miércoles, 2 de enero de 2019

Blue

Los abismos de la melancolía aguda. Ese estado en el que sientes la realidad como un escenario. Una sucesión de decorados en los que no te sientes presente. Sientes en tI una llama que te consume, un abrasión que se extiende en tu pecho y palpita como un latido que es garfIo que desgarra. Tu cuerpo es peso. No sientes deseo ni impulso de actuar, sino sólo quedarte postrado. No hay acto de realización posible porque sientes la realidad como una representación, una sucesión de simulacros sin fundamento, dispositivos y engranajes entre los que serás uno más. Te arrebujas en esa pesadumbre y te encoges en esa sensación de impotencia y derrota. La realidad es un escenario, y además distante: la conclusión es que el tiempo y el espacio no son en sustancia, más que ideas, más que nombres (Giacomo Leopardi). Te abismas en esa oscuridad visible, sobre la que escribía William Styron en el libro de homónimo título. ...me dejé caer en la cama y permanecí mirando al techo, casi paralizado y en un trance de malestar supremo. El pensamiento racional solía estar ausente de mi mente en tales momentos, de ahí que hable de trance. No se me ocurre ninguna otra palabra más apropiada para ese estado, una situación de desvalido estupor (…) y uno de los aspectos más insoportables era la incapacidad de dormir.
Blue: melancolía. En Blue (2018), de Apichatong Weerasethakul, una mujer se encuentra postrada. Le cubre una manta azul. Su entorno, la oscuridad de la noche. Un exterior, que es intemperie. Frente a ella, descienden diversos telones con diferentes dibujos de paisaje. La mujer mira hacia los telones, pero vuelve a arrebujarse. Sobre el pecho de la mujer, comienza a percibirse una chispa, un rescoldo, que se convierte en llamas. Son llamas superpuestas. Decorados, cuerpos, llamas, superposiciones, límites difuminados. Sumergirse en una obra de Apichatpong Weerasethakul es como experimentar un trance alquímico. El diseño sonoro es la corriente en la que realizas la inmersión, o la inmersión que te envuelve y transfigura, como si te hicieras cuerpo del momento o de la idea, de un estado: El fuego que crepita, el chirrido de los telones descendiendo, el canto de los pájaros, un sonido indefinido como fondo que es primer término, una conjugación de partes que son todo. Una seña de identidad expresiva, una cualidad, que lo emparenta, o conecta, con el cine de David Lynch. En ambos las coordenadas de lo real se diluyen y difuminan, se entrelazan y amplifican: el espacio íntimo y la realidad exterior, lo concreto y lo abstracto.
Las obras de genio, observadas desde un horizonte moderno, exigen la superación del tradicional conflicto entre los ámbitos de la poesía y de la filosofía (haciéndose esta imaginación y aquella conciencia), para mostrar la <> implicada como ilusión. Únicamente mediante esta operación puede llegar a convertirse en <> el sentimiento de la nada, produciéndose el efecto catártico que Leopardi atribuye a las obras de genio; quedando así transitoriamente -con la transitoriedad propia de la experiencia estética-, subsumido lo <>, que conlleva la voluntad de no existir, a la ilusión que afirma la vida (Sabiduría de la ilusión, Rafael Argullol) Blue son doce minutos que son infinito, duración en su estado quintaesencial porque se desprende del tiempo como medida. Es fluencia. Nada que se torna plenitud. Catarsis como lumbre en progresión. En su cine te sumerges, sientes un trance, una conexión que además es transcendencia. Somos esquirla de decorado, llama que forcejea, que quizás se consuma o quizás se subleve. Sientes la melancolía pero a la vez te propulsa como si ardiera esa mirada postrada y se hiciera más bien llama desafiante, la llama que roba Prometeo desafiando los límites. Y así el decorado se hace presente.

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