martes, 10 de mayo de 2022

De cómo recibí mi herencia (Muñeca infinita), de Dorothy Gallagher

 

Pensaba en los momentos que debieron darle sentido a su vida: por ejemplo, aquel día tan remoto en que, tras conseguir que soltasen a Isserman, de la cárcel. Supo que se lo había ganado... Aquel día debió sentirse triunfante y feliz. Y su música, cantar le había reportado gozo: el embarazo, el nacimiento de su hija..., hasta que descubrió que no le había tocado la loteria precisamente. Sus últimos años no tenían cabida en aquellos pensamientos. Durante un periodo de tiempo de tu vida bregas con una circunstancia complicada, y sobrevives, o luchas denodadamente para conseguir tu propósito, el afianzamiento de un amor (aunque implique insistencia, cambios geográficos, casi un persecución que es más bien perseverencia, e incluso se convierte en salvación para quien te rechazaba en principio), y tiempo después, tu vida se torna mera rutina, decepción o finaliza del modo más abrupto y repentino, incluso sórdido y turbio. Son los impredecibles vaivenes de la vida, su extraña discontinuidad, sus extremos contrastes. Es una vertiente de la vida reflejada, agudamente, en algunos de los pasajes que componen la visión familiar fragmentada de De cómo recibí mi herencia (Muñeca infinita), de la escritora estadounidense Dorothy Gallagher (1935).

La novela se inicia, precisamente, con los últimos días de sus padres, con su desaparición y muerte. La sucesión de capítulos, o episodios, es un retroceso que es también desplazamiento lateral, como si el tiempo fuera también espacio. Los capítulos se centran en diferentes familiares, lo que implica saltos en el tiempo, perspectivas diversas de varios componentes de una familia cuyos orígenes son ucranianos y algunos de cuyos componentes se asentaron en Estados Unidos en la década de los veinte. Aunque hubo quienes prefirieron, en los tiempos de la depresión económica estadounidense de 1929, optar por otros escenarios geográficos y socio económicos. Y así fue como, en 1932, mi tía y mi tío se metieron de cabeza en las fauces de la historia, que resultó ser un koljós ucraniano. Aunque también la decepción acabaría llamando a la puerta. ¿Cómo sabemos que el marxismo es una teoría y no una ciencia? (…) Si fuera una ciencia primero lo habrían probado con los perros (…) ¿Crees que a los animales les fue mejor?

De cómo recibí mi herencia es como un álbum de fotografías en el que se combinan, y alternan, tiempos y figuras. La imagen más antigua que conozco de mi tía forma parte de un retrato de familia: una foto de pasaporte tomada en 1922 en Bucarest: en ella salen mi abuelo y mi abuela, con cincuenta y tantos años, mirando a cámara con severidad: A su alrededor cuatro de de mis sorprendentemente jóvenes tíos y tías. El pasado de aquellos cuya juventud no conoció, el pasado de esas figuras que ya conoció adultas o ancianas. Quien para ti, en tu infancia o juventud, era tu abuelo o tu tía, dispone de su pasado, de su particular trayecto de historias y percances. El presente de la propia Dorothy, su evolución como escritora, sus propias vivencias familiares encuentran en las vidas de sus tías y tíos o abuelos un reflejo de la diversidad de la que está constituida la vida, por las posibles narrativas que pueden generarse, como de las constantes que unen a otros en sus vivencias personales, en ese polvorín potencial que puede ser el escenario de las relaciones sentimentales, sean familiares o de pareja. La inconstancia y la rutina se revelan como sombras en el espejo que ponen en evidencia la volubilidad y la inconsistencia de los seres humanos, o quizá la inevitable variación de sus afectos, el condicionamiento de las circunstancias y de esa abstracción que es la necesidad y que convierte a las figuras alrededor en pantalla, por lo tanto, en figuras mudables en sus atributos y significancia, según las proyecciones de cada circunstancia. Criaturas que se agitan entre paradojas y contradicciones. En los últimos pasajes, Dorothy visita un territorio del pasado familiar, y con agudeza condensa esa diversidad, que puede ser extrema, de la que está constituida la vida. Vimos paisajes tan hermosos que parecían salidos de un cuento de hadas, todo verdor, montes estratificados y ríos plateados. Vimos gentes en poéticas poses de faenas laboriosas (…) Vimos animales apaleados y un pastor que besaba en la boca a su precioso cordero. Vimos mujeres hilando en las cunetas (…) Vimos niños enfermos por culpa de los vientos de Chernobil. Vimos ruinas de hermosas ciudades antiguas espantosamente reconstruidas por el comunismo real (…) Vimos el Museo del Totalitarismo y en la puerta conocimos a un anciano que había estado cuarenta y un años en Siberia. Fuimos alojadas y alimentadas por desconocidos.

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