martes, 28 de octubre de 2014

Loreak

Transferencias, sustituciones, reemplazos. Distancias, vidas soñadas, vidas alternativas, parches de heridas por las que respira la vida, como las que hay que abrir en el tallo de las plantas para que no se sequen. En 'Topaz' (1969), de Alfred Hitchcock, los pétalos de una flor se convertían en metáfora de una narrativa en la que los personajes no lograban verse, aunque paradoja, fueran espías. Eran agentes ciegos que no sabían desenvolverse en la intimidad. Operaban en las superficies. Era una flor de pétalos aislados, sin nexos reales. En el cine de Hitchcock, la planificación evidencia la mirada, el sujeto, no es una narración neutra, muchas secuencias se construyen alrededor de la mirada de un personaje. La estupenda 'Loreak' (2014), de Jose María Goenaga y Jon Garaño, es una obra de nexos fracturados que se hilvana a través de las miradas hacia otros personajes, objetos o la distancia, un vacío que intenta compensarse, amueblar, una distancia que es fuga y anhelo y extravío. Miradas que interrogan, que buscan, miradas perdidas, miradas que buscan en otros un reemplazo a las carencias de una propia vida, el escenario de los sueños, esa pantalla que parece contrarrestar lo que en la propia se ha atascado. Beñat (Josean Bengoetxea) trabaja en las alturas, en una grúa, pero siente que en su vida no logra desplazar ni controlar nada, impotente en un escenario de enfrentamientos entre su esposa, Lourdes (Itziar Ituño) y su madre, Tere (Itziar Aizpuru), en el que se siente figura desplazada que mira al conjunto, como en la cena familiar, como si fuera un universo paralelo con el que poco tuviera que ver. Y por eso, sueña desde sus alturas, donde no se tiene los pies en el suelo, pero te sientes inmune. Ane (Nagore Aranburu) siente un gran peso en su vida, se siente ínfima, aplastada. El primer plano de Ane la encuadra en la parte baja del encuadre, con mucho aire por encima, la espesura vital que la ahoga, en la que se siente perdida. Acaba de tener la menopausia antes de lo previsto, está prometida con Ander (Egoitz Lasa), pero en su relación predomina el silencio y el ruido del televisor. Viven juntos, pero viven en la distancia.
En 'Loreak' los ramos de flores son presencia constante (loreak es flores en euskera). Alguien envía flores a Ane, un hecho enigmático, por cuanto no hay remite, que perturba la estabilidad de la relación entre Ane y su pareja, o deja en evidencia de modo más acusado sus desajustes. Las flores brotan de un fuera de campo que puede ser también el de los sueños. Ane siente la atención que no siente de su pareja, aunque quizá, como descubra más adelante, tampoco ella mostraba atención por su pareja. Demanda a una realidad de la que realmente no esperaba nada. Esperaba una mirada de quien ella realmente no miraba. Ane trabaja abajo, en las oficinas, de la empresa donde trabaja Beñat arriba. Miradas que a veces coinciden, pero no se conocen. Las miradas que sueñan permanecen agazapadas. Cuando se descubren, por casualidad, se pueden convertir en la mirada que se necesitaba, y más si ya son irremisiblemente ausentes. En vida, era una figura periférica, pero con su muerte y la revelación de lo que eras para esa mirada, ahora se convierte en una entidad trascendente, la sublimación, casi de cariz religioso, de una plenitud que te falta. La ausencia se puede transfigurar en ritualización, porque parece que se conjura un vacío. Las flores vinculan dos accidentes, el que segó una vida y la ausencia en vida. El primer plano de Lourdes es de espaldas, y llueve. No se le ve su rostro. Es un fragmento de su cuerpo. Es una mujer que vive de espaldas, e incompleta, tensa porque se siente asediada por una voluntad que amenaza con anularla, como lo siente con Tere. Siente la luz como una espesura en la que se desvanece, o una ranura en la que no se halla. Lourdes trabaja en un peaje. Las relaciones no dejan de ser un tráfico que puede derivar en colisiones, o en las que hay que pagar un peaje para continuar tránsito, y a veces el peaje desgasta demasiado. Y a veces te enquistas en la rutina de un tráfico que es inercia.
Tere encuentra en Ane el reemplazo de la relación que no logra vehicular con su nuera. Con ella evoca a su hijo, contemplan juntas imágenes de su niñez, conjura una ausencia y parchea un boquete. Ambas lo hacen. Ane cree encontrar una dirección en su extravío a través de fantasmas. Se convierte en la nuera que otra mujer no logra tener y la reemplaza también, sin saberlo, llevando flores al lugar del accidente, el cual nunca ha visitado Lourdes. En otra Ane parece que se encuentra, pero sigue perdida, como en una prorroga de su vida desajustada entre fantasmas de lo que no es mientras sigue sin mirar de frente a la vida que aún mantiene por inercia y en la que no es. Su relación es un espejismo, un ruido de monitor encendido. Pero tampoco es la esposa dolorida que no logra recuperarse, la cual se ha distanciado ya en otro escenario de vida distinto sin querer mirar atrás, desprendiéndose hasta de recuerdos. Ane es alguien que añora una mirada que la haga sentir presente, centro de la vida, aunque ya sea una mirada que no le envía flores sino que está ausente, muerta. Devuelve la atención a una mirada que la hizo sentir especial desde la distancia. Y la esposa quizá se reencuentra en la mirada de otra, como si encontrara de improviso su centro en la periferia.
'Loreak' es una bella obra de impresiones y estados, de emociones entre escombros y colisiones y tanteos, de miradas que no encuentran el contraplano, o lo urden. Cuerpos que se disuelven entre fantasmas, mientras el tiempo se fuga. Beñat no entiende que haya que visitar los cementerios para recordar a los demás. Su cuerpo servirá durante cinco años de estudio para estudiantes de medicina. Su vida ya será ser un objeto, como será un fantasma de distinta índole para las tres mujeres. Hay quien pierde la capacidad de recordar porque su mente se quiebra. Hay quien quiere olvidar lo que vivió. El tiempo realiza su erosión. Y hay tiempos pasados que se desvanecen, como los hay que vuelven a recuperarse del arcén en el que permanecían atropellados. Hay cambios, perdidas, reajustes, transformaciones, variaciones en el tráfico, otros pétalos que compondrán el ramo de la vida. Miradas que dejan de estar empañadas, desenfocadas.

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