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domingo, 1 de mayo de 2022

Mis textos en Dirigido por (Mayo 2022)

 

En Dirigido por, del mes de mayo, se publican mis textos sobre El hombre del norte, de Robert Eggers, Dog. Un viaje salvaje, de Channing Tatum y Reid Carolin, y para el Dossier de Perlas Ocultas del Cine negro, La dalia azul (1946), de George Marshall, Ven tras de mí (1949), de Richard Fleischer, Una profesión peligrosa (1949), de Ted Tezlaff y Red invisible (1957), de Henry S. Kessler

domingo, 27 de octubre de 2019

Grito de terror

La mitificación de unos títulos que parecen quedar inscritos en la biblia de la versión oficial de la historia del cine, cual salmos incuestionables (el cinéfilo es muy dado a instituir altares), determina la creación de unas sombras, en las que permanecen ignorados muchos títulos, que ni los más expertos o conocedores tienen en consideración. En el caso del film noir, por ejemplo, hay obras encumbradas, o que han adquirido una condición icónica, que me parecen bastante cuestionables o sobredimensionadas, caso de El halcón maltés (1942), de John Huston, Perdición (1944), de Billy Wilder La dama de Shangai (1948), de Orson Welles o Atraco perfecto (1955), de Stanley Kubrick. Y en cambio hay una serie de títulos, o de cineastas, de igual valía, cuando no mayor que permanecen en el limbo del olvido. Por ejemplo, se instituyó como telón y clausura del film noir Sed de mal (1958), porque la dirigió el beatificado Orson Welles, pero al año siguien se estrenó una obra de equiparable envergadura creativa, Apuestas contra el mañana (1959), del no beatificado Robert Wise (por haber sido relegado a la condición de artesano). El esnobismo prefiere las etiquetas de Crianza (o la distinción de autoría; como si advertir autoría otorgara ya distinción; cuestión añadida sería pensar en qué medida se es capaz de discernir si es un cineasta con una mirada propia o es más un funcionario ejecutor; y otra sería si muchos autores no son meramente ombligos ambulantes que hacen ostentación del mismo). Uno de esos casos de notables obras que permanecen en las sombras del limbo del olvido es Grito de terror (Cry danger, 1951), de Robert Parrish. Pero ¿quién era Robert Parrish?. De entrada otro cineasta al que no se advirtió huellas de autoría por lo que no se le tuvo muy en cuenta. Empezó como actor en su juventud, colaborando en pequeños papeles, por ejemplo, en obras de John Ford (El delator o Pasaporte a la fama), y se convirtió en montador, varias para el mismo John Ford, como Corazones indomables (1939) o El joven Lincoln (1939). También colaboró con Max Ophuls, en Atrapados (1949), o Rossen, en El politico (1949) y Cuerpo y alma (1947), por la cual fue premiado con un Oscar, junto a Francis D Lyons.
Gracias al actor Dick Powell dio sus primeros pasos en la dirección con Un grito de terror (Cry danger, 1951, producción de la RKO, desarrollando una filmografía que abarca hasta 1974, con el irregular pero interesante thriller Contrato en Marsella, y que en los 50 tiene su cenit, tanto en frecuencia de producción como en resultados cualitativos, caso de El poder invisible (1951), Historia de San Francisco (1952), Llanura roja (1954), Más rapido que el viento (1957) o Más allá de rio Grande (1959), aunque en los sesenta realizó una de sus mejores obras, Al estilo francés (1964). El guión de Un grito de terror es obra de William Bowers, con quien también colaboró en El poder invisible e Historia de San Francisco, caracterizadas las tres por el humor y el agudo ingenio de los diálogos. Bowers es autor de los guiones de dos magnificos westerns, El pistolero (1950), de Henry King y Desafio en la ciudad muerta (1958), de John Sturges, e incluso su mordaz y desapegado humor brilla en dos obras del discreto George Marshall, Imitación de general y Furia en el valle, ambas de 1958). Por su parte, Dick Powell, un buen actor, no alcanzó la consideración icónica de Humphrey Bogart, revalorizado, o mitificado, desde los 70, e incluso no es uno de los actores que más se asocie, de modo distinguido con el noir. Interpretó también al Marlowe de Chandler, pero se recuerda más El sueño eterno (1946), de Hawks que la muy interesante Historia de un detective (1944), de Edward Dmytryk, para quien protagonizó también la estimulante Venganza (1945). Dentro de las coordenadas del noir, Powell también protagonizó dos notables obras, la opera prima de Robert Rossen, Johnny O'Clock (1947), y Pitfall (1948), de Andre De Toth
