miércoles, 5 de abril de 2023

Cadena perpetua

 

Hay obras que se corporeizan en toda una inyeccíón vital con su canto a la perseverancia de la ilusión, o esperanza. La resistencia a las prisiones de la vida, dominada por las mentes obtusas. Porque, como se refleja en el cine de Frank Darabont, las prisiones no sólo son las físicas, como las que centran la trama de Cadena perpetua (1994) o La milla verde (1999), sino que hay otros cautiverios como condensa en ese encierro en el supermercado en La Niebla (2007) que provienen de los miedos de esas mentes cerriles e intolerantes, o en la caza de brujas a la que se ve sometido el guionista de The majestic (2001), una trampa obtusa que conjura con una amnesia que es irónico reflejo pues será confundido con un héroe de la guerra. En Cadena perpetua hay un antológico momento que condensa ese subyacente enfrentamiento simbólico en su obra. Cuando el protagonista, Andy (Tim Robbins) le espeta al alcaide Norton (Bob Gunton), cuando se niega a reevaluar su caso con los nuevos testimonios, lo que supondría la posibilidad de su excarcelación: ¿Cómo puede ser tan obtuso? La obtusidad es la prisión de la mente cuadriculada que se rige por la conveniencia y define por la inflexibilidad.

La prisión es un realidad definida por las rutinas. Uno de sus rituales es la llegada de los nuevos presos, con respecto a los cuales los reclusos apuestan quién será el primero en ceder esa primera noche. Su contrapunto es la siniestra realidad del abuso y la violencia. El primero que cede a la desesperación será apalizado hasta la muerte por el jefe de los guardas, Byron (Clancy Brown): un plano general, con figuras perfiladas casi en sombras, amplifica la desolación e intemperie. Entre los recién llegados está Dufresne (Tim Robbins), un banquero acusado de matar a su esposa y al amante de ésta, por quien Red (Morgan Freeman), la voz narradora, había apostado que sería el primero que cedería a la desesperación. Entre ambos se generará una preciosa amistad, desde el momento que, dos semanas después, Dufresne le solicita que le facilite un pequeño martillo con el esculpir pequeñas figuras. El azar posibilitará que, escribiendo su nombre en la pared de su celda, advierta la fragilidad de su material. Durante dos décadas esculpirá, sin que nadie lo sepa, su fuga. El plano general aéreo que acompaña la llegada del autobús con los nuevos reclusos, como aliento de vida que será neutralizado, se ve acompasado por la bellísima música de Thomas Newman, caracterizada por un lirismo que es impulso vital, como a Dufresne le caracteriza la irreductible esperanza de algún día, de un modo u otro conseguirá la libertad. A este respecto es elocuente, además de exultantemente hermosa, la secuencia en la que Andy se encierra, en un despacho, para poner música de Mozart que puedan escuchar por los altavoces los demás presos. Un momento mágico que hace cuerpo de esa magia que aún hace creer en lo posible, en la resistencia de lo sensible y la ilusión en un mundo prisión cuadriculado por las mentes obtusas. Como lo es emblema de su resistencia la biblioteca que crea en la prisión, y es que el pensamiento siempre es disidencia. Equiparable a ese momento en el que Dufresne consigue que Byron les proporcione unas cervezas a él y su grupo de amigos cuando limpian un techo, tras prometerle que le ayudará a conseguir que gane todo el dinero de la herencia de su hermano poniéndolo a nombre de su esposa para librarse de impuestos. Cualidad de la que también se aprovechará, para su conveniencia, el alcaide. Como dirá Dufresne, qué ironía el que antes de entrar en prisión fuera alguien honesto y ahora sea un delincuente al ayudar al director de la prisión con los blanqueos de su dinero.


La vertiente sombría de la naturaleza rutinaria de ese escenario de vida que es la prisión queda reflejada en el bello pasaje de la trágica salida, tras cuarenta años de estancia en la cárcel, del anciano Brooks (James Whitmore), incapaz de adaptarse al mundo de afuera (un prodigio de doliente lirismo a través de un sintético montaje de acciones), y que culmina con su suicidio, ahorcándose. El mismo Red teme que sea así su salida al exterior, si algún día le conceden la condicional. De hecho, cuando se la concedan, tras cuarenta años de reclusión, realizará el mismo trabajo en el supermercado y vivirá en la misma habitación que Brooks. Si su vida toma otra dirección es gracias a la fuga previa de Dufresne, esa que nadie imaginaba que preparara durante décadas, disimulando el túnel que excavaba tras los posters de las actrices del momento en las tres diferentes décadas, desde 1947 hasta 1966, Rita Hayworth, Marilyn Monroe y Raquel Welch. La película de la ilusión camuflada tras las imágenes de la fantasía. el catártico y bello final que culmina junto al mar. Otro plano general, aunque opuesto en significación al aéreo que presentaba la prisión, encuadra a ambos amigos abrazándose en la orilla del mar, junto al pequeño barco de Dufresne.

La narración, admirablemente modulada, combina de modo ejemplar lo descarnado con la cálida ternura, lo siniestro con lo irónico, acompasada con los comentarios en off de Red. Es de admirar cómo logra plasmar, y hacer sentir el paso del tiempo, décadas, en las actitudes y formas de moverse de los personajes ( o esa situación repetida con Red de examen sobre si ya está listo para que le den la condicional). Durante los dos primeros años Dufresne sufre la persecución implacable de los presos que pretenden someterle sexualmente; su resistencia es respondida con sucesivas palizas. En 1965, otro recién llegado, Tommy (Gill Bellows), posibilitará esperanza de liberación cuando le cuente que el real asesino de su esposa y del amante de ella fue su compañero de celda, y reconoció abiertamente su crimen, pero Tommy será asesinado por Norton y Byron (no conviene al alcaide que se sepa, porque le es muy útil el conocimiento de los entresijos burocráticos de Andy para fraudes al fisco). El sintético montaje secuencial, posterior al descubrimiento del túnel tras el poster de Raquel Welch, que condensa el proceso de elaboración de la fuga durante décadas es tan magnífico como el posterior de Pérdida (2014), de David Fincher, cuando se revela cómo la protagonista había urdido su presunta muerte. Los túneles de la resistencia no deben dejar de cavarse para minar las instituciones que con sus imágenes represoras anulan al individuo en restringidas rutinas para conveniencia de los que detentan el poder.

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