martes, 10 de junio de 2014

Violette

'Mi vida ha sido una serie de estragos y demoliciones', expresa la escritora Violette Leduc (Emmanuelle Devos), en una secuencia de 'Violette' (2014), de Martin Provost. Unas grietas en el techo que se asemejan a unas raíces. Unas raíces bajo el agua que asemejan grietas. Entremedias, Violette, grieta que busca una raíz, astillas que buscan abrazo, una voz literaria que desbordó los diques que restringían lo que podía expresar una mujer. No se conocía una voz literaria femenina que expresara con tal franqueza la sexualidad de la mujer. Por ello, por ser tan directa, y descarnada, hay quien apuntó que escribía como un hombre. Por ello, su voz fue mutilada, cuando alguna de sus primeras obras desestabilizó demasiado los limites de lo que se permitía explicitar, caso de la relación sexual entre dos mujeres. Violette escribía desde las entrañas, desde sus sentidos, como un un oleaje tempestuoso con exquisitos arrebatos líricos. No tenía pudor, se exponía exuberante, avasalladora incluso. Relató su aborto, como sus actividades como estraperlista para sobrevivir. Por eso, Simone de Beauvoir (Sandrine Kiberlain) la admiraba tanto, por que no intelectualizaba, y era audaz (era su complemento y reverso a la vez; era lo que admiraba y lo que rehuía: como la oscuridad y la luz, la mujer superada y demolida por las circunstancias, la mujer que controla y domina su destino en un universo masculino: ambas se fusionan cuando una encuentra al fin la luz y la otra se enfrenta a sus penumbras, a su intemperie emocional, con el fallecimiento de su madre).
Simone encontró pronto el éxito, el reconocimiento, mientras que Violette se arrastraba entre tiradas de corto alcance que eran invisibles o censuras. Simone admiraba cómo hacía palpable, con arañazos y gemidos y contorsiones, las demoliciones de la vida de la mujer, lo que había sido amordazado desde siempre. Era una escritura que segregaba emociones, como pus que evidencia la infección de tanto silencio y de tanta sumisión, y anhela por fin ser liberado como verso que no sabe de límites. Hacía cuerpo de una realidad desteñida, desconchada, como los espacios predominantes, sean urbanos o rurales, que rezuman sórdido desaliño, como si todos los hogares estuvieran descascarillados, como una corrupción que se propaga, como un permanente cielo plomizo, desacogedora, como si el entorno estuviera a punto de derrumbarse. La misma narración avanza a golpes de ásperas elipsis, como si no hubiera conexión, como si los planos se rozaran, de modo lacerante, como la misma Violette con la realidad, como tanta mujer con la realidad a la que se le había postergado, siempre debajo, como cuando se impone de modo ciego el deseo del hombre, y y el pene que penetra se convierte en yugo y tizón ardiendo.
'Es barroco, el sexo de un hombre en la mano de una mujer. Es la raíz de la vida'. Violette buscó durante buena parte de su vida un abrazo, pero no dejaba de astillarse. Su primera novela se tituló 'La asfixia'. En las primeras secuencias, cuando escribe sus primeras líneas como escritora, muy elocuentes por otro lado (Mi madre nunca me cogió de la mano), la cámara asciende hacia las ramas de los árboles que asemejan raíces. Ramas secas, raíces secas. Carencia. Era una bastarda. La novela que la consagró como escritora, 22 años después, se titulaba así. Muchas veces deseó no haber nacido. Amaba y odiaba a su madre, porque no quería ser, o acabar, como ella (postrada, con las piernas abiertas, forzada, como en una secuencia por su pareja; como una circunstancia resignada). Sus relaciones, o deseos, derivaban en colisiones, siempre se estrellaba, abocada a la soledad, a lo que calificaba como 'el desierto del monólogo', en los arcenes de la vida, magullada en su interior. Se enamoró de Simone, que no le correspondía (aunque la ayuda y apoyo de Simone fue crucial: tanto monetariamente, por aporte económico que hacía creer que provenía de la editorial, como en la publicación de sus novelas). Violette era bisexual, condición que exponía sin rubor alguno. Su marido rechazaba sus acercamientos, aunque de entrada porque era homosexual (además la utilizaba sin escrúpulo alguno, y la despreciaba con virulencia). Sus aproximaciones tampoco fueron muy fructíferas con el empresario de perfumes, D'Orsay (Olivier Gourmet), poco receptivo porque también era homosexual, pero en cambio sí solícito en apoyo, empezando por el económico.
Un paisaje, el de la Provenza, y un albañil, le recuperaron a la vida. El primero, se convirtió en su hogar en los tres últimos lustros de su vida, el espacio de la serenidad luminosa encontrada. El segundo supuso una conciliación pasajera con los sentidos, con la raíz de la vida. Podía tocarla, sentirla, habitarla, aunque fuera de modo provisional. Fue como un umbral que posibilitó que escribiera no sólo sobre la realidad de los estragos y demoliciones, sino también sobre la realidad soñada, que dejó de ser una serie de pesadillas (como el de su madre, vestida de novia, golpeando su vientre encinto). Aquella luz y serenidad propiciaron la novela 'La bastarda'. Le llegó el éxito ya con la cincuentena, tarde; por eso, y por todo lo padecido, le pareció vulgar. Siguió combatiendo por la voz de las mujeres, por desprender mordazas, para que dejaran de ser mutiladas, vidas relegadas en su condición de segundo sexo. Fue acogida como ejemplo y estandarte de las mujeres que constituirían el primer movimiento de liberación de la mujer (MLF) en 1971, y firmó, ese mismo año, el manifiesto de las '343 guarras (343 salopes)', el cual pedía la legalizacíón del aborto (la inspiración provino de Jeanne Moreau; Simone escribió el manifiesto) El pene, al fin, estaba en su mano, y ya no dentro sembrando la semilla que determinaba el parto de un bebé despedazado, como despedazadas quedaban las vidas de tantas mujeres. Las astillas se transformaron en abrazo.

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