Pocos duetos en la comedia han sido tan afortunados, tan plenos de vivaz chispa, como el que formaron Irene Dunne y Cary Grant en 'La pícara puritana' (1937), 'Mi mujer favorita' (1940) e, incluso, ya combinándose con el drama, en 'Serenata nostálgica' (1941). Esta magnífica actriz, hasta ese momento había brillado especialmente en el drama, y demostró su refinada capacidad de combinar o alternar muy variados registros. Había destacado en obras como 'Ann Vickers' (1933), 'Dos amores' (1933) o 'Ese hombre es mío' (1934), todas de John Cromwell, con quien más tarde reincidiría en la más popular 'Anna y el rey de Siam' (1947). Con Leo McCarey también colaboraría en la primera versión de 'Tú y yo' de 1939, y trabajó con John M Stahl en célebres melodramas como 'La usurpadora' (1934) o 'Magnífica obsesión' (1935), de la que Douglas Sirk haría un remake. Protagonizó también una versión de 'La edad de la inocencia' (1935), de Philip Moeller, 'Dos en el cielo' (1944), de Victor Fleming (de la que haría su remake Spielberg en 'Always´), 'Life with a father' (1947), de Michael Curtiz' y la desatada comedia 'Los pecados de Theodora' (1936), de Richard Bolewslaski. En la curiosa 'The mudlark' (1951), de Jean Negulesco, en la que interpretaba a la reina Victoria tuvieron que ponerle una buena dosis de maquillaje, ya que aparentaba a su edad, ya en los 50, ser mucho más joven de lo que se presuponía.
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viernes, 25 de junio de 2010
Irene Dunne, ilustre dama
Pocos duetos en la comedia han sido tan afortunados, tan plenos de vivaz chispa, como el que formaron Irene Dunne y Cary Grant en 'La pícara puritana' (1937), 'Mi mujer favorita' (1940) e, incluso, ya combinándose con el drama, en 'Serenata nostálgica' (1941). Esta magnífica actriz, hasta ese momento había brillado especialmente en el drama, y demostró su refinada capacidad de combinar o alternar muy variados registros. Había destacado en obras como 'Ann Vickers' (1933), 'Dos amores' (1933) o 'Ese hombre es mío' (1934), todas de John Cromwell, con quien más tarde reincidiría en la más popular 'Anna y el rey de Siam' (1947). Con Leo McCarey también colaboraría en la primera versión de 'Tú y yo' de 1939, y trabajó con John M Stahl en célebres melodramas como 'La usurpadora' (1934) o 'Magnífica obsesión' (1935), de la que Douglas Sirk haría un remake. Protagonizó también una versión de 'La edad de la inocencia' (1935), de Philip Moeller, 'Dos en el cielo' (1944), de Victor Fleming (de la que haría su remake Spielberg en 'Always´), 'Life with a father' (1947), de Michael Curtiz' y la desatada comedia 'Los pecados de Theodora' (1936), de Richard Bolewslaski. En la curiosa 'The mudlark' (1951), de Jean Negulesco, en la que interpretaba a la reina Victoria tuvieron que ponerle una buena dosis de maquillaje, ya que aparentaba a su edad, ya en los 50, ser mucho más joven de lo que se presuponía.
Hudson, Grant, Brando y Peck: Cuatro fantásticos
Rock Hudson y su colección de discos
Paula Raymond, fugaz fulgor
Paula Raymond tuvo su breve fulgor a principios de los 50 cuando firmó con la MGM e intervino en dos excelentes obras de Anthony Mann, 'La puerta del diablo' (1950) y 'The tall target' y junto a Cary Grant en la interesante 'Crisis' (1950), de Richard Brooks, siendo su cenit protagonista en 'The beast from 20.000 phatoms' (1953),de Eugene Lourié. Posteriormente,centraría su carrera en las series televisivas y en algunas obras de terror de bajo presupuesto.
