El vestido de hielo que porta Kim Novak puede parecer adecuado para quienes la consideraban una gélida belleza. Ciertamente, sus papeles oscilaban entre la enigmática distancia de la fascinación del deseo y el conflicto consecuencia de contener o no poder articular las emociones que se agitaban en su interior, cuando no confluían en el mismo personaje, como el que le impulsó al estrellato, y la convirtió en sex symbol del momento, el que interpretó en la excelente 'Picnic' (1955), de Joshua Logan como salió airosa de su mayor reto, el de su personaje 'doble' en la inmensa 'Vertigo' (1958) de Alfred Hitchcok. Las mejores obras que interpretó en su breve carrera ( a partir de 1965 se haría muy intermitente) transitarían esas sendas, como en las esplendidas 'Un extraño en mi vida' (1960), 'Me enamoré de una bruja' (1958) y 'La misteriosa dama de negro' (1962), las tres de Richard Quine, con quien había realizado su primera incursión en el cine, en 'La calle 322' (1954), tras luchar con la productora para que no le colocaran el nombre artístico de Kit Marlowe. Harry Cohn, magnate de la Columbia la había contratado como posible reemplazo de la conflictiva Rita Hayworth, con la que, de hecho, trabajó en el apreciable musical 'Pal Joey' (1957) de George Sidney, junto a Frank Sinatra, con el que ya había trabajado en la magnífica 'El hombre del brazo de oro' (1955) de Otto Preminger. Su última obra destacada es la corrosiva comedia de Billy Wilder, 'Bésame, tonto' (1964). Su interés también tienen 'Una vez a la semana' (1962) de Michael Gordon, 'Five against he house' (1955) de Phil Karlson o 'La leyenda de Lylah Clare (1968) de Robert Aldrich.
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martes, 4 de mayo de 2010
Kim Novak, Hielo y Fuego
El vestido de hielo que porta Kim Novak puede parecer adecuado para quienes la consideraban una gélida belleza. Ciertamente, sus papeles oscilaban entre la enigmática distancia de la fascinación del deseo y el conflicto consecuencia de contener o no poder articular las emociones que se agitaban en su interior, cuando no confluían en el mismo personaje, como el que le impulsó al estrellato, y la convirtió en sex symbol del momento, el que interpretó en la excelente 'Picnic' (1955), de Joshua Logan como salió airosa de su mayor reto, el de su personaje 'doble' en la inmensa 'Vertigo' (1958) de Alfred Hitchcok. Las mejores obras que interpretó en su breve carrera ( a partir de 1965 se haría muy intermitente) transitarían esas sendas, como en las esplendidas 'Un extraño en mi vida' (1960), 'Me enamoré de una bruja' (1958) y 'La misteriosa dama de negro' (1962), las tres de Richard Quine, con quien había realizado su primera incursión en el cine, en 'La calle 322' (1954), tras luchar con la productora para que no le colocaran el nombre artístico de Kit Marlowe. Harry Cohn, magnate de la Columbia la había contratado como posible reemplazo de la conflictiva Rita Hayworth, con la que, de hecho, trabajó en el apreciable musical 'Pal Joey' (1957) de George Sidney, junto a Frank Sinatra, con el que ya había trabajado en la magnífica 'El hombre del brazo de oro' (1955) de Otto Preminger. Su última obra destacada es la corrosiva comedia de Billy Wilder, 'Bésame, tonto' (1964). Su interés también tienen 'Una vez a la semana' (1962) de Michael Gordon, 'Five against he house' (1955) de Phil Karlson o 'La leyenda de Lylah Clare (1968) de Robert Aldrich.
