miércoles, 28 de junio de 2023

La fiera de mi niña

 

Howard Hawks había sido contratado por la RKO para dirigir una adaptación de la novela de Rudyard Kipling Gunga Din, pero la negativa de la MGM a ceder a Clark Gable, Spencer Tracy y Franchot Tone determinó que se desentendiera del proyecto. Un mes después, en abril de 1937, leería en la revista Collier un relato de Hagar Wilde titulado Bringing up baby que despertó su interés. Tras que la RKO comprara los derechos Hawks trabajo en un primer tratamiento con la escritora, en cuyo relato la pareja protagonista, David y Susan, estaban comprometidos, pero ni él era paleontólogo ni había dinosaurio ni costilla intercostal de por medio. Sí una pantera a la que se podía capturar cantando la canción I can´t give you anything but, love/No puedo darte nada sino amor, cariño. Hawks reclutó a Dudley Nichols quien se centraría en la estructura y la trama, mientras Hagar Wilde se centraba en personajes y ocurrencias humorísticas. Wilde y Nichols escribieron, durante el verano, varias versiones, y se afianzaron como pareja. Se había sugerido a Nichols que desarrollara el guion con la idea de que el personaje de Susan iba a ser interpretado por Katharine Hepburn, que había protagonizado Maria Estuardo (1936), de John Ford, para la que había escrito el guion Nichols, y durante cuyo rodaje, según Barbara Leaming, director y actriz habían mantenido un romance (así como que los personajes de Susan y David se inspiraban en actriz y director). En agosto, un mes antes de que comenzara el rodaje Hawks contrataría a Robert McGowan y Gerturde Purcell para que aportaran más gags. Al primero se le ocurriría la idea de que el perro George enterrara la costilla intercostal en el jardín, inspirado en la tira de comic Professor Digglehoofer and his dog. Durante la producción se eliminaron varias secuencias de la parte central en las que David y Susan ya se declaraban su amor. No fue posible encontrar ninguna pantera así que se la reconvirtió en un leopardo, ya que Nissa había trabajado en películas desde hacía ocho años. Cary Grant no fue la primera opción. De hecho, Hawks prefería a Harold Lloyd, pero el Estudio prefería otras opciones, Robert Montgomery, Frederic March y Ray Milland. Fue Howard Hughes quien sugirió a Hawks que fuera Grant, quien, en principio, dudó porque no se veía interpretando a un intelectual. Le ayudó tanto la sugerencia de Hawks de que se inspirara revisando las películas de Harold Lloyd, como las conversaciones que mantuvo con Howard Hughes. A Hepburn le costó encontrar el timing cómico necesario porque tendía a la sobreactuación, por lo que se requirió la asesoría del actor de vodevil Walter Catlett, quien le instruyó en el arte de la contención expresiva. Hepburn quedó tan impresionada que convenció a Hawks para que Catlett interpretara un papel en la película, el sheriff Slocum.


Caza. Leopardos, perros. Hombres, mujeres, amor, cortejo, ¿Quién caza y quién porta la red?. El azar y el destino, o el que uno quiere que sea el propio. El amor como obcecación, o la obcecación que responde a un capricho. Claro que el amor verdadero, o esa conexión genuina de complicidades y afinidades, se gesta, no se caza, como en La fiera de mi niña (1938), ni pesca, como acaecerá en la variante, e igual de magnífica, Su juego favorito, ahí entre peces y osos. Sin duda, el ser humano es un animal extraño. Uno, como David (Cary Grant) busca el hueso intercostal que falta para armar el esqueleto de un brontosaurio, para que así el trabajo de años pudiera completarse, y ya casarse con Alice (Virginia Walker). Todas las piezas parecen encajar. Todo parece muy predeterminado. Pudiera ser una irónica representación de la costilla de Adán. Claro que la prometida de David no contempla los placeres lúdicos de la vida, ni siquiera en la relación de pareja, sino el deber, la vida como programa organizado. Quizás no sea su costilla. Ý quizá la verdadera costilla desarme. Descoloca, aunque lo ponga todo en su sitio, valga la paradoja. El lugar de la vida, cuando uno lo habita, está en movimiento, no es una plaza de aparcamiento. AhÍ reside el amor (lo que está más allá del nombre). Es lo que tiene la espontaneidad. Es lo que tiene el sentimiento verdadero.

