lunes, 5 de diciembre de 2022

The good nurse

 

La muy sugerente The good nurse es la cuarta película del cineasta danés Tobias Lindholm, quien también ha sido co guionista de cuatro películas de su compatriota Thomas Vintenberg. El estilo de Lindholm difiere, afortunadamente, a mi parecer, del de Vinterberg con quien colaboró en Submarino (2010), La caza (2012), La comuna (2016) y Otro trago (2020). De hecho, más allá de lo interesante que sea lo que se nos narra en The good nurse, para la que Kristy Wilson- Cairns adapta The good nurse: A true story of medicine, madness and murder, de Charles Graeber, es su planteamiento estético y narrativo, de cariz impresionista, su aspecto más atractivo. Abunda la planificación corta, que parece encerrar a los personajes en sus contornos; en las composiciones domina una suave tonalidad verde, una calidez que parece ahogarse, y la modulación narrativa se conjuga con el magnífico diseño sonoro, en particular la ingrávida banda sonora de Biosphere, cual ruido de fondo, como ese que se escucha en la celda que ocupa, en las secuencias finales, Charles Cullen (Eddie Redmayne), el enfermero que en, 2003, fue detenido y acusado de veintinueve asesinatos de pacientes, pese a que se sospechara que quizá durante dieciséis años de profesión había matado alrededor de cuatrocientos. De todas maneras, la protagonista es Amy Loughren (Jessica Chastain), la buena enfermera que posibilitó que pudiera ser detenido. Cullen ejerce de pantalla inquietante sobre la que se especula.

Los acontecimientos narrados están inspirados en sucesos reales, pero resulta sugerente la paradoja de esa relación entre Amy y Cullen que dota a la narración de una muy atractiva condición abstracta. Amy sufría de un afección cardíaca, una cardiopatía. Podía sufrir una apoplejía en cualquier momento pero, pese a las indicaciones del especialista, optó por seguir trabajando durante cuatro meses más porque, al carecer de seguro médico, era el tiempo que debía esperar para disponer del necesario para recibir un trasplante de corazón. Al mismo tiempo, su tiempo era absorbido por su dedicación, por lo que se veía resentida la relación con sus dos hijas, sobre todo con la mayor, Alex. La vida, por tanto, para Amy, se convertía en un constante opresiva amenaza. Al respecto, resulta un siniestro contraste que, como indican los títulos finales, Cullen , el hombre que, paradójicamente, le servía de apoyo, incluso con su familia, nunca explicó con precisión por qué mataba a esas pacientes inoculándoles insulina y digoxina (aunque parece que adujo que mataba para evitar el sufrimiento de los pacientes, pero no se sostenía su justificación ya que no todos los pacientes se encontraban en tal circunstancia). Es como si representara a la misma vida que, sin razón, como mera aleatoriedad, había generado una cardiopatía en Amy. La vida es una amenaza imprevisible, sin sentido alguno.

Pero no es solo la naturaleza de la vida la que se pone en interrogante sino la del mismo sistema médico (social), tan responsable, por su corrupción, como el mismo asesino. Cuando Cullen es preguntado en las secuencias finales por qué mataba, contesta que porque nadie le detuvo. Había trabajado en múltiples hospitales pero en todos los casos prefirieron no intervenir, como también acontece en el Parkfield Memorial Hospital, de New Jersey, donde, al saber que es considerado sospechoso, optan por meramente despedirle, por lo que posibilitan, como todos los centros médicos anteriores, que pueda proseguir su carrera de asesino de pacientes en otros hospitales. Es otro contraste, de actitudes, que plantea la narración, entre la actitud generosa, siempre atenta con los pacientes, de una buena enfermera como Amy, y un mal sistema que propicia, por su indiferencia y cinismo, la muerte. Un sistema que, por sus desatinos, también determina que quienes sufren una grave afección, como Amy, se encuentren en la tesitura de poner en peligro su vida porque carecen de la necesaria protección sanitaria.

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