Tony Curtis, galán con sombras
Tony Curtis y su dulce perrito, cuya mirada casi eclipsa a la del propio Curtis, que demostró ser más que un cliché de galán, en lo que las productoras quisieron encasillarle,en un principio, en obras de escaso interés, hasta que logró demostrar sus grandes cualidades como actor en una obra de mayor calado dramático, la aceptable 'Trapecio' (1956) de Carol Reed, Curtis había dado sus primeros pasos en la pantalla como pareja de baile de Ivonne De Carlo en una escena de 'El abrazo de la muerte' (1948), y podía vérsele, también como presencia fugaz, como soldado en el excelente western 'Wincherster 73', (1950) de Anthony Mann. Fue su aparición en 'Kansas raiders' (1950) de Ray Enright la que le catapultó a la fama, suscitando el envío de diez mil misivas admirativas pidoendo por un mechón de su cabello, que determinó hasta un concurso; 'Gana a Curtis por una semana'. En este primer tramo de su carrera destaca 'El joven Houdini' (1953) de George Marshall. Pero será a partir de 'El dulce sabor del éxito' (1957) cuando se pueden encontrar sus mejores obras, en la que demostraba su capacidad para tanto la comedia (en su vena de pícaro o cínico) como el drama: 'Los vikingos' (1958), y 'El estrangulador de Boston' (1968), dos magníficas obras que extraen lo mejor de la vena sombría de Curtis (portentoso en ambas), 'Espartaco' (1960), de Stanley Kubrick, 'Con faldas y a lo loco' (1959) de Billy Wilder (en la que creo que está incluso más afinado que Lemmon), la cáustica 'No hagan olas' (1967) de Alexander Mackendrick, 'Operación pacífico' (1960), 'La gran carrera' (1965) e incluso 'El temible Mr Cory' (1957), las tres de Blake Edwards (y entre lo más granado de su filmografía) 'El gran impostor' (1961) de Robert Mulligan, o 'Los fugitivos' (1958), una de las obras más aceptables o menos plomizas de Stanley Kramer. A partir de los 70 pocas obras de interés se pueden encontrar, salvando 'El último magnate' (1976), de Elia Kazan, en la que tiene una presencia secundaria. Su última obra con cierto interés es 'Louis and Frank' (1998) de Alexandre Rockwell.
Burt Lancaster. el hombre pájaro
Burt Lancaster conversa animadamente con uno de los pajaritos con los que comparte celda y escenas en la excelente 'El hombre de Alcatraz' (1962), de John Frankenheimer, una de las cinco fructíferas colaboraciones de actor y director: 'Los jóvenes salvajes' (1962), 'Siete días de mayo' (1964), 'El tren' (1965) y 'Los temerarios del aire' (1969).
sábado, 1 de mayo de 2010
Loretta Young, ojos de ensueño
Loretta Young quizá sea sobre todo recordada por protagonizar la discreta 'El extraño' (1946) de Orson Welles, en vez de por la admirable 'Fueros humanos' (1932) de Frank Borzage, junto a Spencer Tracy. Lastres de la mítica. Muy a reinvidicar es también la esplendida 'The accused' (1949), de William Dieterle. Ganadora de un Oscar por 'The farmer's daughter' (1947) de HC Potter, protagonizó 'La llamada de la selva' (1935) de William A Wellman, 'Las cruzadas' (1935) de Cecil B de Mille, 'Ramona' (1936) de Henry King, 'Cuatro hombres y una plegaria' (1938) de John Ford,'¡Qué noche aquella!' (1943), de Richard Wallace, 'El caballero del oeste' (1945) de Stuart Heisler, con Gary Cooper o 'La mujer del obispo' (1947) de Henry Koster, junto a Cary Grant.
Rio Bravo, el héroe es el grupo
Howard Hawks dando instrucciones a John Wayne, Dean Marin y Ricky Nelson para una secuencia de ese portento que es 'Rio Bravo' (1959), a la que considero no sólo uno de los mejores westerns sino una de las más grandes obras que ha dado el cine. Según la leyenda Hawks se planteó hacerlo en parte como respuesta a 'Solo ante el peligro' (1952) de Fred Zinneman, porque no entendía, o no compartía, que el sheriff buscara apoyo en los demás. Pero, entre otras cosas, 'Rio Bravo' es una incisiva reflexión sobre la necesidad del apoyo de los demás: El sheriff que encarna John Wayne verá salvada su vida en varias ocasiones gracias a la intervención de los otros. El representante de la virilidad quintaesenciada se verá salvado por una mujer, un joven, un anciano o un alcohólico. Como bien demuestra Hawks nadie es menos que nadie, aunque se les atribuyan presuntos handicaps, y toda discriminación es arrogancia. El icono del héroe se ve en cuestión porque también es falible, y se afirma que la heroicidad es la de el Grupo.