Brando, Pacino y Coppola: Ensayos de 'El padrino'
Richard Boone, un actor inmenso
Dentro de mi particular galería de personajes favoritos, este gran e inmenso actor, Richard Boone encarnó a dos de los más memorables, el de Lassiter en ese gran western que es 'Rio Conchos' (1964), de Gordon Douglas (pocas presentación de un personaje más potentes he visto en una pantalla; un personaje lleno de matice, fiero y obcecado vengador, y desgarrado, como cuando 'explota' al ver cómo han ultrajado a una mujer los indios),y el de Bors en la no menos excepcional 'El señor de la guerra' (1965), de Franklin J Schaffner (qué asombros plano el de Bors ante la puerta de su Señor, encarnado por Charlton Heston, que ya refleja su condición de cabal, firme y leal 'protector'). Richard Boone es ese actor que refleja lo que es la quintaesencia de una 'presencia', que casi absorbe cual agujero negro la atención difuminando al resto de los interpretes. Aunque su personaje sea secundario como en el caso de 'Martín el gaucho' (1952), de Jacques Tourneur, 'Pradera sin ley' (1955) o 'El compromiso' (1969) de Elia Kazan. Y casi tan memorables como los dos citados son sus personajes de la esplendida 'Los cautivos' (1957), de Budd Boetticher o 'La carta de Kremlin' (1970), que logra en buena medida que sea una de las obras, para mi gusto, más atractivas de John Huston, o en la estupenda 'Hombre' (1967), de Martin Ritt. Este gran actor, que antes de serlo, trabajó en un campo de petroleo, y fue boxeador, pintor y escritor free lance, tuvo también una exitosa carrera en la televisión, con series como 'Medic', 'Have gun, will travel' (en la que dirigió algunos episodios), 'The Richard Boone show' o 'Hec Ramsey'. Dicho de nuevo: Inmenso actor.
jueves, 24 de junio de 2010
Lee Remick, el cálido e indómito rostro
Lee Remick pronto demostraría su capacidad de abordar muy contrastados registros, y personajes variados, con sus excelentes interpretaciones en 'Anatomía de un asesinato' (1959) y 'Días de vino y rosas' (1962), con la cuál rompería cierto encasillamiento al que parecía abocada, en su calificación de 'Brigitte Bardot norteamericana', con personajes de abierta sensualidad, en su variante manipuladora o ingenua, a los que por otra parte ya había aportado unos matices que lograron que superaran cualquier cliché, como en la excelente 'Duelo en el barro' (1957), de Richard Fleischer, 'Un rostro en la multitud' (1957), de Elia Kazan o 'El largo y cálido verano' (1958), de Martin Ritt. Esplendida estuvo en la extraordinaria 'Rio Salvaje' (1960), de Elia Kazan (inolvidable en la secuencia que se enfrenta a los recuerdos al volver a su antigua casa; o en su relación con un vacilante Montgomery Clift a la hora de dejarse llevar por los sentimientos). Y, en otro registro, también en el tenso thriller, 'Chantaje a una mujer' (1962), una de las mejores obras de Blake Edwards. S u talento lo seguiría demostrando en interesantes obras como 'Así se trata a una dama' (1966), de Jack Smight, 'La profecía' (1976) de Richard Donner, 'El detective' (1968), de Gordon Douglas o en la serie QB VII (1974).
Plácidas pausas de rodajes: Elia Kazan
Elia Kazan, reflexionando durante una pausa de rodaje de 'La ley del silencio' (On the waterfront, 1954), en cuyo primer borrador el personaje que interpretaría Brando era un periodista (A Brando le costó aceptar porque conocía a muchos de los que habían sufrido la presión de La caza de Brujas' del Comité de actividades norteamericanas con el que Kazan había colaborado, hecho que acabó determinando la final concepción del personaje de Brando). Más allá de esto, es una de las mejores obras de Kazan, con una de las bandas sonoras, para mi gusto, más cautivadoras de la historia del cine, cortesía de Leonard Bernstein.
Lilith
En el primer plano de esta prodigiosa obra, 'Lilith' (1964), de Robert Rossen, vemos la figura de espaldas de un hombre, Bruce (Warren Beatty), que camina por un sendero flanqueado por unas tupidas hileras de árboles. Vemos que llega a un lugar que parece una especie de vergel, o remanso, aunque el edificio en cuestión es un sanatorio psiquiátrico al que viene a ofrecerse como celador. El último plano de la película es un primer plano de su rostro,congelado, tras que diga a los responsables del sanatorio: 'Ayúdenme'. ¿Qué ha ocurrido durante el resto del metraje, o qué se ha desvelado, o afrontado este personaje para que diga esa frase final?. Bruce es alguien que acude a éste lugar porque quiere hacer algo provechoso en su vida, ayudar, ser útil. Acaba de regresar de la guerra, del caos. Pero pronto apreciaremos que en buena medida, aunque no lo asuma, quiere ayudarse a sí mismo. Su interior está quebrado. Son admirables las secuencias posteriores en 'espacio normal', tras ser aceptado para realizar ese trabajo en su primer contacto con ese 'otro mundo', de esquizofrénicos, los cuáles, como dice el director, quizá es que, por su sensibilidad especial, han visto las cosas demasiado de cerca; es su excelencia la que les ha abocado a ese trastorno.
