dueña mantiene una relación, y servido a cuerpo de rey por un camarero que le trae la correspondiente cerveza). McCabe no sabe, o le atraen poco los compromisos, por eso acepta la petición de Gary de que acuda al fuerte sin saber el motivo ( que explica en ese prodigioso largo plano sin cortes de ambos sentados al borde del rio, y es que empieza a entrever que ella le exige ya un compromiso: le empezó a llamar Guth, y al principio pensaba que tenía algo en la boca, añade socarronamente).
No tendrá reparos en aceptar el en cargo que le plantea el ejercito pero si es a cambio de sacar beneficio, es decir, aceptando lo que los familiares de los largamente desaparecidos quieran pagarle.
Pero del mismo modo que Valance es la expresión extrema de Doniphon ( y eleminarle implicará su propia desaparición en el humo de la infrahistoria), Wrangle lo es de MacCabe, a quien aún le queda un ápice de integridad, lo que determinará su enfrentamiento ante la cruel hipocresia de los oficiales ( y sobre todo de sus esposas) del fuerte por su rechazo despectivo, no exento de sórdido morbo, a la mujer mejicana, Elena (Linda Cristal), que vivió durante años como esposa de uno de los jefes indios.
Estas son las tétricas sombras de la civilización, camuflada barbarie, como el ahorcamiento que efectuarán sobre el joven indio (una de las más desoladoras y sombrías secuencias que ha rodado Ford). Tras este momento, ya está claro que no hay progreso, y que había una cierta lucidez en el retiro vital de McCabe, aunque ahora lo realizará junto a la mujer india, ante un incierto futuro pero con la satisfacción de la elección de la integridad y el respeto (y un amor que no sabe de sucias fronteras de la moral).
'Dos cabalgan juntos' (1961), otra demostración de la sabiduria fílmica de John Ford, que sabe transitar, con proverbial equilibrio,entre el apunte más distendido humorístico (aunque sea tan irreverentemente lúcido a través de McCabe), y el tono más sombrío. El estupendo guión es de uno de sus habituales colaboradores en esa lides, Frank S Nugent, y la fotografía (en ciertas secuencias de marcado y fantasmagórico tono artificioso, como el ataque del esposo indio de Elena, Stone calf) de Charles Lawton. Sin olvidar mencionar a grandes secundarios como John McIntire, John Qualen, Jeanette Nolan, Andy Devine o Shirley Jones.
Sam Peckinpah y el crepúsculo de Pat Garret y Billy el niño
Sam Peckinpah dando a la claqueta en una de las primeras secuencias de 'Pat Garret y Billy el niño' (1973), una de sus obras maestras. Fue precisamente James Coburn ,tras él, quien involucró en el proyecto a Peckinpah. Coburn ofrece una de sus mejores interpretaciones en un papel, el de Pat Garret, que deseaba interpretar encarecidamente. Es el latido de la esta fantasmagórica obra: Ese rostro cansado de James Coburn persiguiendo a aquel que le convertirá en un espectro en vida. Una obra donde hay personajes, como el de Slim Pickens, que construyen barcas donde no hay mar, pero algún día espera alcanzarlo. Precisamente, uno de los momentos más conmovedores es su agonía ante el rio, de rodillas, agarrándose el vientre, mientras su esposa, que interpreta Katy Jurado, le contempla a su lado, tambien de rodillas, con los ojos húmedos, tiernos y desolados, ante un crepúsculo que llora como sus ojos, que es despedida y homenaje de un amor que no morirá. Momentos inolvidables que rasgan el corazón en esta fúnebre liturgia de poderoso y sombrío lirismo, como si fueran los últimos espasmos de ese espíritu disidente y resistente que caracterizaba el cine de Sam Peckinpah, en la crónica de una desaparición, puntuada por las canciones de Bob Dylan que no casualmente interpreta a un periodista silencioso testigo: Ya no queda resquicio ni para la integridad ni para ese difuso concepto llamado libertad. La corrupción, la doblez y el abuso del poder son las enseñas de un tiempo ya espectral.
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