The damned United
'The damned united' (2009), de Tom Hooper, es quizá la mejor obra realizada sobre el escenario del mundo del fútbol. Bien es verdad que escasa competencía tenía dado el escaso cuando no nulo interés tenían las obras que se aproximaron a representar este deporte, dentro del campo de juego, o en las gradas. Antes de nada, remarcar que esta opinión procede de alguien como yo que hace más de una década sufrió un cortocircuito con este deporte perdiendo todo interés en el mismo, y casi desconectado de lo que acaece ( hace unas semanas me enteré de quién era alguien llamado Messi). Curiosamente, los últimos residuos de interés estaban relacionados con el fútbol inglés (hacia el cuál sigo conservando una especial simpatía, desde niño, y en especial por el Liverpool). No era casual que usara el término 'escenario'. Pues algo de representación teatral, de metadrama (como diría Susan Sontag) tiene el modo en que actúa el protagonista, imbuido en la dramatización de su papel, el entrenador Brian Clough (un formidable Michael Sheen).
El escenario físico es el mundo de los vestuarios, en el que se dirime un duelo, como en las de las cortes de las representaciones isabelinas, de lucha de poder. Aquí hay que remarcar la crucial figura del guionista, Peter Morgan, autor de los libretos de 'The queen' (2006), de Stephen Frears, y 'Frost Nixon' (2008) de Ron Howard (en las dos también, Michael Sheen). Dos apreciables obras en las que lo más destacado eran su dramaturgia y la interpretación de sus actores (aunque con puntuales destellos de ingenio cinematográfico que las convertían en una de las más equilibradas obras de Frears en bastante tiempo, y en una de las escasas obras con cierto interés del mediocre Howard). 'The damned united' también está vertebrada en el duelo de dos figuras, el citado Clough, y otro afamado entrenador, Don Revie (Colm Meaney), al que primero odia virulentamente. La obra se estructura alternando dos tiempos. En uno, en 1974, nos sitúa en el anhelado momento para Clough en el que sustituye a Revie como entrenador del Leeds United (ya que a Revie le han ofrecido entrenar a la selección nacional). En los otros fragmentos del pasado se irá desgranando el por qué este momento significa tanto para Clough y el porqué de esa empozoñada rivalidad ciega con Revie. En los 60 Clough consiguió la hazaña de lograr que el Derby County no sólo dejara los puestos de colista en la segunda división sino que ascendiera y logrará incluso el único título de campeón de liga en su historia. Revie entretanto era el gran triunfador que consiguió repetidos títulos para el Leeds United, y al que Clough criticaba, pese a sus éxitos, el incentivar en sus jugadores los malos modos y la agresividad en el campo, en vez de procurar realizar un juego espectacular.
El enconamiento se intensifica cuando sus equipos se enfrentan y los jugadores de Clough sufren la violencia de los del Leeds. Hay otra figura crucial, la del segundo entrenador, Taylor (Timothy Spall), fundamental en la elaboración de las tácticas de Clough,y contrapunto por su talante más sereno, que en momentos logra equilibrar el exacerbado temperamento de Clough, hasta que se da lafricción por la obsesión de Clough por humillar, o 'derrocar', a Revie por comparación. Pero su tránsito en el Leeds no pudo ser menos eficiente: fue despedido sin llegar a los diez partidos, por sufrir derrotas en casi todos ellos. Su obsesión por 'extirpar' todas las enseñanzas de Revie a sus jugadores determina que su dirección se base más en la negación que en la constructiva guía. Hooper teje una narrativa sostenida sobre la intensidad, haciendo cuerpo de la propia de este personaje, Clough, definido por las contradicciones y los extremos contrastes, dominado por el ruido y la furia que cegaba su aguda inteligencia como entrenador (que volvería a demostrar en los inicios de los 80 logrnado títulos europeos para el Nothingam Forest). Y extrae una notable fuerza dramática de la colisión de dos personajes tan diferentes pero que se complementan como son Clough y Taylor. Y también se puede ver esta excelente obra como la maldición que sufría Clough por su propia inquina contra el 'maldito United'.
