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martes, 14 de febrero de 2012

El trío fantástico

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La primera secuencia de 'El trío fantásticco' (The unholy three, 1925), ya nos sitúa en el espacio de lo 'diferente', de los 'freaks', ese espacio de la no normalidad, que es también el de lo anómalo, el de lo deforme, aquel en el que Browning ubicará sus posteriores 'Garras humanas'(1927) o, sobre todo, 'La parada de los monstruos' (Freaks, 1932). Una mujer desmesuradamente obesa, dos siamesas unidas por la cadera son las primeras figuras que vemos en este 'sideshow', pero destacarán tres figuras, Echo, el ventrilocuo (Lon Chaney), Hercules, el forzudo (Victor MacLaglen) y Tweedledee, 'el hombre de veinte pulgadas' (Harry Earles, protagonista de 'Freaks'). Cada uno expuesto, no sólo a las miradas sino a la risa, y el hartazgo ante esa condición irrisoria (a ser una imagen bufa que se desprecia con la risa) se pone de manifiesto en la reacción violenta de Twedledee que da una patada en la cara a un niño, lo que determina un altercado. El citado trio tomará una decisión. Si la sociedad les posterga a esos márgenes degradantes, tomarán la determinación de tomar por las buenas lo que la sociedad no les da, y formarán un trio de ladrones que se autocalificará como el 'The unholy three' (el trío sacrílego), la transgresión del 'sacro' orden de la normalidad, ya establecido en el camuflaje de identidad de normalidad bajo el que se presentan ante los demás, regentando una tienda.
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Echo será la abuela Granny ( ese atavío de 'abuelita' de apariencia inócua que retomará Lionel barrymore en 'Muñecos infernales', en 1935, también de Browning; y posteriormente Ross Martin en una inquietante secuencia de Chantaje a una mujer', en 1962, de Blake Edwards), Twedleedee será el bebé, y Hercules el único que mantendrá su aspecto sin disfraz. Además está Rosie Mae Busch), la 'nieta' de Granny,que no es sino su colaboradora en robos desde tiempo atrás, y también pareja, y que se revelará como factor desestabilizador, o que pone en evidencia que, sea calificado de normal o anómalo, se comparten los mismos ciegos instintos, en este caso, los celos o compulsión posesiva que tendra Echo por los coqueteos de Rosy con Matt (del que se enamora). Por ello, no deja de ser elocuente la utilización en el último tramo, cuando tienen que huir porque Hercules cometió un asesinato en uno de sus robos ( lo que había dado pie a una magnífica secuencia en la que reciben la visita de un inspector de policía, en la que la tensión se 'afila', sobre todo, cuando coge el juguete del 'niño' en el que está escondidas las joyas), de un gran simio (un chimpance que por trucos ópticos de perspectiva parece gigante), que llevan con ellos cuando deciden irse a una cabaña en el bosque.
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Esa turbia y ciega visceralidad humana (el cenagal de los instintos) que tiene que ver también con la codicia, es la que sienten Hercules y Tweedledee cuando empiezan a maquinar el matar a Echo para quedarse con todo el botín. Es una gran idea, ya de guión, el combinar en el último tramo las secuencias en las que el gran simio escapa y se enfrenta con Hercules y Tweeedledee, y por otro lado, la asistencia e cho al juicio en el que acusan a Matt del asesinato que cometió Hercules. La ceguera de la codiica ( de la posesión material o del otro)y la iluminación de la mirada compasiva, que no duda en sacrificarse, aunque sea por el hombre que ama la mujer que él ama. La secuencia final, con Echo, de nuevo en el mismo margen del inicio, en el sideshow, no es una resignación o subordinación a 'su lugar', sino la asunción de cuál es su propia voz, de no depender de otros ecos, de asumir lo que es sin querer ser otro ( ni hacer del otro/de la amada una extensión modelada por su voluntad y deseo, como el muñeco que tiene como ventrilocuo).

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