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Mostrando entradas con la etiqueta Luís García Berlanga. Mostrar todas las entradas
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domingo, 16 de junio de 2019
Vivir en paz
Vivir en paz (Vivere in pace, 1947), de Luigi Zampa, transmite esa sensación de solar conciliación que su protagonista, el campesino Tigna (Aldo Fabrizi) se esfuerza en aplicar en su vida, dentro de su hogar y fuera del mismo. Vivir en paz, aun en tiempos de guerra. Las primeras imágenes, introducidas por una voz en off, parece que nos transportaran casi a una Arcadia, de plácida cotidianeidad, en la que las costumbres fluyen como armonía, pese a que se nos señale que estamos en 1944, y que hay una guerra en curso, que parece lejana (como alejada del resto del pueblo está la casa de Tigna) y no afectar a este mundo pacífico, de la cual su única 'huella' es el oficial alemán, Hans, encargado de mantener el 'orden' de la ocupación. Perturbación bien reflejada en las secuencias iniciales cuando visita la granja de Tigna, y por lanzar una piedra al perro que le ladra provoca que se escapen los cerdos. Tigna procura llevarse bien con él, como con los dos opuestos, dentro del pueblo, que representan el doctor socialista y el representante fascista. Y en su hogar intenta mantener la armonía, el equilibrio, sea con las disputas entre su esposa y su sobrina, encajando las invectivas de su esposa porque sea tan complaciente con las exigencias de los ocupantes, cuando tiene que enumerar sus posesiones, o llevando a escondidas a la habitación de sus sobrinos comida cuando ante su esposa había remarcado que estaban castigados.
Pese a que intenta evitar meterse en problemas (sabe lo que en otro pueblo han hecho los colaboracionistas con los partisanos) o buscar la posición mediadora, no dejará tampoco de ayudar a los dos soldados norteamericanos que sus sobrinos encuentran en el bosque cuando buscaban a uno de sus cochinillos fugados. Y más considerando que uno es negro ( o 'un negro de Etiopía' como dice su padre), lo que hará más difícil camuflarlo. Resulta antológica la secuencia en la que son descubiertos en el granero donde los han escondido los sobrinos, ya que el soldado negro, Joe, está malherido: el sacerdote ha entrado porque la esposa pensaba por los ruidos que había espíritus; al ver que no sale, la esposa empieza a preocuparse, y van entrando uno a uno (y al final se revela que el sacerdote se había desmayado al ver a los soldados). La situación se complicará cuando Hans les visite una noche, y tengan que esconder a Joe rapidamente en la bodega. Mientras emborrachan a Hans, que se ha empeñado en contarles su vida durante los últimos cinco años, entregados a un desopilante baile, Joe se emborrachará, a su vez, en la bodega. El absurdo de la situación se incrementará cuando éste tire la puerta abajo, y se funda en un abrazo con el alemán. Ambos salen por las calles del pueblo y los lugareños piensan al verles juntos que la guerra ha terminado.
Vivir en paz, con esplendido guión de Suso Cecchi D'Amico, Luigi Zampa, Aldo Fabrizi y Piero Tellini. destila esa proverbial armonía narrativa de otras obras (comedias) corales, centradas en comunidades, que fueron pródigas en la década posterior, sea en el cine británico, como las dirigidas por Alexander MacKendrick o Charles Crichton, o en España, dirigidas por Luis Garcia Berlanga o Marco Ferreri. En estas obras brillaba la capacidad para dotar a cada personaje, por secundario que fuera, de una singular personalidad (véase aquí el padre y su afición por la trompeta). Y también su admirable don para combinar tonos, o imbuir de sombras las sonrisas. Como esa procesión de coches tan esperada en Bienvenido Mr Marshall que pasa fugazmente, para decepción de los habitantes del pueblo, una corriente helada también surcará la narración de Vivir en paz, el reverso de la tragedia (ese horizonte de la guerra que parecía lejano, pero del que no se puede huir por mucho que se esfuerce en vivir en paz con todos).
