viernes, 3 de noviembre de 2023

El moderno Sherlock Holmes

 

La vida, esa pantalla cuyo montaje nos gustaría controlar. El cine, esa pantalla en la que se proyecta lo que en la vida no logramos vivir, experimentar, o resolver. Esa pantalla que nos inspira, modelo para actuar en la vida. La mente, ese proyector que resuelve, y monta, en la pantalla de la imaginación lo que en la vida no acaba de ajustarse al guión requerido. Vida y ficción se entreveran como los cuerpos mutantes cronenbergerianos. Las direcciones se confunden, desdoblados puede ser complicado discernir cuando estamos o no en una pantalla, o cuándo y dónde se vive más intensamente, si en el discurrir cotidiano a o través del arte (donde se siente que sí se transcurre).

La vida; una cuestión de montaje. En El moderno Sherlock Holmes (Sherlock, jr, 1924), de Buster Keaton, hay quien parece montárselo mejor, realizar el más hábil montaje para sugestionar a los espectadores, los otros, y convencerles de que la apariencia, manipulada, es realidad. El personaje sin nombre, The projectionist/El proyeccionista, que encarna Keaton, como un niño o adolescente en un cuerpo de adulto, trabaja de proyeccionista en un cine, y a la vez se encuentra embelesado con la idea de ser un detective (ser un personaje, ser otro). La mirada que proyecta (e imagina), la mirada que discierne; desdoblamiento, el equilibro se consigue armonizando ambas. La primera puede paralizar, ofuscar, porque cuando tenemos que articularla, expresarnos, expresar nuestras emociones, lo que sentimos, nos podemos encontrar ante el pánico escénico por el abismo que se abre ante la pantalla que son los otros, y más específicamente, es la amada (quintaesencia de las proyecciones, la sublimación). El proyeccionista se muestra torpe e inhibido ante ella, The girl/La chica (Kathryn McGuire); recurre a los fingimientos (incrementa el valor de lo que ha costado el regalo que le da, porque piensa que las apariencias son importantes, cómo te presentas ante los demás, como si se fuera una mercancia). Más decidido se muestra The local sheik/El petimetre local (Ward Crane), otro cortejador, quien empeña el reloj del padre de ella para poder comprarle un regalo que, irónicamente, sí cuesta lo que ha disimulado el proyeccionista con el suyo. Hábil, cuando el padre descubre que le han robado, actúa con presteza para hacer aparentar que es el proyeccionista quien lo ha robado para así comprarse el regalo (su fingimiento se vuelve contra el proyeccionista): los espectadores, los otros, se convencen, son sugestionados por la apariencia: El proyeccionista es relegado a la condena del fuera de campo, a no aparecer más por esa casa.
   El cine, el dominio en las proyecciones. En la vida quisiéramos dominar el montaje, la sucesión de los planos, la dirección narrativa. El proyeccionista se duerme, y se desdobla en su mente; en la pantalla los actores de la película que se proyectaba son ahora los de su propia vida/narración, la chica que ama y el hombre que ha irrumpido en su película/vida para quemar la película del proyector. El proyeccionista intenta asaltar la pantalla, dominar su narración, pero la vida, la pantalla, es un caos, una asociación inconexa que no se puede controlar. La realidad no es un entramado (una película) que podemos controlar como quisieramos. El proyeccionista se convierte en una figura, un cuerpo, que transita de plano a plano, de espacio a espacio, dependiendo del siguiente corte de montaje; puede pasar de estar suspendido en un precipicio a estar rodeado de leones o a punto de ser arrollado por un tren en pleno desierto. Es como intentar ajustar el enfoque, hasta que se logra, y ya se está en la película; como si la relación con la realidad fuera un pulso durante el que intentamos afinarnos para poder ser lo más resolutivos posibles (como un perspicaz detective que sabe esclarecer las circunstancias). La cámara realiza un travelling de acercamiento a la pantalla, y ya estamos en la película de la mente del proyeccionista, que organiza y guioniza y proyecta. Ahora ya es un personaje, en su propia ficción, es un detective, (con nombre), Sherlock jr, alguien con capacidad de resolución, que tiene que averiguar el robo de unas joyas en una mansión, lo que implicará recuperar en su mente el amor de su amada. Y también lograr desprenderse de ciertos automatismos o influencias que le conducen y condicionan: la carrera en la moto, en la que Sherlock va encaramado ante el manillar, sin saber que no hay nadie conduciéndola (una secuencia que es toda una exuberante lección de montaje). Claro que fuera de su mente, su amada no se ha dejado sugestionar por la manipulación del petimetre en cuestión; ha sabido enfocar su mirada, no dejarse modelar o condicionar por otras miradas (que manipulan las apariencias de realidad), y como buena detective ha discernido la verdad. Todo es cuestión de saber discernir, como de no fingir ni querer ser un personaje, quizás así te dejas ver realmente. Seguir las referencias de otras pantallas, de otros modelos, puede determinar ciertas ofuscaciones: El proyeccionista emula al protagonista de la película para realizar el acercamiento de tierna conciliación con su amada, y lo logra. Pero el siguiente plano de la película, tras el beso, tiene lugar tras una elipsis temporal de varios años: se ve a la pareja protagonista rodeado de sus hijos. El proyeccionista mira perplejo a la pantalla, como si le hubieran hurtado un capítulo importante del manual de instrucciones de la vida. Una mirada que nos confronta con los trucos narrativos del cine (sus elipsis establecidas como convenciones) y con la propia vida (como ficción y sucesión de incógnitas).

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