jueves, 22 de octubre de 2009

Traidor

Héroe o traidor, sus límites son difusos, como resbaladizos sus mismos conceptos. Demasiadas sombras, como las penumbras que alientan las imágenes de esta obra de pálpito urgente, 'Traidor' (2008), primera obra de Jeffrey Nachmanoff. La elección de una cámara en mano hace cuerpo de la inestabilidad en la que habita tanto el protagonista, Samir (Don Cheadle), un musulmán de origen sudanés y nacionalidad norteamericana, como el propio espectador para asentarse en un cómodo juicio. Todo es tan incierto como, durante la mayor parte de la narración, la posición de Samir en el ‘tablero’. Sus dispares señas de identidad desestabilizan la presunción de que debiera inclinarse a un lado u otro. Pero no todo es tan simple.

Su principal perseguidor, un agente del FBI (Guy Pearce), comparte con él una férrea educación religiosa, y optó por el estudio del Islam, pero su actual labor no implica que su relación con el Islam la convirtiera, como otros, en una ‘pelea callejera’. Como así ha sido tras el 11 S, ya que cualquier musulmán era un potencial terrorista. Pero las correspondencias se revelan en las similares actuaciones de ambos bandos, ya sea en los grupos islámicos o en los servicios secretos estadounidense. Siempre hay peones prescindibles por un supuesto fin elevado. Y los accidentes, las muertes imprevistas de quienes están en el momento y lugar equivocado, son asumidos como parte del 'juego'.

¿Qué les separa o distingue? Más bien comparten una primitiva inclinación tribal, como en la misma prisión, en la cual sufre Samir la reclusión por un tiempo, donde unos quieren imponerse a otros. Fuera de la prisión también se está ‘recluso’ de la tela de araña del rígido posicionamiento. Tan inflexible es la ceguera del fanático que no cuestiona el sacrificarse por una idea abstracta, como la del que discrimina al otro por su pertenencia, musulmán, y le despide por realizar sus rezos, como le ocurrió al mismo Samir. La narración transita sobre estos claroscuros, rasgando las 'representaciones' (ese teatro en el que el otro es una mera entidad) con las fisuras de la vulnerabilidad.

Tu aliado puede estar insensibilizado con la ceguera de la indiferencia, ese 'funcionariado' del papel que ha asumido, mientras que puedes crear un lazo afectivo, cercano, con alguien que está en el bando contrario, aunque esté cegado por las ideas con las que le han sugestionado, y realice aquello que tú rechazas (pero sabes apreciar otros matices de su personalidad).
Todo es confuso. Samir, según cómo lo vean, es traidor o héroe. Para él esas nociones son fútiles, porque, en su búsqueda de lo justo, no puede evitar aquello contra lo que lucha, el dolor de la violencia. Esa es su distinción. Valora la vida de alguien más allá de su identidad porque conoce la desolación de la pérdida. Como demuestra el gesto final, al otro, para reconocerle, hay que saber saludarle con su mismo lenguaje. El resto es la historia con la que enmarañamos la relación con los otros.

Ampliación y desarrollo de la crítica aparecida en el número 19 de cahiers du cinema.

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