miércoles, 14 de octubre de 2015

Dheepan

Adoptar otra identidad, adoptar otro modo de vida, constituir como realidad una apariencia, una simulación. Adaptarse a otro entorno, sobrevivir, combatir los riesgos de la enajenación por la colisión entre lo que no se deja de recordar y lo que se quiere olvidar, por lo que el presente es un pasado camuflado. En 'Dheepan' (2015), la nueva gran obra de Jacques Audiard, Sivadhasan (Antonythasan Jesuthasan) adopta la identidad de un hombre muerto, Dheepan, y se alía con una mujer y una niña de nueve años, Yalini (Kalieaswari Srinivasan) e Illayaal (Claudine Vinasithamby), que tampoco tienen nada que ver entre sí, para simular que son una familia y así conseguir abandonar un país derrumbado tras una cruenta guerra civil, Sri Lanka, y asentarse, o conseguir refugio, en otro país, Francia, en donde se hace necesario seguir con la simulación, seguir pareciendo una familia, para poder conseguir la ayuda gubernamental que les facilite integrarse, y conseguir alojamiento y un trabajo (él como portero, y ella como asistenta). Pero aunque los escenarios parezca que varíen, no lo hacen, o lo hacen en escala pero no en sustancia, y sí el recuerdo del horror vivido, de la pérdida sufrida (de su real esposa e hijos), le persigue como una corriente turbia que puede desbordarse, la violencia se repite a través de otras rivalidades, con otros nombres de contendientes, los jóvenes delincuentes de los bloques de apartamentos, en uno de los cuáles es portero. Y el papel que se adopta, de padre, y sobre todo esposo, también desborda, y lo que es simulado se sentirá real, y lo que es alianza se convertirá en atracción, y el deseo mina la representación, o quizá se confunde. Y ya actúa como si ella fuera la madre de su hija, y ella su esposa, en ese difuso escenario en el que se confunden la sustitución de lo perdido, la ilusión de reparación de una pérdida, y la autenticidad del afecto y del deseo que se genera en la relación.
Como la violencia en ese nuevo escenario abre la herida aún no suturada del escenario violento pretérito, y también se confunden y superponen uno y otro, como si reparara lo que allí se convirtió en desolación y pérdida irreparable con un combate presente en el que sí lograra proteger a los suyos y consiguiera vencer a los rivales, que son otros pero son los mismos, porque como la denominación de los dos bloques, desde la A a D y de E a la H, todo se reduce al esquema básico de unos luchando contra otros por el dominio del territorio, de la realidad, instintos viscerales que pueden justificarse por diferencias étnicas o por pertenecer a un bloque distinto. La violencia siempre se despliega como raíz básica del ser humano. Variaciones de un mismo escenario. El protagonista de 'Un héroe muy discreto' (1996) tras la guerra, se inventa una nueva identidad, un nuevo escenario de vida, en el que será (eres como te presentas ante los demás) un héroe de guerra en vez de lo que realmente es, el hijo de un colaboracionista; será una imagen ejemplar en vez de una imagen estigmatizada. El protagonista de 'Un profeta' (2009) también tenía que adaptarse a un nuevo escenario, la prisión. Era un árabe que se asociaba, o integraba, en un grupo de los corsos. La identidad es algo maleable, el escenario marca las pautas si hay que sobrevivir. Hay que plegarse a las exigencias del entorno, si no se quiere ser arrinconado, y de ser nadie se convertirá en alguien (que domina el escenario).
El espacio de la libertad, para Dheepan, es un espacio marginal: en una elipsis brutal (el cine de Audiard se caracteriza por su concentrada narración elíptica) lo que parecen las luces en la oscuridad de la llegada a un nuevo mundo en el que sentirse protegido, no son sino las luces que portan en la cabeza él y otros que venden objetos luminosos en las terrazas de los bares. Deephan no es nadie, una figura que parece ridícula, y que puede resultar molesta por su intromisión, porque tiene que sobrevivir en un entorno hostil en el que debe encontrar su lugar. Un espacio en el que no faltan los controles (como el que lleva pegado en el pie quien debe permanecer recluido en su domicilio, o la cadena de un perro, que pueden corresponderse, como realiza en mordaz asociación, con el fular de quien habita en los límites marginales de la precariedad); te constriñen la realidad, y debes saber desenvolverte en esos límites, como quien permanece a flote (o enfrentarte a otros para superarlos). En 'De óxido y hueso'(2012), Catherine tiene que aprender a andar con sus nuevas piernas de metal, como tiene que adaptarse a su nueva condición, a su nueva forma de relacionarse con el mundo, a asumir lo que no podrá ya realizar, y Ali tendrá que aprender a andar con sus emociones, que son las que realmente le desbordan (y uno y otro conectaran de un modo que no parecía y gestaran una relación sentimental; se exponen).
Sivadhasan/Dheepan y Yalini forcejearán, colisionarán, y se aproximarán. Su relación será una alianza que oscila entre la disputa y el acercamiento cómplice, la atracción. Yalini siente el impulso de huir cuando la violencia asoma y siente que el escenario puede convertirse en una réplica del que abandonó. Sivadhasan, en cambio, perderá la referencia. Tanto el encuentro con un superior en la guerra, que le evoca el escenario que ya no siente como propio, el escenario que desea olvidar, en primer lugar por la pérdida que supuso para él, como la reactivación en el espejo de otro escenario de conflicto violento, provocan en él un cortocircuito. Sufrirá un estado de enajenación en la que el escenario combina el del presente y el del pasado, y enfrentarse el del presente supone desprenderse del pretérito, para poder gestar un futuro. Y con otra familia que sea real y no una simulación compensatoria, cual prótesis provisional. A través de Dheepan, la identidad adoptada, Sivadhasaan logra conjurar las heridas no cerradas para recuperar a quien fue sin los lastres que conducían a la enajenación. Logrará ser otro sin dejar de ser él mismo. Se estrena el 6 de noviembre

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