En las hermosa imágenes finales, años después, la armonía parece seguir habitando ese pueblo, el tiempo ha pasado, o sigue adelante, olvidado ya, en la fluencia de la costumbre recobrada, aquel que tanto se esforzaba en ser generoso con cualquiera, perteneciera al bando que fuera, y que encontró la muerte por ayudar al presunto enemigo. O cómo quien amaba, como la sobrina, al otro soldado, Ronald, como el sueño tan anhelado, es ahora una mujer casada con otro hombre, porque siempre habrá quienes sigan sentándose en los mismos escalones del pueblo, como si el tiempo no transcurriere y fuera un presente continúo, necesario para seguir edificando la vida. Aunque, en ambos casos, su recuerdo persista, porque necesaria es siempre la actitud conciliadora y pacífica y anhelar lo que no parece posible.
domingo, 20 de marzo de 2016
Mis 10 películas del cine español
1.Vida en sombras (1948), de Lorenzo Llobet-Gracia
2. El espíritu de la colmena (1972), de Victor Erice
3. La vida por delante (1958), de Fernando Fernán Gómez
4.Cielo negro (1951), de Manuel Mur Oti
5.Plácido (1961), de Luis G Berlanga
6.Mi tío Jacinto (1956), de Ladislao Vajda,
7.El último caballo (1950), Edgar Neville
8.Madregilda (1993) de Francisco Regueiro
9. La vida mancha (2003), de Enrique Urbizu
10.El inquilino (1957), de José Antonio Nieves Conde.
Caimán Cuadernos de Cine quiere conmemorar su número 100 de mayo con una encuesta en la que 300 especialistas en el estudio, análisis, difusión y programación cinematográfica (estudiosos, críticos españoles y extranjeros, periodistas especializados, historiadores, programadores, profesores de universidad, directores de festivales españoles, muestras de otros países dedicadas al cine español, filmotecas, escuelas de cine, hispanistas y estudiosos del cine español en universidades extranjeras, etc) eligen las que consideran las 10 mejores películas del cine español. Y entre esos 300 me han considerado a mí. Lo cual agradezco. No sé sí las mejores, pero diría que sí mis preferidas. Como ocurre cuando tienes que constreñir una selección a una cifra, siempre se queda alguna fuera que podría haber integrado esa selección. En este caso, tuve que dejar fuera a 'En la ciudad de Sylvia' (2007) de José Luís Guerín, 'A tiro limpio' (1963), de Francisco Perez Dolz o 'Magical girl' (2014), de Carlos Vermut. Aunque también dudé sobre qué película elegir con respecto de algunos de los directores que conforman la selección. Podrían haber estado 'El sur' (Erice), 'El verdugo' (Berlanga), 'La vida en un hilo' (Neville), 'Los peces rojos' (Nieves Conde)o 'El cebo' (Vajda). En algunos casos opté por obras que me parece que reflejan mejor, o con más agudeza, nuestro presente que mucho cine actual (caso de 'El último caballo' o 'El inquilino'), como es tambíén el caso de la obra dirigida por Fernán Gómez ( estuve tentado de puntualizar que hubiera escogido el díptico que forman 'La vida por delante' y 'La vida alrededor'). Y además, también quería resaltar, y por tanto homenajear, la figura de Fernando Fernán Gomez como figura capital en cuanto actor y director del cine español (protagoniza cinco de las seleccionadas).
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domingo, 21 de diciembre de 2014
El maniquí
Entre 'las muñecas utilizadas para mantenerse en la soledad y profundizar en ella hasta la locura y la muerte, como las novias del Nataniel de Hoffmann y el Michel de Garcia Berlanga', como señala Pilar Pedraza en su excelente 'Máquinas de amar. Secretos del cuerpo artificial', habría que destacar el maniquí que sirve como pantalla de los anhelos y miedos afectivos o amorosos de Lundgren (Per Oscarsson) en la cautivadora producción sueca 'El maniquí' (Vaxdockan, 1962), de Arne Mattsson. Lundgren no se siente ni presencia, se siente un vacío. Ni se contabiliza entre la población. Se siente solo. Anhela sentirse querido, anhela que alguien se preocupe por él. En el plano inicial, de grisácea luz, como una difusa espesura, la cámara encuadra un edificio, una figura cerrada, y se desplaza hacia los indiferenciados transeúntes, mientras la voz de Lundgren remarca su aislamiento. Expresa cómo le repele la forma de conducirse de los que lo rodean, como si pisaran a los demás, pero reconoce su envidia. Se siente carente, no es nadie porque está sin nadie. Se siente desvinculado, una figura cerrada, un ser humano de cemento. Una figura marginal que se siente espectador de la vida de los demás. Es vigilante nocturno, alguien que vigila espacios vacíos, un fantasma que se desplaza fuera de los escenarios cuando los actores ya se han retirado. Su relación fetichista con el maniquí (Gio Petre) que roba intentará compensar esas carencias. Supone la creación y configuración de su propio escenario. Cubre un hueco, imaginar que es un cuerpo vivo hace de su soledad y ajenidad un refugio, dota de ilusión de plenitud a su aislamiento. En la relación que proyecta en su imaginación con ese maniquí pasa por diversas fases, como suele ocurrir en las relaciones sentimentales. En principio proyecta una actitud complaciente, atenta, servicial, alguien que le refrenda en todo. Si él dice que físicamente parece un gorrión o una urraca ella replica que 'parece lo que tiene que parecer'. Ella sólo aspira a quererle. Aspira a conocerle mejor, a escuchar cómo piensa, saber cómo es. Con ella, Lundgren siente que el mundo gira alrededor de él, que él es el mundo, que alguien le considera el centro de su vida. Posteriormente, se sucederán los diversos miedos.
