
Joker
folie a deux (2024), de
Todd Philips,
ofrece una inmejorable oportunidad para reflexionar sobre qué
proyectamos o necesitamos como espectadores, qué expectativas se
tienen y por tanto cómo discernimos las películas (qué plantean y
qué queremos ver). Joker
folie a deux
parece que, en buena medida, se ha realizado para corregir una
reacción y por tanto interpretación, la que suscitó la anterior
obra, con el propósito de afinar la sintonización entre obra y
espectador, ya que parece
esforzarse en deletrear, para niños de parvulario, lo que ya
expresaba en la cruda y amarga Joker
(2019), como si, entonces, muchos espectadores se hubieran montado su
propia película con aquella película superponiendo otra. En Joker
lograba, de modo admirable, materializar y así transmitir (con su
estilo, su música, sus claroscuros visuales, sus texturas y su
narrativa) un malestar social, la turbulencias de una impotencia, de
una desorientación y una enajenación extendidas en la sociedad. Se
reflejaba la enajenación a la que puede abocar la neutralización de
la singularidad, la inexistencia a la que aboca sentirse nada o
nadie, ser algo o alguien irrisorio, patético, y abocado los
márgenes de la invisibilidad y la irrelevancia. De ahí brotaba el
malestar, en forma de desquiciamiento, el gesto de sublevación
enmarañado con la confusión. Diseccionaba con agudeza un presente
(social). Joker
utilizaba como herramienta alegórica precisamente el componente con
más influjo en el imaginario cinematográfico de este siglo (los
superhéroes); epítome de esta compulsión de control y dominio que
nos caracteriza, y además centrándose en una figura, en ese
universo, que es particular fetiche de sublimación, Joker, un
villano con máscara de payaso que no evidencia vulnerabilidad. Pero
los varapalos que está recibiendo Joker
folie a deux,
y las numerosas decepciones que está suscitando, evidencia tanto
cómo entonces se agarraron más a la vertiente fetichista
relacionada con el joker interpretado por Heath Ledger en El
caballero oscuro
(2008), de Christopher Nolan y cierta adolescente rebelión
antisistema, como que la nueva propuesta de Philips ha fracasado en
su propósito. Hay una negativa a asumir esa enajenación que se
remarca en esta segunda obra, convirtiéndose en su centro
neurálgico, porque nos está aludiendo (casi a modo de bofetada que
intentara que despertáramos o recuperáramos la consciencia) con ese
reflejo. El objetivo de esta segunda obra es el propio espectador o
su reacción a la primera, su propia enajenación. La respuesta ha
sido la negación o el rechazo. Hay quienes enarbolan la sensación
de traición, en cuanto sacrilegio, como si no hablara de lo que se
espera que hablara, o no reflejara la idea de quien han sublimado,
sin comprender que se está desentrañando esa sublimación (quieren
ver a su Joker no a cómo se utiliza su icono, combinado con otros
iconos, para un determinado propósito). Hay quienes meramente se han
aburrido con una obra en la que no hay acción, ya que un primer
evento de esas características, una explosión, no ocurre hasta las
secuencias climáticas. Y además, la acción ha sido reemplazada por
números musicales que aburren y que se consideran realizados sin
particular gracia. Aunque los hay, como yo, que piensan que su
modulación narrativa es impecable y sus dos horas y cuarto fluyen de
modo admirable, y que Joker
folie a deux
es una de las mejores películas del año, y una necesaria patada en
nuestras autocomplacientes partes.

El
planteamiento de Joker
folie a deux
no podía ser más irritante para quienes habían sublimado una
figura como Joker, o consideran las películas de superhéroes como
distinguida representación del cine en este siglo XXI (por desgracia
el único fenómeno reseñable de este siglo: no ha habido ni
nouvelle vague ni free cinema ni movimientos cinematográficos de
ningún típico más allá de particulares modas con el cine rumano o
el cine coreano). De nuevo, hay que remarcarlo, la primera película,
Joker,
hacía uso de elementos del imaginario cinematográfico, tanto del
repertorio de superhéroes como de iconos pretéritos como era el caso
Travis Bickle de Taxi
driver (1976),
de Martin Scorsese, para suscitar una reflexión sobre nuestro
tiempo, nuestra forma de percibir y habitar la realidad. Jugaba con
esos imaginarios, a modo de reflejo crítico, pero nada tenía que
ver con las películas de superhéroes. Por eso, más allá de que se
vuelvan a reflejar abusos, de autoridad o posición de poder, como
ocurre con los guardianes de la prisión en que está recluido Arthur
(cómo en cierta secuencia remarcan cuál es el lugar de cada uno en
el patio, o cómo aprovechan su posición para apalizar cuando
sienten que han sido contrariados), esta segunda película se centra
en la dilucidación de si Arthur Fleck, o sea Joker como figura
emblemática para otros, es un mero desequilibrado enajenado que no
sabe distinguir la realidad o es alguien que con toda la intención y
propósito realiza unas acciones (que se perciben como transgresoras
o dinamitadoras de un orden social).