Barry Fitzgerald, homérico irlandés
Barry Fitzgerald es una de las presencias más entrañables que ha habitado la pantalla. Ya sólo su creación del borrachín casamentero Michaeleen Flynn de 'El hombre tranquilo' (1952) le hace entrar en cualquier antología de la interpretación o de los personajes inolvidables ( por lo menos en la mía). Fue precisamente John Ford quien lo trajo de su Dublin natal a Hollywood para repetir en 'La osa mayor y las estrellas' (1936) el personaje que ya había interpretado en los escenarios. Con Ford colaboraría de nuevo en 'Qué verde era mi valle' (1941), como uno más de los memorables secundarios de esta magna obra -antológica la secuencia en que junto a su amigo, el exboxeador, van a darle una merecida lección al profesor que maltrata a Huw (Roddy McDowall) -, en 'Cuatro hombres y una plegaria' (1938), y, como uno de los integrantes dela tripulación del barco, en 'Hombres intrépidos' (1940) Ganó un Oscar al mejor actor secundario en 'Siguiendo mi camino' (1944),de Leo McCarey interpretando a un inolvidable sacerdote católico (cuando él era protestante). Fue protagonista, como inspector de policía, de la interesante obra de cine negro 'La ciudad desnuda' (1948), de Jules Dassin, lides en las que reincidiría en 'Union station' (1950) de Rudolph Mate, junto a William Holden. Mantuvo un buen duelo interpretativo con Cary Grant en la discreta 'Un corazón en peligro' (1944) de Clifford Odetts Y destacaba sobremanera en la versión de 'Diez negritos' que realizó René Clair en 1945. Fue figura secundaria en obras estupendas como 'El lobo de mar' (1941) de Michael Curtiz, 'La escuadrilla del amanecer' (1938) de Edmund Goulding o 'La fiera de mi niña' (1938) de Howard Hawks, como el aterrorizado jardinero de la tía del personaje de Katharine Hepburn que no sabe si el leopardo que ve será una alucinación por efecto de la bebida. Sin duda, un actor homérico.
Maureen O'Hara, la indómita pelirroja
La filmografía de la pelirroja irlandesa Maureen O'Hara parece marcada sobremanera por sus colaboraciones con John Ford, y en especial por el dueto que formó en varias obras de éste con John Wayne, en 'Rio Grande' (1950), 'Escrito en el sol' (1957) y, especialmente, 'El hombre tranquilo' (1952). Con Ford ya había trabajado en 'Qué verde era mi valle' (1941), y lo haría en 'Cuna de heroes' (1955), junto a Tyrone Power, con quien había formado ya pareja cinematográfica en la excelente 'El cisne negro' (1942). Su carrera se arrancó con una de las obras menos destacables de Alfred Hitchcock, 'La posada de Jamaica' (1939), destacando en una de las mejores obras de Jean Renoir, 'Esta tierra es mía' (1943), El jorobado de Notre Dame (1939) de William Dieterle, 'The spanish main' (1945) de Frank Borzage, 'La ley del látigo' (1952) de Lewis Milestone o 'Nuestro hombre en la Habana' (1960) de Carol Reed.
El luchador
'El luchador' (2008), de Darren Aronofsky, se teje sobre el contraste entre unas condiciones de vida precaria, dificiles, siempre en el filo, y el espacio del éxito, o de lo 'posible', como el escenario en el que quizá conseguir librarse de esas penalidades, el del espectáculo, el ring de lucha libre en el que combate Randy (Mickey Rourke). Como Cassidy (Marisa Tomei), el interés afectivo de Randy, trabaja de stripper en un oscuro local. La trama, tanto narrativa como simbólica, es sencilla, y Aronofsky la transciende con una mirada que surge de las entrañas de ese quebrado mundo cotidiano. La opción de un estilo narrativo y visual deudor de modos del documental ( de ahí la elección de operador Maryse Alberti, habitual del mismo) dota de un pálpito de inmediatez, y desterrando el énfasis, el tremendismo dramatizador. Concisa, incluso lacónica en ocasiones (aun refinada en su tenebrismo visual, hecho de luz nublada), esa mirada distanciada, o más bien contenida, y tiernamente pudorosa, hace palpables y visibles las grietas de lo real, sin forzar la emoción, sino dejando que brote desde esas fisuras, así auténtica, desde las entrañas del personaje, y de sus condiciones de vida. Aronofsky no 'teledirige' al espectador. En otras manos, un material así podría haber desembocado en un rosario de clichés, pero esa opción de posicionar de entrada al espectador como testigo desde la distancia, como si siguiera a un personaje real en sus cuitas cotidianas, logra que se sumerja de modo más profundo en su desgarradura -algo parecido a lo que consiguió, con otros métodos, Clint Eastwood con 'Million dolar baby (2005) con material reflexivo, escénico y de personajes afín, haciendo sangrar la narración con la oscuridad que se apoderaba del relato-.
