lunes, 24 de abril de 2023

El estrangulador de Boston (2023)

 

La primera parte de El estrangulador de Boston (1968), de Richard Fleischer, seguía la investigación en busca de el estrangulador de Boston, a quien se responsabilizó de los trece asesinatos de mujeres, de diversa edad, entre 1962 y 1964. Éramos testigos de un diverso puzzle social, como añicos de un escenario social que se camufla en los quistes de las apariencias convenientes, y su condición venía agudamente reflejada en el uso de la pantalla dividida, a la cuál nunca se le ha dado mejor uso que en esta gran obra. El objetivo de la investigación, o los sospechosos, eran todos aquellos calificados o etiquetados de realizar o gustar los que se califica como comportamiento desviado según los rígidos valores de la llamada sociedad bien pensante (qué ironía de término). En la segunda parte de la obra, ya definida la identidad del asesino, Albert DeSalvo (Tony Curtis), se centraba en su interrogatorio que implicaba abordar su mente, dividida, ya que él mismo desconocía lo que hacía (característica que se desmarcaba de la realidad, ya que DeSalvo no fue diagnosticado con desorden de múltiple personalidad). En ese tramo se contrastaba con la severidad de su interrogador, el fiscal Bottomly (Henry Fonda) quien se confronta con una faceta, que desconocía, más severa e inflexible de como se concebía a sí mismo.

En 1974, en su primer pase televisivo, se añadía una coda en la que se indicaba que no se creía que De Salvo fuera el auténtico asesino y que su confesión más bien era fruto de su mente perturbada. El estrangulador de Boston (Boston strangler, 2023), de Matt Ruskin (también guionista) explora esa duda sobre su auténtica autoría de los crímenes o si solo fue parcial. En este caso, el enfoque no es el de un conjunto social sino el de uno de los ángulos, el de la periodista Loretta MacLaughlin (Kheira Knightley), la primera periodista en asociar los primeros crímenes, quien, en colaboración con Jean Cole (Carrie Coon), realizó una investigación periodistica que puso en interrogante si la confesión de DeSalvo, repleta de inconsistencias e imprecisiones, más bien camuflaba unas conveniencias, no solo de presuntas complicidades con otros reclusos en su misma prisión, sino incluso de representantes de la ley, como Bottomly (para así conseguir un culpable). En el planteamiento visual, cromático y lumínico, se inspira en obras de David Fincher, Seven (1995) y, en especial, Zodiac (2007), también protagonizada por periodistas. Hay una secuencia, particularmente, en la que Loretta visita a un sospechoso que remite a una de las más desasosegadoras de aquella (en la que el periodista, encarnado por Jake Gyllenhaal, en un sótano, teme que quizá esté con el asesino). Pero a la obra le falta la necesaria turbiedad atmosférica.

Hay secuencias que brillan por el uso del fuera de campo, como el asesinato de una de las víctimas, en la que se mantiene el encuadre sobre la bañera, cuyo grifo ella cierra, mientras se escucha cómo la mujer abre la puerta, y es atacada por el intruso, cuya mano se verá irrumpir en el encuadre para abrir el grifo. O pocas secuencias, después, cómo mantiene largamente el plano sobre Loretta, mientras sus dos superiores le notifican, pese a sus protestas, la colaboración de Jean, presente también en la sala, en la investigación y redacción de los artículos. Es un detalle que conecta con esa serie de circunstancias que Loretta no podrá controlar, relacionada siempre con los poderes. Conecta también con un elemento nuclear, la restricciones que sufren las mujeres en relación con los hombres. En cierta secuencia, su marido, James (Morgan Spector), quien, en principio, parece flexible y comprensivo, le indica que cualquier mujer se alegraría que su marido dispusiera de un aumento de sueldo (aunque implicara que debiera supeditar sus ambiciones a las de él). En las secuencias finales retorna a casa, pero al percibir, desde el exterior, que su marido está viendo la televisión, decide reunirse en el bar con Jean (quien, por tener algo más de edad, ya ha pasado hace tiempo a esa fase de distancias afectivas). Los crímenes, al plantearse la posibilidad de que fueran cometidos por distintas personas (algunas de ellas, de hecho, aprovechándose de algunas características difundidas de los crímenes del estrangulador, para resolver una circunstancia complicada con una mujer), también disponen de su resonancia sobre un conjunto social en el que, en un sentido figurado, socialmente, los hombres estrangulaban a las mujeres con restricciones y abusos (legitimados o no). La estimable El estrangulador de Boston sigue la estela de producciones como la reciente Al descubierto (2022), de Maria Schroeder, aunque esta pareciera un remedo acartonado de Todos los hombres del presidente (1975), de Alan J Pakula o Spotlight (2016), de Tom McCarthy, con personajes carentes del necesario relieve.

No hay comentarios:

Publicar un comentario