Primero veremos cómo Bruce se encuentra con la que fue su novia antes de ir a la guerra, Laura (Jessica Walter). El diálogo asienta el extrañamiento, la normalidad que parece haber perdido pie, o que no tiene centro: ella le reconoce que no sabía cuáles eran sus sentimientos, o expectativas románticas con ella, y se casó con otro, y él sólo es capaz de responder: ¿Ah, no?. Cuando ella se marcha, Bruce se vuelve hacia el escaparate, y se ve el reflejo de Laura en el escaparate, años atrás (la realidad parece haberse convertido en un desestabilizado espacio de reflejos). En la siguiente secuencia vemos cómo Bruce come con su abuela; el tic tac de reloj resuena con fuerza, amplificado; Bruce nervioso, tras haber dicho a su abuela que no es vergonzoso el trabajar en un sanatorio, deja de comer y sube a su habitación, donde ve en la televisión imágenes de la guerra, hasta que musita, 'ella muere, todos mueren' (resaltar también la fotografía de su madre ya muerta). No se puede presentar de modo más efectivo y brillante la circunstancia emocional de un personaje. Alguien que viene del caos, y que se enfrentará a las fuerzas de la naturaleza, al mismo caos, como si de este modo pudiera superar esa doliente huella. En ese otro espacio, la figura fundamental, su reflejo a la par que contrapunto, o desafío, será Lilith (Jean Seberg). Durante la primera visita, hemos intuido su presencia, sin aún ver su rostro,mirando a través de la verja de su habitación. La segunda aparición será del mismo modo, pero ahora la vemos, y oímos,tocando la flauta (cual sirena), música que tiene embelesado a otro de los pacientes, Stephen (Peter Fonda).
Cuando ya vemos su rostro, es cuando van a realizar una excursión campestre, en la que queda bien definida asociada con el agua: Primero, los reflejos del agua, que ven desde un puente ( más tarde, dentro del agua, ante la mirada de Bruce, ella besará su reflejo, en una bella secuencia, rodeada de una liviana niebla); después, el agua fluyendo, la naturalidad expandida, sin corsés; y, por último, los torrentes (a la par que una súbita tormenta), la emoción impetuosa, desbocada, al filo ( colocará en un trance de peligro a Stephen, que está a punto de precipitarse en las turbulentas aguas porque ella se lo ha pedido). Lilith es tanto la naturalidad de las emociones sin límites ( los de la sociedad), la lucidez perspicaz ( define a Bruce en escuetas palabras al poco de conocerle) como la crueldad, o la emocionalidad más turbia y descontrolada. Bruce se convertirá. o se sentirá, ese caballero protector que puede ayudarla a superar su trastorno, rescatarla de su pesar o dolor no resuelto, a la par que se verá cautivado por su 'canto'. Dos secuencias se convierten en dos reflejos de la desubicación de Bruce, que aún no ha asumido. En la secuencia en la que acude con Lilith a la representación de una justa medieval, en la que él participa a caballo, enganchando con su lanza tres aretes,convirtiéndose en el ganador del lance para su dama. Pero será testigo de una acción turbadora que le cuesta asimilar: Lilith conversa con dos niños, sobre si le venden el hielo (y jugando con el hielo de un modo más que insinuante; cómo le deja que le toque los labios), y acaba besándole al niño con un gesto que tiene mucho de voraz sensualidad.
En la otra secuencia, vagando por las calles, bajo la lluvia, su presencia es advertida por Laura, que estaba en el porche de su casa (como quien busca aire). Le invita a entrar, y le presenta a su marido, Norman (Gene Hackman). La conversación entre éste y Bruce, mientras esperan que Laura traiga el café, asienta la consciencia de que la normalidad es más turbadora que lo calificado como anómalo (la prototípica convencionalidad de la mentalidad de Norman: sus grotescos chistes; sus observaciones sobre que tendrá historias raras que contar sobre el sanatorio; los gestos en los incómodos silencios) y que Warren se encuentra entre dos mundos, como ese primer plano de la película, flanqueado por los árboles, como si fuera una celda anímica. El frágil equilibrio de Bruce se quiebra cuando, tras seguirlas, sorprende a Lilith tras haber hecho el amor con otra paciente en un apartado granero. Su reacción primero es despechada, pero después la besa y la hace el amor. La incapacidad de Bruce de saber relacionarse con alguien como Lilith, no saber comprenderla es no saber ayudarla ni apoyarla, sino más bien demandar que se convierta en un reflejo complaciente, abocará a la misma a un irrevocable trastorno (Bruce meterá la muñeca de Lilith en las aguas de su pequeño acuario).
