jueves, 18 de octubre de 2018

Burning

La vida, sus enigmas y nuestros desenfoques. Lee Jong-su (Yo Ah-in) quiere escribir, incluso siente que debe escribir, pero no sabe qué, porque siente la vida como un enigma. O quizás sufra un desenfoque agudo. En concreto, no logra enfocar a Shin Hae-mi (Jeon Jong-seo). Está enamorado de ella, pero no logra comprenderla, ni siquiera articular lo que siente. Arde en su desconcierto. No logra verla, como nunca ve a su gato durante el tiempo que Shin le pide que lo alimente mientras ella viaja por unas semanas a Kenia. Su desenfoque se incrementa cuando ella retorna con Ben (Steven Yeun), una interferencia que no logra encajar en la ecuación. Una presencia constante alrededor que siente como estorbo, como una intrusión. ¿Es un elemento accesorio, circunstancial, secundario, o centro de foco para quien es el suyo, Shin?. Burning (2018), de Lee Chang-dong, se inspira en un relato corto de Haruki Murakami, Barn burning (Quema de granero), integrado en El elefante desaparece. Un relato trazado, y disuelto, en las incógnitas.
Lee se extravía en las direcciones erróneas. En vez de saber centrar la mirada, o saber discernir, se ofusca en interrogantes que evidencian su incapacidad de enfoque. Durante la conversación con Ben, en la que comparte su intimidad, su desencuentro con su padre, y cómo está enamorado de Shin, una torpe manera de expresar lo que siente (sentimientos enredados entre los celos, y expuestos a quien no debe), Ben le relata cómo cada cierto tiempo, cada dos semanas, suele quemar algún invernadero. Lee se queda perplejo y se ofusca con esa (supuesta) revelación, y en concreto, con el anuncio de la inminente quema de otro en las inmediaciones de su casa familiar, y recorre la zona en busca de posibles objetivos, o señales de cuál ha podido incendiar.
En cierto momento previo, durante una comida que comparten los tres, se habla de las metáforas. Ben le dice a Shin que le pregunte a Lee qué son. Pero Lee demostrará qué poco conocimiento tiene de las metáforas, o del lenguaje figurado e indirecto, de las insinuaciones y connotaciones. Por eso, también se obcecará en corroborar, con su familia y la de ella, si de verdad Shin cayó en un pozo cuando era niña, y fue él quien la salvó. ¿Existía ese pozo?¿Se cayó realmente?. Lee no sabe ver la naturaleza de Ben, quien ya expuso cómo principalmente en su relación con la realidad le gustan los juegos, mientras que Lee, como Ben le señala, es demasiado serio, esto es, circula por la realidad con la rigidez de la literalidad. No es capaz de ver a Shin pese a que ella sea la que le haya reconocido después de los años, y no él, y qué significación tiene que le tenga tan presente pese a los años transcurridos. No es capaz de verla, aunque, desde un principio, ella le hable de los muy hambrientos de vida, y cómo eso la define. Por eso, no logra enfocarla cuando ella, bajo los efectos de la marihuana, en una de las más hermosas secuencias de la película, baila, con los pechos desnudos, uno de los bailes africanos que ha conocido, exponiéndose, dejándose llevar por las sensaciones, que deja que fluyan (lo que él no logra). La cámara se desplaza hacia el paisaje, como la mirada de Lee se desviará cuando, después, le reproche que las mujeres que tanto se exponen desnudas suelen ser las prostitutas. Lee permanece cautivo en su desenfoque, y en su incapacidad para bailar con sus emociones.
La narrativa se desplaza, o fluye, en la sinuosidad de la sugerencia, en el contraste entre la torpeza perceptiva de Lee y las metáforas que escancian alrededor tanto Shin como Ben, una y otro escurridizos aunque más bien por su incapacidad. Se pierde en pozos e incendios que él genera. Si ella desaparece, es porque él, por su impericia y atolondramiento, la borra de su vida. Si no logra encuadrar a Ben en su desdibujado escenario de realidad, como si no lograra perfilar sus componentes, no es sino porque siempre desvía su mirada fuera de foco, en callejones sin salida o senderos cortados. Persigue su propia ceguera, aunque crea seguir a quien realiza incendios por capricho. Los invernaderos están en su mente, y con plantas muertas. El gato está y no está, como el de Schrödinger. Puede ser una fantasía aunque vea las piedras donde el gato mea y caga, o puede que sea, o no, el que está en casa de Ben. Lee fluctúa entre ese está y no está sin lograr encontrar el equilibrio. Se masturba en la habitación de Shin, durante su ausencia en Kenia, pero mira siempre hacia fuera, a la distancia. Por fin, escribe, y parece que lo logra en la habitación abandonada por Shin. Quizá su mente también le abandona, o se extravía en las marañas que gesta su incapacidad de discernimiento, y descarga en sus fantasías la violencia de su frustración por no lograr vislumbrar siquiera un ápice de lo que sigue sintiendo como enigmas irresolubles.

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