martes, 12 de agosto de 2014

Desperate

'¿Quién dijo que el tiempo vuela?'. Para rebatirlo, la medida modulación de la secuencia culminante del estimulante film noir 'Desperate' (1947), de Anthony Mann (en cuyo argumento participó), que se puede equiparar a unas fauces que se van abriendo lenta e implacablemente. La frase la suelta, con todo el regodeo sarcástico del mundo, Radak (imponente Raymond Burr), mientras apunta con su pistola a Steve (Steve Brodie), alguien a quien lleva persiguiendo desde hace seis meses. El tiempo ha pasado, pero él se mantiene seis meses atrás, en el momento en que su hermano fue capturado cuando realizaban un robo. Fue la intervención de Steve, frustrando el éxito del atraco, la que provocó que esa misma noche, a esa misma hora, en cinco minutos, ese hermano sea ejecutado en la silla eléctrica. Por eso, Radak quiere que Steve tenga una parecida muerte. Una recreación que es retribución. Radak espera que llegue la medianoche, para disparar al mismo tiempo que su hermano será electrocutado. Quiere que también tenga su última comida, aunque, desafortunadamente, no pueda elegirla, y tenga que conformarse con un vulgar sandwich. Radak apostilla, mordazmente, que sólo se consigue buena comida si la paga el estado. Ironía porque Steve, camionero, tras servir en el ejercito en la segunda guerra mundial, había aceptado la propuesta inicial de Radak por estar inusualmente bien pagada, aunque implicara no poder disfrutar del cuarto aniversario de boda con su esposa. En la realidad de la posguerra cuesta poder pagarse una buena comida. El tiempo se estira muy lentamente entre los dos hombres ( y el sicario de Radak, que les acompaña). El sonido del paso del tiempo, del reloj, se amplifica, se sienten hasta los poros dilatándose en los primerísimos planos sobre las miradas de los tres hombres. El tiempo no vuela, se arrastra trabajosamente.
Uno y otro han vivido el tiempo de un modo distinto a como solían vivirlo durante estos seis meses, Steve huyendo con su esposa, mirando hacia atrás y alrededor por si advertía el gesto de alguien que le reconociera. Radak obsesionado con encontrarle, interrogando en las oscuras habitaciones donde se encuentra oculto a quienes puedan aportarle alguna pista. Steve es otro de los soldados que retornaron de la guerra y se encontraron con la que tenía lugar en los subterráneos de una realidad dominada por la precariedad. Las sombras se habían propagado. Y se intentaba huir de ellas, y cualquier medio podía ser válido, y cualquier oferta se podía aceptar. La luz se iba perdiendo. Steve es alguien que aún pugna por mantenerla encendida. Precisamente, al encender los faros del camión propicia que un policía advierta que se está produciendo un atraco. Posteriormente, en una de las mejores secuencias de la película, los hombres de Radak golpean a Steve, mientras la lámpara se bambolea sobre ellos. La luz no encuentra su equilibrio. Hay un fuera de campo que parece extenderse para dominar la realidad, ese en el que te golpean y peligra tu vida, cuando sólo aspirabas a disponer del dinero suficiente para poder mantener a tu esposa y el hijo en camino.
De hecho, la citada secuencia culminante del final se inicia con un plano en la oscuridad de la habitación de Steve , en la que se perfilan las figuras de Radak y su sicario esperándole. La cámara realiza un travelling hacia la ranura de luz bajo la puerta, ya que Steve se apresta a entrar. Las sombras al acecho se arrojan sobre él. Esa realidad de sombras al acecho es, de todos modos, una realidad subterránea que refleja un dolor, una herida, como se evidencia en esa determinación de Radak por vengar la muerte inminente de su hermano, un hermano al que quería proteger, al que había dado su primera oportunidad para participar en un atraco. La desesperación es tanto la del que huye como la del que persigue. Estas dos extraordinarias secuencias son elocuentes con respecto al gran talento de Mann, quien realizaría posteriormente tan estupendos film noirs como 'El último disparo' (1947), 'La brigada suicida' (1947), 'Raw deal' (1948), 'Incidente en la frontera' (1949) o 'Side street' (1950). Incluso, lo es, aunque ubicado en tiempos de la revolución francesa, 'El reinado del terror' (1949). Con la excepción de Fritz Lang, pocos cineastas cuentan con una filmografía tan brillante en este género como Mann, aunque durante décadas su reconocimiento se debiera sobre todo a sus grandes westerns.

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