Si en su admirable obra precedente, 'El buscavidas' (1961), Rossen nos mostraba el trayecto de aprendizaje o de conocimiento de Felson (Paul Newman), en el que dejará de lado sus aires de grandeza para asumir que lo importante no es la vanidad ni la soberbia, y en el que es crucial la lucida figura de una mujer, como contrapunto, aquella, coja, que sabe lo que es el dolor o 'cojera' emocional por ser consciente de las siniestras hechuras de la vida ( una mujer que a su modo vive apartada del mundo, en un estado fronterizo, vulnerable), en 'Lilith, el proceso de Warren es el de comprender al final que quien realmente necesita ayuda es él. El caos no estaba fuera, y no era algo que fuera a dominar, 'ayudando' a su encarnación, Lilith, 'rescatándola', sino que estaba ya en él, como un dolor sordo, un extravio y desguarnecimiento emocional, y por no saber verlo había abocado a Lilith al otro extremo, al del completo extravío, de mirada perdida. Había confundido los reflejos, y al besarlo, lo había matado.
Particularmente, 'Lilith' (1964), de Robert Rossen me parece una de las obras más bellas a la par que más desazonantes que ha dado el cine, y de la misma envergadura que su obra precedente,'El buscavidas' (1961), Rossen escribió el guión, adaptando la novela de JR Salamanca, y de nuevo el gran Eugen Schufftan creó unas memorables imágenes, como de entresueños, como si uno se deslizara en una realidad paralela en la que pierde pie.
Humphrey Bogart, el halcón de las sombras
Humphrey Bogart en 1928, el año en que dio sus primeros pasos en el cine. Sería en 1936, gracias al apoyo de su amigo Leslie Howard que presionó para que le dieran el papel en 'El bosque petrificado' de Archie L Mayo en vez de a Edward G Robinson, cuando alcanzaría un cierto reconocimiento, aunque le encasillaría en papeles de torvo gangster en interesantes obras como 'Balas o votos' (1936) de William Keighley o 'El sorprendente Dr. Clitterhouse' (1938), de Anatole Litvak, en ambas como antagonista de Robinson, o en la magnífica 'Los rugientes años veinte' (1939), de Raoul Walsh. Fue gracias a éste, tras que George Raft rechazará el papel, quien le daría su gran oportunidad en 'El último refugio' (1941), que le impulsaría a convertirse en una estrella, todo un icono de tipo duro y antihéroe romántico cincelado con sus personajes de 'Casablanca' (1942), de Michael Curtiz y la discreta 'El halcón maltés' (1941), de John Huston. También, además de al Sam Spade de Hammet en esta obra, interpretaría a otro afamado detective, Philip Marlowe, en la estupenda 'El sueño eterno' (1946), de Howard Hawks, con quien ya había trabajado en una variación, más potente, de 'Casablanca', en 'Tener y no tener'(1944), y en donde conoció a Lauren Bacall, iniciando relación sentimental, así como cinematográfica, no sólo en estas dos obras de Hawks, sino en la notable 'Senda tenebrosa' (1947), de Delmer Daves o 'Cayo largo' (1948), de John Huston, con quien volvería a colaborar en varias obras, como la que le reportó el Oscar, 'La reina de Africa' (1951),'El tesoro de Sierra Madre' (1948) o 'La burla del diablo' (1953). Más brillantes son las obras que produjo, e interpretó, para Nicholas Ray, 'Llamada a cualquier puerta' (1949) y, en especial, esa obra maestra que es 'En un lugar solitario' (1950), en la que cual realiza quizá su más admirable intepretación. Como estupendo estuvo en obras tan sugerentes como 'La condesa descalza' (1954), de Joseph L Manckiewicz, 'Sin conciencia' (1951), de Bretaigne Windurst (y Raoul Walsh), 'El cuarto poder' (1952), de Richard Brooks o su última obra 'Más dura será la caida' (1956), de Mark Robson.