El título original de La fiera de mi niña (1938) es Bringing up baby, algo así como educando al niño. Irónico, porque pudiera parecer que es educar, o sea, domesticar, a la fiera salvaje, pero quizá más bien sea educar al domesticado para que sepa vivir sus emociones sin restricciones (no resignarse como hace David cuando su prometida le dice que no disfrutarán ni de la noche de bodas, hay otras prioridades en la vida). O quizás a la niña caprichosa que es Susan, quien parece acostumbrada a disponer de lo que desea. La fiera de mi niña puede ser la comedia más vertiginosa sino fuera porque Hawks rodaría poco después Luna nueva (1940). La dinamo la pone en movimiento Susan en cuanto decide que ese hombre debe ser suyo tras saber que está prometido con otra mujer con la que tiene previsto casarse ese mismo día. Una mujer es la que persigue al hombre, aunque él no muestre más que rechazo, y para ello usa todas las estrategias posibles para cautivarle, aunque más bien sea para enredarle en una sucesión de situaciones que implican el traslado de un leopardo y la búsqueda de su hueso intercostal cuando sea enterrado por el perro George. A Hawks le gustaba subvertir e invertir las convenciones. Del mismo modo que jugar con los equívocos, y las falsas apariencias ( las cuales debían ser dinamitadas). Pocos son lo que parecen. Un leopardo es inofensivo, y juega con tu pie, como un minino, o con un perro, o es, por el contrario, una fiera que despedaza a su domador. Algo extendible al resto de su obra. Y al comportamiento amoroso. Susan, por su parte, es una niña grande que simplemente desea que el hombre que ama sea suyo pero sus acciones no generan sino una sucesión de contrariedades y percances: David pierde su hueso, se queda sin su ropa y debe vestir un negligé o una desajustada ropa de caza, se rompen sus gafas, debe aparentar que no es quien es sino alguien que se apellida Bone (hueso) y se dedica a la caza, se ve involucrado en una colisión con un camión que porta gallinas, patos y cisnes, algunos de los cuáles nutrirán al leopardo, caerá por una pequeña ladera, se hundirá en un riachuelo...)

La fiera de mi niña y Su juego favorito coinciden, además de en la persecución amorosa de un personaje femenino a uno masculino, en un brillante gag, aunque con su variación pertinente. En La fiera de mi niña Susan desgarra el chaqué de David accidentalmente, y este a su vez, del mismo modo, el vestido de Susan, y tienen que disimular, para que no se aprecie la combinación al aire de Susan, andando apretujados pegados el uno al otro. En Su juego favorito, la corbata de Roger (Rock Hudson) se enreda en la cremallera del vestido de la amiga de Abigail, justo cuando aparece su prometida. Una irónica imagen por distorsión. Un hombre y una mujer que parecen estar juntos pero no lo están. Un hombre que parece ir detrás de una mujer, pero realmente no lo está (aunque lo estará cuando sepa ver, al final, qué es lo que tenía, y qué es lo pudiera ser). Susan piensa, en las secuencias iniciales, tras los dos primeros encuentros (más bien primeras colisiones) con David, que las continúas apariciones, siempre airadas, de David tienen un significado. Aunque malinterpreta todo lo que él pretende (recuperar su pelota de golf, evitar que se lleve su coche), piensa que la persigue, y que debe enfadarse tanto con ella por algún motivo oculto. Se lo pregunta a un cliente del bar, que resulta ser un psiquiatra, el doctor Lehman (Fritz Feld) y este interpreta que sí la persigue, y que sus reacciones airadas indican que siente algo por ella. David la evita todo lo más que puede pero ella piensa que él está interesado en ella (porque ella se empecina en que él es el hombre con el que deberá casarse; o quizá sea la consecuencia). Un equívoco parece poner en movimiento un sentimiento amoroso. El equívoco como raiz imprevista que pone en marcha una persecución (en forma de asedio con diversas maniobras tácticas), por parte de ella, que finalmente sí acabará en amor real. La vida tiene algo de imprevisto. No puedes pretender convertirla en un esqueleto donde todas las piezas encajen porque nunca podrá ser así. ¿Cómo la soberbia secuencia del climax dramático no va a acontecer en una cárcel, con una reunión de todos los personajes principales, entre rejas, incluidos leopardos y perro, y en la que el equívoco, el malentendido y la desorientada percepción e interpretación de los hechos y personajes, ya que el sheriff Slocum (Walter Catlett) piensa que no son quienes dicen ser sino que conforman una banda criminal, es la dinamo de una serie de desencuentros?.

Un perro que esconde el famoso hueso intercostal, y que juega luego a desenterrarlo cuando se lo piden, pero nunca lo hace (pero sí decenas de zapatos). Un hombre, David, vestido con un desavillé, sorprendido por la madre de Susan, que no entiende qué hace ese hombre en su casa, y vestido de esa guisa ( aunque él tampoco, ya desesperado, lo entiende, porque ya su vida se ha convertido en una sucesión de infaustos imprevistos). Un viejo cazador, el comandante Applegate (Charlie Ruggles), que imita el rugido del leopardo, sorprendido de que le conteste el eco con tanta demora, mientras David está más atento al perro, al que sigue cuando ve levantarse, con la cuchara en la mano, para volver detrás de él al de dos segundos. Ciertamente, es un universo extraño este habitado por ese animal llamado ser humano. Pero qué gozoso es ver cómo se desmorona el esqueleto del brontosaurio mientras David sostiene con su brazo a una Susan suspendida en el vacio. Ese es el preciado regalo de la vida, la jubilosa condición suspendida en las que nos sume el amor, la espontaneidad del sentimiento liberado. Inciertos pero vivos. Si uno no se expone ni asume desapegado su vulnerabilidad, y que nada controla, no gozará de la hermosa celebración funambulista del amor.

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