Así, evita que Randy se convierta en un 'personaje', deviniendo un ser real en tránsito, y no sólo eso, sino que hace más manifiesto su doliente escisión entre su condición real y su personaje, ese luchador en el escenario de un ring, esa máscara en la que se sostiene para poder seguir sobreviviendo en el día a día. De ahí la afinada elección de alterar el orden narrativo en un momento decisivo. En esa brutal pelea que le provoca el ataque al corazón. Aronofski alterna el combate en sí, con la cura posterior, cuando le extraen las grapas que le han clavado en el cuerpo. Evita el trivial tremendismo del espectáculo, y remarca las dolientes consecuencias, ese trance, casi vía crucis, al que debe someterse para poder conseguir un dinero para mantenerse a flote en su vida. Aranofski enfoca a lo real, no a la contingencia del espectáculo (a su extravagante peculiaridad) que es al fin y al cabo lo que mueve a esta cultura asentada en lo mediático, más que en lo inmediato, en el fenómeno, más que en el individuo. Pero eso ha quedado ya bien claro en el largo y poderoso plano con el que se inicia la película, sin duda uno de los planos introductorios más hermosos que se han rodado en estos últimos años. Un plano general en los vestuarios, en el que vemos a Randy al fondo, a la derecha, sentado, de espaldas a la cámara, recuperándose de un combate. No se puede decir más con un sólo plano, con su dilatada duración, con ese juego de vacío y lleno en el encuadre, sobre un personaje, y sus circunstancias.
Aronofsky traza su mirada desde la precariedad, y el afán de superación del personaje, a través de elocuentes silencios y tránsitos (la ausencia en vida) y tanteos de una recuperación (de la presencia en vida) en su esforzada forja de relaciones afectivas ( su reconciliación con el pasado a través de su hija, y la creación de un futuro posible con Cassidy), en contraste con ese sórdido y violento espacio del éxito que representa el cuadrilátero (el impostado acontecimiento), la metáfora de esta sociedad construida sobre una representación definida por el inclemente combate para ya simplemente poder sobrevivir.Aquí los contrastes vibran y sangran. Quedémonos con el último e incierto salto de Randy, todo un hermoso gesto declarativo, del personaje, que no se arredra ni ante la más adversa circunstancia, y del cineasta, por convertirlo en emblema de su perspectiva. Todo es incierto, cual figuras suspendidas en el vacío, excepto la mirada honesta que mira las cosas de frente, aunque duela. Pero es lo que tiene querer buscar, y retratar, la emoción verdadera.La genuina reflexión es interrogación, y obras como ésta nos hacen preguntarnos sobre qué materiales está hecha la vida, o las circunstancias en las que vivimos, a riesgo de perder pie. Y, a la vez, dejando constancia de que siempre nos quedará el impulso del salto.
Ursula Thiess, estrella de Robert Taylor
Ursula Thiess, segunda esposa de Robert Taylor, maquillándose para su personaje de nativa bengalí en 'Rifles de Bengala' (1954), de Laszlo Benedek,junto a Rock Hudson, una de las muy escasas obras que interpretó en los 50, entre las que destaca la notable 'Bandido' (1956), de Richard Fleischer, junto a Robert Mitchum.
