miércoles, 28 de octubre de 2015

Sicario

La rectitud no tiene mucha cabida en la tierra de lobos. Más bien, la realidad es un coladero en la que todo se mezcla, en la que todo se escurre, porque cualquier medio vale para conseguir un propósito. Sea para conseguir que confiese quien piensas que ha secuestrado a tu hija, como en 'Prisioneros' (2013), o en la lucha contra el narcotráfico, en la que quizás se camuflen razones personales que permanecen veladas, como en 'Sicario' (2015), también de Denis Villeneuve. En 'Prisioneros', un enigmático encuadre sobre el tronco de un árbol, condensaba el trayecto de la narración (el sonido del silbato pidiendo ayuda sería el de quien cree que su realidad es un firme tronco, pero no es sino una arrogante presunción: el trayecto supondrá el aprendizaje de su vulnerabilidad, también puede ser presa, y falible). En este caso, es un coladero, en el que se ahogarán los gritos de un torturado. Hay muchos gritos que no se escuchan, que se amordazan, que se mantienen con el seguro quitado en las miradas agazapadas. Demasiadas realidades que se silencian, y se hacen sangre. En 'Sicario', la narración adopta, en principio, el punto de vista de quien entra en un universo que no logra entender. La mirada recta que colisiona con demasiados desvíos y retorcimientos. La agente del FBI Kate (Emily Blunt) es reclutada para participar en una misión que no tiene clara, como tampoco su función en la misma, ni incluso a quienes representan, qué agencias, o qué gobiernos, algunos agentes con los que trabaja.
Esa sensación se dota de cuerpo en una emblemática secuencia, admirable,modulada por una subterránea música entretejida en la mirada de Kate, en la que una caravana de coches de las fuerzas del Orden entran en México, realizan una recogida, y vuelven a salir. Aunque se produzca un enfrentamiento violento, no se descarga esa tensión sostenida, se enquista, porque no se sabe muy bien dónde se entra y dónde se sale. Todo resulta difuso, y parece que de un modo intencional, e interesado, como quien intenta hacer sentir que te desplazas por un oscuro túnel en vez de por una despejada superficie. Así se siente Kate con quien comanda la operación, el agente de la CIA, Graver (Josh Brolin). Y no dejará de ser difusa la percepción de la realidad aunque se despejen algunas interrogantes, sobre todo cuando cobre más relevancia la perspectiva del enigmático colaborador colombiano Alejandro (Benicio Del Toro). Introduce una brecha, que aporta tanta claridad, tanta que estalla en los ojos, como oscuridad, la que relaciona el túnel con los abismos que son despejada intemperie.
El escenario se revela tan turbio, que la mirada sólo parece encontrar apoyo en los coladeros. Porque ya no es que las alianzas entre los representantes de la ley e integrantes de las mafias de la droga desvele una corrupción que difumina fronteras, sino que revela un paisaje de muerte que se extiende como un tumor, una tierra de lobos, en la que simplemente unos muerden con más ganas, y más rápido, que otros, para sobrevivir y dominar el terreno, o simplemente vengarse, devolver con otra herida la herida que aún se sienta abierta. Unos hacen daño, aunque no sea por cuestión personal. Y otros hacen daño, porque es una cuestión personal. Somos prisioneros de los incendios de nuestros instintos. El personaje de Benicio del Toro puede establecer un revelador contraste con el que encarnó en 'Traffic' (2000), de Steven Soderbergh, para evidenciar la nihilista visión de 'Sicario', apuntalado en una clausura que retoma una disputa deportiva entre niños. Pero aquí un sonido de metralletas en la distancia apostilla esa radical diferencia de perspectiva. Ese eco es la permanente fisura de un siniestro coladero.

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