El miedo a la asfixia afectiva: Sentir que eres tan importante para alguien puede transformarse en una trampa de arena, el abrazo que era refugio un cepo mortífero que ahoga. La demanda de atenciones, de permanente expresión de afecto, abruma y atosiga. El miedo al abandono: Se refleja en la tendencia a recluir a quien se ama. No soporta que pueda salir al mundo exterior, que los demás tengan constancia de su presencia, que otros puedan sentirse atraídos, y por tanto seducirla (como si ella careciera de voluntad). No deja de revelar su miedo de perderla, de que le abandone, pero lo demuestra con una conducta territorial de carcelero. Es su posesión preciada, en su particular vitrina, no compartida, es su prisionera. El miedo a la decepción: Temer que él pueda resultarle, cuando comience a conocerle, alguien carente de interés. Que nada tenga que aportarla. Que lo único que pueda compartir sea su soledad y vacío. La ilusión se tornaría pesadlla, lo real mostraría sus fauces siniestras y amargas tras las expectativas y anticipaciones de la fantasía. Alrededor de este juego de sombras, de las turbulencias de la imaginación que grita carencia y soledad, otros personajes que habitan esa casa, otras variantes: Las relaciones sostenidas entre las ocultaciones, la actitud despectiva y reductora con respecto al otro género (el hombre que le señala que el interés primordial de la mujer es el material, sólo valoran la posición y posesiones del hombre). Y las quemaduras, lo no explicitado, lo no revelado: la quemadura en la mejilla de la casera, Krasberg (Elsa Krawitz), quizá atraída por Lundgren, mirada interrogante, e incógnita, porque entre sombras quedan sus motivaciones e intereses, así como su pasado, el origen de esa quemadura. Lundgren padece otra quemadura que no es visible, y se va extendiendo, como las tinieblas, las sombras que van dominando las habitaciones, los encuadres. Y el naufragio acaece, porque él no puede vivir sin ella, y ella no puede morir sin él.
martes, 17 de diciembre de 2013
Bienvenido, Mr Marshall
La señorita Eloisa (Elvira Quintanilla), la profesora del pueblo castellano de Villar del río (no de Abajo), es capaz de seguir realizando correctamente cualquier multiplicación aunque haya llegado la primavera, lo que da la medida de cuán poco le altera su soltería. Los que sí se alteran y comenzarán a realizar multiplicaciones con sumo entusiasmo serán sus convecinos cuando comiencen a especular con las posibles dádivas que les suministren los estadounidenses que van a pasar por su localidad, aunque no sepan por cuánto tiempo. Los Reyes Magos sí parece que existan, aunque no vengan ya de Oriente (y no son reyes, son republicanos). Don Pablo (José Isbert), el alcalde de Villar del río (no de Abajo), sufre problemas de oído, que se hacen más manifiestos cuando le vista el representante del Gobierno, el delegado general, quien no parece tener muy claro que el pueblo no es Villar de Abajo, sino Villar del Río. Quizá la sordera de Don Pablo sea por la falta de costumbre de escuchar algo con sustancia de las altas esferas del poder. Quizá por eso se trabuca como un disco rayado cuando llega el momento de dar un discurso desde el balcón a sus conciudadanos. Hay malas influencias que hacen perder la elocuencia expresiva, ya que no era precisamente uno de los dones de aquel señor bajito con bigote y voz aflautada que dictó sentencia durante cuarenta años en este país. Dictaba, no explicaba, por eso Don Pablo se raya con su discurso: "Como alcalde vuestro que soy os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar".