El juez y el asesino
El 'juez y el asesino' (1975), de Bertrand Tavernier, es una sugestiva ampliación, desde otros ángulos, de cuestiones ya presentes en su anterior obra, 'El relojero de Saint-Paul (1973), esto es, la responsabilidad y la justicia moral y social. Que se desarrolle a finales del siglo XIX constata que los despropósitos del presente están larvados largo tiempo atrás. Su estilo es más directo, pero esa transparencia, que le aproxima al cine de Otto Preminger, tiene más recovecos de lo que aparenta. Lo estimulante de su propuesta es que toma una distancia que alienta la ambivalencia, y desmonta toda presunción de certeza.El asesino, Bouvier (Michel Galabru), acusado de violar, sodomizar, eviscerar y asesinar a jóvenes pastores, chicas o chicos, se califica de anarquista de Dios. Venera a la Virgen María y despotrica contra los poderes eclesiásticos y políticos. El juez, de provincias, Rousseau (Philippe Noiret), es un aposentado burgués que vive con su madre y tiene una amante, Rose (Isabelle Huppert).
Tavernier juega hábilmente con las equiparaciones, cada uno se engaña o moldea la realidad según le conviene. Según Bouvier, no puede controlar esos impulsos homicidas, consecuencia del inadecuado tratamiento médico posterior a ser mordido por un perro. Aunque sabemos, por las primeras secuencias, cómo aún tiene en su cabeza dos balas, tras disparar, primero, a la mujer que le rechazó y después a sí mismo.
Según Rousseau, ha liberado a Rose de trabajar en la fábrica doce horas cada día, una forma tanto de negar esta realidad como de no asumir que sigue sojuzgada en su condición de mantenida. ¿En qué medida se engañan, o engañan a los demás? Rousseau reconoce que el mentir es parte de su trabajo, por eso cualquier artimaña es válida para conseguir que Bouvier confiese. Pretende que se convierta en su particular Dreyfus: una oportunidad para conseguir notoriedad y la condecoración de honor de la legión - En 1894, las altas instancias militares, al descubrir que alguien, dentro de esa institución, pasaba información al enemigo alemán, había decidido elegir un chivo expiatorio, y qué mejor que un judio, dado el antisemitismo imperante. Dreyfus fue recluido cinco años en la Isla del diablo, en una celda, sin poder ver el sol. Decisiva fue la crucial y perseverante presión del escritor Emile Zola(en una secuencia de 'El juez y el asesino' se ve cómo el ejercito quema sus obras). Hasta 1906 Dreyfus no fue rehabilitado-. No importa realmente a Rousseau verificar si padece un trastorno mental, sino encontrar la argucia legal para que no se le declare loco.
Porque, además, Bouvier representa un conveniente instrumento político, un símbolo de lo que las instancias del poder, en una época de convulsas agitaciones sociales, quieren reprimir, y estigmatizan como indeseables: anarquistas, socialistas y vagabundos (reflejo de la descompensada distribución de riqueza en el país). Como declara cínicamente el magistrado Villedieu (Jean Claude Brialy), amigo de Rousseau: Considera que todos somos homicidas en potencia y esa necesidad homicida la canalizamos por medios legales: industria, colonialismo, antisetimismo. Yo elijo el antisemitismo porque no es peligroso, está de moda y la Iglesia lo aprueba. Es curioso que Villadieu se esfuerce en comprender a Bouvier, lo que antes ha cuestionado que no debe hacer Rousseau, cuando él es estigmatizado por sus afiliaciones monárquicas. Como los presuntos opuestos se revelan poco distantes. Es tan terrorífica la violencia no controlada de Bouvier como la reacción de aquellos que se niegan a que su hija haga la comunión junto a los suyos, llegando incluso a intentar disparar sobre ella. O cómo Rousseau, tras sufrir un amago de agresión por Bouvier en su celda, descarga su tensión forzando con violencia a Rose, sodomizándola, aunque después llore arrepentido. Lo que tampoco podrá evitar es que, a su vez, Bouvier se convierta en símbolo para aquellos que luchan contra la injusticia social. Precisamente, las últimas secuencias reflejan el enfrentamiento entre unos manifestantes socialistas, incluida Rose, y el ejercito. El letrero final en el que se nos dice que Bouvier asesinó a doce niños, mientras que 2500 fueron asesinados en las minas y fábricas de seda, apuntala este corrosivo retrato de una sociedad asentada sobre la injusticia y las manipulaciones interesadas. O cómo pueden ser de difusos los límites entre los conceptos de juez y asesino.
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