lunes, 26 de junio de 2023

H

 

Un hombre que, en principio, resultaba difícil identificar, porque no portaba documentación, y del que solo resaltaba una hache en su llavero, fue corneado en el corazón por un toro durante uno de los encierros del San Fermín de 1969. Es lo que señala tanto un texto como una voz, en la introducción de H (2023), la primera obra en solitario del cineasta español Carlos Pardos Ros. Una incógnita que luego se tornó certeza, cuando se identificó al muerto como el tío de quien introduce la narración, quien explica que, junto a unos amigos, intentó comprender otra incógnita, por qué su tío, que había estado con unos amigos, y se había retirado a las tres de la madrugada a su hotel, volvió a salir solo a esa hora. Interrogante que deriva en otra, qué hizo durante esas cuatro horas antes de que muriera. La narración se plantea rastrear, a través de diferentes direcciones, cómo pudo ser aquella noche, cómo pudieron ser aquellas últimas horas, como figura en un conjunto en el que parecía una figura indiferenciable. Por eso, ¿su periplo es distintivo o representativo?

El planteamiento expresivo, de rastreo e interrogación, no puede ser más heterodoxo, entre el documental y el cine experimental. Cuatro personajes distintos, tres hombres y una mujer representan al muerto. Son cuatro recorridos posibles de aquella noche. La cámara, acompasada a unas voces que plantean posibles diálogos, como si se rastrearan posibles narrativas, recorre las calles de una noche más de los sanfermines, repletas de gente y basura, como si esta fuera el rastro sórdido de los humanos, la materia excrecencial que delata nuestra naturaleza inconsciente y virulenta (el ser humano como elemental instinto de descarga). Un espacio rebosante de figuras vestidas de blanco con un pañuelo rojo. Un espacio en el que todos parecen iguales, un espacio de fantasía de realidad (una ruptura del eje de las rutinas), como también señala una de las voces, que a la vez es documento de una realidad común, sórdida por su vulgaridad, que engloba a todos. Porque la hache, de lo indefinido, puede representar a cualquiera (es la h de humano). Pero, a la vez, la apariencia de H disponía de un rasgo distintivo, una camisa azul. Una anomalía en un conjunto. Una brecha que lo pone en cuestión, como una mancha.

Por eso, H transciende el mero documento para convertirse en una interrogante sobre una realidad en la que, como señala otra voz, todos parecen perseguir lo mismo, huir de sus propios cuerpos, mediante los desaforados bailes y el consumo de drogas y alcohol o el sexo. La narración, en principio, una opresiva constatación de un ritual de embrutecimiento que se sostiene sobre la nada, mediante planos cortos de múltiples figuras de una muchedumbre en las calles o bares, de piernas que bailan, de cuerpos que se desplazan, indiferenciables, se torna en sus pasajes finales en una fantasmagoría melancólica, ralentizada, con figuras en sombras en el interior de un local en penumbras, como si fueran figuras que se han ido difuminando en la inconsistencia de una realidad que parece invocar su desaparición porque todas esas vidas parecen ssostenerse sobre una insatisfacción que se torna exorcismo mediante una embriaguez que es mero olvido pasajero. Los puntuales barridos de cámara, que difuminan las figuras, como meras estelas indefinidas, apuntalan esa sensación. H es una inmersión que nos conduce hacia la sombra que somos, y de la queremos fugarnos.

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