El comienzo de de Grito de terror es una ejemplar muestra de cómo saber entrar en materia y definir con breves rasgos a los personajes, y su situación, y cómo ya propulsar la trama en escasas secuencias. El talento de la síntesis. Rocky (Dick Powell) llega en un tren; un vendedor le enseña el periódico donde sale su foto tras ser liberado de la cárcel, queriéndoselo regalar, pero es elocuente el hecho de que Rocky lo rechaze: fue condenado a cadena perpetua, debido a falsos testimonios, acusado de un robo de cien mil dolares. Si sólo ha cumplido cinco años es por la corroboración tardía de su coartada. Precisamente, en ese instante es aludido por el policia que le detuvo, el inspector Cobb (Regis Toomey), que aún intenta recuperar aquel botín, al que acompaña quien ha dado el testimonio que le ha liberado, Delong (Richard Erdman), un marine que ha estado cinco años fuera y no ha podido hasta ahora certificar que aquella noche del atraco le vio en un bar a la misma hora que se realizaba el delito. El Policía no está muy seguro de que sea inocente, y le señala que le tendrá vigilado. En cuanto a Delong, su testimonio también es falso. La primera pregunta que Rocky le hace cuando se quedan a solas es quién eres. Sí es un marine pero no uno de aquellos con los que pasó aquella noche Rocky. Un falso testimonio le complica la vida y otro se la arregla y reajusta. El porqué de su falso testimonio es simplemente económico; como piensa que sí fue responsable de aquel atraco, quisiera beneficiarse de ese botín, y sólo podría hacerlo si Rocky está fuera. Rocky contesta que Me parece que te has equivocado no sólo de caballo sino de hipódromo. Pero sí quiere agraderle que le haya liberado con su falso testimonio, así que le propone que le asista en su propósito. Sabe quién lo hizo, y va a sacarlo a la luz, en buena medida para liberar a su mejor amigo, que aún sigue en la carcel acusado del mismo robo. Asi se conforma una singular pareja, y un relato surcado por un irónico humor.
Rocky se desplaza a través de una trama definida, como se caracteriza el patrón del genuino cine negro, por la doblez y las falsas apariencias, la codicia depredadora y las manipulaciones. Un grito de terror (o más bien de peligro, como indica el original) se define por una narrativa de ritmo ágil e intenso, en las que las sombras son el aliento de la sordidez moral predominante, y de lo imprevisto: Rocky confía en la información que le provee Castro (William Conrad) sobre la apuesta que le puede suministrar beneficio, pero es otra trampa movediza, otra dirección falsa: el dinero que le facilitan es el de otro robo, dinero señalado: cuando, con el inspector Cobb intenta corroborar que el dinero lo consiguió con una apuesta, no existen la mujer que le facilitó el boleto ni el supuesto apostador que le suministro el dinero (ni siquiera existe la entrada del almacén del que salió), fue un escenario amañado para que fuera incriminado por ese dinero robado, pero Castro comete el error de no considerar, cuando indica que no ha visto en ningún momento a Rocky desde que salió de la cárcel, que el inspector Cobb había ordenado que siguieran a Rocky: un error táctico que delata demasiada confianza. Buen detalle espacial es el parque de caravanas donde Rocky alquila una para compartirla con Delong, una caravana más que desastrada. Un parque en el vive Nancy (Rhonda Fleming), la esposa del amigo de Rocky, y de la que éste está enamorado desde años atrás, y que aporta un aspecto dramático complementario afilado: la ilusión y las arenas movedizas de la decepción: la realidad es un escenario de coordenadas capciosas e ilusorias, y definida por la aleatoriedad, como la ruleta rusa, esa que aplica Rocky con Castro (William Conrad), su adversario en la sombra, para que le revele el paradero del dinero robado, parte del cual se esconde en lo que él consideraba su sueño, la ilusión amorosa encarnada en Nancy.