La contraseña con los estadounidenses magos es dar buena imagen ante los benefactores para que su generosidad sea lo más pródiga posible, aunque provenga de un país que parece contaminado por el pecado y las impurezas con tanta mezcla racial o de credos religiosos, como informa admonitorio el párroco, Don Cosme (Luís Perez de Leon), para evitar que sean 'infectados'. Desconfianza a la que se suma el hidalgo, el representante de la más vetusta tradición, Don Luis (Alberto Romea), orgulloso de que sus antepasados fueran devorados por los indios cuando conquistaron América. E indios son los que ahora llegan, con una misma pretensión 'devoradora'. Siguen siendo gigantes, o indios, o lo que sea, no molinos ni benefactores, ni menos conquistadores, que ya sólo faltaría que los conquistados y masacrados quieran ahora vengarse de tanta barbarie que sufrieron. Las tradiciones tienen que cerrar filas, emboscarse en la aridez del paisaje de la que ya forman parte.
Como todo es cuestión de imagen, y la que tienen los estadounidenses de España es la de una Andalucia extendida por toda la península, la representación a diseñar conllevará que todos porten el correspondiente atavío andaluz, como bien delínea alguien que forma parte del espectáculo, Manolo (Manolo Morán), el agente de la cantante andaluza Carmen Vargas (Lolita Sevilla, cuya intervención hubo que aceptar para conseguir la necesaria financiación), que actúa esos días en el pueblo, y cuya expresión característica es 'Ozú'. Manolo sabe cómo dar el discurso que no diga nada pero encandile, así que sabe cómo diseñar el escenario adecuado para recibir a los máximos representantes de la cultura del espectáculo, porque todo depende de cómo te presentes; por eso para dominar el escenario o dictas o sabes jugar con los trucos del espectáculo. El Plan Marshall al que hace alusión 'Bienvenido Mr Marshall' (1952), de luis García Berlanga, fue establecido por el gobierno estadounidense en 1947, para suministrar ayuda a los países europeos, pero nunca llegó a España, como los coches pasan de largo por el pueblo castellano disfrazado de andaluz, esa imagen en la que quedó enquistada durante mucho tiempo la identidad española. Una identidad que es ficción, como los que rigen en el poder sólo sueltan patrañas convenientes para su beneficio, patrañas como cera espesa que causa sordera.
Estamos en el territorio de la fábula, como aquellas admirables comedias de la Ealinge, centradas en comunidades enfrentadas a una situación excepcional, como la falta de whisky en un pueblo escocés, en 'Whisky a gogó' (1949), de Alexander MacKendrick, o la revelación que que un barrio de Londres es parte de otro país, por lo que exige que se le reconozca su independencia y la instauración de una aduana, en 'Pasaporte por Pimlico' (1949), de Henry Cornelius. En 'Bienvenido Mr Marshall', los habitantes de Villar del río (no de Abajo) rompen con su rutina para enfrentarse a una experiencia que no podían concebir, lo que no parecía posible: pueden soñar, pueden desear. Los Magos de Occidente sí parece que existan, y lles traen regalos. Berlanga, que escribió el guión con Juan Antonio Bardem, ya deja bien claro desde las secuencias iniciales que transitamos la ficción. La voz de Fernando Rey nos presenta al pueblo, a los personajes que lo habitan, congela la imagen, hace desaparecer a los habitantes, para apreciar con nitidez el escenario, el entorno, un pueblo como otros muchos de la España profunda, y hace reaparecer a los personajes, dándoles movimiento o aproximándonos a ellos para singularizarlos, como si jugara con recortables, como hacían al fin y al cabo las instancias de poder con la población españolas. Es un cuento de hadas que acaba con un colorín colorado, aunque la aridez de la realidad tuviera poco de cuento de hadas, que parecían pasar de largo como los coches en los que supuestamente viajan los estadounidenses, Papa noel o los Reyes magos.
lunes, 20 de agosto de 2012
Esa pareja feliz
viernes, 27 de julio de 2012
El verdugo
lunes, 2 de julio de 2012
Plácido
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