lunes, 2 de noviembre de 2009

Doce hombres sin piedad

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La piedra angular de 'Doce hombres sin piedad' es ese término tan poco aplicado, y no sólo en juicios, llamado 'Duda razonable'. Es la razón reflexiva, la que no se deja emborronar por las movedizas y ambiguas apariencias ni ofuscar por los sanguineos prejuicios. La razón se interroga, y está hecha de piedad, porque sabe que toda decisión tiene sus consecuencias, inclusive la vida de otro. El respeto y comprensión del otro pasa por ponerse en su piel y saber mirar desde el ángulo de sus circunstancias.

'Doce hombres sin piedad' (1957), de Sidney Lumet, es excelente, pero ante todo, más allá de su incisivo planteamiento reflexivo, por cómo, con una tensa planificación y montaje,y pertinente uso de los movimiento de cámara, nos introduce en la atmósfera cargada de la situación que viven estos doce hombres encerrados en una habitación, cuyo proceso encuentra su proceso paralelo en el cambio de la meteorología, del calor asfixiante,congestionado, del principio a la lluvia liberadora de la parte final. Es un canto a la mirada abierta, además, al valor de ser capaz de enfrentarse a la opinión unánime aunque sea con la duda y la interrogante. El único hombre con piedad inicial es el que va empapándo con su duda razonable, y razonada, al resto de los componentes del jurado. Otra gran obra de Lumet, y un reparto asombroso.

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