Robert Taylor, el galán controvertido
Robert Taylor se fríe aplicadamente unos huevos. Taylor (cuyo nombre real era Spangles Arlington Brugh) quizá no fuera un gran actor, especialmente en sus inicios, en los que fue un tanto denostado, pero entregó efectivas interpretaciones, y algunas bien notables, y además logrando romper el lastre de su condición de galán convencional que arrastraba desde sus inicios, con 'Magnificent obsesion' (1935) de John M Stahl o 'Margarita Gautier' (1936) de George Cukor, y que en los 50 seguía cultivando con sus interpretaciones de heroe romántico en películas de caballería como 'Ivanhoe' (1952) y 'Los caballeros de la tabla redonda' (1953) o 'Las aventuras de Quintin Duward' (con un brillante duelo colgados héroe y villanos de unas campanas), las tres de Richard Thorpe. Sí se aprecia la progresión de sus cualidades de actor si consideramos sus obras mayores, de 'Tres camaradas' (1938), de Frank Borzage a 'Chicago, años 30' (1958) de Nicholas Ray y 'Desafío en la ciudad muerta' (1958) de John Sturges, pasando por 'La puerta del diablo (1950), de Anthony Mann (dejando de lado que sea dificil verlo como indio, motivo que adujo Tourneur para no hacer la película, pero que no impide que sea esplendida). También sugerentes obras son 'Todos los hermanos eran valientes' (1953), de Richard Thorpe, 'La última caza' (1956) de Richard Brooks, en ambas intercambiándose papeles de héroe y villano (en la primera con bastantes matices) con Stewart Granger, 'Mas rápido que el viento' (1958) de Robert Parrish, 'Johnny Eager' (1941) de Mervin LeRoy (con quien rodó la popular pero poco estimulante 'Quo Vadis' en 1951) o 'Caravana de mujeres' (1951) de William A Wellman.
Veronica Lake, la rubia del mechón mágico
Uno de los papeles más populares de Veronica Lake fue el de 'Me enamoré una bruja' (1942) de Rene Clair, junto a Frederic March. En su breve carrera, circunscrita casi a los 40, formó uno de los más exitosos dúos en la pantalla en esa década con Alan Ladd en varias atractivas obras de cine negro de la Paramount, 'El cuervo' (1942) de Frank Tuttle, 'La llave de cristal' (1942) de Stuart Heisler o 'La dalia azul' (1946) de George Marshall. Aunque está especialmente brillante, demostrando sus dotes para la comedia, en la extraordinaria 'Los viajes de Sullivan' (1942). Su último papel destacable fue en 'Furia en el trópico' (1949), dirigida por su segundo marido, Andre De Toth
Alexander MacKendrick, Tony Curtis: El dulce sabor del éxito
Alexander MacKendrick dirigiendo a Tony Curtis (protagonista junto a Burt Lancaster) en una de las secuencias de 'Chantaje en Broadway' (Sweet smell of success, 1957), una de las obras maestras de MacKendrick. Una áspera y vitriólica obra inspirada en el relato corto de Ernest Lehman, 'Tell me about tomorrow' en el que plasmaba sus experiencias como agente de prensa en Broadway. El guión lo firma junto a Clifford Odetts. Portentosos los claroscuros de la dirección de fotografía de James Wong Howe, y exquisita la música de jazz compuesta por Elmer Bernstein.
Adiós pequeña adiós
Piensa mal, y no acertarás...Astilla el lugar común, y no veles tu juicio mirando en la dirección erronea, aquella en la que crees que siempre está lo que puedes condenar, y achacar como la raiz del mal que puede irrumpir en esa presunta impoluta normalidad...Ben Affleck, en su primera y afortunada obra como director, Adiós pequeña adiós (2007) nos introduce en ese sendero donde no valen las convencionales señales de tráfico, ni los mapas del lugar común... Es fácil juzgar como condenar, siempre tendremos a los 'monstruos' de turno a los que endosar los males que estan en nosotros, pero no tanto escarbar en la verdadera entraña de la realidad...Sigue la estela de 'Mystic river' (2004), de Clint Eastwood, ya de entrada porque ambas se basan en sendas obras de Dennis Lehane (en otra de sus novelas se basa la controvertida y, para mi gusto, estupenda 'Shutter island', de Martin Scorsese, otra corrosiva exploración de las letrinas del Orden). Comparten la excusa del marco génerico del thriller, como encuesta de un caso, para ir más allá, 'encuestando' a las mismas hechuras de una sociedad, y sobre qué está tramada, asi como poner en evidencia cómo se responde a la irrupción de la violencia, y además infligida sobre figuras simbólicas de la inocencia, adolescente o infantil, dirigiendo la mirada a los detentadores de los 'comportamientos desviados', a los estigmatizados como pervertidos o psicopatas ('Mystic river' iba más allá, poniendo en el foco de esa tormenta como chivo expiatorio al traumatizado por una vejación infantil; su mismo trauma le hace sospechoso de quizás, por trastorno, haberlo reproducido sobre otros)...