lunes, 16 de septiembre de 2013

domingo, 23 de septiembre de 2012

En rodaje: George Peppard, Hope Lange y la trama que se eliminó de La conquista del Oeste

Photobucket George Peppard y Hope Lange durante el rodaje del episodio de 'The railroads' de 'La conquista del oeste' (1962), de George Marshall ( aunque remontado y retocado por Henry Hathaway). El personaje de Hope Lange protagonizaba una importante subtrama que fue eliminada (tras rodarse parte de las secuencias previstas) porque, al ser tan extensa, dispersaba demasiado la narración. Interpretaba a una 'showgirl' de saloon, hija del personaje de Henry Fonda, de la que se enamora el personaje de Peppard, quien rivaliza con el personaje de Widmark en el cortejo. Los personajes de Peppard y Lange, se casaban, pero también parece que acababan separándose, y luego de nuevo juntándose. El personaje lo retomaría Carolyn Jones en el último episodio, dirigido por Henry Hathaway, 'The outlaws'. También se dice que hay a algún productor que no le gustaba la idea de que ambos personajes se separaran (un detalle 'sórdidamente' conflictivo para una película orientada hacia la familía).

martes, 26 de junio de 2012

La conquista del oeste

La exultante banda sonora de Alfred Newman, ya desde los títulos de crédito de 'La conquista del oeste' (How the west was won, 1962), de Henry Hathaway, John Ford y George Marshall, transmite, y propulsa, un vigoroso impulso de acción, comparable a los acordes compuestos por Elmer Bernstein para 'Los siete magníficos' (1960), de John Sturges. Hacen sentir que es materializable lo posible, que hay un talante que permanece incombustible, perseverante, confiando en lo mejor de la naturaleza humana (en su capacidad de contrucción), por reiteradas que sean las adversidades, decepciones, barbaries, penurias y calamidades sufridas ( o inflingidas). Una obra, dividida en cinco partes, que relata los avatares, durante 50 años (1539-1589), de tres generaciones de la familia Prescott. Una obra, en su visión de conjunto, emborronada por el prestigio del tercer ( y más breve) de los pasajes, 'la guerra civil', realizado por John Ford. Aunque ciertamente sea admirable, resulta ahora sugestivo contemplar el todo desde la perspectiva de que es un proyecto gestado y supervisado por el director de 'Los rápidos', 'La llanura' y 'Los forajidos', el primero, segundo y quinto pasaje, Henry Hathaway (el cuarto, 'El ferrocaril', fue dirigido por George Marshall, que fue supervisado por Hathaway, quien hubiera hecho lo mismo con el de Ford, pero que alguien intentara modificar algo realizado por Ford era considerado entonces una blasfemia, así que se contuvo). Hathaway, durante mucho tiempo, ha sido considerado un mero artesano, tan hábil como impersonal, sin 'mundo interior', sin señas identificables de estilo. Su sentido de la abstracción es bastante sutil, solapado, y en ocasiones determina que sus narraciones sean más heterodoxas de lo que parece. Se puede advertir, en un mayor o menor grado de complejidad, en los seis excelentes westerns realizados previamente, 'El camino del pino solitario' (1936), 'El pastor de las colinas' (1941), 'El correo del infierno' (1951), 'El jardín del diablo' (1954), 'Del infierno a Texas' (1958) o 'Alaska tierra de oro' (1960), o en los igualmente esplendidos posteriores 'Los cuatro hijos de Katie Elder' (1965), 'Nevada Smith' (1966) o 'Valor de ley' (1969). Y se puede rastrear en 'La conquista del oeste', especialmente, cuando uno ya se ha familiarizado con la escurridiza personalidad de Hathaway, con esa engañosa transparencia de doble fondo.
'La conquista del oeste' puede verse como un trayecto, el de la necesaria cohabitación armoniosa de las luces y las sombras, de los opuestos, del afán de construir y crear y la lucidez del espíritu exiliado que no confia en la naturaleza humana, de la solidaridad del espiritu colectivo y del irreductible emprendedor invidualismo, trayecto en el que no dejará de forcejearse por la tendencia humana a la depredación, a la insolidaridad y la ciega codicia (sean ejercidas por representantes del orden o no). En los dos primeros capítulos asistimos a dos de las acciones que definieron la determinación de 'habitar' un espacio virgen, indómito, el territorio Oeste. El primero, por agua, cuando se creó el canal Erie, como la familia Prescott, comandados por Zebulon (Karl Malden), cruzando el territorio montañoso de Illinois surcando las corrientes, enfrentado a piratas de río y a los rápidos (equiparándose, vía por agua, al descubrimiento del nuevo mundo). Una de las dos emblemáticas relaciones 'fundadoras' se gesta en este capítulo,la de Eve (Carroll Baker), con el trampero Linus (James Stewart), que abandonará sus aventuras solitarias para asentarse y formar una familia. La otra relación 'fundadora', entre opuestos, se dará en el segundo capítulo, también en el seno de otro viaje o desplazamiento, el trayecto para habitar unas tierras 'vírgenes', la caravana hacia Oregon. La otra hija de los