Joker
folie a deux
se esfuerza en dejar patente cómo Arthur es un enajenado que carecía
de capacidad de discernimiento de realidad. Una figura resultante de
abusos de una estructura social, con lo cual se estaba remarcando de
qué era producto, pero cuya desorientación entraba en un proceso de
desquiciamiento sin vuelta atrás, cuando ejercía su respuesta
mediante la violencia, como había sido también el caso de otro
enajenado, Travis (Robert De Niro), en Taxi
driver.
Ni uno ni otro son héroes ni modelos sino enajenado resultado de una
sociedad desquiciada. En cierta secuencia de Joker
folie a deux,
el amigo enano de Arthur, testigo entonces del asesinato de quien
humillaba a Arthur, responde que sí, era alguien que abusaba de
otros pero no por ello merecía morir o ser asesinado por Arthur. Su
decisión había sido extrema. Arthur, ya enajenado joker, había
cruzado la línea que no le diferenciaba de quien abusaba. En ambas
obras se exponen el detritus de una sociedad o sistema, palpable en
su mismo tratamiento lumínico y cromático, pero también se indica
el enajenamiento de ambos protagonistas. No es el joker de las
películas interpretadas por Heath Ledger o Jack Nicholson, sino que
se utilizaba ese referente (sublimado) para exponer la máscara o
sombra a la que se recurre para no afrontar ni una enajenación ni
una impotencia. Pero hay quienes tiene su santuario de iconos, y por
lo tanto, para ellos, se está traicionando a su idea del personaje,
tanto en el caso de Joker como de Haley Quinn (Lady Gaga), sobre
quien se ha dicho, nada menos, que es un personaje intrascendente en
esta película, cuando ejerce el papel fundamental, en otra variante
del que representaba el personaje de Zazie Beetz en Joker, para
apuntalar ese mundo de fantasía en el que se ha desquiciado Arthur
cuando se siente, o cree ser, Joker (una caracterización de payaso
siniestro para un cómico que no tiene gracia y que se revuelve con
violencia cuando todos le ignoran o desprecian o humillan). No
queremos que nos califiquen como payaso como cuando se remarca que
somos patéticos ¿Al fin y al cabo no queremos ser centro de
atención? No queremos ser un mero Arthur sino un admirado y
reconocido Joker.

La
narración de Joker
folie a deux,
significativamente, comienza con unos dibujos animados que remedan a
los de la Warner, y está protagonizado por Joker y su sombra, o cómo
está le suple y destruye. Como cuando explosionó la mente de Arthur
se convirtió en su sombra, o fue reemplazada por su máscara
protectora, Joker, para escupir con violencia su amargura y rabia al
mundo. Como quien ya vive en un dibujo animado. Un desquiciamiento
que se exponía como reflejo de nuestra desorientación, como un
reflejo supurante. Pero se ve que se quiso enfocar en otros ángulos.
Tras esa introducción la narración de Joker
folie a deux
prosigue con la triste realidad, sórdida y turbia, un esquelético
cuerpo en una celda de una prisión. Arthur camina como espectro o
alma en pena, con expresión trastornada. Su abogada le expone que va
a enfrentarse a una circunstancia que será capital para su destino,
un juicio en el que se dirimirá si está desequilibrado o cuerdo. Si
en Joker
quedaba expuesta su enajenación con su proyección de lo que
quisiera que ocurriera con la mujer que le atraía, interpretada por
Zazie Beetz, cuando realmente lo que veíamos de esa relación era
mero proyección mental, y no tenía realmente trato alguno, en esta
ocasión se remarca con su relación con Haley Quinn. Sí hay
relación pero se sostiene sobre una fantasía, de ahí que numerosas
situaciones se planteen como un musical, a través de canciones.
Elocuentemente, la primera vez que la ve, ella está con otros
reclusos en una clase de música, así como la primera vez que se
canta en la película, es él quien lo hace, solo, en la sala en la
que está la televisión. Es su ficción de fuga, su brecha de
posible cambio de escenario de realidad, la música del sueño. Pero
en cuanto en el juicio deje de lado su máscara de joker y reconozca
ante el jurado que es un pobre desequilibrado que no vivía la
realidad que él quisiera y autor de unos crímenes, la
representación, para ella, se desmonta. Ella se lo subraya,
precisamente en ese escenario que se convirtió en icónico en la
primera parte, en Joker,
esas escaleras en las que su personaje o sombra, Joker, bailaba. Ahí
le dice que no van a ninguna sitio ya que la fantasía se ha acabado.
Ella no mantenía una relación con alguien llamado Arthur sino con
una figura de fantasía de nombre Joker. Como la bomba que ha
explotado momentos antes en el tribunal, ella le suelta una bomba que
revienta por completo su construcción ficticia de realidad (o
sueños) y deja patente su enajenación o carencia de sentido de
realidad. Su muerte, acuchillado por un psicópata, como otro reflejo
de aquello en lo que se había convertido con su desquiciamiento,
cuando era Joker, se ha sentido, por parte de algún espectador
(feligrés), como el último acto de sacrilegio. Se mata a una figura
fetiche que representaba la adolescencia rebelde contra un sistema.
Una muerte patética sin resonancia épica alguna. Porque la cuestión
fundamental es que se aprecie el reflejo en nosotros de su
enajenación. Pero la virulenta recepción parece indicar que se
prefiere optar por el pataleo y berrinche de la negación. Este
reflejo descarnado y patético de joker parece que es demasiado
amargo y doloroso. Mejor mirar a la ilusión que se prefiere
proyectar.