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sábado, 1 de agosto de 2020

El precio del éxito

Después de treinta años no pueden despedirme, entonces, ¿qué es lo que hacen? Crean una atmósfera para evitar que puedas trabajar y puedas vivir. Momentos de presión y acoso. Pequeñas humillaciones. Todo comienza tan sutil y microscópicamente que al principio no puedes creer que realmente esté pasando, pero gradualmente comienza a tomar forma. Las piezas del rompecabezas encajan entre sí, y ya es inequívoco. Socavan tu seguridad y tu orgullo, hasta conseguir que tengas dudas. Y después, temores. Ramsey, él quiere empujarme a que renuncie, hacerme caer para que me vaya.  Es lo que expresa Briggs (Ed Begley) a Staples (Van Heflin), en una de las secuencias de El precio del éxito (Patterns, 1956), opera prima de Fielder Cook. El guion es obra de Rod Serling, luego célebre por la creación de la serie The twilight zone (1959-64).  Irónicamente, podría considerarse como un alargado capítulo de esa serie tan desquiciados son esos moldes o patrones (patterns) de la dinámica empresarial, que representa Ramsey (Everett Sloane), quien supedita el componente humano a la productividad y consecución de beneficios (y sus complementarios recortes de gastos), pero era el molde de la realidad más corriente hace sesenta y cinco años y lo sigue siendo ahora. No nos hemos esforzado demasiado por modificarlos. ¿Quién no ha sufrido, sea la escala que sea de la empresa, esa gradual demolición silenciosa que espera que tú renuncies en vez de directamente despedirte? En su guion, Serling utiliza la figura de Staples como el reflejo de cualquiera (de nosotros) frente a esa circunstancia, la figura a través de la que se dirime cuál es la actitud que adoptamos (o podríamos adoptar: activa o pasiva) si somos testigos de esa circunstancia.

La emisión televisiva realizada un año, también dirigida por Cook, fue un hito en el medio, y supuso la consagración de Serling. Fue tal su éxito que se emitió (representó de nuevo, ya que entonces era en vivo y directo) un mes después. También intervenían en sus respectivos papeles Sloane y Begley, pero el personaje de Staples era más joven (interpretado por Richard Kiley). En la adaptación cinematográfica, Staples no es un joven que inicia su andadura en el escenario laboral (empresarial) sino alguien que ya supera los cuarenta y dispone de amplia experiencia (su buen hacer en una delegación en otro estado es el motivo por el que ha sido trasladado, ascendido, a la central de Manhattan).  Pero no es solo un ascenso en la cadena de privilegios (cuya correspondencia, en cuanto enseña, es la casa que le ha sido facilitada) por unos méritos. Es también una pieza en una estrategia de hoja de cálculo, ya que es el reemplazo de Briggs. Ese es el plan o propósito de Ramsey. Y su método se define por el empleo de las herramientas de la degradación o denigración. Somete a Briggs a una sucesiva cadena de minusvaloraciones y reproches a su labor, o despojamientos con una desconsideración implícita, como transferir su secretaria a Staples. Inflige un implacable dosificado goteo de humillaciones que le hagan sentir a Briggs que es ninguneado para que tome la decisión, por desgaste, de pedir la renuncia. Ramsey, incluso, cuestiona y niega sus cualidades, y no duda en ensalzar las de Staples, aunque el estudio sobre una empresa lo hayan realizado mano a mano Briggs y Staples. Tacha su nombre de ese estudio como si realizara un conjuro para que desaparezca sin que él tenga que decirle de modo explícito que desaparezca.

¿Qué puede hacer Staples ante esta circunstancia, que no deja de ser la pregunta de qué podemos hacer cualquiera de nosotros ante esa circunstancia? ¿Nos preocupamos de nosotros mismos porque, al fin y al cabo, somos los favorecidos, o porque, si cuestionáramos la injusticia de unas decisiones, podríamos perder el empleo? En Staples (potenciado por la magnífica interpretación de Heflin) se dirime una cuestión fundamental que refleja nuestra derrota durante seis décadas. ¿Prevalece la integridad o nos inclinamos por las concesiones, por el amordazamiento, para no perjudicar nuestra posición, justificados en el mantenimiento de una familia o cualquiera que se la excusa? ¿Somos capaces de enfrentarnos a quien basa su molde desquiciado, su patrón de actitud y conducta laboral, en la posición que detenta o callamos para no ser despedidos y puestos fuera de la circulación? (¿cuántos desde entonces no han suspirados aliviados cuando quien ha sido despedido es un compañero y no uno mismo?). Por añadidura, la obra añade una circunstancia específica, la edad de quien es acosado, humillado, para que renuncie. ¿Cuántos en la cincuentena o más tienen posibilidad de reiniciarse laboralmente (¿cuántos y cuántas en nuestro país no acaban en el cementerio de elefantes que es el trabajo de teleoperador?). El precio del éxito expone con precisión y rotunda claridad, cuál es el tumor de una dinámica empresarial, el núcleo virulento que ha configurado la sociedad que habitamos, que tantos y tantas han aceptado con sus concesiones y resignaciones. Nancy, la esposa de Staples, está interpretada por Beatrice Straight, quien interpretaría a la esposa del personaje de William Holden,  otro personaje con talante íntegro entre las implacables marejadas empresarias carentes de escrúpulos, en Network (1976), de Sidney Lumet, una obra que, veinte años después, constata cómo se han agudizado esos moldes o patrones: la dictadura corporativista se ha afianzado en nuestra sociedad.

Un par de años antes, en La torre de los ambiciosos (Executive suite, 1954), de Robert Wise, comenzaba con una muerte, la del presidente de una empresa, y la narración se centraba en la confrontación de las distintas actitudes de los ejecutivos que pueden sucederle en el cargo. La obra apostaba por la actitud más racional, o razonable, que no se sustenta en el cálculo y la productividad (en los números) sino en la creación, el aprecio al trabajo en sí y el componente humano (actitudes representadas en los personajes de Frederick March y William Holden). El precio del éxito concluye con una muerte, y un gesto combativo que se establece como propósito contrarrestar, con una actitud que haga prevalecer la empatía o la compasión (como preocuparse de cómo va a afectar a la vida de unos obreros la demora en la reactivación de una empresa en vez de en los beneficios que puede reportar). Ese pulso quizá lo han seguido manteniendo unos pocos, pero dado lo que se ha afianzado como dinámica empresarial, en cualquier escala, no ha sido muy fructífero (o no ha encontrado el necesario apoyo colectivo: ha prevalecido la preocupación por el propio ombligo o, dicho eufemísticamente, la propia supervivencia). El precio del éxito se sustenta sobre todo en unas excelentes interpretaciones y un espléndido guion. La realización es funcional y efectiva, modulada con precisión, pero también destaca de modo puntual algún detalle de puesta en escena: en primer término del encuadre la secretaria que quedó afectada (como si hubiera sufrido una extirpación) por ser transferida a Staples después de siete años de trabajar armónica y satisfactoriamente para Briggs, mientras en profundidad de campo Ramsey entra en el despacho que ocupaba Briggs: el vacío que él generó. Ese vacío que nos puede convertir en meras sombras.


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