Prescott, Lilith (Debbie Reynolds), que se ha dedicado a actuar como cantante en las cantinas (Lilith, el lado femenino que sabe cohabitar con el espacio de las que no son consideradas buenas, o convencionales, costumbres), sellará/fundará su relación, no con el hombre convencional que tiene un gran rancho, Morgan (Robert Preston), sino con el jugador de fortuna Cleve (Gregory Peck), quien prefiere en la vida 'apostar' ( en el futuro, se convertirá en el protótipo del empresario emprendedor, erigiendo una empresa ferroviaria). En los terceros y cuartos pasajes los opuestos se confunden, ya es dificil discernirlos, ¿qué bando tiene razón? ¿ no es la guerra un absurdo y un horror más allá de uniforme que vistas? ¿No es un horror matar? La guerra no es lo que se imaginaba, como le ocurre a Zeb (George Peppard), hijo de Eve, cuando soñaba desde la distancia con la gloria: lo real son cuerpos despedazados. Un momento conversas con alguien, con el uniforme enemigo, pensando ambos en desertar de tal horror, y un momento después tienes que matarle porque porta un uniforme distinto y pretende matar a otro con el mismo uniforme que tú. O, como refleja la conversación entre dos altos mandos, Grant (Harry Morgan) y Sherman (John Wayne), un día te consideran loco y otro héroe. El despropósito y el horror (como esa táctil, casi supurante, espesura nocturna que domina los planos) de la guerra es, de nuevo, implacablemente desnudada por Ford como lo había sido en la magistral 'Misión de audaces' (1959)
Y, en el episodio de la construcción del ferrocarril, ¿no es el mismo orden generador de horror, de barbarie? El presunto orden ya que es mera imposición de poder, como ocurre con el ferrocarril que pasa por encima de cualquier territorio, derecho o escrúpulo, sin importar lo que sientan o necesiten los que viven allí, los indios. No deja de ser elocuente que la 'respuesta' simbólica de los indios sea provocar una estampida de bisontes que cruza las obras del ferrocaril, una expresiva manera de decirles a los 'blancos' cómo les han 'arrollado' de igual manera, que su ferrocaril es una 'estampida' que arrasa su territorio, creando desolación y desgracia (como las muertes que crea el paso de los bisontes). En este episodio brilla la figura de otro solitario individualista, amigo de Linus, Jethro (Henry Fonda), contratado para matar bisontes, para suministrar alimentos a los del ferrocaril, al que se exige también que mate indios (equiparándoles con los bisontes) a lo que él se niega, optando por retirarse a las montañas, a su soledad, lejos de la corriente humana y sus miserias, mezquindades y servidumbres. Quien sí confía, en cambio, en la naturaleza humana, en que puede sorprender positivamente, como inesperado es lo que puedes encontrar tras una colina en aquellos territorios, es Zeb, quien, de todos modos, ahora también reniega, como representante del ejercito, de seguir sirviendo a la mezquina doblez del representante del ferrocaril, King (Richard Widmark), que es lo que representa el lado siniestro de la civilización y el progreso (que no respeta al 'otro', y sirve sólo a sus propios intereses).
El quinto episodio es como una purga, alquímica, eliminar las impurezas de lo siniestro, la barbarie de imponer la propia ley (sea la del forajido o la del 'hombre de orden'), manifiesto en el enfrentamiento de Zeb, ahora sheriff (aún representante del orden; aún cree en su posibilidad, en lo cabal y justo), con el forajido Gant, que intenta asaltar un tren (que la acción tenga lugar en un tren no deja de equiparar a dos opuestos que no lo son, aunque parezcan a diferentes lados de la ley, King y Gant). Aunque a la obra le lastre el rodaje con el sistema Cinerama (Hathaway y Ford echaron pestes del mismo) que fuerza en ocasiones la disposición de los actores en el encuadre para ajustarse a ese sistema de tres paneles, la obra brilla en varias set pieces que ponen de manifiesto, una vez más, el incomparable talento de Hathaway para la narración limpia, precisa y vigorosa: el trance de la balsa en los rápidos; el asalto de los indios a la caravana, la estampida de bisontes (si, por lo que parece,Hathaway afinó el montaje supervisándolo) o, especialmente, el magnífico duelo en el tren que finaliza con un descarrilamiento. Prodigiosa banda sonora de Alfred Newman

viernes, 21 de octubre de 2011

Paulette Goddard y el zombie de El castillo maldito

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Paulette Goddard y el amenazante zombie en una imagen promocional de la simpática pero discreta comedia de terror 'El castillo maldito' (The ghost breakers, 1940), de George Marshall.

sábado, 12 de junio de 2010

Plácidas pausas de rodajes: Gregory Peck y Robert Preston

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Gregory Peck escucha a Robert Preston mientras calienta sus pies en agua bien caliente tras haber rodado una escena en aguas heladas, en una pausa de rodaje de 'La conquista del oeste' (1962), de Henry Hathaway, George Marshall y John For