En ambas se señala cómo el mal, o la violencia y el horror, no está 'afuera' (en un perturbado que no tiene que ver con los denominados normales) sino en los propios representantes de la normalidad (tanto en sus actos como en su mentalidad)...No hay transparencia ni inocencia en los mimbres de esa normalidad que tan bien se autojustifica... El mismo orden gesta monstruos, y peor aún, los representantes de ese orden ignoran que ellos son los monstruos, excusándose en presuntas cruzadas, o en el peso de su aflicción...Y ambas también señalan la aleatoriedad que domina la realidad, donde el mismo 'mal' simplemente se gesta accidentalmente, no de modo intencional, o sacudido por un espasmo puntual, fruto de la codicia, una erronea concepción de la 'restitución' de los males sufridos, o la inconsciencia(asi de trágica y absurda es la muerte en 'Mystic river').Affleck, con mano firme, y un estilo despojado, que busca la inmediatez, el envolvernos en un entorno cotidano, como si siguieramos, a través del detective Patrick (Casey Affleck), el reportaje de una encuesta sobre la desaparición de una niña, nos lleva de la mano por un universo donde, precisamente, nada es lo que parece...De ahí, que la narración se quiebre en su segundo tramo, revelándonos que lo sucedido tenía más retorcidas raíces de las aparentes...Adviertes un detalle, escarbas un poco, y descubres un nuevo ángulo con el que enfocar la realidad, en el que las simples codicias y lo aleatorio habían determinado un irresponsable resultado...Todo se invierte, y los que condenaban y perseguían el 'mal' adquieren, ante nuestra mirada, otra condición, y otra influencia.Sí, se habían adjudicado erroneamente los papeles en la función, y los que se arrogaban el papel de 'cruzados', son precisamente los que habían propiciado la sórdida trama...Affleck demuestra su mano maestra en secuencias como el asalto a la casa de los 'pederastas', jugando con lo entrevisto y lo incierto, y se convierte en sinecdoque de lo que después se destapará...
De acuerdo, 'Mystic river' iba más allá, con un sutil rigor de poderosas corrientes alegóricas...Una inconmensurable obra maestra que miraba al horror de frente...Nunca se ha representado más elocuentemente esa frase de Nietsche de 'No mires al abismo, porque él te mirará a ti', como en la secuencia final del desfile, en la mirada de Laura Linney hacia Marcia gay Harden, que acaba de perder a su marido (Tim Robbins), por un estupido error de apreciación del marido (Sean Penn) de la primera (y todo hay que decirlo, incluso de la misma esposa del personaje de Tim Robbins)...Es una mirada que dice, 'calla, mira hacia otro lado, nada ha ocurrido, sigamos con el desfile, ocultemos nuestras verguenzas, hasta que encontremos otro chivo expiatorio al que intentar achacar los males que estan en nosotros, y volvamos a equivocarnos'...Lo terrible de Mystic river, no es que no encuentre solución, es que muestra por qué nunca la ha habido, ni la habrá, condensada en esa mirada...Y por qué se volverán a cometer los mismos errores, y se reincidirá en la misma ciega violencia, que quedará oculta bajo la superficie, como la simbólica imagen de las aguas del 'mystic river' que cierra el film. Aquel niño que fue vejado por unos representantes del orden que portaban una cruz, y cuyos amigos ven cómo se lo llevan en un coche, de nuevo verá cómo le llevan, en otro coche, a otro lugar donde ya no sólo será vejado, sino ejecutado por ser sospechoso de la muerte de la hija de su (presunto) mejor amigo (Sean Penn), el cual se toma la justicia por su mano...Todo se repite, una y otra vez...Es el orden el que está corrompido, y reproduce y desata la violencia...Quizás, como en el escueto y hermoso plano final de 'Adiós pequeña adiós' (con Patrick sentado en un extremo de un sofá, y en el otro, la niña), por lo menos, queda el gesto de aquel que sí se preocupa de esclarecer la verdad, y de proteger al inocente, sin retorcido o camuflado interés alguno.
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